-Adelante, ahí tienes una escoba y un recogedor, pequeño fisgón, el que la hace la paga, puedes barrer lo que queda del plato que rompiste mientras yo voy preparando café. Estoy recién levantada, necesito un buen chute de cafeína, ¿te apuntas?
La mujer que se presentó a sí misma como Sami y cuyo pasaporte español venía a nombre de Samanta Quetén Gofrío, natural de Albacete, año de nacimiento mil novecientos sesenta y nueve, no era lo que se dice una pipiola, aunque tampoco parecía fruta madura. No era fea, ni mucho menos una gran belleza, pero irradiaba un magnetismo bestial por el que resultaba difícil no sentirse atraído y, si no andabas con cuidado, fatalmente atrapado. No era sólo por razón de su voz, ya de por sí una fuente de enigmático poder, o por las cosas que decía y por cómo las decía, sino también por la luz que emitían sus ojos, aquellas luminarias azules de grandes pupilas suspendidas bajo los elongados estiletes que tenía por cejas, y aunque era alta y algo robusta, la elasticidad elegante que imprimía a sus movimientos, o ese sinfín de larguísimas trenzas de un intenso azul cobalto que caían sobre sus hombros de chocolate hacían que uno tuviera a veces la sensación de estar viéndoselas con una formidable pantera.
-Esta casa es mía. Se la compré hace unos años a un matrimonio indio que tenía prisa por deshacerse de ella y regresar a la India. Un auténtico chollo, si la vendiera hoy sacaría tres veces lo que costó en su día. No es que vaya a hacerlo, quizá más adelante, el dinero que saco alquilando dos de las tres habitaciones que hay arriba es más que suficiente para ir pagando la hipoteca. Tengo tres inquilinos, una pareja de españoles y una chica italiana, pero se han ido todos a casa por Navidad. No soy una persona a quien le aterre la soledad, al contrario, estos períodos de festiva solitud me vienen muy bien para disfrutar de mí misma, y de Lúa, que me proporciona toda la compañía que necesito -al oír su nombre, el gran danés que dormitaba sobre una gruesa manta de pelo de camello, junto a la chimenea eléctrica del salón, emitió un somnoliento y placentero gruñido, y agitó el alegre rabito. La estancia estaba agradablemente caldeada. Sami sirvió el café en dos tazas que formaban parte de un juego de porcelana china. Eché dos de azúcar en el mío, que disolví en un discreto tintineo, fruto de la confabulación temporal entre porcelana y cucharilla, mientras prestaba atención a cuanto ella decía-, pero de vez en cuando no viene mal un poco de cháchara... y lo que venga después -Glups, ¿me había guiñado un ojo como si diera por sentado que yo estaba directamente implicado en lo que quiera que fuese que tenía proyectado que vendría después, o serían cosas mías?-, sobre todo si el tema de conversación es Eva María -concluyó.
Olvidándome de que hervía, le di un buen trago al café para ocultar mi turbación, y me quemé los labios, los dientes, la lengua y las amígdalas, por no mencionar la tráquea y el esófago, si me apuráis. Sami observaba mis aspavientos con una sonrisa en los labios. Al abrirme la puerta me había pedido que me descalzara, los calcetines también, y que dejara aquella peste de calzado que llevaba a la entrada, donde a nadie pudiera intoxicar. Nos habíamos sentado a una mesa baja, sin patas, sobre cojines dispuestos por los cálidos suelos de madera sobre los que caminar descalzo se convertía en toda una experiencia religiosa. Sami llevaba puesto un kimono negro en el que reinaba un gran dragón rojo bordado sobre un campo de espigas doradas. Envuelta en un halo de luz algo más nítida que la luminosidad tamizada que proporcionaban las candilejas que se repartían por toda la estancia, Sami parecía una deidad exótica, una diosa inalcanzable, una entidad primordial inasequible al desaliento, los deseos y las debilidades que pudiera alimentar un simple mortal.
El fanal situado sobre la entrada del número 27 de Fartaway Place se encendió despojándome del basto tapujo de las sombras. La hoja de la puerta se entreabrió en un resquicio que me permitió sentir el brillo perspicaz de unos ojos que se asomaban para diseccionarme desde la oscuridad interior. La cadena de seguridad seguía echada y, cosa extraña, pensé si no sería por mi propio bien.
-Espero que tengas un buen motivo para venir en mitad de la noche a turbar mi quietud, asustándome como lo has hecho. ¿Es que no sabes llamar a la puerta, como todo el mundo? -La voz que así me reprendía era suave y contenida, pero segura de sí misma. Se desenvolvía en un buen inglés.
-Perdona, no era mi intención, es que estaba muy oscuro y no encontraba el timbre. ¿Está Eva María en casa?
-Lo siento, pequeño fisgón, aquí no vive nadie con ese nombre. Adiós -dijo ella. Una voz firme, acostumbrada a tomar decisiones. Conseguí interponer la puntera de la zapatilla deportiva entre la puerta y su marco antes de que me la cerrara en las narices.
-Concédeme un momento, por favor te lo ruego, he viajado desde España sólo para verla. Mira, tengo una foto suya, échale un vistazo, qué te cuesta. -Saqué el retrato de Eva María y se lo mostré. La puerta se abrió un poco más, lo justo para que una mano de dedos largos, finos y ensortijados surgiera del vano e hiciera un gesto como para que se lo acercara todavía más. Así lo hice, sujetándolo por el extremo superior con las puntas de los dedos a fin de que obtuviera una visión lo más clara posible. Entonces aquellos estilizados dedos suyos se movieron con agilidad felina, saltaron e hicieron presa en la fotografía, tiraron con fuerza, retirándose a saborear su captura en la cálida seguridad del cubil-. ¡Eh! -protesté-, trátala con cuidado, es la única que tengo. -Por toda respuesta, una tenue claridad rosada se prendió al otro lado, iluminando parcialmente el vestíbulo y el marco de una puerta que daba acceso a la misma cocina que hubiera vislumbrado antes a través de los visillos de la ventana. Al cabo de una callada pausa que me pareció se prolongaba en exceso, la luz del vestíbulo feneció, y frente a mí resurgieron la mano y su revuelo de sortijas, devolviéndome el preciado icono.
-¿La reconoces?
-Pudiera ser -respondió, ahora ya en español, lo que no hizo que perdiera un ápice de su encanto-. ¿Para qué la buscas?
-Tengo que entregarle una carta de su madre. La señora Maruja está muy preocupada porque hace ocho meses que no tiene noticias suyas. Parece ser que por aquel entonces Eva María vivía aquí, o al menos ésta es la dirección que ella le proporcionó a su madre, quien también asegura haber estado enviándole correspondencia de forma periódica. ¿Sabes si en el curso de los últimos meses ha llegado alguna carta para Eva María Matamoros? -pregunté, pero ella contestó con otra pregunta.
-¿Y a ti, qué relación te une con la chica de la foto? ¿Sois parientes, amigos, ex amantes, ...? - Una voz cálida pero inflexible, una voz sugestiva que parecía estar diciendo "toda promesa lleva implícita una amenaza, yo barajo las respuestas, haz las cosas a mi manera y todo saldrá a pedir de boca".
-En realidad no la conozco, y a su madre tampoco, a ésta la he visto sólo una vez, cuando me ofrecí a hacer de intermediario.
-Hace un momento has dicho que has venido a Londres estrictamente para verla. No eres policía, ni investigador privado, eso se nota a la legua, así que yo te pregunto, ¿por qué habrías de hacer algo así por una desconocida? ¿Eres tonto, o esperas obtener algo a cambio?
-Me pagan el viaje y los gastos, ¿qué mejor forma de hacer turismo? -Opté por callarme lo de mi novela, pues una verdad a medias sigue siendo una verdad, aunque le falte el alma que la completa.
Entre que la voz masticaba mis palabras y sus posibles implicaciones, pensé que resultaba evidente que su dueña sí conocía a Eva María, si es que no se trataba de ella. También que le gustaba dictar los términos y sus tiempos. Comprendí que tendría que ser paciente y acatar las reglas, cualesquiera que fueran éstas.
-Saca el pie de ahí -dijo al fin-, antes de abrir la puerta tengo que volver a cerrarla, de lo contrario no podré quitar la cadena y ambos perderemos la oportunidad de conocernos mejor. ¿Verdad que sería una lástima? -Una voz táctil, dotada de una sensualidad subyugante, y un pelín peligrosa, como cuando disfrutas de la afilada caricia de ese cuchillo que, envuelto en satén, culebrea alrededor de tu ombligo, y tú aceptas cerrar los ojos para seguir entregándote a las delicias del juego, aun cuando haya partes de ti, los cojones en concreto, que se encogen porque en el fondo sabes que de un momento a otro podrían dejar de pertenecer a tu cuerpo. Y aunque ya empezaba a echarlos de menos, como no podía ser de otra forma obedecí.
En efejto, por razones ajónjolis a mi voluntad, esta semana me veo obligado a interrumpir la publicación de nuevas entregas que, si todo marcha sobre ruedas, será retomada el lunes día 30 de Noviembre, es decir, el lunes que viene. Nos aproximamos a una parte crítica del relato en la que conviene ir con tiento para no cometer deslices de los que después tengamos que arrepentirnos.
Mientras tanto, os dejo con un barafilloso relato de Martes y trece, Blancanieves y el príncipe Azul. Bon voyage!
Una humilde congregación de alargados edificios de cuatro plantas y fachadas de achocolatado ladrillo construidos en torno a un extensa explanada cerrada al tráfico, se abría ante mis ojos: Fartaway Place, por fin había llegado. Rodeé una loma achatada que coronaba un sauce llorón, crucé el recinto ovalado de un parque infantil sorteando toboganes, balancines y columpios hechos de neumáticos que, sumisos al quehacer del viento, rechinaban quedamente en su casi imperceptible vaivén, caminé un buen trecho sobre un firme de crujientes guijarros hacia una mujer negra vestida de vistosos verdes, naranjas y amarillos que caminaba delante mío llevando en la cabeza un perifollo semejante a una pirámide de frutas tropicales. La alcancé según estaba deteniendo sus bamboleantes andares de ánade pesado y torpe para arrojar un raquítico árbol de navidad entre las niqueladas fauces de un contenedor que, ahíto de troncos, ramas y agujas, parecía estar a punto de ponerse a eructar trozos de pino. Las viviendas que ocupaban la planta baja de los edificios que daban a la explanada tenían sus propios retazos de césped particulares, separados entre sí por una sucesión de hileras de setos mal cuidados. Entre que recuperaba y no el aliento, la mujer, que respiraba emitiendo un pitido como si tuviera el fuelle obturado, tardó un rato en contestar cuando le pregunté dónde podía encontrar la que correspondía al número veintisiete, enviándome hacia una de aquéllas arriba mencionadas antes de que algo distrajera su atención y, apartándose a un lado, alzara una voz grave que lanzaba fonemas duros y airados, ininteligibles para mí, contra un puñado de mocosos vocingleros que, sin hacer el menor caso de sus imprecaciones, se turnaban en dar puntapiés a un balón de fútbol, jugando sin duda a ver quién acertaba más veces a dar de lleno en una placa metálica fijada a un muro en la que podía leerse "prohibido jugar al balón".
Tras empujar una cancela de madera que se abrió chirriando lastimosamente sobre sus goznes como una bruja aquejada de almorranas lo haría al sentarse en el retrete, accedí al jardín frontero del número veintisiete de Fartaway Place. Descubrí que un cervatillo de escayola de pardos lomos moteados de blanco y dos enanos desconchados habitaban entre los hierbajos, uno era Mudito, el otro no lo sé porque lo habían decapitado. Avancé por un sinuoso sendero empedrado y me detuve frente a la puerta, pero en no hallando timbre ni aldaba, opté por desplazarme hacia la izquierda hasta que pude aplastar las narices contra el cristal de una ventana que proyectaba un meloso resplandor de tenue luz hacia el exterior. Escuadriñé la hogareña intimidad que el acristalado vano me mostraba a través de unos visillos cuya transparencia desvelaba a medias sus secretos, materializándolos en una silueta femenina que permanecía a oscuras, a escasos metros de distancia, ocupada en secar con un trapo las piezas de vajilla que iba tomando con distraída parsimonia de un escurridor, resultaba evidente que, absorta en pensamientos que la mantenían flotando muy lejos de allí, no prestaba gran atención a lo que estaba haciendo. Me quedé un rato estudiándola, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso mientras trataba de discernir si me hallaba ante la presencia de Eva María Matamoros, la muchacha que venía buscando, pero la misma luz vacilante que -proveniente del otro lado de la estancia, donde la cocina desembocaba en una pieza más amplia- le daba forma y vida, me arrebataba también la posibilidad de apreciar los detalles de su fisonomía al sumir su perfil visible en una sombra indefinida, imposible determinar si se trataba de la hija de la señora Maruja o no, sólo que era mujer y tenía el pelo cubierto de rastas. Piqué suavemente en la ventana con los nudillos, pero no me oyó, así que golpeé otra vez, quizá empleando excesiva fuerza, y la indolente y enigmática figura saltó en el sitio como si le hubieran pinchado con un alfiler, dio un grito ahogado y se llevó las manos a la boca, acción que le hizo soltar el plato que a la sazón estaba secando, el cual, tras coger algo de altura, descendió en alegres giros hasta espetarse contra el suelo, transformándose, con gran estrépito, en un montón de pedacitos de loza que se esparcieron en las más diversas y dispares de las direcciones. A continuación pude escuchar un rotundo mecagüenlaputa, y ver cómo la fantasmal figura desaparecía de mi vista. Unos instantes después se abrió la puerta de la entrada, y así fue como conocí a Samanta Quetén Gofrío.
-Por el código postal, yo diría que no andas muy descaminado. Espera, si no me equivoco, en alguna de aquellas estanterías tenemos un London from A to Z.
Era un callejero voluminoso, nada de esos mapas desplegables que mostraban las principales calles del centro y los monumentos reseñables, sino todo un libro nacido con vocación enciclopédica lo que la anciana dependienta sostuvo entre sus manos marchitas tras desalojarlo, levantando una nubecilla de polvo amarillo, del lugar que ocupaba en la apretada línea de libros disparejos que llenaba un estante. Lo consultamos juntos, yo de rodillas, para no tener que deslomarme por causa de su escasa estatura, y localizamos la dirección en el índice de calles, el número de página y las coordenadas del cuadrante en el que nuestro objetivo se situaba, había páginas sueltas, otras rasgadas, era posible que faltaran algunas, pero no aquélla que buscábamos, ésta seguía intacta.
-Conozco esta zona, está aquí al lado, como quien dice. ¿Ves? -Su voz, antigua y rasposa, sugería una bondad arcana, confiable, que despertaba en mí una añoranza irreconciliable, como me imaginaba debería de sentirme ante la matriz perdida de todas las cosas-. Sólo son dos paradas en metro, si coges la Northern Line en dirección norte, y te bajas aquí, llegarás en diez minutos al palacio donde mora tu dama.El callejero costaba cincuenta peniques, que sumamos a las veintitrés libras y treinta y cinco peniques que ya debía a cuenta de los otros artículos que había adquirido e incorporado a mi vestimenta. Le di un billete de cincuenta.
-Quédese el cambio. -Aborté con taxativo gesto su conato de protesta, basculando luego el dedo índice para señalar, alternativamente, cada uno de sus pechos-. Quédeselo para la causa, y guarde cuidado, provengo de una familia adinerada, allá en la Cuchipampa.
-Que el señor te bendiga, hijo. -El hada madrina retrasó el pie izquierdo, colocándolo tras el derecho, y tomó las puntas del chal entre las yemas de los dedos, extendiéndolas hacia abajo y hacia afuera, y dobló ligeramente las rodillas en una graciosa genuflexión irreverente. Debajo del chal vestía una sudadera como la mía, solo que de color lila, cuyo lema frontal decía I like your bits, do you like my tits? La risa se le escapaba como a una niña traviesa.
Qué bien me sentí entonces, al comprender que el mundo continuaría siendo un lugar decente mientras siguiera viviendo en él gente espléndida como el hada madrina. No todo estaba perdido, tendría que postergar mi suicidio apenas lo había imaginado, y mi venganza, para más adelante, quizá cuando terminara de escribir mi novela sería un buen momento, se lo debía a mis lectores, a vosotros, queridos míos, a la valiente y risueña Humanidad encarnada en aquel rostro apacible que había tomado entre mis guantes recién estrenados para depositar un beso sobre el campo de arrugas que era su frente. Era hora de partir.
Salí del locutorio acosado por los más negros de los presagios. Iban a dar las cuatro de la tarde, del día sólo quedaba una menguante luz mortecina. Pasé por delante de la estación de metro y seguí de largo por la avenida, no llegué muy lejos, caminaba sorteando viandantes, encogido sobre mí mismo, las manos, témpanos ardientes, hincadas en los bolsillos para combatir la implacable mordedura del frío, debajo de la cazadora llevaba una camiseta y un jersey fino, no había traído ropa para afrontar estas temperaturas, me castañeteaban los dientes. Era domingo, todas las tiendas que me cruzaba estaban cerradas, excepto una, una charity shop que recaudaba fondos para la lucha contra el cáncer de mama a través de la venta de objetos usados, libros viejos, ropa de segunda mano que donaba la gente. La atendía una mujeruca consumida y arrugada como una uva pasa, de largos cabellos níveos veteados de azafrán que caían, sorprendentemente brillantes y sedosos, sobre los flecos de aquel chal malva de punto con el que se cubría los hombros. En la sección de ropa no había mucho donde elegir. Escogí una sudadera color lima con capucha que tenía el lema I like your tits, do you like my bits? escrito en el pecho, unos leotardos rosas -sí, unos leotardos rosas, qué pasa, eran los únicos que me servían-, pantalones vaqueros de mi talla -nadaba en aquellos que me había prestado la señora Maruja-, unos guantes de piel bien forrados y una gorra colorada de tartán con orejeras, pasé al probador, quería llevármelo todo puesto. Un calorcito muy rico me envolvía por oleadas, de buena gana me hubiera recostado allí mismo, sobre el suelo enmoquetado, a esperar que el sol de otra mañana me ofreciera renovadas perspectivas, pues ni siquiera eso tenía, una cama, un agujereado y duro jergón donde este paria pudiera caerse muerto, este primo, este apátrida a quien los suyos habían estafado, expulsado y dado la espalda, se estarían riendo, Oculta y Pánfilo Viriato, orgullosos de su hazaña, podía imaginármelos, poniéndose hasta el culo de centollos, langosta y andaricas, brindando con champán y haciéndose arrumacos al calor de un buen fuego, cantando la vida es bella, mofándose de mi inocencia mancillada, pero reíd, reíd, malditos, que ya lloraréis luego. Otra vida comenzaba para mí, una vida triste y lúgubre en aquel desolador infierno polar, una vida que se me antojaba corta, efímera, como el ascua de una colilla que han tirado al pavimento y una bota claveteada se dispone a pisotear. Se había apagado mi buena estrella. Quizá lo mejor sería anticipar el final, buscar un vertedero municipal, mi nadir, un muladar de sueños rotos donde dejarme morir entre cascotes de vidrio, mondaduras de patata y muñecas destripadas, como hacían, según tengo entendido, los elefantes viejos y los paramecios. Reflejada en el espejo del probador, mi imagen había levantado un dedo, como pidiendo permiso para hablar.
-Pobre de mí, mísero infeliz, un día alguien recuperará mi cadáver, los cuervos me habrán sacado los ojos, las ratas se habrán comido mi rostro, los gusanos habrán hecho de mi otrora cuerpo serrano un irreconocible y putrefacto amasijo. Las autoridades hallarán mi documentación, eso si tengo suerte y todavía no me han robado los vagabundos, o igual me identifican por la dentadura, como en las películas policíacas, también podría facilitarles yo la tarea dejando una nota. El consulado español comunicará mi fallecimiento a mi familia a la mayor brevedad posible. Pánfilo Viriato y Oculta no podrán mirarse a los ojos sin recordar lo que me han hecho, el remordimiento será más fuerte que ellos, no podrán aguantarlo, tendrán que divorciarse, porque evidentemente ya estarán casados, cada uno soportará su condena por separado, mi muerte, su culpa, su pecado, mi regalo envenenado, me pregunto cuál de los dos se quedará con mis cenizas.
-¿Te encuentras bien, hijo? No quisiera meterte prisa, pero es que vamos a cerrar.
Descorrí la cortinilla del probador. La anciana y diminúscula dependienta sonreía expectante, con el encanto de un hada madrina bondadosa y complaciente.
-¿Qué tal me queda, abuela?
-Igualito que el príncipe encantador -dijo ella-, ahora sólo te faltan la calabaza y los ratones y ya podrás sacar de paseo a tu Cenicienta. Porque tendrás una, ¿verdad? Un mozalbete tan guapo como tú. -Se alzó en puntillas y me pellizcó un moflete. Qué majetona.
-Claro que sí. -Le enseñé la foto de la hija de la señora Maruja-. ¿A que es hermosa? He recorrido los cientos de miles de millas náuticas que nos separan de la Cuchipampa, la lejana tierra de mis ancestros, sólo para verla, pero recién he llegado y me encuentro algo perdido, le estaría sumamente agradecido si pudiera indicarme cómo llegar hasta aquí. -Señalé la dirección escrita en el reverso. La anciana se ajustó los lentes, que llevaba colgando de una cadena al pecho, y guiñó sus ojillos, diciendo:
Al efecto de recuperar la requerida paz interior, me propuse realizar un sencillo ejercicio de relajación que consiste en utilizar el sistema binario de numeración para tratar de ejercer un control exhaustivo sobre el ritmo de la respiración estomacal, asigné un uno a las inspiraciones, un cero a las expiraciones e inicié la cuenta mientras insuflaba y exuflaba (este verbo, exuflar, me lo acabo de inventar yo, no creo que tenga ningún interés académico, ni que sea adoptado por generaciones futuras de hispanohablantes, pero queda muy bien como contraposición al otro, insuflar, que proviene del latín insufflare) chorretones de aire hacia y desde mis pulmones, pero me sobrevino un acceso de tos por causa de una flema atravesada, casi me afuego, y terminé liándome con los números, me vi obligado a dejarlo cuando iba por el 10101, que tampoco está nada mal. Marqué el número de teléfono que me había dado la señora Maruja. Era el de El urogallo borracho. La señal de llamada sonó repetidas veces hasta que la voz cavernosa de Belfo, el barman, tomó posesión del aparato. Pensé, sobre la marcha, en distorsionar la mía, dándole una modulación distinta que me permitiera adoptar otra personalidad, después de todo lo que había pasado no estaba seguro de que una llamada mía recibiera cálida acogida de otro miembro de los Matamoros que no fuera mi amable y pechugona anfitriona, la señora Maruja.
-Hola, boniato -dije, adoptando una voz suave como la gamuza-, que la paz del Señor esté contigo. ¿Está tu madre por ahí?
-Eso depende, ¿quién pregunta por ella?
-Soy... Antoñita Parrabos, presidenta de la Congregación Mariana del Santo Sepulcro, por la gracia de Dios. Llamaba para que la Maru nos confirmase si va a venir a rezar el rosario el viernes que viene. También jugaremos al parchís y serviremos unas pastas, te lo digo por si te quieres unir a nosotras.
-Paso, tía, un momento, que te la paso.
-Que Dios te lo pague, hijo, ora pro nobis -dije, y colgué. Con eso tenía suficiente, no necesitaba hablar con la señora Maruja, sólo saber que seguía entre los vivos o, lo que es lo mismo, que el padre Apelvis no le había dado pasaporte, en parte era una lástima, porque le hubiera proporcionado a mi novela un giro macabro que te cagas, pero también me alegré por ella, era buena gente, y no como otras. Quizá me había dejado llevar por la imaginación, quizá la señora Maruja no estaba chantajeando al padre Apelvis y éste había acudido en su auxilio por voluntad propia, sin ser víctima de la coacción, el miedo a que su pecaminoso pasado fuera descubierto, o el remordimiento. Sería conveniente que, mientras continuaba con mis pesquisas, fuera atando todos los cabos que en aquella historia seguían sueltos. Por ejemplo, ¿estarían la señora Maruja y el mediático curita liados? Una vez más, también cabía dentro de lo posible que únicamente les uniera una amistad sincera, y que hubieran quedado citados en aquel hotel de Gijón hasta donde les seguí para dialogar en privado, y no para dedicarse al vil fornicio como habían hecho Oculta y Pánfilo Viriato, cada vez estaba más convencido de que estos dos se habían confabulado para enviarme lejos, cuanto más lejos mejor, no fuera a ser que el pardillo de Tristán fuera a molestarles mientras iban de polvo en polvo y me la tiro porque me toca, ¿no había sido Oculta quien me había empujado a viajar a Londres? Sal a correr aventuras, pardillo, ¿no ves que quiero cepillarme a tu hermano? Tonto de mí que la creí, seguro que ni siquiera le gustaba cómo escribía, con toda seguridad aborrecía todos aquellos cuentos que le había dejado leer. ¿Desde cuándo lo tendría todo planeado? ¿Merecía la pena seguir buscando a Eva María Matamoros? ¿Por qué no lo mandaba todo a tomar por saco y regresaba a casa? A saber qué cara pondrían esos traidores, con lo felices que se las debían de estar prometiendo ahora que tenían la casita para ellos solos. Se lo estarían montando en todas partes, en la salita, en el lavabo, en la ducha, en la despensa, encima de la aspiradora, haciendo equilibrios sobre un cuadro, yo qué sé, como descubriera que lo habían hecho en mi cama me iban a oír, vaya si me iban a oír.