Bad moon rising, Credence Clearwater Revival; un relato: bip, bip
Secuencia de la primera transformación de David en hombre lobo:
Estaba yo un buen día sentado en el suelo de la salita, con el platillo de la merienda haciendo equilibrios sobre un muslo y los ojos pegados a la pantalla del televisor. El Coyote iba camino de convertirse, una vez más, en víctima de su proverbial estupidez, cuando mamá hizo acto de presencia en la sala y puso un grito en el cielo: en la moqueta había aflorado un manchurrón de ketchup de un rojo escandaloso. Mamá no se avino a razones. Zapatilla en mano hostigó mi retaguardia durante la deshonrosa retirada que me llevó a mi cuarto, “de donde no saldrás”, sentenció con voz airada, “hasta mañana por la mañana”. Siguiendo los dictados de una pataleta, agarré unas cuartillas y mi estuche de lápices de colores y, dando rienda suelta a mis frustraciones, conduje al Coyote, a través de una serie de viñetas memorables, a la victoria final: Correcaminos terminó sus días, tras cocer al fuego lento de una marmita, en la panza de su enemigo. Acunado por los borborigmos que entonaban mis tripas vacías, me metí en la cama pensando que, al menos por una vez, en aquella casa se había hecho justicia.
En esto abrí los ojos y vi al Coyote –hombros cargados, orejas gachas, semblante abatido: hecho unos zorros, en definitiva- sentado en un peñasco. Sobre su morro roncaba al sol una lagartija. Me acerqué a averiguar el porqué de su desdicha.
- Ay, amigo mío, resulta que echo de menos a Correcaminos. A su manera, aquel pollo encopetado me hacía feliz. Me daba un motivo por el que levantarme cada mañana, ¿sabes? Dime tú, qué futuro me espera ahora, en este bodrio de desierto en el que, aparte de contar cactus, no hay nada que hacer en todo el santo... –De repente el Coyote, que se había vuelto por primera vez a mirarme, cortó por lo sano el soporífero tostón que me estaba endilgando. Se produjo un tenso silencio, durante el cual sus ojillos fueron entrecerrándose para ocultar el brillo nuevo y astuto con que parecían sopesarme mientras la lagartija se iba por patas y yo sentía que las garras de un sol justiciero iban arrancando húmedas perlitas de mis tiernas glándulas sudoríferas.
-Pero debes de estar hambriento, deja que te invite a un piscolabis en mi humilde morada –dijo al cabo, esgrimiendo a la par una mueca que dejaría al descubierto cuatro colmillos como cuatro cuchillos charcuteros, así como los varios colgajos de baba que de éstos pendían. Dado el cariz tan feo que tomaban los acontecimientos, y una vez descartada, por considerarla inoportuna, la cortesía de una despedida, puse, de inmediato, tierra de por medio, aunque no por mucho tiempo. Es al día de hoy que, con el Coyote cosido a los talones en todo momento, sigo corriendo.
fin




Mayca dijo
jejejeje, lo que hace el hambre cuando te acuestas si cenar.
Los dibujos del vídeo no me gustan mucho, la canción sí, pero en dibujos prefiero algo más infantil y relajado.
Doble ración de besos, la extra es por la imaginación.
3 Noviembre 2008 | 01:21 PM