Sympathy for the devil, the Rolling Stones; un relato breve: Alicia y yo (primera parte); una foto
fotografía tomada por Odys. 1 de Nov. del 2008. Tenerife.
Alicia y yo
Como hoy es el primer día del resto de mi vida he decidido celebrarlo yendo con Alicia a coger setas al campo. Siempre he sido un urbanita convencido, pero desde que la conozco me he hecho un entusiasta de los espacios abiertos. Vale, lo confieso, a mí las setas me la traen floja, pero es que a mi novia la ponen cachonda; dice que si lo hacemos justo después de haberlas recolectado es tal la comunión que siente conmigo y con la naturaleza que puede llegar a sentir corrimientos de tierra bajo su espalda. Y yo, por aquello de hacerla feliz facilitando corrimientos, comuniones y coyundas, estoy dispuesto a recoger cuantas setas hagan falta. Cualquier cosa con tal de complacerla.
Así es que a lomos de mi Gucci 250cc quemamos asfalto hasta llegar al robledal que hay a unos diez kilómetros escasos de Ciudad del Mar. Aunque ha llovido esta mañana, hace un día hermoso, el cielo está despejado y calienta Lorenzo que da gusto. Como venimos a lo que venimos, no transcurre mucho tiempo antes de que el efecto seta haga sentir su benéfico influjo sobre mi novia y los dos pasemos, sin mayores preámbulos, a darnos el gran revolcón sobre la todavía húmeda hierba.
Gloria bendita, bendita Alicia qué buena estás, así cariño así, así... así... así vibramos en mitad de un gemido a dos voces cuando veo, por el rabillo del ojo, que tenemos compañía: no sé cuánto tiempo llevará ahí, agazapado junto al tronco del árbol contra el que he dejado apoyada la moto, observándonos. Es diminuto, y si no fuera por ese tremendo bigotazo de cosaco que luce bien podría pasar por un niño de corta edad. Lleva puesta una bata de un verde claro, y un ridículo gorrito del mismo color.
-¿Qué miras cabrón, quieres que te ayude a machacártela o qué?
-Déjalo -oigo que dice Alicia en un susurro-, ¿no ves que es el conejo de la suerte que se ha disfrazado de enano para ir de incógnito?
-Pero qué dices tía -digo-, ¿estás flipada o qué?
-Yo creo que tiene hambre –dice Alicia-. ¿Tienes alguna zanahoria en la fiambrera?
-!Eh, tú, apártate del macuto! –grito, descabalgando de mi montura y poniéndome en pie.
Conejo o no, no voy a dejar que nos birle el chorizo de cantimpalos, mucho menos la tortilla de patatas que con tanto amor y tanta cebolla ha hecho mamá -ah mi madre, cuánto me quiere... enseguida me embriaga una imagen fugaz y pretérita: mi madre mostrándome, orgullosa, el costurón que dejara en su cuerpo la cesárea que me trajo al mundo. Puedo tocarlo, con dedos gordezuelos que tiemblan de asombro, mientras gruesos lagrimones recorren mi mejilla al imaginar que aquella herida tuvo que hacerle un daño horrible, y todo por mí. Claro que eso ocurrió hace mucho tiempo, entonces yo era un crío para quien ver y rozar el vientre materno era un acto natural, si acaso fascinante, en todo caso inocente.
Ocurre que el de Alicia, terso y sin mácula, yace en estos precisos momentos expuesto para mayor deleite del mismísimo enano pervertido que también parece dispuesto a arrebatarme la tortilla de mi vieja. De hecho ya lo ha hecho, o acaba de hacerlo, para ser precisos: ha tomado la mochila entre las manos y la olisquea como el goloso impertinente que es. Estoy hambriento, indignado y furioso: vaya manera de estropearse el que estaba siendo un gran polvo.
Salgo corriendo en persecución de quien, sin lugar a dudas, se ha ganado el titulo de “el malo de esta película”.
-¡Adónde vas, Paco, mira que estás desnudo! –intenta detenerme, en vano, la voz de mi amada.
Nos internamos en la espesura, él es rápido, pero mis piernas son más largas y de forma inexorable voy comiéndole terreno. A punto estoy de darle alcance cuando se mete en el hueco de un roble reseco.
-¡Ajá! ¡Ya te tengo, miserable roedor!
Introduzco el brazo hasta el sobaco. Saco la mano vacía, la miro perplejo, ni rastro del enano y, lo que es más desconcertante todavía, ni siquiera he llegado a tocar el fondo del árbol. Mierda, ¿y ahora qué? En esto llega Alicia, en braguitas y sujetador; es una lástima que tenga una misión que cumplir, porque de buena gana se lo quitaría todo otra vez. Uno de sus pezones lucha por permanecer a la vista. Tentado estoy de darle un buen mordisco. Cuando termine la carrera voy dedicarme a escribir, claro que primero tengo que empezar, quiero decir la carrera, pues escribir ya lo hago. Declamo en voz alta los versos de un poema vanguardista en el que estoy trabajando:
“Si alguna vez nos arrejuntamos, si te la endilgo y quedas encinta... dime Alicia, me darás a probar el zumo de tus pechos marcianos?”
Es cojonudo, la verdad es que promete un huevo.
-¿Dónde se ha metido el conejo? -pregunta Alicia.
-Ahí, en el hueco del árbol –digo. He optado por seguirle la corriente, pues, ¿de qué serviría tratar de convencerla de que no hay tal conejo? Cada uno ve lo que quiere, o cuanto puede ver.
-¡Lo sabía! ¿Y ahora qué vas a hacer? -presa de una gran excitación, Alicia palmotea y da saltitos de alegría.
-Voy a seguirle, por supuesto, pero antes quería despedirme de ti. Deséame suerte, amor mío.
-¡Lo sabía! -vuelve a decir.
-Anda tía, ¿y tú qué ibas a saber? -respondo contrariado; ¿por qué se empeña en estropearme este momento tan especial?
-Claro que lo sabía, listorro. Las mujeres sabemos estas cosas. Por eso te he traído esto.
Alicia deposita en mis manos el paquete que lleva entre las suyas. Resulta que son mis calzoncillos, y envueltos en ellos mi gorra de aviador, una vela y un objeto cuya finalidad he de reconocer que se me escapa.
-¿Un ovillo de lana?
-Para que, si te pierdes, consigas encontrar el camino de vuelta a mí.
-Joder tía, que te has equivocado de cuento.
-No seas bruto, no es un cuento, sino un mito. Recuerda que en todo mito hay una brizna de verdad.
-Te quiero Alicia. ¡Volveré, te lo prometo!
Me introduzco por el hueco dejando atrás a mi amada, que agita mis calzoncillos a modo de despedida, pues me he negado a ponérmelos.



Mayca dijo
jejejeje, este cuentos no es para niños ¿verdad?
esperaré a la siguiente entrega que me he quedado preocupada por el personaje, por ahí el hombre en bolas.
Besos cuentista.
4 Noviembre 2008 | 02:02 PM