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La Coctelera

odys

20 Noviembre 2009

68. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (XX)

 Por fin había llegado a mi destino. Una humilde congregación de alargados edificios de cuatro plantas y fachadas de achocolatado ladrillo construidos en torno a un extensa explanada cerrada al tráfico, y conocida como Fartaway Place, se abría ante mis ojos. Rodeé una loma achatada que coronaba un sauce llorón, crucé el recinto ovalado de un parque infantil sorteando toboganes, balancines y columpios hechos de neumáticos que, sumisos al quehacer del viento, rechinaban quedamente en su casi imperceptible  vaivén, caminé un buen trecho sobre un firme de crujientes guijarros hacia una mujer negra vestida de vistosos verdes, naranjas y amarillos que caminaba delante mío llevando en la cabeza un perifollo semejante a una pirámide de frutas tropicales. La alcancé según estaba deteniendo sus bamboleantes andares de ánade pesado y torpe para arrojar un raquítico árbol de navidad entre las niqueladas fauces de un contenedor que, ahíto de troncos, ramas y agujas, parecía estar a punto de ponerse a eructar trozos de pino. Las viviendas que ocupaban la planta baja de los edificios que daban a la explanada tenían sus propios retazos de césped particulares, separados entre sí por una sucesión de hileras de setos mal cuidados. Entre que recuperaba y no el aliento, la mujer, que respiraba emitiendo un pitido como si tuviera el fuelle obturado, tardó un rato en contestar cuando le pregunté dónde podía encontrar la que correspondía al número veintisiete, enviándome hacia una de aquéllas arriba mencionadas antes de que algo distrajera su atención y, apartándose a un lado, alzara una voz grave que lanzaba fonemas duros y airados, ininteligibles para mí, contra un puñado de mocosos vocingleros que, sin hacer el menor caso de sus imprecaciones, se turnaban en dar puntapiés a un balón de fútbol, jugando sin duda a ver quién acertaba más veces a dar de lleno en una placa metálica fijada a un muro en la que podía leerse "prohibido jugar al balón".  

 Tras empujar una cancela de madera que se abrió chirriando lastimosamente sobre sus goznes como una bruja aquejada de almorranas lo haría al sentarse en el retrete, accedí al jardín frontero del número veintisiete de Fartaway Place. Descubrí que un cervatillo de escayola de pardos lomos moteados de blanco y dos enanos desconchados habitaban entre los hierbajos, uno era Mudito, el otro no lo sé porque lo habían  decapitado. Avancé por un  sinuoso sendero empedrado y me detuve frente a la puerta, pero en no hallando timbre ni aldaba, opté por desplazarme hacia la izquierda hasta que pude aplastar las narices contra el cristal de una ventana que proyectaba un meloso resplandor de tenue luz hacia el exterior. Escuadriñé la hogareña intimidad que el acristalado vano me mostraba a través de unos visillos cuya transparencia desvelaba a medias sus secretos, materializándolos en una silueta femenina que permanecía a oscuras, a escasos metros de distancia, ocupada en secar con un trapo las piezas de vajilla que iba tomando con distraída parsimonia de un escurridor, resultaba evidente que, absorta en pensamientos que la mantenían flotando muy lejos de allí, no prestaba gran atención a lo que estaba haciendo. Me quedé un rato estudiándola, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso mientras trataba de discernir si me hallaba ante la presencia de Eva María Matamoros, la muchacha que venía buscando, pero la misma luz vacilante que -proveniente del otro lado de la estancia, donde la cocina desembocaba en una pieza más amplia- le daba forma y vida, me arrebataba también la posibilidad de apreciar los detalles de su fisonomía al sumir su perfil visible en una sombra indefinida, imposible determinar si se trataba de la hija de la señora Maruja o no, sólo que era mujer y tenía el pelo cubierto de rastas. Piqué suavemente en la ventana con los nudillos, pero no me oyó, así que golpeé otra vez, quizá empleando excesiva fuerza, y la indolente y enigmática figura saltó en el sitio como si le hubieran pinchado con un alfiler, dio un grito ahogado y se llevó las manos a la boca, acción que le hizo soltar el plato que a la sazón estaba secando, el cual, tras coger algo de altura, descendió en alegres giros hasta espetarse contra el suelo, transformándose, con gran estrépito, en un montón de pedacitos de loza que se esparcieron en las más diversas y dispares de las direcciones. A continuación pude escuchar un rotundo mecagüenlaputa, y ver cómo la fantasmal figura desaparecía de mi vista. Unos instantes después se abrió la puerta de la entrada, y  así fue como conocí a Samanta Quetén Gofrío.

Fin del capítulo quinto

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18 Noviembre 2009

67. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (XIX)

 -Por el código postal, yo diría que no andas muy descaminado. Espera, si no me equivoco, en alguna de aquellas estanterías tenemos un London from A to Z.

 Era un callejero voluminoso, nada de esos mapas desplegables que mostraban las principales calles del centro y los monumentos reseñables, sino todo un libro nacido con vocación enciclopédica lo que la anciana dependienta sostuvo entre sus manos marchitas tras desalojarlo, levantando una nubecilla de polvo amarillo, del lugar que ocupaba en la apretada línea de libros disparejos que  llenaba un estante. Lo consultamos juntos, yo de rodillas, para no tener que deslomarme por causa de su escasa estatura, y localizamos la dirección en el índice de calles, el número de página y las coordenadas del cuadrante en el que nuestro objetivo se situaba, había páginas sueltas, otras rasgadas, era posible que faltaran algunas, pero no aquélla que buscábamos, ésta seguía intacta.

 -Conozco esta zona, está aquí al lado, como quien dice. ¿Ves? -Su voz, antigua y rasposa, sugería una bondad arcana, confiable, que despertaba en mí una añoranza irreconciliable, como me imaginaba debería de sentirme ante la matriz perdida de todas las cosas-. Sólo son dos paradas en metro, si coges la Northern Line en dirección norte, y te bajas aquí,  llegarás en diez minutos al palacio donde mora tu dama.El callejero costaba cincuenta peniques, que sumamos a las veintitrés libras y treinta y cinco peniques que ya debía a cuenta de los otros artículos que había adquirido e incorporado a mi vestimenta. Le di un billete de cincuenta.

 -Quédese el cambio. -Aborté con taxativo gesto su conato de protesta, basculando luego el dedo índice para señalar, alternativamente, cada uno de sus pechos-. Quédeselo para la causa, y guarde cuidado, provengo de una familia adinerada, allá en la Cuchipampa.

 -Que el señor te bendiga, hijo. -El hada madrina retrasó el pie izquierdo, colocándolo tras el derecho, y tomó las puntas del chal entre las yemas de los dedos, extendiéndolas hacia abajo y hacia afuera, y dobló ligeramente las rodillas en una graciosa genuflexión irreverente. Debajo del chal vestía una sudadera como la mía, solo que de color lila, cuyo lema frontal decía I like your bits, do you like my tits? La risa se le escapaba como a una niña traviesa.

 Qué bien me sentí entonces, al comprender que el mundo continuaría siendo un lugar decente mientras siguiera viviendo en él gente espléndida como el hada madrina. No todo estaba perdido, tendría que postergar mi suicidio apenas lo había imaginado, y mi venganza, para más adelante, quizá cuando terminara de escribir mi novela sería un buen momento, se lo debía a mis lectores, a vosotros, queridos míos, a la valiente y risueña Humanidad encarnada en aquel rostro apacible que había tomado entre mis guantes recién estrenados para depositar un beso sobre el campo de arrugas que era su frente. Era hora de partir.

(Continuará...)

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17 Noviembre 2009

66. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (XVIII)

 Salí del locutorio acosado por los más negros de los presagios. Iban a dar las cuatro de la tarde, del día sólo quedaba una menguante luz mortecina. Pasé por delante de la estación de metro y seguí de largo por la avenida, no llegué muy lejos, caminaba sorteando viandantes, encogido sobre mí mismo, las manos, témpanos ardientes, hincadas en los bolsillos para combatir la implacable mordedura del frío, debajo de la cazadora llevaba una camiseta y un jersey fino, no había traído ropa para afrontar estas temperaturas, me castañeteaban los dientes. Era domingo, todas las tiendas que me cruzaba estaban cerradas, excepto una, una charity shop que recaudaba fondos para la lucha contra el cáncer de mama a través de la venta de objetos usados, libros viejos, ropa de segunda mano que donaba la gente. La atendía una mujeruca consumida y arrugada como una uva pasa, de largos cabellos níveos veteados de azafrán que caían, sorprendentemente brillantes y sedosos, sobre los flecos de aquel chal malva de punto con el que se cubría los hombros. En la sección de ropa no había mucho donde elegir. Escogí una sudadera color lima con capucha que tenía el lema I like your tits, do you like my bits? escrito en el pecho, unos leotardos rosas -sí, unos leotardos rosas, qué pasa, eran los únicos que me servían-, pantalones vaqueros de mi talla -nadaba en aquellos que me había prestado la señora Maruja-, unos guantes de piel bien forrados y una gorra colorada de tartán con orejeras, pasé al probador, quería llevármelo todo puesto. Un calorcito muy rico me envolvía por oleadas, de buena gana me hubiera recostado allí mismo, sobre el suelo enmoquetado, a esperar que el sol de otra mañana me ofreciera renovadas perspectivas, pues ni siquiera eso tenía, una cama, un agujereado y duro jergón donde este paria pudiera caerse muerto, este primo, este apátrida a quien los suyos habían estafado, expulsado y dado la espalda, se estarían riendo, Oculta y Pánfilo Viriato, orgullosos de su hazaña, podía imaginármelos, poniéndose hasta el culo de centollos, langosta y andaricas, brindando con champán y haciéndose arrumacos al calor de un buen fuego, cantando la vida es bella, mofándose de mi inocencia mancillada, pero reíd, reíd, malditos, que ya lloraréis luego. Otra vida comenzaba para mí, una vida triste y lúgubre en aquel desolador infierno polar, una vida que se me antojaba corta, efímera, como el ascua de una colilla que han tirado al pavimento y una bota claveteada se dispone a pisotear. Se había apagado mi buena estrella. Quizá lo mejor sería anticipar el final, buscar un vertedero municipal, mi nadir, un muladar de sueños rotos donde dejarme morir entre cascotes de vidrio, mondaduras de patata y muñecas destripadas, como hacían, según tengo entendido, los elefantes viejos y los paramecios. Reflejada en el espejo del probador, mi imagen había levantado un dedo, como pidiendo permiso para hablar. 

 -Pobre de mí, mísero infeliz, un día alguien recuperará mi cadáver, los cuervos me habrán sacado los ojos, las ratas se habrán comido mi rostro, los gusanos habrán hecho de mi otrora cuerpo serrano un irreconocible y putrefacto amasijo. Las autoridades hallarán mi documentación, eso si tengo suerte y todavía no me han robado los vagabundos, o igual me identifican por la dentadura, como en las películas policíacas, también podría facilitarles yo la tarea dejando una nota. El consulado español comunicará mi fallecimiento a mi familia a la mayor brevedad posible. Pánfilo Viriato y Oculta no podrán mirarse a los ojos sin recordar lo que me han hecho, el remordimiento será más fuerte que ellos, no podrán aguantarlo, tendrán que divorciarse, porque evidentemente ya estarán casados, cada uno soportará su condena por separado, mi muerte, su culpa, su pecado, mi regalo envenenado, me pregunto cuál de los dos se quedará con mis cenizas.

 -¿Te encuentras bien, hijo? No quisiera meterte prisa, pero es que vamos a cerrar.

 Descorrí la cortinilla del probador. La anciana y diminúscula dependienta sonreía expectante, con el encanto de un hada madrina bondadosa y complaciente.

 -¿Qué tal me queda, abuela?

 -Igualito que el príncipe encantador -dijo ella-, ahora sólo te faltan la calabaza y los ratones y ya podrás sacar de paseo a tu Cenicienta. Porque tendrás una, ¿verdad? Un mozalbete tan guapo como tú. -Se alzó en puntillas y me pellizcó un moflete. Qué majetona.

 -Claro que sí. -Le enseñé la foto de la hija de la señora Maruja-. ¿A que es hermosa? He recorrido los cientos de miles de millas náuticas que nos separan de la Cuchipampa, la lejana tierra de mis ancestros, sólo para verla, pero recién he llegado y me encuentro algo perdido, le estaría sumamente agradecido si pudiera indicarme cómo llegar hasta aquí. -Señalé la dirección escrita en el reverso. La anciana se ajustó los lentes, que llevaba colgando de una cadena al pecho, y guiñó sus ojillos, diciendo:

(Continuará...)

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13 Noviembre 2009

65. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (XVII)

 Al efecto de recuperar la requerida paz interior, me propuse realizar un sencillo ejercicio de relajación que consiste en utilizar el sistema binario de numeración para tratar de ejercer un control exhaustivo sobre el ritmo de la respiración estomacal, asigné un uno a las inspiraciones, un cero a las expiraciones e inicié la cuenta mientras insuflaba y exuflaba (este verbo, exuflar, me lo acabo de inventar yo, no creo que tenga ningún interés académico, ni que sea adoptado por generaciones futuras de hispanohablantes, pero queda muy bien como contraposición al otro, insuflar, que proviene del latín insufflare) chorretones de aire hacia y desde mis pulmones, pero me sobrevino un acceso de tos por causa de una flema atravesada, casi me afuego, y terminé liándome con los números, me vi obligado a dejarlo cuando iba por el 10101, que tampoco está nada mal. Marqué el número de teléfono que me había dado la señora Maruja. Era el de El urogallo borracho. La señal de llamada sonó repetidas veces hasta que la voz cavernosa de Belfo, el barman, tomó posesión del aparato. Pensé, sobre la marcha, en distorsionar la mía, dándole una modulación distinta que me permitiera adoptar otra personalidad, después de todo lo que había pasado no estaba seguro de que una llamada mía recibiera cálida acogida de otro miembro de los Matamoros que no fuera mi amable y pechugona anfitriona, la señora Maruja.

 -Hola, boniato -dije, adoptando una voz suave como la gamuza-, que la paz del Señor esté contigo. ¿Está tu madre por ahí?

 -Eso depende, ¿quién pregunta por ella?

 -Soy... Antoñita Parrabos, presidenta de la Congregación Mariana del Santo Sepulcro, por la gracia de Dios. Llamaba para que la Maru nos confirmase si va a venir a rezar el rosario el viernes que viene. También jugaremos al parchís y serviremos unas pastas, te lo digo por si te quieres unir a nosotras.

 -Paso, tía, un momento, que te la paso.

 -Que Dios te lo pague, hijo, ora pro nobis -dije, y colgué. Con eso tenía suficiente, no necesitaba hablar con la señora Maruja, sólo saber que seguía entre los vivos o, lo que es lo mismo, que el padre Apelvis no le había dado pasaporte, en parte era una lástima, porque le hubiera proporcionado a mi novela un giro macabro que te cagas, pero también me alegré por ella, era buena gente, y no como otras. Quizá me había dejado llevar por la imaginación, quizá la señora Maruja no estaba chantajeando al padre Apelvis y éste había acudido en su auxilio por voluntad propia, sin ser víctima de la coacción, el miedo a que su pecaminoso pasado fuera descubierto, o el remordimiento. Sería conveniente que, mientras continuaba con mis pesquisas, fuera atando todos los cabos que en aquella historia seguían sueltos. Por ejemplo, ¿estarían la señora Maruja y el mediático curita liados? Una vez más, también cabía dentro de lo posible que únicamente les uniera una amistad sincera, y que hubieran quedado citados en aquel hotel de Gijón hasta donde les seguí para dialogar en privado, y no para dedicarse al vil fornicio como habían hecho Oculta y Pánfilo Viriato, cada vez estaba más convencido de que estos dos se habían confabulado para enviarme lejos, cuanto más lejos mejor, no fuera a ser que el pardillo de Tristán fuera a molestarles mientras iban de polvo en polvo y me la tiro porque me toca, ¿no había sido Oculta quien me había empujado a viajar a Londres? Sal a correr aventuras, pardillo, ¿no ves que quiero cepillarme a tu hermano? Tonto de mí que la creí, seguro que ni siquiera le gustaba cómo escribía, con toda seguridad aborrecía todos aquellos cuentos que le había dejado leer. ¿Desde cuándo lo tendría todo planeado? ¿Merecía la pena seguir buscando a Eva María Matamoros? ¿Por qué no lo mandaba todo a tomar por saco y regresaba a casa? A saber qué cara pondrían esos traidores, con lo felices que se las debían de estar prometiendo ahora que tenían la casita para ellos solos. Se lo estarían montando en todas partes, en la salita, en el lavabo, en la ducha, en la despensa, encima de la aspiradora, haciendo equilibrios sobre un cuadro, yo qué sé, como descubriera que lo habían hecho en mi cama me iban a oír, vaya si me iban a oír.

(Continuará...)

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12 Noviembre 2009

64. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (XVI)

 Hostia bendita, no me lo podía creer. ¿Sería posible que el coche sobre el que aterrizara al escapar de el urogallo borracho hubiera sido el mismísimo bólido azul, la joya de la corona panfiloviriática? Si tal hubiera sido el caso, me hubiera dado cuenta, ¿o no?, quizá no, porque vamos a ver, ¿no me había metido prisa la serpiente para que no perdiéramos el rastro de la señora Maruja? ¿No me había conminado a que no mirara para atrás, so pena de quedarme convertido en estatua de sal? Y además, recordaba haberme sentido bastante aturdido tras el golpe, por no hablar de las copas que había tomado y las setas mágicas que había ingerido, así que sí, admito que es admisible que fuera posible que en la noche de autos mi cabeza no estuviera rigiendo como hubiera sido debido. Vaya marrón.

 -Dime una cosa, Oculta, ¿conseguisteis una descripción detallada del sujeto en cuestión, por un casual?

 -No, aquel caballero sólo mencionó que tenía pinta de ser un chico joven de aspecto barriobajero, y Pánfilo Viriato tampoco le pidió más detalles. Dijo que daba igual quién hubiera sido, porque los desperfectos los ibas a pagar tú.

 -Supongo que me lo merezco -dije, escandalizado, aliviado y contrito a un tiempo-, mi hermano tiene razón, dile que pienso devolverle hasta el último céntimo, aunque para ello tenga que ir a poner el culo a la estación de autobuses.

 -No exageres, Tristán, no creo que tengas que llegar a extremos tan dolorosos. Al final no fue para tanto, porque te olvidaste de echar el pestillo, cabeza de chorlito, la portezuela del conductor estaba abierta, y Pánfilo Viriato encontró un juego de llaves en la guantera, resulta que las guardó allí la última vez que tuvo que utilizarlas cuando se dejó la llave en el contacto. Tu hermano ha llevado el coche al taller de un conocido que le debe algunos favores, así que la factura no va a ser muy elevada, después de todo. Aunque no te lo mereces, puedo decirte, en confianza, que es posible que te condone la deuda. Te está muy agradecido, y yo también.

 -¿Agradecido? ¿Qué quieres decir? No te entiendo.

 -Quiero decir que no hay mal que por bien no venga, y que si no fuera por ti, y por toda la que liaste, es posible que nunca hubiera sucedido lo que después sucedió.

 -¿El qué? Te juro que no entiendo una palabra, Oculta.

 -Algo alucinante, Tristán. Tu hermano no me llevó a mi casa, sino a la vuestra. Tomamos unos güisquitos, charlamos, vimos una de zombis japonesa que nos puso como motos y..., en fin, que pasé allí la noche, jijiji, el resto te lo puedes figurar, lo dejo a tu imaginación.

 -¿Allí dónde, en mi cama, en la bañera, en el sofá?

 -No, tontín. Digamos que esta mañana tu hermano y yo nos despertamos juntos. Bueno, no, miento, porque despertó él primero, salió a la calle y volvió con un ramo de rosas y unos cruasanes que me sirvió en la cama, ¿a que es un cielito? Parece mentira, con lo grandón que es, que sea tan tierno y delicado. Me ha pedido que salga con él, que sea su chica y eso, y le he dicho que sí. Ay Tristán, todo esto me ha pillado tan de sopetón... No lo vimos venir, ninguno de los dos, sencillamente pasó, es increíble, todavía me siento como si estuviera en una nube, ¿no te parece maravilloso?

 -Pero, pero... ¿Serás zorra????

 La dejé con la palabra en la boca, el teléfono me quemaba en las manos, poco faltó para que me lo cargara al colgarlo, se quedó temblando, de buena gana lo hubiera arrancado de la pared. ¿Cómo podían haberme hecho aquello a mí, y a mis espaldas? Les dejaba un minuto a solas y ya estaban copulando como animales, dios, qué asco, ¿en qué mundo estábamos viviendo? Mi corazón latía con furia, pensé en llamar a Murphy y quedar para más tarde, quería emborracharme hasta que la cerveza se me escapara por las orejas y no me apetecía hacerlo en soledad. Pero antes tendría que serenarme y hacer una última llamada.

(Continuará...)

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11 Noviembre 2009

63. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (XV)

 Mi hermano era un hombre de costumbres sencillas, amable y respetuoso de la ley y el orden, su adolescencia en cambio era harina de otro costal, había estado marcada por las violentas pasiones que, nacidas del profundo trauma que le ocasionaran las grotescas circunstancias que rodearon la muerte de nuestra madre, le habían llevado a frecuentar compañías poco recomendables entre las que había aprendido y ejercitado algunas de las prácticas habituales de la delincuencia callejera, como el carterismo, el hurto en pequeñas tiendas y supermercados, el atraco a punta de navaja o el robo de vehículos estacionados en la vía pública. Había sido lo suficientemente hábil y contado con la dosis requerida de suerte como para escapar indemne a la acción de la justicia. Al volante del último vehículo que robó en Gijón llegó un día de febrero hasta el madrileño distrito de Chamberí; demasiado arrepentido de sus fechorías como para ponerse a robar, y demasiado orgulloso como para pedir limosna, vivió en la indigencia durante cuarenta días y cuarenta noches, alimentándose de lo que encontraba en papeleras y contenedores de basura y durmiendo entre las frágiles paredes de una caja de cartón. Sólo tenía diecisiete años, aunque su corpulencia y su aire resuelto le hacían aparentar algunos más. Regresó a casa un veintiuno de marzo, entró en el videoclub, saludó a mi padre, "qué hay de nuevo, viejo", preguntó si necesitaba ayuda en la tienda. Era evidente que mi hermano había cambiado. La expresión de su semblante se había dulcificado, había aplomo en su mirada y pausada contención en el gesto. Silverio de Monforte lo notó enseguida, todos lo hicimos. "Me alegro de verte", dijo mi padre, que había llegado a creer que había perdido un hijo como antes hubiera perdido una esposa, no hubo preguntas, ni se facilitaron explicaciones, y la vida prosiguió como si nada hubiera ocurrido. Años después, cuando parecía que aquel tenebroso período de su vida había quedado sepultado en las catacumbas del olvido, Pánfilo Viriato nos convocaría a mi padre y a mí a tomar parte, en calidad de oyentes, de un acto de contrición en el que nos daría cuenta de su  pasado, así como su participación culposa en un puñado de actos delictivos, ésos que os he contado por encima y en los que tampoco viene al caso ahondar.

 Me había perdido entre los vericuetos de mis propias reflexiones. Entretanto Oculta hablaba y hablaba y hablaba y yo no dejaba de preguntarme si alguna vez iba a dejar ella de hablar. Aquélla era una llamada internacional, ¿es que no se daba cuenta de que iba a salirme por un ojo de la cara? ¿Adónde quería ir a parar?

 -Tenía un abollón enorme en el techo, daba pena verlo, a tu hermano casi le da algo, con el aprecio que siempre le ha tenido a ese coche.

 -Perdona, ¿qué has dicho?

 -El bólido azul, hombre, pon un poco de atención. Parece ser que se desató una pelea en un local de la zona, y que alguien , un joven, saltó por un ventanuco que daba a la calle, saltó o le tiraron, vamos, que ese detalle está por confirmar, con tan mala fortuna que fue a caer sobre el coche de tu hermano, dándose inmediatamente a la fuga. Nos lo contó un señor que pasaba por allí cuando Pánfilo Viriato estaba mesándose los cabellos tras descubrir el terrible aspecto que presentaba su coche. Aquel señor dijo que él vivía en el portal de enfrente, y que lo había visto todo desde la ventana de su casa. También dijo que alguien había llamado a la policía, acudieron dos coches patrulla, pero los agentes se dirigieron hacia el bar donde se había originado la reyerta, dicen que es un local de mala muerte donde hay peleas fin de semana sí fin de semana también, hubo algunos detenidos, y se incautaron armas blancas, bates de béisbol, puños de hierro, un par de uzis, un bazuca y un trabuco del siglo dieciocho, según detalla la sección de sucesos del periódico de hoy. Le dije a tu hermano que igual convendría que nos presentáramos en comisaría a poner una denuncia, pero ya sabes que Pánfilo Viriato no siente lo que se dice simpatía por la policía.

(Continuará...)

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10 Noviembre 2009

62. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (XIV)

 Seguía Oculta dándole a la húmeda, decía ahora que mi hermano había pasado lo que quedaba del día absorto en sus pensamientos, taciturno, despachaba con los clientes sin dar muestras de su jovialidad habitual, permitiéndose la primera broma a media tarde, cuando divisó la cabeza dura y fría de un martillo asomando de una repisa que había detrás del mostrador, justo debajo de la caja registradora, y le dijo a Oculta que si aquélla era el arma con la que pensaba defenderse si nos atracaban los cacos. Oculta se rió, respondió que no, que el martillo era de Tristán, o sea, de un servidor, que lo había adquirido días atrás en la ferretería del señor Héctor Nillos, pero que después me había enzarzado en una disputa tonta con el ferretero (¿tonta?, ¿cómo que tonta?), que el perro de éste había salido en defensa de su amo (sí, claro, como que el Nillos no me había echado el dóberman encima con premeditación y alevosía) y yo me había visto obligado a abandonar su establecimiento con cierta premura, y cómo, para evitar males mayores, ella me había prometido que pasaría por la ferretería a recoger el martillo por mí, ya que con el revuelo de la huida lo había dejado detrás y, lejos de olvidarme de aquel ridículo asunto (ahora resulta que ejercer los derechos inalienables del consumidor es un asunto ridículo), seguía emperrado en recuperarlo porque ya había abonado su importe. Joder, qué cotilla.

 -Lástima que el chucho no le mordiera -sentenció mi hermano-, le hubiera estado bien empleado, por andar teniendo tratos con ese cabrón de Nillos.

 -También yo los tengo, Panvi -dijo Oculta, ¿y desde cuándo le llamaba Panvi, si ese apelativo cariñoso era mío y sólo mío? Yo era el único que tenía derecho a llamarle Panvi, joder, yo y sólo yo, pensaba yo, pero ella seguía pegando la hebra como si tal cosa-, desayunamos juntos en la cafetería de la esquina siempre que tengo turno de mañana. Algún día tendrías que unirte a nosotros, Héctor tiene una conversación muy agradable. Sé que habéis tenido vuestras diferencias en el pasado, pero te aseguro que no es mala persona, si hicieras un esfuerzo por conocerle lo comprobarías por ti mismo.

 Pánfilo Viriato había optado por encerrarse en un silencio hermético -que conste en acta que no me extraña, porque lo que acababa de decir Oculta del vomitivo de Nillos era como para amargarle el día a cualquiera-, del que no saldría hasta la hora del cierre, ya había apagado las luces, programado la alarma, echado la llave y bajado la persiana metálica cuando, en lugar de dar las buenas noches y ofrecer un escueto y cortés "hasta mañana", que era lo que hubiera hecho cualquier persona decente en su situación, se le ocurrió pedirle a Oculta si querría acompañarle hasta donde  se suponía que el bólido azul había quedado abandonado. ¿Puede ofrecer alguien peor excusa para dar un paseo romántico por la playa? Pues eso fue lo que hicieron, Oculta caminaba del brazo de mi hermano, el frío había remitido, la lluvia cesado, y un gajo de luna desparramaba su luz por un cielo parcialmente cubierto de algodonosas gasas. Brillante y lustrosa, la mar palpitaba en calma. Qué romántico, sólo faltaba que él la hubiera tomado por los hombros y la hubiera besado apasionadamente, apretando sus morros contra los de ella, prohibida la lengua, como en una de esas escenas amorosas de las películas del año tacatún, pero no, no había ocurrido así, Oculta sentía frío y al introducir una mano en el bolso de la zamarra de Pánfilo Viriato, había tropezado con el mango de mi martillo, que descansaba dentro, así que le preguntó si había alguna razón para que lo hubiera traído consigo, y recibió por respuesta que iba a ser utilizado en hacer añicos una de las ventanillas del bólido azul. Pensaba descontar el importe de la reparación del exiguo sueldo que yo recibía por trabajar en el videoclub a tiempo parcial. Aquí ya empecé yo a ponerme realmente nervioso. Ten hermanos para esto.

 -Si  el coche está aparcado donde Tristán dice que está -dijo Oculta que mi hermano dijo-, no puede permanecer allí de forma indefinida. Está prohibido aparcar en esa zona de Gijón en horas laborables, así que, como muy tarde, el lunes por la mañana se lo llevaría la grúa municipal. Podría llamar a un cerrajero, pero prefiero hacerlo a mi manera. Forzaré la ventanilla, lo puentearé y conduciremos hasta el garaje. ¿Qué te parece, Oculta? También nosotros vamos a correr nuestra pequeña aventura.

(Continuará...)

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9 Noviembre 2009

61. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (XIII)

 -Es cierto -dije, interrumpiendo el soliloquio informativo de Oculta-, me temo que Bigardito haya perdido la chaveta, me lo encontré en la playa el día uno, estaba chorreando, decía que le habían atacado unas gaviotas después de haberse caído al agua, que las olas le habían hablado antes de golpearle intencionadamente, y otras incongruencias por el estilo.

 -¿No crees que no estás en situación de poner en tela de juicio la capacidad mental de los demás? Dime una cosa, ¿es verdad que te has ido a Londres?

 Me revolví, incómodo, sobre el duro taburete. Me hallaba en una de las estrechas cabinas telefónicas que se alineaban a lo largo de una pared en aquel cibercafé que había encontrado, próximo a la estación de Stockwell. Al otro lado del cristal de la puerta de mi cabina se veía un extremo del mostrador desde el que un hombre joven de largas barbas y chilaba blanca con rayas verdes atendía las demandas de sus clientes. Era un hombre afable, de ojos risueños y suaves modales.

 -Sí, señorita -respondí.

 -Me lo temía. Me decepcionas, Tristán, quiero que lo sepas. Y no me llames señorita, hace muchos años que, a Dios gracias, abandoné la docencia. Tienes que dejar de comportarte como un crío, ¿no ves que ya eres un hombre hecho y derecho?

 Era extraño. A pesar del indudable tono de dureza que imprimía a sus admoniciones, había un trasfondo de serena felicidad, una suerte de radiación jubilosa que transmitía y parecía provenir del centro de su ser y salía a relucir cuando, al sumirse en la exposición prolongada de los hechos según les había tocado vivirlos a ellos, Oculta bajaba la guardia, y que yo interpreté como que, en el fondo, mi querida Oculta estaba orgullosa de mí, de mi ímpetu fogoso y el juvenil arrojo con el que me estaba enfrentando a los imponderables de la vida. Qué ingenuo fui. No tardaría ella en sacarme de mi error. Y de qué forma tan dolorosa.

 -Lo siento, señorita, es que cuando me has reñido me he retrotraído a los dorados años en que éramos profesora y alumno. Qué tiempos aquéllos. ¿Te he dicho alguna vez que has sido la mejor profesora que he tenido nunca?

 -Sí, y te lo agradezco de veras, pero no me hagas la pelota, ahora no, no es el momento. ¿Me vas a permitir que continúe?

 La señorita Oculta Trufas se sentía responsable, en parte, de mis últimos actos, ya que consideraba que habían sido las palabras de cálido aliento con las que me había animado a salir en busca de aventuras las que habían precipitado los acontecimientos. Tal cual me lo dijo, apresurándose luego a silenciar mis encendidas protestas para proseguir con su relato: Sucedió que cuando Bigardito se disponía a salir del videoclub por segunda vez consecutiva, los hados quisieron que se pusiera a llover a chuzos. Ni corto ni perezoso, mi amigo, que debió de pensar que no era plan de emprender su peregrinación a tierras altas calado hasta los huesos, sacó el móvil y marcó el número de la centralita de taxis.

 -¿Os dais cuenta -suspiró, después que hubo colgado y mientras encendía su videoconsola portátil para ponerse a jugar entre que llegaba y no llegaba el taxi-, que ni los más viejos del lugar recuerdan haber visto llover como lo hace hoy en día? ¿Podría haber mejor prueba de que estamos presenciando el preludio al gran megadiluvio universal?

 Cuando el taxi se perdió de vista, llevándose al intrépido Bigardito con él, Pánfilo Viriato ya había resuelto que mi amigo no estaba tan trastornado como podría en primera instancia parecer, y que no iba a ser él quien ejerciera de niñera de nadie, así que si quería irse de camping, que se fuera, que él no pensaba molestarse en llamar a sus padres.

 -Ya es mayorcito, joder, y Tristán también. Que cada hombre aguante su verga.

 Ay, amigos, ¿por qué será que siempre terminamos pagando justos por pecadores?

(Continuará...)

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