Stand by me, Ben E King; un relato breve: Alicia y yo (cuarta parte)
Y abro otra y me encuentro a Alicia metida en la cama -¡En la nuestra, cómo has podido hacerme esto!- con el enano: estoy encinta, dice; y mi padre, que complacido observa la escena desde su sillón de orejas, tuerce el gesto al verme antes de alzar los dedos índice y medio de su mano diestra para darles su bendición. El perro lazarillo que nunca tuvo lame sus pies. ¡Noooooooo!
Buscando una quijada de burro con que matarles a todos salgo a la calle y cruzo los valles y atravieso montañas y surco los mares; doy la vuelta al globo, ¿y todo para qué?, para descubrir lo que siempre supe: que al final todos morimos solos.
-Se está haciendo tarde –dice el enano-, sígueme...
Lo hago y no tarda en darme de nuevo esquinazo, reniego de su mala sombra, me doy de bruces con un callejón sin salida, pero no, sí que la tiene: adosada a la pared tubular de una chimenea invertida diviso una escala de hierro oxidado que se hunde hacia arriba, hacia el frío y la oscuridad absolutos, la nada, pienso, y tirito y lloro, y dejo que mane mi tristeza y se diluya en un mar de mocos.
Sólo entonces inicio mi ascensión, trabajosamente al principio porque el conducto es angosto y el aire viciado e irrespirable y hay raíces como tentáculos que dificultan mi avance. Lucho por dominar el pánico. He tocado techo: está acolchado. Empujo y cede con suma facilidad.
Arriba en las alturas, me saludas, oh visión divina, ¿seréis acaso ángeles recibiéndome como al Cristo resurrecto? Lamentablemente sólo es una vidriera; muy bonita, por cierto. Oigo gritos, exclamaciones de asombro. Asomo la cabeza a tiempo de ver cómo una anciana vestida de negro se levanta, grita !Paco! y cae desmayada.
-¿Eres tú, Alicia? Hay que ver, cómo te ha estragado el tiempo.
Hay otros seres, descoloridos como ella, apergaminados los más y sumidos todos en un estado de histeria colectiva: “unos oran, otros huyen, los más se prosternan. Escucho el berrido desvalido de un niño” -¿Dónde he leído esto, o algo parecido? A ninguno conozco, aunque todos parecen estar pendientes de mí. Un rápido reconocimiento del terreno me indica que estoy sentado en un ataúd en mitad de una iglesia. Huelo a incienso, a bolitas de alcanfor y a muerto. Llevo puesta una levita, qué ironía, siempre quise tener una, nunca ser testigo de mi propio funeral.
-¡Vade retro! –el cura oficiante me muestra un crucifijo mientras no deja de tirarme agua bendita; a su vera un monaguillo blande un ciriote. Los dos tiemblan como pajaritos. Me llevo unas manos amarillentas y marchitas a la cabeza y grito “!Munch, maldito, sácame de este cuadro!”.
Cruje el piso bajo mi ataúd y me precipito al vacío, no sé cuánto dura la caída, pero noto que voy perdiendo velocidad hasta posarme cual pluma en un lugar cálido y húmedo, algo viscoso para mi gusto. ¿Será esto el cielo? ¿O seré acaso carne del averno? Sea lo que sea, se está bien aquí; no quiero salir, ya no quiero luchar más, que sean otros quienes busquen, huyan, corran se revuelvan y enfrenten y sufran. Yo ya he jugado mi parte y pagado su injusto precio. Dejadme pues, que escriba mi epitafio.
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Fue entonces cuando se rasgó el velo que le envolvía y volvió a ver al hombrecillo de la bata verde: estaba hecho un coloso, y llevaba un filo cortante entre sus manos ensangrentadas. Luego fue perdiendo la vista y el oído y recordó el frío el miedo y el hambre antes de perder la memoria para siempre.
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El cirujano ha hecho un buen trabajo. Tanto la madre como la criatura están fuera de todo peligro.
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-Enhorabuena, Alicia –dice aquél- es un nino precioso.
fin




Jose Alberto dijo
¿ha sido un parto?
Joer, macho, esto requiere otra lectura (te juro que lo he leído tres veces), y no sé si ha sido un sueño, o es el camino a la muerte, o al revés, es el camino a la vida.
Madre mía, voy a dimitir como analista y como "interpretador" de tus relatos.
Tú lo que quieres es volvernos locos, canalla¡¡
:-)
9 Noviembre 2008 | 04:04 PM