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Categoría: AVENTURAS EQUIPO COES

15 Diciembre 2008

Aventuras COES: El enemigo en casa (II)

El enemigo en casa (II)



Aquella mañana nos habíamos levantado temprano.

El señor Abdullah, el dueño del camping que nos daba cobijo, nos había proporcionado el vehículo en el que habíamos de viajar, un Land Rover algo destartalado en el que la noche anterior habíamos cargado nuestros bártulos, incluidos los cuarenta litros de laxante para camellos, las cadenas de acero inoxidable y la cabra muerta con los que pensábamos implementar nuestro plan.


Por delante teníamos tropocientos kilómetros de carreteras en mal estado y accidentadas pistas de tierra antes de llegar a la pequeña aldea en la que haríamos noche, al otro lado de las Gargantas de Arak. A la mañana siguiente abriríamos el estómago de la cabra, introduciríamos el laxante y volveríamos a cerrar. Guiados por Camelia, nos internaríamos en el bosque petrificado y dejaríamos el cebo en las inmediaciones del lugar en el que aquélla había sido atacada, devorada y escupida en su nueva condición de cabeza incorpórea, y nos retiraríamos a esperar a que el troll del desierto cayera en la trampa. Una vez hubiera ingerido el explosivo cóctel, confiábamos en que no nos resultaría difícil seguir el rastro de sus abundantes y pestíferas deposiciones hasta su guarida, donde, dada su debilidad extrema, reducirle sería un juego de niños. Le encadenaríamos y, si se negaba a indicarnos en qué lugar del desierto podíamos encontrar a Madame Mamadú, le someteríamos a una sesión continua de “Sexo en Nueva York”. Tarde o temprano conseguiríamos doblegar su voluntar. Era un plan magnífico; no podía fallar.


Milady y Camelia habían superado el mutuo recelo del primer día y, tras haber llegado a la conclusión de que ninguna tenía nada que temer de la otra, se habían hecho grandes amigas y como tales discutían animadamente los pormenores de la ruta a seguir mientras esperábamos a que el señor Abdullah volviera del mercado, pues le habíamos prometido que nos despediríamos de él antes de partir.


Amable y hospitalario y tan discreto como diligente, nuestro anfitrión era un hombre de mundo que en sus años mozos había viajado mucho. Nada le espantaba, tanto es así que ni siquiera había pestañeado la noche en que nos sorprendió conversando con Camelia en el porche de nuestro bungalow. “Cosas más raras he visto en el transcurso de mis correrías. Si yo os contara...” había dicho, aunque eso sí, nos había pedido que la mantuviéramos lejos de la vista del resto de huéspedes, para que no cundiera el pánico, así como que tratáramos de encontrar remedio al mal olor que Camelia despedía por causa del avanzado estado de descomposición en que se encontraba, cosa que conseguiríamos al día siguiente al recabar los servicios del taxidermista de Timimoun, el señor Moustafá, un primo-hermano del señor Abdullah y hombre curtido en mil batallas y tan discreto como él.


En estas y otras materias de gran enjundia estaba yo pensando, mecido por el suave balanceo de una de las hamacas que en el jardín del camping había a disposición de la clientela, cuando un bip-bip en mi superordenador de pulsera me indicó que tenía una videoconferencia desde nuestra base secreta en el Vulcano Azul.

La pantalla holográfica se desplegó delante de mis narices, y frente a mí apareció el careto parpadeante, grave y circunspecto del Profesor Yo-Yo.


-Buenos días, capitán Odys. Lamento interrumpir tan agradable reposo, pero tengo tres noticias que darte, una buena, una mala y una regulín regulán. ¿Cuál quieres primero?

-Supongo que la buena –respondí, un tanto indolentemente y sin pensármelo mucho.


-Madame Mamadú ha vuelto a casa. Cuidado capitán, que te... Ahí va, menudo batacazo. ¿Te encuentras bien?


No resulta muy aconsejable tratar de incorporarse de un brinco cuando uno se encuentra horizontalmente tendido dentro de una vaina de lona suspendida a metro y medio del suelo, ya que la probabilidad de que ésta gire sobre sí misma lanzando a su ocupante contra el duro y lejano suelo es muy elevada, y las consecuencias de que así lo haga extremadamente dolorosas. Pero es que aquello no era una noticia, era un notición. Qué digo notición, era un bomba, y había venido a estallar cuando menos me lo esperaba.


-Sí, ay, ay, no te preocupes, profesor, uyuyuy, que no ha sido nada –dije, tras despegar mi magullado cuerpo del suelo, devolver a su sitio el hombro que el impacto había dislocado y escupir los cuatro piños que acababa irremisiblemente de perder-. ¿Estás seguro de lo que dices?


-Y tanto –dijo el profesor, cuyo semblante acababa de encenderse con una sonrisa que irradiaba luminosidad-. Madame Mamadú ha pasado la noche conmigo. Menudos revolcones, capitán, esta mujer es un volcán.

-Al grano, profesor.


-Verás, parece ser que nunca llegó a dejar la isla, y que durante todos estos meses ha estado viviendo en el sur, en una casita que tiene su prima a las afueras de Los Cristianos.

-Pero... pero... ¡No puede ser! El batracio... Dylan Augusto me aseguró que la pitonisa se encontraba aquí, en el Gran Erg Occidental?

-Je je, sí, qué cosas, ¿verdad? Resulta que todo ha sido un malentendido.


-¿Un malentendido? ¿Hemos pasado los últimos cinco meses en este pedregal por culpa de un malentendido?

-Eso parece. Todo tiene una explicación. Aunque de padres franceses, Madame Mamadú nació y pasó los primeros años de su infancia en Argel; por aquel entonces, cuando alguien quería que le dejasen tranquilo durante una temporada solía emplear la expresión “si alguien pregunta por mí, diles que me he ido a algún lugar indeterminado del Gran Erg Occidental”. Pero sólo era una forma de hablar, ¿sabes? Madame Mamadú la utilizó en ese mismo sentido al despedirse de Dylan Augusto, y el muy inocente se la tomó de forma literal.


Maldito batracio, y mil veces maldito. Y maldito yo, por haberle hecho caso. Si no fuera porque tenía la certeza de que el continente africano se lo había tragado para siempre, aquella noticia hubiera bastado por sí sola para hacerme dictar una sentencia de muerte que yo mismo me habría encargado de ejecutar estrangulándole con mis propias manos. ¿Por qué no me lo comí cuando tuve oportunidad de hacerlo? El mundo entero habría salido ganando.


-Por cierto –dijo el profesor Yo-yo, sacándome del estado de sádica ensoñación en que me recreaba y devolviéndome con sus palabras a la cruda y triste realidad-, ahora que hablamos de él, esa es otra de las noticias que tenía que darte. El comando de tercera clase Dylan Augusto también ha vuelto a nosotros, y lo ha hecho a lomos de un animal fabuloso; él dice que es un borricobrinco, una especie de cebra con alas que le ayudó a cruzar Africa sin grandes contratiempos, aunque el pobre animal llegó extenuado a resultas del vuelo y expiraría al poco de aterrizar. Antes de sumergirlo en formol he extraído una muestra de ADN para secuenciarlo debidamente; quizás en un futuro no muy lejano podamos resucitarlo.


-Así que esa era la mala noticia, ¿no? Mala sangre nunca muere. Maldito sea, y mil veces maldito. Claro que, ahora que lo pienso, tampoco es tan mala. En cuanto ponga los pies en el Vulcano Azul yo mismo voy a encargarme de retorcer el pescuezo de esa sabandija de Dylan Augusto. Vaya si lo voy a hacer. Por el momento, quiero que lo pongas entre rejas. Y un severo correctivo a base de latigazos tampoco le vendrían nada mal.


-En realidad no, esa era la noticia regulín regulán –dijo el profesor, quien merced a su condición de mensajero del infierno estaba empezando a caerme muy, pero que muy mal-.

-No puede ser, no puede haber una noticia peor que ésta. ¿O sí?


-Mucho me temo que sí. Agárrate esos machos, capitán, y empieza a rezar cuantas oraciones sepas, porque alguien ha puesto en marcha el Superacelerador de Ladrones, y como bien sabes no hay marcha atrás.

-¿El Superacelerador de Ladrones? ¡Horror, estamos perdidos!



(Continuará...)


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9 Diciembre 2008

Aventuras COES: El enemigo en casa (I)

EL ENEMIGO EN CASA (I)



Me hubiera gustado haber podido contaros los pormenores de otra fascinante aventura en el desierto.


Ciertamente, me habría gustado haber podido narraros cómo, guiados por la cabeza incorpórea de aquel camello hembra que conociéramos en Timimoun -el oasis rojo de marcado carácter sudanés que hay al noroeste del Sáhara argelino y que durante tantas semanas había sido nuestra base de operaciones-, Milady y un servidor recorrimos más de tropocientos kilómetros hacia el sur para adentrarnos, una noche de luna nueva, en el bosque petrificado que se extiende al otro lado de las gargantas de Arak; cómo a orillas de un gran lago salado cuyos lomos siempre están erizados por las salvajes embestidas del viento, encontramos la guarida del mismísimo troll del desierto que días antes se hubiera zampado, con patas y pezuñas y joroba y rabo y todo, el cuerpo de Camelia la camella, escupiendo lejos su cabeza y poniéndola así, providencialmente, en el camino de nuestra historia; y cómo, tras vencerle en desigual combate, conseguimos domeñar la voluntad de aquella temible y trollesca bestia y sonsacarle luego el paradero de la escurridiza Madame Mamadú.


Creedme si os digo, amigos míos, que nada me habría complacido más que haber podido presentar tan singular relato ante vuestros voraces ojos; sin embargo, de haberlo hecho así, este sencillo escribano habría estado faltando a la verdad, y al hacerlo habría traicionado el rigor histórico al que esta magna obra se ha venido ciñendo escrupulosamente desde sus humildes comienzos.


En efecto, nada de cuanto acabo de perfilar llegó alguna vez a ocurrir. ¡Ojalá lo hubiera hecho! Quizá entonces las cosas nos habrían ido mucho mejor, y no estaríamos viviendo al borde del abismo en que nos encontramos.


No, no hubo bosques de pétreas raíces, ni feroz combate con un troll hambriento a orillas de un lago de sal, ni feliz encuentro tuvimos con Madame Mamadú sobre las dunas del desierto. Nada de eso hubo, por lo que el despliegue minucioso de tales hazañas dormirá para siempre en los repliegues de la imaginación. O quizá no, quizá en un mundo paralelo nuestra historia siguió tal curso, pero eso es algo que nunca llegaremos a saber. O quizá sí. Si algo me ha enseñado la vida es que si te empeñas en adelantarte demasiado a los acontecimientos éstos terminarán por atropellarte a ti.


En fin, que tal y como sucedieron, los hechos que sin más preámbulos paso a relatar se iniciaron de una forma mucho más irritante, banal y frustrante que todo eso, y sin embargo no tardaron en dar un giro mucho más siniestro, como tendréis ocasión de comprobar si os quedáis conmigo un ratito más.


(Continuará...)


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25 Noviembre 2008

Resumen de lo ocurrido hasta la fecha

Este resumen se actualizará a medida que la historia vaya avanzando. El autor rogaría al amable lector, y al no tan amable también, que toda duda que pueda albergar con respecto al mismo la exprese aquí o se la guarde para siempre. Toda crítica será bien recibida, y todo insulto valorado en su justa medida.

Para ponerse al día, el lector podrá acceder al mismo por dos vías alternativas:

-Haciendo click en la sección "Resumen" que aparece en la columna de la derecha de este blog.

-Haciendo click en el enlace al resumen que aparecerá siempre al final de cada episodio.



El capitán Odys y su equipo de Colaboradores Espaciales (COES) constituyen una unidad de mercenarios de élite dedicados a la explotación de misiones espaciales secretas. Su base de operaciones, el Vulcano Azul, está ubicada en la isla de Tenerife, y es tan secreta que ni siquiera el mismísimo capitán podría decir con exactitud dónde se encuentra.

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El espionaje industrial y el contrabando son su especialidad, su nave La Tortuga Sideral y su campo de actuación la Vía Láctea, aunque no descartan la posibilidad de introducirse algún día en otras galaxias.


Esta historia, que pretende ser una crónica seria y rigurosa de sus andanzas, arranca el día en que el capitán Odys puso dos huevos y plantó un pino. Los huevos resultaron ser muy parlanchines, en especial el primero. Y el capitán Odys, que nunca antes había sido padre, se ofuscó todo y, claro, con los nervios del parto se lo comió.

Desde entonces los que le conocen dicen que el capitán anda un poco trastornado. Su capacidad de raciocinio ha sido puesta en duda en más de una ocasión.

En cambio el segundo huevo, Eggy, fue recibido con sumo amor e integrado como un miembro de pleno derecho en el Equipo COES. También es cierto que, con posterioridad y a raíz de una serie de pesadillas recurrentes en que el capitán Odys se veía morir a manos de su único huevo, el pequeño Eggy fue encarcelado durante varios días, lo que quizá explica que desde entonces su relación con su padre se haya deteriorado considerablemente. Todos cometemos errores, ¿no?


La doble oviposición anal del capitán Odys tuvo lugar a los dos días de haber regresado de Marte, adonde había viajado, en compañía del androide I-gor, con la intención de adquirir una parcelita en la sierra marciana, ya que el Vulcano Azul se les estaba quedando pequeño como base de operaciones y deseaban expandir horizontes. Se trataba de una inversión que requería un desembolso de capital excesivo para las depauperadas arcas del Equipo, por lo que había sido decidido que la operación fuera financiada tomando prestados los secretos cinegéticos más sagrados de los klungonitas –habitantes de la ciudad-estado de Klungon, Marte- para vendérselos a los krungenianos –habitantes de la también marciana ciudad-estado de Krungen-.

I-gor no es un androide cualquiera: además de una máquina de matar, también es el piloto automático y la Unidad Central de Procesamiento de la Tortuga Sideral. Por desgracia, el androide tuvo la mala ocurrencia de ponerse malito en Marte. Sin su concurso aquella misión –y por añadidura cualquier otra misión en que se vieran involucrados alienígenas armados hasta los dientes y peligrosos- resultaba demasiado arriesgada: muy a su pesar, el capitán Odys se vio obligado a abortar la operación y volver a la Tierra antes de haber conseguido poner las manos en la pasta de los krungenianos.


Ya en Tenerife, el androide fue puesto al cuidado del Profesor Yo-yo (catedrático de robótica en la universidad de La Laguna), cuya primera medida fue la de dejarle durante 48 horas en remojo.

Uno de los síntomas más evidentes de la enfermedad que sufría el androide consistía en una fijación obsesiva por una estrella del pop, la australiana Kylie Minogue, que le idiotizaba de tal manera que le inutilizaba por completo para realizar las más sencillas de las tareas.

El Profesor Yo-yo no tardaría en descubrir que I-gor había sido infectado por un agente patógeno, un virus malicioso que, implantado en el escote de una imagen de la diva que se hallaba alojada en la memoria del androide, se autorreplicaba a una velocidad tal que anulaba por completo sus capacidadades cognitiva e intelectual. Días después Fuegofatuo conseguiría sintetizar un antídoto que, aun cuando conseguiría su propósito desidiotizativo, no lograría volver a hacer de I-gor el guerrero aguerrido que una vez fue.


Tras analizar el disco duro del androide, así como el cuaderno de bitácora de la Tortuga Sideral y el propio testimonio del capitán Odys, el ilustre catedrático consiguió determinar el momento exacto en que se había producido el ataque: justo después de que la Tortuga Sideral hubiera amartizado en el planeta rojo para recoger a Chispa Eléctrica, el agente secreto del Equipo COES que acababa de robar los secretos cinegéticos de los klungonitas.

El Profesor Yo-yo descubrió algo más: los sesenta minutos siguientes al momento de producirse el ciberataque que dejara fuera de combate al androide habían desaparecido, no ya del disco duro, sino también del cuaderno de bitácora de la nave y, he aquí lo más inquietante, ¡de la mismísima memoria del capitán Odys! No había ningún registro de lo acaecido durante aquella enigmática hora; a efectos prácticos, era como si nunca hubiera existido.

Descartada la posibilidad de que el capitán Odys hubiera ingerido sustancias tóxicas que hubieran podido nublar su entendimiento, y considerando que el esclarecimiento de aquel turbio asunto podría resultar vital para determinar quién estaba detrás de esta operación de sabotaje y cuáles eran sus motivos, el Profesor Yo-yo aconsejó al capitán Odys someterse a un proceso de regresión hipnótica, sugiriendo de paso que a tal efecto contratara los servicios de Madame Mamadú, pitonisa de reconocido prestigio y una de las mejores hipnoterapeutas del mundo.


Siguiendo las indicaciones del profesor Yo-yo, el capitán Odys se desplazó hasta el valle de La Orotava; allí, entre las raíces arbóreas de un gigantesco ficus benjamina que se alza en mitad de un jardín de exuberante flora y sorpresiva fauna, tiene su morada Madame Mamadú.

Desafortunadamente, la pitonisa no se hallaba en casa y, lo que es peor, no volvería hasta Navidad: así se lo hizo saber al capitán Odys un batracio con don de lenguas que vivía en un estanque junto al ficus y que se presentó a sí mismo con el rimbombante nombre de Dylan Augusto.

Corría el mes de junio. El capitán Odys comprendió que no podía permitirse el lujo de esperar tanto tiempo. Un sexto sentido le decía que la operación de sabotaje que habían sufrido en Marte no era sino el preludio de un ataque en toda regla y a gran escala orquestado por un enemigo desconocido contra su persona y su Equipo de Colaboradores Espaciales (COES). Si quería abortar el ataque tendría que adelantarse a los acontecimientos y partir en busca de Madame Mamadú.

(Hemos de decir que, a fecha del 23 de setiembre, ni la pitonisa ha sido encontrada ni se ha producido ataque alguno, lo que podría venir a confirmar las dudas que se han venido esparciendo acerca de la capacidad de raciocinio del capitán).


"Badán Babadú se encuentra en algún lugar indeterbinado del Gran Erg Occidental": así se expresó el pelmazo de Dylan Augusto después de un interminable tira y afloja con el capitán.

A cambio de tan raquítica información, éste se vio obligado a integrar al batracio en el Equipo COES con la graduación de "Comando de Tercera". Después de asignarle como primera misión la caza y captura de un LIGARTO GIGANTE, el capitán Odys partió hacia el Sáhara occidental acompañado por Milady, Comandante en Jefe de los COES. El resto del Equipo permanecería acuartelado en la base supersecreta del Vulcano Azul a la espera de acontecimientos.


En el transcurso de los últimos episodios hemos seguido con curiosidad primero, y crecientes consternación y horror después, cómo el batracio se desviaba de su destino (la isla del Hierro) y se perdía en alta mar; cómo reconocía haberse apropiado de forma indebida de uno de los superordenadores de pulsera con pantalla holográfica del Equipo; cómo destrozaba el sofisticado sistema de comunicaciones con que se le había pertrechado (G.P.M. o Grupo de Palomas Mensajeras); cómo aparecía luego, como quien no quiere la cosa, en la Antártida, donde no tardaría en convertirse en el objeto de las iras de una pacífica colonia de pingüinos; cómo más tarde hacía encallar y abandonaba el V.A.C.A. de mar, o Vehículo Anfibio Con Ancas, que a su disposición había sido puesto... Y en fin, cómo no contento con tanto abuso, destrozo y atropello, el batracio iba y trocaba un superordenador de pulsera con pantalla holográfica por un burro asilvestrado, a lomos del cual pretendía cruzar Africa de cabo a rabo.

Por todo ello podemos decir que confiamos en las múltiples oportunidades que de tragárselo ofrece el continente africano para no volver a verle jamás.


En el último episodio, después de haber pasado dos meses sin tener noticias de Milady y el capitán Odys, éste aparece en Timimoun, un oasis situado en el límite occidental del Sáhara argelino, entablando lo que parece un interesante diálogo con la cabeza incorpórea de un camello.



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25 Noviembre 2008

Protagonajes y otros personistas (II)

Protagonajes y otros personistas (II)



Eggy

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Segundo hijo del capitán Odys, quien lo ovipusiera de forma sorpresiva una mañana kafkiana y cualquiera de marzo; al primero se lo comió el mismo día en que nació a resultas de un ataque de nervios provocado por tan inesperado parto.

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Con posterioridad, una serie de pesadillas recurrentes -en las que se veía fenecer a manos de su único vástago- trastornarían el entendimiento del capitán hasta tal punto que, temiendo por su vida, llegó a tomar la trágica decisión de mantener al huevo entre rejas durante varios días.

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Aunque Eggy ya ha recuperado la libertad, su relación con su padre se mantiene en horas bajas.

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Míster Dy

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Rastreador de ectoplasmas de Primera Clase.

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Tras el colapso del mercado de misiones secretas el Equipo COES estudia la posibilidad de diversificar sus actividades introduciéndose en el lucrativo negocio del trasiego ectoplásmico.

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Para ello hemos invertido en la adquisición y adiestramiento de un Agente Canino con innatas cualidades olfativas y pasión por los fantasmas.

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Dylan Augusto

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Comando de Tercera Clase.

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Uno de nuestros más recientes fichajes, Dylan Augusto es un batracio parlanchín que se incorporó al equipo en junio de 2008 por aclamación popular.

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Habiéndosele sido asignada como primera misión la búsqueda y captura de un LIGARTO GIGANTE, el intrépido batracio partió, a bordo de una unidad anfibia, hacia la isla canaria del Hierro, lugar en donde, según rumores, ha sido avistada en repetidas ocasiones la misteriosa criatura. A continuación reproducimos una impresión artística de un espécimen de LIGARTO GIGANTE, realizada por Fuegofatuo.

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Desviado de su derrota por corrientes marinas, el batracio Dylan Augusto trabaría amistad con una tortuga china que se brindó a remolcarle hasta su destino.

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Por desgracia, problemas de comunicación entre el batracio español y la tortuga china llevaron a la segunda a confundir la isla del Hierro con la “glan isla del Hielo”, confusión que traería funestas consecuencias para ambos.

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Tortuga y batracio fueron vistos por última vez en la Península Antártica (costa noroccidental de la Antártida), donde se cree que fueron apresados por una colonia de pingüinos celosos de su guano.

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Actualmente en paradero desconocido.

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Profesor Yoyo

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Catedrático de Robótica por la universidad de La Laguna, Tenerife.

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Traducido a cien mil idiomas, “Geometría de la alcachofa de Indias” es su último trabajo publicado, del que se han vendido dos ejemplares.

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Asesor del equipo COES en asuntos de Inteligencia Artificial y Robótica Aplicada.

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Rumores sin confirmar apuntan la posibilidad de que el insigne profesor se halle envuelto en tórrida relación sentimental con Madame Mamadú. Dado que el equipo COES es una organización seria y no una revista del corazón hemos decidido no iniciar una investigación al respecto.

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Madame Mamadú

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Pitonisa e hipnoterapeuta.

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Su espíritu libre y voluble como el céfiro la lleva a emprender, de forma inesperada e intempestiva y sin previo aviso, largos periplos por el globo terráqueo, durante los cuales gusta de viajar sin móvil ni bola de cristal para desconectarse del mundanal ruido.

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Madame Mamadú tiene su oficina y morada entre las amplias raíces aéreas de un gigantesco ficus benjamina cuya magnífica presencia se alza al fondo de un jardín escondido al pie del Teide, en el valle de La Orotava.

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Allí fue donde el capitán Odys conoció a Dylan Augusto el día en que fue a recabar los servicios de la pitonisa, que a la sazón se hallaba de viaje. Al cabo de un larguísimo tira y afloja, el batracio Dylan Augusto accedió a revelar dónde se encontraba la pitonisa: en algún lugar indeterminado del Gran Erg Occidental (Sáhara argelino), de donde no tenía previsto volver hasta Navidad.

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El capitán Odys piensa que las técnicas hipnóticas de la pitonisa podrían ayudarle a recuperar la memoria de ciertos hechos (tan ciertos como siniestros) acaecidos en el transcurso de la última misión a Marte y de los que, aun existiendo evidencia que fue testigo de ellos, no guarda recuerdo alguno en su atribulada memoria.

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Klungonitas

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(Impresión artística realizada por Fuegofatuo).

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Habitantes de la ciudad-estado de Klungon, Marte.

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De gusto refinado, sibaritas y abiertamente corruptos.

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Klungon Páter es su líder indiscutible. Dirige sus destinos con mano de hierro. Habiendo llegado a sus oídos que el equipo COES se halla en posesión de sus secretos cinegéticos más sagrados, ha jurado despellejarnos vivos como nos ponga la mano encima. Es ésta una de las varias razones por las que, mientras I-gor no recupere su antiguo yo guerrero, no resulta muy aconsejable para nosotros el dejarnos ver por Marte.

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Krungenianos

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(Impresión artística realizada por Fuegofatuo).

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Habitantes de la ciudad-estado de Krungen, Marte.

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Siempre armados hasta los dientes, son peligrosos en extremo y brutos como bestia que tira de arado.

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Se dedican a la explotación de las numerosas minas de oro que hay en su territorio.

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25 Noviembre 2008

Protagonajes y otros personistas (I)

PROTAGONAJES Y OTROS PERSONISTAS (I)



Omar Emoto

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Ingeniero Aeroespacial y Piloto de Pruebas del Equipo COES.

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Nuestro joven amigo goza de un carácter afable que le granjea amistades por donde quiera que va.

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Su elefantiásica memoria le permite recitar de carrerilla los nombres de todos los personajes de "la guerra de las galaxias", así como las caracterísiticas personales de cada uno y los roles desempeñados por todos ellos en aquel mítico episodio de la Historia Universal.

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Le gusta ejercitar los pulgares a los mandos de videoconsolas varias, actividad ésta que compagina con el lanzamiento indiscriminado de chistes a bocajarro.

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Fuegofatuo

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Primera Teniente de Artillería y Exploradora Oficial del Equipo COES.

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Deslenguada y montaraz. De carácter díscolo y explosivo temperamento, tiene sin embargo un corazón de oro y una sonrisa sin par. Y que conste que no lo digo para curarme en salud...

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Un consejo os doy: si alguna vez se cruza en vuestro camino, sabed que su agresividad puede ser controlada si se le suministran ingentes cantidades de helado, alimento al que está felizmente enganchada.

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Aunque a veces se lleven como el perro y el gato, este par de dos son uña y carne; juntos forman un tándem formidable.

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Muchas y variadas son las obras de ingeniería que llevan su rúbrica, entre las que nos enorgullece destacar la flamante flotilla de vehículos del Equipo COES:

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La Tortuga Sideral.

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El Tricículo de Exploración Espacial.

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El V.A.C.A. de mar (Vehículo Anfibio Con Ancas).

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En la actualidad ingeniero y artillera trabajan en la puesta a punto de dos prototipos armamentísticos de largo alcance: el Lanzacoces Espacial y el Bazoka con Patada Sideral.

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Milady

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Comandante en Jefe y Alma Máter del Equipo.

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Amante de la belleza (de la cual es su más fiel representante) y el orden, su concurso resulta imprescindible para calmar ánimos, inculcar sentido común y disciplina y mantener entre los diversos integrantes de tan abigarrado equipo la paz y la concordia necesarias para el exitoso cumplimiento de misiones y objetivos.

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Aficiones: la exploración de otros mundos y la práctica del Jiggy-Jiggy, entre otras.

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En estos momentos se encuentra en algún lugar del Sáhara Occidental, adonde ha viajado en compañía del capitán Odys y en busca de Madame Mamadú.

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I-gor
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Androide transformista de tercera generación. Cerebro de la Tortuga Sideral y Piloto Automático. Made in China.

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Androide inteligentísimo para quien el Test de Turing no pasa de ser un simple juego de niños. El aspecto inocente y bobalicón que adopta durante nuestras plácidas estancias en la Tierra puede llegar a resultar engañoso.

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La siguiente serie de fotos recoge una de esas transfiguraciones que tienen lugar a nivel molecular y hacen que nuestro androide pase de ser el muchachote inofensivo que todos conocéis a convertirse en una despiadada máquina de guerrra.

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Su fama es tan grande, sus gestas bélicas tantas y tan formidables, que la sola mención de su nombre puede llegar a provocar incontinencia en el más arrojado de los guerreros siderales. I-gor el Exterminador, le llaman por lo bajines del uno al otro confín de la galaxia.

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O, mejor dicho, le llamaban: durante el último viaje a Marte I-gor fue infectado por un virus maligno que ha tenido el efecto de idiotizarle por completo, y para el que todavía no hemos encontrado remedio.

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El antídoto elaborado por Fuegofatuo sólo ha funcionado de forma parcial, y aunque ya se le haya pasado la malsana obsesión que sentía por Kylie Minogue, I-gor ha perdido su instinto asesino y quizá nunca vuelva a ser el guerrero aguerrido que una vez fue.

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Chispa Eléctrica

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Agente Secreto.

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Su capacidad para infiltrarse en los bajos fondos y cloacas de la galaxia entera para obtener toda suerte de información confidencial no tiene precio.

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No hay secreto que se le resista: los klungonitas todavía se preguntan cómo logró hacerse nuestro jerbo con sus secretos cinegéticos más sagrados.

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24 Noviembre 2008

LAS AVENTURAS DEL EQUIPO COES. Quinta parte

En busca de Madame Mamadú (V): Déjà vu

-Los trolls del desierto no existen. Sólo son una leyenda.

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Escuchar las palabras de mi interlocutor y sentir que aquella situación comenzaba a escapárseme de las manos fue todo uno. Y sin embargo aquella sensación de impotencia me resultaba familiar; ya había estado allí otras veces: alienado, extraño y desamparado en un mundo que yo mismo había creado. Tendría que sobreponerme y adaptarme a las circunstancias. Así que me armé de paciencia y volví a la carga:

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-Bueno, vale; pero si existieran, ¿dónde crees tú que podría encontrar uno?

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-Es que la premisa inicial es falsa, cariño: los trolls del desierto no existen, no son más que cuentos de viejas con que las madres pretenden asustar a sus vástagos para mantenerles lejos de las dunas.



Entonces, surgido de quién sabe dónde y como para reforzar el carácter irreal de los acontecimientos, se desató un ventarrón seco e irresistible; apelmazado por el diario frenesí de sandalias, pezuñas, ruedas de carro, pies descalzos y babuchas, el suelo arcilloso sobre el que se levantaban los puestos de fruta y verduras y ropajes y calzados y turbantes y aperos de labranza y tantos otros cachivaches como atiborraban aquel laberíntico zoco se deshizo bajo el empuje de su lengua ardiente, formando furiosos remolinos de un finísimo polvo rojo que todo lo iba tragando a su paso, volúmentes y colores, los vívidos olores de las especias, las voces estentóreas de los comerciantes al ofertar sus mercancías, el tira y afloja de los regateos, el petardeo incesante de los ciclomotores, el murmullo de las conversaciones, las risas de los niños y el mar de chilabas, túnicas, chadores y capuchas por entre las que aquéllos correteaban. Engullido por el torbellino, todo aquello desapareció en cuestión de un breve y elástico instante, y para cuando el viento había cesado me había quedado a solas con mi interlocutor.



Contemplé sus hocicos, peludos e insolentes; el garfio del que pendía en un suave bamboleo y el travesaño que lo soportaba, suspendido éste en aquella calima rojiza, densa y tibia que todo lo invadía y un enjambre de moscas golosas poblaba ahora, atraídas quizá por los colgajos de carne reseca y los coágulos de sangre que pendían de su mutilado cuello.

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Lo que me desconcertaba no era que estuviera entablando un diálogo con la cabeza incorpórea de un camello; lo absurdo del asunto, lo que más me irritaba, era que se negara a proporcionarme la información que le estaba pidiendo; a fin de cuentas, ¿para qué otra cosa le había creado yo?

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-Sé lo que estás pensando -dijo él-, y no es cierto: tú no me has creado, querido, sólo me has dado voz.

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-Oh, vamos, déjate de tecnicismos, por favor -dije. Noté que al hablar su mandíbula describía un ligero movimiento circular, tal que si estuviera masticando las palabras y lanzando un beso al mismo tiempo, y sus largas y rizadas pestañas aleteaban como lo haría una mariposa alegre y coqueta.

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-¿Para qué quieres encontrar a un troll del desierto, cariño? -preguntó- ¿Es que no te basta con haberme encontrado a mí?

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¿Sería posible que aquella criatura estuviera flirteando conmigo? Hubiera querido salir corriendo, poner un pie tras otro y no parar hasta volver a casa y encerrarme en la cálida seguridad de mi armario ropero. Pero no podía. Hacía dos meses que me hallaba a miles de kilómetros del hogar, y ya empezaba a echarlo de menos.



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Timimoun, el oasis rojo, con sus frondosos palmerales y sus jardines, sus ingeniosos sistemas de riego, sus mezquitas y sus zeribats, era uno de los últimos baluartes con que la vida se resistía al lento y tenaz avance del mar de dunas conocido como el Gran Erg Occidental.



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En busca de Madame Mamadú (VI): La dama de las camellas

La vida en el Gran Erg Occidental es insostenible. No hay agua, ni mucho menos asentamientos humanos, ni carretera alguna que cruce su inmensa aridez arenosa.

Así se explicaba que tanto Milady como yo hubiéramos dado por supuesto que, cuando Madame Mamadú había dejado dicho que se disponía a pasar nueve meses en el Gran Erg Occidental, lo que en realidad había querido decir era que iba a quedarse en alguno de los fértiles oasis que, como Timimoun, crecen aferrándose a sus márgenes. Por eso habíamos planificado nuestra estrategia de búsqueda centrándonos en los mismos.

Sin embargo dos meses de búsqueda infructuosa y algún que otro tirón de pelos nos habían llevado a replantearnos la hipótesis inicial.




-Quizá nos hemos equivocado. Quizá hemos querido leer entre líneas cuando todo lo que la pitonisa quería decir era que se iba, literalmente, al desierto. ¿Entiendes?

-Más o menos. ¿Y crees que un troll del desierto podría ayudaros a encontrarla?

-Claro -respondí, para gran regocijo de mi interlocutor, la cabeza de camello incorpórea, que echó a reírse a mandíbula batiente. Sus carcajadas resonaban, francas y poderosas, haciendo vibrar el confinado espacio que nos envolvía en forma de neblina roja.

-Cariño, permíteme que te diga -dijo- que eres un ingenuo. Un ingenuo adorable, pero ingenuo al fin y al cabo. Verás, es cierto que, si hay una criatura que puede hallar a cualquier otro ser que se mueva, camine o repte y respire sobre la faz del desierto, ese es el troll.

El problema es que nadie puede encontrarles a ellos. Son demasiado escurridizos. Están hechos de arena, ¿comprendes? y cuando no quieren ser vistos, que suele ser cuando están haciendo la digestión, se hacen uno con el desierto y desaparecen.

Los trolls no viven en el desierto: ellos son parte del desierto. Si tienes suerte, ellos te encontrarán a ti. Y cuando digo suerte me refiero a la mala, porque no vivirás para contarlo. Eso es lo que cuenta la leyenda, y lo que me ocurrió a mí.

-!Ajá! -exclamé triunfante- O sea que yo tenía razón: No sólo hay alguno por aquí cerca, sino que tú podrías decirme exactamente dónde.

-No tan deprisa, cariño, ni tan cerca. ¿Es que los hombres nunca escucháis cuando se os habla? En primer lugar, has de saber que los trolls del desierto no se comen las cabezas de sus víctimas. No les gustan, o al menos ésa es mi experiencia personal. Pero como son tan glotones, primero lo engullen todo, y luego escupen la cabeza como si fuese un hueso de aceituna, poniendo tal fuerza en el empeño que una sale disparada por los aires y no aterriza sino varios cientos de kilómetros después. Sospecho que lo hacen para no dejar pistas sobre su paradero. Es una experiencia muy humillante; no te la recomiendo.

A mí me ocurrió hace ya dos días -prosiguió-, por eso huelo que apesto. Formaba parte de una caravana de tuaregs. Era de noche, y me había alejado del campamento más de lo aconsejable. Fue un error imperdonable, y los errores se pagan. Los trolls son criaturas noctívagas: aprovechan las tinieblas nocturnas para salir a cazar. Visto y no visto. Cuando me quise dar cuenta era ya demasiado tarde. Eso sí, todo sucedió de una forma rápida e indolora.

A la mañana siguiente un campesino me encontró entre las palmeras de su huerto. Como no estaba en muy mal estado, me vendió al carnicero por diez dinares. Y aquí me tienes, aguardando mi triste destino: si no termino burbujeando en el puchero de alguno, sospecho que esta misma noche seré el festín de ratas, gatos y perros.

Por eso tu aparición ha resultado providencial. Necesito que me saques de aquí, cariño. ¿Tienes setenta dinares? Es todo cuanto cuesto, y todo cuanto te pido a cambio de llevarte al lugar exacto en donde me atacó el troll.

-¿Llevarme? ¿Quién ha dicho que vayas a ir conmigo? Lo siento mucho, pero ya hay demasiados personajes en esta historia. ¿No hay otra cosa que pueda hacer por ti?

-Me temo que no. ¿Qué otra cosa podrías hacer por mí? Sólo soy una cabeza. La culpa es tuya: no haberme dado pensamientos. Ahora puedo prever el futuro, y sé que quiero sobrevivir. Tú eres mi única oportunidad, y ésta la única oferta que te presento: llévame contigo y seré tu guía. De lo contrario ya puedes despedirte de mí y del troll.

-Pues entonces adiós -dije-, no te necesito. Ya me las arreglaré sin ti.



La neblina comenzó a evaporarse, el tiempo recobró su continuo discurrir y el mercado sus ritmos y colores, todos sus olores y su frenesí. Sólo entonces percibí, por el rabillo del ojo, que el carnicero llevaba un buen rato observándome y que parecía no estar haciéndole mucha gracia cuanto estaba viendo.



Veinte minutos más tarde, tras haber deshecho mi camino a través del dédalo de callejuelas que conformaban la medina de Timimoun, tomé la estrecha cinta de asfalto que, saliendo de la ciudad, discurría a través de jardines, huertos y palmerales para devolverme al camping "Roses des sables", a la sombra del porche de una de cuyas casitas de adobe me esperaba, enfrascada en la lectura de un libro, Milady, comandante en jefe del Equipo COES y compañera de andanzas e infortunios. Anuncié mi presencia con todo el rigor y la profesionalidad que la situación y las ordenanzas requerían:

-!Yujuuu! Ya estoy en casaaaa...

-Rayos y truenos capitán, ¿dónde se había metido? Empezaba a preocuparme su tardanza. ¿Ha traído usted las semillas de cardamomo y la canelita en rama que... ¿Qué diablos es eso?

-¿Esto? -dije yo, alzando la cabeza de camello que traía en la mano. Noventa dinares me había costado. No estaba mal, teniendo en cuenta que en el precio iban incluidos el garfio del que colgaba y una hermosa cabeza de ajo de regalo.

-No me habías dicho que íbamos a ser un trío, cariño -dijo la cabeza, relegando mis explicaciones a un segundo y posterior plano-, aunque bien pensado, mejor así. Dos son compañía, tres son diversión.

-Capitán -atajó a su vez Milady, dirigiéndose de nuevo a mi egregia figura-: dígame usted que no es cierto que se ha traído usted consigo una cabeza de camello y que la susodicha está hablando.

-Todo tiene una explicación -dije.

-Creo que te has metido en un buen lío, cariño -dijo la cabeza.

-Dígame que no estoy soñando, capitán -dijo Milady.

-También he traído la ramita de canela y el cardamomo -apunté hábilmente, sacando del zurrón la bolsita con las especias y agitándola levemente con la vaga esperanza de rebajar así la espiral de tensión que se estaba creando y amenazaba con explosionar de un momento a otro.

-¿Querida, no tendrás una una aspirina, por un casual? -preguntó a su vez la cabeza-. Tanto ajetreo ha terminado por darme jaqueca. Por cierto, aún no me he presentado, !qué cabeza la mía! Me llamo Camelia, y no soy camello sino camella.

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24 Noviembre 2008

LAS AVENTURAS DEL EQUIPO COES. Cuarta parte (continuación)

Desde Africa con abor (I)


Querid@s tod@s:

Por la presente be encuentro bien de salud y con la boral buy alta. También creo saber dónde be encuentro: en algún lugar indeterbinado de la costa sur del Africa que labe con sus olas el océano Indigo, el cual recibe su nombre del color que presentan sus procelosas aguas.

Los habitantes de estas tierras (ver fotografías adjuntas) be recuerdan bucho a los alebanes que este hubilde cobando rescatara de una buerte cierta hace unos días, lo que be lleva a reflexionar si estos dos pueblos, el alebán y el africano, tan separados geográficabente entre sí y sin embargo tan parecidos en su fisonobía, no provendrán de un tronco cobún, un antepasado o ancestro original que, en compañía de su fabilia, habría bigrado de allá para aquí o de aquí para allá, no sé, a priori cada una de estas dos alternativas es tan válida cóbo, siempre que y bientras no se debuestre que no lo es, la otra.





Tebo no estar explicándobe con claridad beridiana, pero cobo no tengo tiempo para expandirbe por las rabas, ni es de vital importancia que así lo haga, ¿qué os parece si olvidáis cuanto he dicho en el últibo párrafo y retobáis conbigo el hilo de la narración?

Lo que ocurre, querid@s bí@s, es que han pasado tantas cosas desde que os envié el últibo inforbe de situación que no sé por dónde empezar, así que lo haré por el final. El correo electrónico que estáis leyendo con aborosos ojos y dulce arrobabiento es buy especial para bí por dos buy buenas razones:

-En priber lugar, porque será el últibo que os envíe antes de partir hacia el norte y, si los hados be son favorables, volver sano y salvo a casa.

-En segundo lugar, porque al escribirlo estoy teniendo el honor de inaugurar el priber cibercafé que se abre no sólo en esta aldea, sino también en buchos kilóbetros a la redonda. De hecho, en cuanto terbine y lo envíe, vabos a hacer una fiestorra por todo lo alto para celebrarlo. Así be lo ha hecho saber el señor Zulu, que es el dueño del cíber y el jefe de la tribu que tan cariñosa acogida ha dado a este hubilde cobando desde que anteayer fuera rescatado de entre los restos del V.A.C.A. de bar, de cuyo naufragio os hablaré bás adelante, si es que así procede y no be hago la picha un lío con los vaivenes de este singular relato.





No sé si recordaréis que, justo antes de iniciarse la operación LIGARTO GIGANTE, este hubilde cobando tobó prestado uno de los superordenadores de pulsera con begapantalla holográfica del capitán Odys. Desde entonces lo he llevado siempre conbigo aunque, dado lo reducido de bis dibensiones, no en la buñeca sino a la cintura. Ha sido gracias a este ingenioso aparatito que habéis venido recibiendo todos los inforbes de situación enviados hasta la fecha, ya que, cobo así os lo cobuniqué en su día, el sisteba de cobunicaciones del V.A.C.A. de bar (Grupo de Palobas Bensajeras o G.P.B. para abreviar) falló de banera estrepitosa desde el binuto uno, quizá porque el capitán consideró oportuno sustituir las palobas por una pareja de colibrís que, aunque be sepa bal decirlo, no estaban todo lo adiestrados que deberían de haber estado para cumplir con sus requeribientos.

Os cuento todo este rollo porque, desde que puso sus ojos en bi superordenador de pulsera y le expliqué qué era y para qué servía, supe que el señor Zulu lo quería para sí, que yo estaba dispuesto a vendérselo y los dos podíabos llegar a un cordial entendibiento, o entente cordiale, cobo así decibos quienes sabebos idiobas.

-¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por él, oh tú venerable y respetado Gran Jefe? –pregunté. El señor Zulu respondió que no tenía dinero, ya que desde tiempos inbeboriales su pueblo ha venido realizando todos sus intercambios coberciales por el tradicional bétodo del trueque. Be ofreció, a cambio, que escogiera una esposa de entre sus innuberables hijas y concubinas.





-Nada be haría bás feliz –dije-, pues son todas buy ferbosas y bacizorras, que desposar a una de ellas y quedarbe en esta tierra de provisión que habita tu valeroso pueblo; pero has de saber, oh tú bagnánibo y sapientísibo Gran Jefe, que este hubilde batracio que os habla no es un trotabundos cualquiera, sino un cobando en bisión secreta que ha de volver a su unidad para ponerse a disposición de sus superiores, a quienes se ha obligado a servir en sagrado y honorable jurabento.

-Tus palabras te honran, pequeño batracio. Dime, pues, qué quieres a cambio del portátil de marras.

-Bien sabes, oh tú Grande entre los Grandes, porque de entre sus hierros tu valeroso pueblo be ha rescatado, que bi nave ha encallado y yace destrozada y a berced de los elebentos; pienso que si no dispones de dinero en efectivo este hubilde cobando se conforbaría con que le proporcionases un bedio de transporte alternativo, a ser posible terrestre, ya que un bás que largo, larguísibo periplo náutico be ha dejado sin ganas de volver a oler el bar en, bás que bucho, buchísimo tiempo.

-¡Ajá! –exclabó el señor Zulu-, haberlo dicho antes: lo que tú necesitas es un borricobrinco.

-¿Ein? –dije yo.

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Desde Africa con abor (II)


El señor Zulu be invit
ó a subir a la blanca palba de su negra bano, cosa que hice presto y de buen grado; juntos salibos de la choza y cruzabos la aldea, devolvíabos los saludos de cuantos salían a nuestro paso, niños azorados y jóvenes busculosos y jovencitas sonrientes y ampulosas batronas e incluso un viejo que, ignoro si algo despistado o tan falto ya de luces cobo de dientes, celebraba nuestras gallardía, presencia y prestancia arrojándonos cacahuetes y palboteando con subo ruido y alharaca, que irían apagándose a bedida que nosotros íbabos poniendo tierra de por bedio, al coronar después una pequeña loba e iniciar su descenso por el lado opuesto e internarnos en un terreno cada vez bás denso y boscoso, o infestado de boscas, que es lo bisbo, y qué ricas estaban, y cuán gordas caían, crujientes, verdes y apestosas, crunch, crunch. ¡Crunch! Bi bandíbula no daba abasto con tantas cobo había.






-Básicamente, un borricobrinco es una suerte de Pegaso defectuoso cuyas alas no le permiten volar, al menos no de forma contínua y sostenida, pero sí cubrir en poco tiempo grandes distancias en virtud de sus prodigiosos saltos –dijo el señor Zulu-. Pero ya hemos llegado: mejor compruebas lo que quiero decir con tus propios ojos.

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Y he aquí lo que vieron bis queridos ojos de batracio:




Bueno. Con o sin alas, y boscas a uno y otro lado, hasta un niño de pribaria sabría que un Pegaso es un cabión, y no un burro cobo aquél que be bostraba el señor Zulu, pero be abstuve de hacerle caer en su error, pues no convenía a bis intereses ofenderle cuando estábabos en bitad de una negociación. Adebás, qué córcholis, be caía bien el tío y, para ser un salvaje, su nivel cultural era bás que aceptable. Consideré bás oportuno centrarbe en detalles algo bás prácticos:

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-Buy ingenioso, pero que buy ingenioso. Y digo yo, oh tú poderoso jefe, ¿no tendrás un bodelo en un color bás uniforbe? ¿O es que los dejáis todos así, a bedio pintarrajear?

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-Esas rayas las ha puesto en su pelaje la Madre Naturaleza para ayudarle a hacerse uno con la espesura y esquivar así los colmillos y las garras de sus enemigos naturales, como leones y cocodrilos.

Las alas, en cambio, se las ha introducido la ciencia. Pero esa es otra historia. Quizá mañana por la noche, al calor del buen fuego alrededor de cuyas llamas nos reuniremos bajo la luna llena para celebrar nuestro acuerdo y conversar y brincar y aullar y ponernos ciegos, te la cuente con pelos y señales, si así lo deseas. Ahora lo que procede es que pruebes la mercancía. Y no estoy hablando de petas, esos vendrán luego, y gratis: aquí la maría crece salvaje por todas partes. Te aseguro que una vez hayas subido al bueno del borricobrinco no tardarás lo que tarda en producirse un latido en pedirme que hagamos el trueque.

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El señor Zulu señalaba al alado y rayado jubento, que a la sazón se hallaba raboneando brotes tiernos con aquellos dientes suyos tan obscenos que daba biedo verlos, ¡cuánto bás acercarse a ellos! Y yo biraba al uno y volvía a birar al otro, tratando de dilucidar cuál estaba bás rayado de los dos.

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-Escucha lo que te digo, oh tú hiperbegasuperpoderosísibo jefe, sé que eres noble de cuna y espíritu, bagnánibo de gesto y justo en el trato; sé también que no hay doblez ni baldad en tus intenciones... Lo que ya no sé es si te has dado cuenta todavía de que “pequeño” es un adjetivo que be queda grande; soy bás bien “dibinuto”, y “dibinúsculo” pareceré cuando be subas enciba de esa bestia cuadrúpeda. ¿Cóbo esperas que dobeñe su voluntad, cóbo que lo bonte y sobre sus lobos despegue y el vuelo rebonte y surque los cielos sin caerbe y partirbe el cuello al besar, irrebediablebente, el duro e implacable suelo?



-No te preocupes –dijo el señor Zulu-, y confía en mí. En cómo resolver estos mismos inconvenientes que tú me planteas iba yo discurriendo de la que veníamos hacia aquí. Y ya he encontrado la solución. Por algo mi pueblo me ha elegido como jefe; porque yo noble, lo que se dice noble de cuna, no lo soy, majete. Yo antes era chulo de putas, y aún antes asesino a sueldo, allá en la gran ciudad. Allí cada cual sobrevive como puede, y no como quiere. Pero esa también es otra historia. En esta que nos ocupa voy a enseñarte a montar en borricobrinco, y luego tú dirás. ¿OK?

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Siempre recordaré la de ayer cobo la tarde en que volé por pribera vez. La experiencia, querid@s bí@s, fue inenarrable. Dicen que una ibagen vale bás que bil palabras; espero que ésta las valga, pues yo no hallo ninguna con que engalanarla: cada vez que lo intento be entran ganas de vobitar.




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24 Noviembre 2008

LAS AVENTURAS DEL EQUIPO COES. Cuarta parte

1. Toma falsa

Mientras tanto, en algún lugar del círculo polar antártico...

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-Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-izquierda.

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-Qué pacha, tron. Oye, ¿por qué dices que estoy a la izquierda?

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-Es una forma de hablar, para ir poniendo al lector en situación, ¿sabes?

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-Claro, tron. ¿Qué lector?

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-Pues cualquiera. El que nos esté leyendo en estos momentos. Tú y yo sólo hablamos cuando nos lee alguien. En cualquier otra ocasión somos dos pingüinos más, sin voz ni foto. ¿Entiendes?

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-Claro, tron. ¿Qué foto?

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-La que tiene el lector frente a su frente. Nosotros estamos contenidos en la una y vivimos únicamente en la otra. Tú a la izquierda, yo a la derecha (siempre desde el punto de vista del lector), y él en el centro. ¿Vale? Entonces volvamos a empezar: Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-izquierda.

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-Buenos días. Quisiera aprovechar esta ocasión pa saludar a mamá y a mi tío el Jacinto, que seguro que me están viendo.

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-Que no, coño, que tienes que decir "buenos días, pingüino-que-estás-a-la-derecha".

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-A la derecha, ¿como Rajoy? Pero tron, !si tú eres anarquista!

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-Sólo es una forma de hablar, tío, que no te enteras. No busques connotaciones políticas donde no las hay. Y en todo caso, a la derecha como Chemari. Rajoy ya ha iniciado el giro hacia el centro.

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-¿Hacia el centro? Entonces, ¿Rajoy es el lector? !Qué pacha, Rajoy!

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-Mira, corta el rollo, te repito que éste es un diálogo apolítico. Tenemos que ceñirnos al guión. Así que céntrate, y nada de saludar, ni de dirigirse al lector. Esto tiene que parecer real, y ese tipo de cosas restan credibilidad, ¿ok? Pues venga, a trabajar, o de ésta nos echan a los dos: Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-izquierda.

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-¿Y qué tienen de buenos? Primero me dices que estoy a la izquierda. Luego que me centre. A ver si te aclaras, tron. Y encima aquí hace un calor del carajo. Y cada vez hace más: 0,5º C más cada diez años, para ser exactos, según Wikipedia. Y si lo dice la Wiki, tiene que ser verdad. Se están cargando el planeta, tron, hay que hacer algo.

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-Cagüenmimanto. Me rindo. Con paletos como éste no se puede ir a ningún lado.

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(Voz en Off): !Corten! Descanso de quince minutos y seguimos. Y que alguien dé de comer a estos pingüinos, por favor.

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-Qué pacha, narrador, ¿puedo saludar ya o qué?

2. A vueltas con el guano

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Mientras tanto, el algún lugar de la Península Antártica...

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-Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-izquierda.

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- Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-derecha. ¿Te has enterado de la última? Han cogido a dos intrusos en una de las pingüineras de la playa Barton. Estaban chorizándonos el guano.

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-¡No es posible! El Tratado de 1959 impide a los hombres explotar los recursos naturales de la Antártida hasta 2048. ¿Es que no van a cumplir sus propios tratados? Aunque no sé de qué me extraño: los hombres no tienen palabra.

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-Bueno, ahí radica precisamente el problema: esta vez no se trata de hombres.

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-Entonces, ¿qué son?

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-Una tortuga y un sapo. Dicen que sólo querían tomar prestado un poco para hacer una hoguera y entrar en calor. Bueno, lo dice el sapo. La tortuga no dice nada: se encuentra rígida como un cubito de hielo. La verdad es que parecían encontrarse en situación desesperada.

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-¡Qué se jodan! No pueden coger ni un poco ni nada. Nuestra especie lleva produciendo guano en la Península Antártica desde tiempos inmemoriales. ¿Quiénes se han creído que son? El guano es nuestro. Para algo lo cagamos nosotros, ¿no? Y recuerda que no se trata sólo de mierda. Es mucho más que eso: es el legado de nuestros antepasados y forma una parte fundamental de nuestro bagaje cultural. ¡El guano es sagrado!

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-Bueno, el asunto es un pelín delicado. Para empezar, se trata de dos especies que no han firmado el Tratado Antártico; por tanto, y en principio, no están obligados a respetarlo. El Consejo de Sabios de los Pájaros Bobos del Antártico se ha reunido en sesión extraordinaria para estudiar esta crisis, dirimir responsabilidades y decidir qué hacer al respecto.

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-Yo te diré lo que habría que hacer al respecto: ¿No querían hacer una hoguerita? Pues al fuego con ellos. Ya verás cómo así aprenden a no colarse en huerto ajeno. A mí todo esto me huele a chamusquina. Creo que antes habría que interrogarles concienzudamente. Apretarles las clavijas hasta que canten como cantaba la rana debajo del agua. Porque a ver, ¿qué hacen aquí una tortuga y un sapo? ¿Tienen pretensiones territoriales, al igual que ingleses, argentinos y chilenos? ¿O son la avanzadilla de una invasión en toda regla?

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-El sapo asegura que la suya es una misión científica, y que vienen en son de paz.

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-Eso mismo dicen los hombres. Chinos, rusos, coreanos, venezolanos, uruguayos... Son todos iguales. Venimos a hacer ciencia, afirman. Pero en el fondo, lo que todos quieren es un trozo del pastel . Y cuanto más grande, mejor. Toman posiciones y se preparan para el día en que venza la moratoria. Sanguijuelas, eso es lo que son. Además, ¿qué guanos hace un sapo embarcado en una misión científica en la Península Antártica?

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-Dice estar buscando ligartos gigantes, para proceder a su estudio y clasificación taxonómica.

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-¿LIGARTOS? Querrás decir lagartos. Qué excusa más barata. Aquí no hay lagartos. Hace demasiado frío.

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-No sé, digo yo que si han llegado una tortuga y un sapo, no veo por qué no habrían de hacerlo los ligartos esos.

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-¡Por las barbas del gran Guano! A fe mía que tienes razón. Antes el frío actuaba de frontera infranqueable. Las condiciones eran duras, pero las cuatro especies que convivíamos lo hacíamos de forma holgada y en paz. Ahora que los hielos se derriten y los glaciares se baten en retirada, la península Antártica abre sus compuertas y sólo el gran Guano sabe cuántos se disponen a entrar.

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-Mi tío el Jacinto sostiene que la culpa es de los hombres, porque tanto han calentado a la Tierra con sus excesos que han terminado por provocar la orgasmia desenfrenada de los elementos.

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-Yo no sé si los hombres son culpables o no. Lo único que sé es que cada vez hay más. Cuatro mil establecidos de forma permanente en las bases, cuarenta mil turistas al año, y la cosa va en aumento. Además son unos inadaptados. No hablan nuestro idioma, ni respetan nuestras costumbres. No se integran, no se mezclan con la población autóctona. Van por ahí tapados hasta las cejas. ¿Dónde se ha visto?

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(Tirururííí Tirururíííí-Tirururííí Tirururíííí´)

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-Uy, mira tú por dónde, acaba de llegarme al móvil un mensaje de mi tío el Jacinto. Ya sabes que forma parte del Consejo de Sabios de los Pájaros Bobos del Antártico. A ver qué dice... El Consejo ha decidido que, en primer lugar, una partida de pingüinos salga de ipso facto a recorrer la península en busca de ligartos gigantes, por si las moscas. Si los encontramos habrá que estudiar sus hábitos y costumbres, por ver si representan una amenaza para nuestra especie. En segundo lugar, una flotilla de pingüinos barbijos escoltará a los dos intrusos hasta aguas jurisdiccionales de Sudáfrica, donde serán recogidos por una flotilla de pingüinos africanos y llevados hasta Ciudad del Cabo; allí serán puestos en libertad. Pero antes se les ha pedido que juren solemnemente que no han de volver a robarnos el guano jamás.

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-Muy bien parados me parece a mí que van a salir los fulanos. Pero si lo mandan los sabios, habrá que acatarlo ¿Y qué han respondido?

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-El sapo ha dicho que sí, que por favor, que no piensa volver en la vida, y que cuanto antes le saquemos de aquí, mejor que mejor. La tortuga sigue sin decir nada. Parece que sufre de rigor mortis, o algo así.

3. Un muchacho de pelo en pecho y dos buenas noticias

Si había algo de lo que Omar Emoto estaba muy orgulloso eso era su pelo: localizado sobre el rosetón de la tetilla derecha, era único e irrepetible.

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Surgido hacía algo más de un año, había tardado apenas un par de días en alcanzar cinco centímetros de una longitud lacia y enhiesta que el muchacho exhibía sin inhibiciones, pues no en vano lo consideraba un signo de virilidad, una demostración fehaciente de que ya era un hombre hecho y derecho; cercenarlo hubiera supuesto una suerte de castración figurativa por la que él no estaba dispuesto a pasar.

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-Es pelo, no pelo, y yo hago con pelo lo que me da la gana -respondía una y otra vez a quien tuviera la osadía de sugerir tamaña afrenta contra su recién adquirida hombría.

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Librado así de la guillotina que los prejuicios ajenos hubieran querido imponerle, el pelo crecía día a día; lozano y gallardo, pulverizaba magnitudes y reafirmaba al muchacho en su rebeldía: si a los tres meses alcanzaba medio metro, y a los seis el metro y medio, a los nueve dejaba atrás la barrera de los dos metros, y a los doce los tres ya se le habían quedado pequeños. Sólo entonces pareció interrumpirse la desmesura de aquel su crecimiento.

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Duro, flexible y con un grosor de unos tres centímetros en la base que iban reduciéndose gradualmente hasta rematarse en la más fina de las puntas, aquel fenómeno tenía más de látigo que de simple producto folicular: el látigo pectoral de Omar Emoto.

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Para evitarse tropiezos innecesarios, el muchacho solía llevarlo enrollado y al costado, colgando de un gancho que a tal fin había fijado al cinto. Excepto, claro está, cuando no estaba sacando partido de las ventajas que semejante atributo le proporcionaba.

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Así, podía emplearlo como correa para sacar a Míster Di de paseo; para alcanzar las ramas más altas e inalcanzables o, si se le anudaba una pequeña ancla en la punta, salvar los muros más insalvables; como arma defensiva, si se daba el caso; para tratar de impresionar a Fuegofatuo con la puntería de sus latigazos; o para enseñar a Eggy a saltar a la cuerda, como así estaba sucediendo en el gimnasio de la base secreta del Vulcano Azul en el día y el momento que nos ocupa.

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Eggy era un huevo la mar de atlético. Un par de traspiés le habían bastado para conseguir acompasar sus saltos y piruetas al ritmo que imprimían sus amigos, Fuegofatuo en un extremo y Omar Emoto en el otro, al voltear del látigo, y ahora se lo estaba pasando pipa.

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De hecho, Fuegofatuo no recordaba haberle visto reír y gozar de una forma tan distendida desde que el capitán Odys hubiera tenido la funesta ocurrencia de ponerle entre rejas. Definitivamente, la lejanía del capitán -que había tenido que salir de viaje por unos días en compañía de Milady, la comandante en jefe del equipo- estaba sentándole al huevo de maravilla. Aquélla era una buena noticia; la primera que recibían los COES en mucho tiempo, y bien sabía Fuegofatuo lo necesitados que estaban de buenas noticias en el equipo. Ultimamente, éstas escaseaban más que los hombres guapos o la bendita lluvia.

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Y sin embargo, no iba a ser aquélla la última que recibieran antes de que finalizara el día.

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En efecto; apenas había terminado Eggy de clavar los pies en el suelo, tras haber realizado un doble salto mortal con cuádruple tirabuzón y medio, cuando I-gor irrumpió de forma precipitada en el gimnasio causando gran conmoción y destrozo a su paso pues, presa como iba de la agitación, se había olvidado de abrir antes la puerta, que incapaz de resistir la tremenda acometida del androide, había estallado en mil pedazos de madera, una nube de polvo y un sinfín de astillas y virutas.

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A sus treinta y un años, Fuegofatuo estaba viviendo lo que se dice, literalmente, una segunda juventud: un experimento fallido del profesor Yo-yo le había quitado veinte años de encima de golpe y porrazo, y la chica todavía no había conseguido acostumbrarse a su recientemente reestrenada preadolescencia. Como casi todo en esta vida, tenía sus ventajas y sus inconvenientes.

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Por ejemplo, una parte suya, la más infantil, hubiera querido celebrar la última salida del androide como estaban haciendo Eggy y Omar Emoto: rodando por el suelo muertos de risa. Pero en ausencia de la comandante en jefe y el capitán, ella era el miembro más sénior del equipo, y sobre quien recaía el mando. Y aunque no podía enfadarse con el androide, ya que no era culpa suya si el ataque de un virus malicioso le había vuelto idiota, tampoco podía dejar pasar por alto un acto de neglicencia tan supina.

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-!I-gor! ¿Cuántas veces tengo que decirte que antes de cruzarlas tienes que abrir las puertas? Ahora mismo vas a ir al hangar y...

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Pero I-gor no escuchaba. I-gor estaba demasiado excitado como para prestar atención.

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-!Nene tené correo de Dylan Agúto! !Tí! !Nene gúta Dylan Agúto!

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Sobre mí

El colgao del espejo siempre está diciendo que, para él, yo soy un misterio... classificados Locations of visitors to this page .
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