Bohemian rhapsody, Queen; un relato breve: Alicia y yo (segunda parte)
Alicia y yo (primeraparte)
Como suele ser la norma en estos casos, el árbol resulta ser más grande por dentro que por fuera. Ni siquiera es ya un árbol, pienso al llegar al otro lado y recuperar la verticalidad.
Hace algo de fresco. Avanzo unos pasos y me sitúo en el centro de la estancia. Ni rastro del enano.
La luz tenue y opalina que parece irradiar el cúmulo de estalactitas translúcidas que se descuelgan suspendidas a cierta altura sobre mi cabeza muestra una gruta de paredes rocosas cuajada de grietas, recovecos y agudas aristas entre las que se apretuja un ejército de sombras.
Escucho una risita nerviosa y un fris-fris como de piesecillos al corretear sobre el suelo alfombrado de musgo y me revuelvo a tiempo de ver ese bulto verdoso que se cuela y desaparece tras una hendidura en la roca: es el enano, sin lugar a dudas. Me lanzo en su persecución.
Se trata de un pasadizo largo y estrecho. Aquí hace un frío que corta, ¡y yo en pelotas! El piso es de roca firme; he de avanzar con cuidado para no lastimarme los pies. La penumbra ha dado paso a una oscuridad tenebrosa. Vamos, que no veo ni torta. Seguir adelante en estas condiciones sería demasiado arriesgado. Decido abortar la misión aquí y ahora: tú ganas enano, quédate con la mochila y las viandas, susurro antes de girar sobre los talones para dar un paso y dejarme los piños en la pared.
Sin haberme recuperado del golpe todavía, aturdido y asustado, palpo aquí y allá, con sorpresa primero y después con frenesí.
El pasillo por el que he venido ha desaparecido. En su lugar un farallón de piedra fría e impenetrable me invita a golpearla desquiciado antes de dejarme caer de rodillas. Es como si el trayecto que acabo de recorrer nunca hubiera existido y el que me queda por recorrer empezara o terminara justamente aquí. No hay vuelta atrás. No puedo desandar el camino para enmendar los errores cometidos, ni me es posible volver a empezar.
-¡Socorro! ¿Hay alguien ahí?
Me quito la gorra de aviador, del interior de cuyo doble forro saco el ovillo de lana y la vela que previamente guardara allí. Que me maten si sé cómo voy a lograr que el primero me muestre el camino de vuelta a casa. Es que Alicia a veces tiene unas ocurrencias que... y la vela de los cojones tampoco me sirve de nada, pues no tengo fuego con qué encenderla.
Lo que sí tengo es una feliz idea: me siento con las piernas cruzadas y me valgo del castañeteo con que mis dientes responden al frío reinante para cortar un buen trozo de lana cuyas hebras deshago y amaso con el fin de ir formando una pequeña pelota deshilachada que coloco justo debajo de los huevos, los míos, que con el frío se han ido encogiendo hasta quedar reducidos a un par de canicas duras como regodones.
A continuación me los agarro con ambas manos y, empleándolos a modo de pedernales, empiezo a golpearlos el uno contra el otro, chischás chischás, arriba y abajo, chischás chischás, con rítmica sequedad; las chispas que saltan no tardarán en prender el gurruño de lana. Entonces acerco el pábilo de la vela a la llama y... voilà, habemus lux. Además los huevos han entrado en calor por efecto de las sucesivas colisiones, con lo que vuelven a recuperar su tamaño más digno y a colgar siguiendo su disposición natural.
Aún no estoy salvado, pero me anima un espíritu de lucha renovado: estoy dispuesto a llegar hasta el final.
-¡Socorro! ¿Hay alguien ahí? –repite otra vez el eco en respuesta a mi angustiosa llamada. Una corriente de aire acaba de apagarme la vela. Reina imperiosa la oscuridad absoluta.



Mayca dijo
jajajaja, ¿así es como hacían el fuego en la prehistoria?
Imaginación no te falta............ esperaré al siguiente.
Besos
PD. Otra vez la primera, quiero mi regalo.
6 Noviembre 2008 | 09:05 PM