Categoría: Relatos breves
8 Octubre 2009
Por fin había conseguido dar esquinazo a su carcelera, estaba solo, o eso parecía, pero no podía fiarse, se sentía incómodo, cosificado, como si una miríada de ojos críticos le estuvieran observando desde las sombras, espiando sus movimientos, al acecho, quizá dispuestos a atacarle. Confiaba en que, si no conseguía zafarse de su cruel destino y aquella noche terminaba siendo ofrecido a los licántropos en sacrificio, al menos surtiera efecto el ungüento mágico con el que se había untado todo el cuerpo. La bola de cristal de la bruja Nivebrunja le había revelado que su fórmula contenía moléculas de plata en número suficiente como para mantener a raya a las monstruosas criaturas durante veinticuatro horas. La había consultado un día que Nivebrunja había salido al bosque en busca de muérdago, rabos de lagartija y esa asquerosa grasa de verraco con que le había estado cebando durante todo este tiempo con vistas a que, llegado el día en que habría de cumplirse la profecía, los licántropos le encontraran suculento, tierno y gordito y, hastiados, no exigieran otras víctimas propiciatorias con que aplacar su ancestral ira. Hoy era ese día. No estaba preparado para acudir a la cita, nunca lo estaría. Sin embargo, tenía un plan. Para ponerlo en práctica, había tenido que ganarse la confianza de la bruja Nivebrunja, adularla, seguirle el juego, mantenerla entretenida para que se olvidara de acudir a la guarida de los licántropos, por eso había fingido que compartía su entusiasmo por los lúdicos rituales a los que era aficionada, había colaborado en todos los preparativos que la bruja había propuesto, e incluso había tomado la iniciativa en un par de ocasiones, demorándose en los pequeños detalles, ejecutándolos una y otra vez con exasperante lentitud, como a ella le gustaba, antes de penetrar juntos en el más íntimo y profundo de los rincones de la gruta, donde habían permanecido unidos hasta que la ceremonial actividad había culminado en un prolongado y frenético paroxismo final que había dejado a la bruja exhausta, aun cuando plenamente satisfecha, mas luego, al enterarse él de que la malévola Nivebrunja se mantenía firme en su propósito de inmolarle en el altar de los licántropos, y aprovechando que se hallaba distraída, bañándose en leche de burra y extracto de nenúfar, había conseguido sustraer del arca sagrada el vellocino bermellón, esa prenda talar que la bruja vestía durante las celebraciones más importantes, así como el mágico ungüento que, elaborado a base de plata y líquido sinovial, había de protegerle en el último instante, cuando todo lo demás hubiera fallado y se encontrara solo ante el peligro. Creía que, en no encontrando el vellocino, la bruja sentiría mermados sus poderes, perdería la confianza en sí misma y se abstendría de abandonar su morada, aquella gruta en el corazón del bosque encantado en la que llevaba cinco años prisionero y sin posibilidad alguna de escape. Tenía que ocultar el vellocino en un lugar seguro, donde ella no pudiera dar con él a tiempo. Según avanzaba, tanteando las paredes húmedas y musgosas de la cueva, había topado con un angosto pasaje que sólo le permitía proseguir a rastras, dificultando su marcha hasta que no pudo seguir más, tampoco retroceder, la bruja le había cebado a conciencia durante todos aquellos años, estaba demasiado gordo, como un tonel inmundo, que diría él. Y en estas estaba, maldiciendo su suerte entre fuertes jadeos, cuando una luz surgió a sus espaldas, arrojando sobre el estrecho conducto una tenue y delatora penumbra. Maldición, ahí se acercaba la bruja, si no hacía algo por remediarlo iba a descubrirle de un momento a otro, así que cerró los ojos, contuvo la respiración y se encomendó a la diosa Fortuna, que debía estar demasiado ocupada para atender sus plegarias, porque no tardó en sentir unos golpecitos en las plantas de los pies, y en sus tímpanos la voz de la malvada Nivebrunja, cuyas palabras le hicieron comprender que todas sus esperanzas se desvanecían de un plumazo, quizá porque, desde un principio, habían sido infundadas:
-Cariño, ¿se puede saber qué haces debajo de la cama?, tendrías que estar vistiéndote, ya nos hemos retrasado demasiado, con lo que aborrecen mis padres que les hagamos esperar, uf, qué polvo, hijo mío, cuando quieres puedes ser un animal en la cama, tenemos que repetirlo más a menudo, una vez al mes no es suficiente para mí, oye una cosa, ¿no habrás visto mi vestidito rojo por un casual?, es que le había prometido a papi que lo luciría esta noche, qué mejor ocasión que en sus bodas de plata, como es su favorito, pero resulta que no lo encuentro por ninguna parte, jolines, mira, ¿sabes lo que te digo?, que da igual, creo que voy a ponerme el verde, sí hombre, el de las puntillas, todavía ayer me estaban diciendo el butanero y el cartero que me sentaba a las mil maravillas, anda, sal de ahí, y mejor te das una ducha rápida antes que nada, ¿o es que ya no te acuerdas de que es esa colonia que te has puesto lo que provoca las horribles jaquecas que aquejan a mamá cada vez que vamos a visitarles?
Mierda, ahora sí que estaba jodido.
-Claro, cariño, ahora mismo voy, lo que tú digas.
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6 Octubre 2009
El hombre que dudaba buscaba amor entre las grietas. A veces, Sole le miraba, a veces, cuando no le veía, él la miraba a ella.
La mujer que dudaba le buscaba porque amaba su risa, su canto y su tristeza. A veces ella creía saber quién dejaba versos doblados sobre el platillo de hojalata, junto al caballete; a veces Sole soñaba que él la llamaba bella, y que inscribía sus nombres en la arena mientras recogía las piedras que luego ella iría irisando con su pincel.
Sole se había ido acostumbrando a esas rosas mustias que a veces encontraba junto al platillo de porcelana, sobre alguno de los tapetes que cubrían las mesas del café. "¿Quién sos que así me hablas?", se preguntaba, inquieta, la porteña, y buscaba su rostro entre la gente, un timbre más apasionado que otros, un gesto al fin traicionado, una leve seña, un brillo trascendente. A veces el bastardo la miraba como miraría a una piedra, alzaba una mano indiferente y decía "Sole, ponme otra pócima".
Camino del roquedal, el bastardo ha hecho alto en la plaza pública, donde el café de Sole tiene su terraza y los predicadores afilan sus dogmas y animan a empuñar banderolas blancas contra banderolas negras. Cuatro casacas grises escuchan al blanco jinete, que, entre cabriola y cabriola, enardecido gesticula sobre su blanca montura: "Soy un héroe, éste es mi destino, he aquí mi momento. No busquéis más la verdad, la verdad no está ahí fuera, yo detento la palabra, sólo la mía es verdadera, sólo mi voz es buena, la de incorruptible pureza. Si mañana el mundo se acaba, habréis de saber que la culpa será de los otros, nunca nuestra".
-Sí, pero, ¿quiénes son ésos? ¿Cómo saberlo? -inquiere uno.
-Cualquiera menos nosotros, ¡acabemos con ellos!
-Ya, pero, ¿cómo sabremos contra quién hay que cargar? -porfía otro-, ¿no somos todos grises por fuera?
-Confiad en mí, pues mi boca no miente, yo soy quien ha decir quién es blanco y quién negro, quién de ellos y quién nuestro, quién está conmigo y quién contra mí, quién merece irse con una rosa blanca entre los dientes.
"Qué verborrea ardiente la del luminoso profeta", piensa el bastardo, "y cómo redoblan sus tambores, hambrientos de sangre y guerra".
Se ha sentado en la concurrida terraza, donde el sol calienta la mañana y orea la brisa fresca. Sole casi se ríe cuando le ha pedido café cargado con soda, y unas gotas de hidromiel, ¿cómo podría nadie tragarse un brebaje como aquél?
Las cuatro casacas grises asienten ahora al unísono, aquel caballero vestido de negro les hace sentirse seguros, su sermón no presenta resquicios, no hay incertidumbre en su verbo, lo que es negro es negro y lo que blanco es, blanco ha de morir, nunca más tendrán que elegir, lo hará él por ellos, él, que sólo desea guiarles porque bien les quiere su espíritu dadivoso, pues, aunque grises parecen, han de ser negros si es que él lo dice, y como tales, se sienten también importantes, diferentes, predilectos. En ocasiones, empero, algún que otro despistado, quizá por recién llegado, expresa en viva voz sus interrogantes: -¿Cómo distinguiremos a los malos de los buenos, si tanto todos nos parecemos, Buen Señor?
-Os lo diré yo, el elegido para guiaros, yo puedo olfatear la blancuzca ponzoña que destilan sus corazones -aúlla el jinete negro a lomos de su negra bestia-, yo los señalaré con el dedo, será mi voz portentosa quien denunciará su corrupta presencia, yo, que nací para la gloria y uncido he sido con la cruz de la victoria". El negro jinete se crece sobre su enjaezado y negro jumento:
-¡Yo os los mostraré, y entre todos pondremos una rosa negra entre sus dientes!
"Qué diarrea mental la del sombrío profeta", piensa la porteña, "y cómo muestra sus colmillos, impacientes por hincarse en la carne que caerá en su guerra".
"La misma cantinela de a diario, los buenos siempre somos nosotros", ironiza él en silencio frente a su sopa boba, mientras ella lamenta que de paños blancos y paños negros estén llenos los cementerios. Sed de venganza ciega al profeta blanco, fe en su justicia deslumbra al predicador negro, ansias del poder que para ellos quisieran y todavía no paladean, pero ya llegará su día, se acerca, lo presienten.
El bastardo ya está en el pedrero donde al atardecer extenderá sus trabajos la hermosa porteña, sus óleos, sus paisajes y sus retratos, sus acuarelas. Ella sonríe cuando le ve, dando saltitos a lo lejos, ahí está aquel loco otra vez, buscando esferas blancas y esferas negras entre las rocas, cantos rodados que a veces le trae para que trace sobre ellos amplios arcos irisados que luego sumergirá bajo las olas. Sole tuerce el gesto, una duda asalta su hermoso perfil de porteña. "Mira que si fuera él...". Entonces saca un cuadro inacabado y lo retoma donde lo dejara ayer.
Y colorín colorado, este cuento sí que está acabado.

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5 Octubre 2009
Confiando, como siempre habían hecho, en que la sagacidad de su líder les haría sortear toda suerte de peligros, marchaban al galope, hombres, mujeres y niños, cantando gozosos camino del abismo, en pos del gran jefe indio, quien condujo a su pueblo al otro lado del borde del precipicio. Los buitres celebraron su festín en el fondo del barranco, y es que se veía venir, desde que el profeta Ignoramus le regalara aquellas lentes monocromáticas, Ojo de Halcón no había vuelto a ser el mismo.
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4 Octubre 2009
Todas las tardes salía en busca de una persona cuerda cuya existencia demostrase que aún había algo de equilibrio en el universo, y todas las noches regresaba, decía él a quien quisiera escucharle, saboreando las hieles del fracaso más inmediato. Las personas que le conocían y se consideraban a sí mismas cuerdas aseguraban que estaba un poco aventado, aunque, eso sí, el suyo era un leve trastorno paranoide que a nadie podía hacer daño; en cambio, aquellas otras cuerdas que encontraba por ahí y se llevaba a casa nada opinaban; las tenía a pares, suspendidas por garfios de los techos, para que los ventiladores de grandes aspas que había ido instalando en todos los cuartos las balancearan en rítmica sintonía, cosa que, por mucho que lo intentase, desplazando los garfios a lo largo de los rieles que recorrían la techumbre, o bien cambiando la posición y velocidad de giro de sus ventiladores, no conseguía, y eso era lo que le mantenía en vilo noche y día, la búsqueda de armonía.
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2 Octubre 2009
Madrid, no ha perdido, los JJOO. Sencillamente, los hemos pospuesto. Y, los hemos pospuesto, porque había que posponerlos. Razones de peso, así lo aconsejaban. España, demuestra, de esta manera, y ante el mundo entero, que sabe, y quiere, ser generosa, cuando no le queda, otro remedio. Cuando hay que ganar, se gana, y cuando hay que perder, se folla. Pero es que, además, tenemos, otro proyecto, aún mejor, y más ilusionante, si cabe, que sí, entre las manos, las nuestras. El ministro... Rubalcaba, me ha informado, de que, en estos momentos, tiene, a un extraterrestre, retenido, en, su, despacho. Este... extraterrestre, que, se llama, ET, no es, un extraterrestre, cualquiera. Y no lo es, porque no es, un extraterrestre... de la Tierra, sino, todo lo contrario. Por eso, quiero comunicaros, que... desde aquí, vamos a proponer, a este extraterrestre, no terrícola, una alianza, de, civilizaciones, para que, sea él, ET, el extraterrestre, que se llama ET, quien se la traslade, a las autoridades competentes, de su planeta, donde quiera, que éste, o cualquier otro, se encuentre. Este país, España, tiene mucho, mucho, que ofrecer, a la comunidad galáctica: playas, chiringuitos, urbanizaciones desiertas, tapas, siesta, hormigoneras, campos de golf, ladrillos, fincas rurales para recalificar, cachondeo, evasión fiscal, falta de seriedad, y mucha, mucha fiesta. Con ET, el extraterrestre, viajará, así mismo, una delegación formada, por la flor, y la nata, de nuestros, mejores banqueros, concejales de urbanismo, tránsfugas, promotores, constructores, agentes inmobiliarios, cobradores del frac, y operadores turísticos. También, les enviamos, cómo no, dos, millones, y medio, de parados, para que, se vayan, formando, estos parados, allí, en el planeta de ET, durante cinco años, en, nuevas, tec, no, logías. Buenas noches, y muchas, muchísimas gracias.
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1 Octubre 2009
-Hola, shoy Madiano Dajoy, me llaman el Sheñod de losh fdenillosh podque tengo dosh, uno eshtá muy deshadollado y el otdo no, jejeje, qué shimpático shoy, y tú, ¿quién edesh, quedido votante?
-Mi caaaasaaaa, telééééfonoooo....
-Oh, tú debesh de shed ET, el ej... el ejsh... el ejshtd... el ejshtiateddd... el alienígiena. ¿Qué hacesh aquí? ¿Eshtásh documentado? Eshpedo que tush papelesh eshtén en degla pada que puedash votad pod mí.
-Mi caaaasaaaa, telééééfonoooo...
-Ya veo, quiedesh volved a casha, esh normal, Eshpaña she hunde, pedo tú no te pdeocupesh, noshotdosh te ayudamosshh, dime dónde hash dejado tu pateda volante pada que una padeja de la Benemédita pueda eshcoltadte hashta allí.
-Mi caaaasaaaa, telééééfonooo...
-Mida, ET, me lo eshtash poniendo muy difícil, ¿eh? Shi esh que veníshh aquí y ni shiquieda osh moleshtáish en apdended nueshtdo idioma. Vale, shi no quiedesh colabodad, no me queda otdo demedio que llamad al Minishtdo del Intediod. La culpa esh shuya, como siempde. ¿Dubalcaba? Shí, shoy yo, Madiano Dajoy. Eshto esh indignante, he encontdado un inmigdante en mi shótano, a ved shi dejáish de conshpidad contda noshotdosh y hacéish algo pod adegdad el paísh. No, hombde, el pediódico no, bueno, ahoda que lo piensho, el pediódico también, que dejen de dadnos caña de una vez, shobde todo a Campsh, no she puede atacad ashí a uno de losh nueshtdosh pod unosh tdajesh de nada. Decódcholish, tengo que dejadte, el inmigdante she ha hecho fuedte en el micdoondash y como lo joda me quedo eshta noche shin cenad. La madde que lo padió...
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30 Septiembre 2009
Autónomo, trabajo a destajo, aquella señora con cara de palo que vendía almejas en la cola del paro fue la primera, tenía una verruga del tamaño de una oruga en la molleja y nada limpias las orejas, lo sé porque las tuve muy cerca, bajo la lengua para ser exactos, insaciable y generosa, le dije soy un puto parado y pagó ella por pasar un buen rato a solas con mi nardo, se fue llena, contenta y satisfecha, todas las posiciones, franceses y completos, en tu casa, en mi huerto o en la alberca, garantizamos multiorgasmos, sesenta euros la hora, negociables, al contado, no lo dejes para mañana y llama ahora.
Para solicitar teléfono de contacto pincha aquí
Así soy en la cama
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29 Septiembre 2009
Sabía que aquél iba a ser un lunes negro, quería quitármelo de en medio cuanto antes, así que busqué una farmacia donde pudieran proporcionarme una de esas píldoras nuevas del día después. Hace un rato que la eché al coleto, bebí un trago de agua y desperté en este cuarto frío y extraño. He perdido el pelo, se me han caído todos los dientes y mi cuerpo, frágil y marchito, tarda siglos en responder. Sobre una alacena he encontrado una urna con el nombre de mi mujer inscrito en la base, está llena de polvo, alguien debería limpiar este lugar con mayor asiduidad, hay roña por todas partes, y la momia que yace en la cama de al lado huele como si se hubiera cagado encima, entre las sábanas de esparto. Iba a salir al pasillo a formular una queja formal, pero ha llegado esta enfermera anunciando que un señor con bigote ha venido a visitarme. Dice que es mi hijo y se llama Manuel. Cuando le he preguntado qué día es hoy, Manuel ha respondido que martes. Por eso yo sigo insistiendo en que me suministren una píldora del día antes, que llegar aquí tan deprisa ha sido un error por mi parte, que quiero volver, Dios mío, cómo hago para volver.
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