LAS AVENTURAS DEL EQUIPO COES. Cuarta parte
1. Toma falsa
Mientras tanto, en algún lugar del círculo polar antártico...
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-Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-izquierda.
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-Qué pacha, tron. Oye, ¿por qué dices que estoy a la izquierda?
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-Es una forma de hablar, para ir poniendo al lector en situación, ¿sabes?
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-Claro, tron. ¿Qué lector?
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-Pues cualquiera. El que nos esté leyendo en estos momentos. Tú y yo sólo hablamos cuando nos lee alguien. En cualquier otra ocasión somos dos pingüinos más, sin voz ni foto. ¿Entiendes?
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-Claro, tron. ¿Qué foto?
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-La que tiene el lector frente a su frente. Nosotros estamos contenidos en la una y vivimos únicamente en la otra. Tú a la izquierda, yo a la derecha (siempre desde el punto de vista del lector), y él en el centro. ¿Vale? Entonces volvamos a empezar: Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-izquierda.
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-Buenos días. Quisiera aprovechar esta ocasión pa saludar a mamá y a mi tío el Jacinto, que seguro que me están viendo.
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-Que no, coño, que tienes que decir "buenos días, pingüino-que-estás-a-la-derecha".
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-A la derecha, ¿como Rajoy? Pero tron, !si tú eres anarquista!
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-Sólo es una forma de hablar, tío, que no te enteras. No busques connotaciones políticas donde no las hay. Y en todo caso, a la derecha como Chemari. Rajoy ya ha iniciado el giro hacia el centro.
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-¿Hacia el centro? Entonces, ¿Rajoy es el lector? !Qué pacha, Rajoy!
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-Mira, corta el rollo, te repito que éste es un diálogo apolítico. Tenemos que ceñirnos al guión. Así que céntrate, y nada de saludar, ni de dirigirse al lector. Esto tiene que parecer real, y ese tipo de cosas restan credibilidad, ¿ok? Pues venga, a trabajar, o de ésta nos echan a los dos: Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-izquierda.
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-¿Y qué tienen de buenos? Primero me dices que estoy a la izquierda. Luego que me centre. A ver si te aclaras, tron. Y encima aquí hace un calor del carajo. Y cada vez hace más: 0,5º C más cada diez años, para ser exactos, según Wikipedia. Y si lo dice la Wiki, tiene que ser verdad. Se están cargando el planeta, tron, hay que hacer algo.
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-Cagüenmimanto. Me rindo. Con paletos como éste no se puede ir a ningún lado.
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(Voz en Off): !Corten! Descanso de quince minutos y seguimos. Y que alguien dé de comer a estos pingüinos, por favor.
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-Qué pacha, narrador, ¿puedo saludar ya o qué?
2. A vueltas con el guano
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Mientras tanto, el algún lugar de la Península Antártica...
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-Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-izquierda.
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- Buenos días, pingüino-que-estás-a-la-derecha. ¿Te has enterado de la última? Han cogido a dos intrusos en una de las pingüineras de la playa Barton. Estaban chorizándonos el guano.
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-¡No es posible! El Tratado de 1959 impide a los hombres explotar los recursos naturales de la Antártida hasta 2048. ¿Es que no van a cumplir sus propios tratados? Aunque no sé de qué me extraño: los hombres no tienen palabra.
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-Bueno, ahí radica precisamente el problema: esta vez no se trata de hombres.
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-Entonces, ¿qué son?
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-Una tortuga y un sapo. Dicen que sólo querían tomar prestado un poco para hacer una hoguera y entrar en calor. Bueno, lo dice el sapo. La tortuga no dice nada: se encuentra rígida como un cubito de hielo. La verdad es que parecían encontrarse en situación desesperada.
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-¡Qué se jodan! No pueden coger ni un poco ni nada. Nuestra especie lleva produciendo guano en la Península Antártica desde tiempos inmemoriales. ¿Quiénes se han creído que son? El guano es nuestro. Para algo lo cagamos nosotros, ¿no? Y recuerda que no se trata sólo de mierda. Es mucho más que eso: es el legado de nuestros antepasados y forma una parte fundamental de nuestro bagaje cultural. ¡El guano es sagrado!
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-Bueno, el asunto es un pelín delicado. Para empezar, se trata de dos especies que no han firmado el Tratado Antártico; por tanto, y en principio, no están obligados a respetarlo. El Consejo de Sabios de los Pájaros Bobos del Antártico se ha reunido en sesión extraordinaria para estudiar esta crisis, dirimir responsabilidades y decidir qué hacer al respecto.
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-Yo te diré lo que habría que hacer al respecto: ¿No querían hacer una hoguerita? Pues al fuego con ellos. Ya verás cómo así aprenden a no colarse en huerto ajeno. A mí todo esto me huele a chamusquina. Creo que antes habría que interrogarles concienzudamente. Apretarles las clavijas hasta que canten como cantaba la rana debajo del agua. Porque a ver, ¿qué hacen aquí una tortuga y un sapo? ¿Tienen pretensiones territoriales, al igual que ingleses, argentinos y chilenos? ¿O son la avanzadilla de una invasión en toda regla?
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-El sapo asegura que la suya es una misión científica, y que vienen en son de paz.
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-Eso mismo dicen los hombres. Chinos, rusos, coreanos, venezolanos, uruguayos... Son todos iguales. Venimos a hacer ciencia, afirman. Pero en el fondo, lo que todos quieren es un trozo del pastel . Y cuanto más grande, mejor. Toman posiciones y se preparan para el día en que venza la moratoria. Sanguijuelas, eso es lo que son. Además, ¿qué guanos hace un sapo embarcado en una misión científica en la Península Antártica?
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-Dice estar buscando ligartos gigantes, para proceder a su estudio y clasificación taxonómica.
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-¿LIGARTOS? Querrás decir lagartos. Qué excusa más barata. Aquí no hay lagartos. Hace demasiado frío.
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-No sé, digo yo que si han llegado una tortuga y un sapo, no veo por qué no habrían de hacerlo los ligartos esos.
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-¡Por las barbas del gran Guano! A fe mía que tienes razón. Antes el frío actuaba de frontera infranqueable. Las condiciones eran duras, pero las cuatro especies que convivíamos lo hacíamos de forma holgada y en paz. Ahora que los hielos se derriten y los glaciares se baten en retirada, la península Antártica abre sus compuertas y sólo el gran Guano sabe cuántos se disponen a entrar.
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-Mi tío el Jacinto sostiene que la culpa es de los hombres, porque tanto han calentado a la Tierra con sus excesos que han terminado por provocar la orgasmia desenfrenada de los elementos.
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-Yo no sé si los hombres son culpables o no. Lo único que sé es que cada vez hay más. Cuatro mil establecidos de forma permanente en las bases, cuarenta mil turistas al año, y la cosa va en aumento. Además son unos inadaptados. No hablan nuestro idioma, ni respetan nuestras costumbres. No se integran, no se mezclan con la población autóctona. Van por ahí tapados hasta las cejas. ¿Dónde se ha visto?
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(Tirururííí Tirururíííí-Tirururííí Tirururíííí´)
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-Uy, mira tú por dónde, acaba de llegarme al móvil un mensaje de mi tío el Jacinto. Ya sabes que forma parte del Consejo de Sabios de los Pájaros Bobos del Antártico. A ver qué dice... El Consejo ha decidido que, en primer lugar, una partida de pingüinos salga de ipso facto a recorrer la península en busca de ligartos gigantes, por si las moscas. Si los encontramos habrá que estudiar sus hábitos y costumbres, por ver si representan una amenaza para nuestra especie. En segundo lugar, una flotilla de pingüinos barbijos escoltará a los dos intrusos hasta aguas jurisdiccionales de Sudáfrica, donde serán recogidos por una flotilla de pingüinos africanos y llevados hasta Ciudad del Cabo; allí serán puestos en libertad. Pero antes se les ha pedido que juren solemnemente que no han de volver a robarnos el guano jamás.
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-Muy bien parados me parece a mí que van a salir los fulanos. Pero si lo mandan los sabios, habrá que acatarlo ¿Y qué han respondido?
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-El sapo ha dicho que sí, que por favor, que no piensa volver en la vida, y que cuanto antes le saquemos de aquí, mejor que mejor. La tortuga sigue sin decir nada. Parece que sufre de rigor mortis, o algo así.
3. Un muchacho de pelo en pecho y dos buenas noticias
Si había algo de lo que Omar Emoto estaba muy orgulloso eso era su pelo: localizado sobre el rosetón de la tetilla derecha, era único e irrepetible.
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Surgido hacía algo más de un año, había tardado apenas un par de días en alcanzar cinco centímetros de una longitud lacia y enhiesta que el muchacho exhibía sin inhibiciones, pues no en vano lo consideraba un signo de virilidad, una demostración fehaciente de que ya era un hombre hecho y derecho; cercenarlo hubiera supuesto una suerte de castración figurativa por la que él no estaba dispuesto a pasar.
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-Es mí pelo, no tú pelo, y yo hago con mí pelo lo que me da la gana -respondía una y otra vez a quien tuviera la osadía de sugerir tamaña afrenta contra su recién adquirida hombría.
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Librado así de la guillotina que los prejuicios ajenos hubieran querido imponerle, el pelo crecía día a día; lozano y gallardo, pulverizaba magnitudes y reafirmaba al muchacho en su rebeldía: si a los tres meses alcanzaba medio metro, y a los seis el metro y medio, a los nueve dejaba atrás la barrera de los dos metros, y a los doce los tres ya se le habían quedado pequeños. Sólo entonces pareció interrumpirse la desmesura de aquel su crecimiento.
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Duro, flexible y con un grosor de unos tres centímetros en la base que iban reduciéndose gradualmente hasta rematarse en la más fina de las puntas, aquel fenómeno tenía más de látigo que de simple producto folicular: el látigo pectoral de Omar Emoto.
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Para evitarse tropiezos innecesarios, el muchacho solía llevarlo enrollado y al costado, colgando de un gancho que a tal fin había fijado al cinto. Excepto, claro está, cuando no estaba sacando partido de las ventajas que semejante atributo le proporcionaba.
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Así, podía emplearlo como correa para sacar a Míster Di de paseo; para alcanzar las ramas más altas e inalcanzables o, si se le anudaba una pequeña ancla en la punta, salvar los muros más insalvables; como arma defensiva, si se daba el caso; para tratar de impresionar a Fuegofatuo con la puntería de sus latigazos; o para enseñar a Eggy a saltar a la cuerda, como así estaba sucediendo en el gimnasio de la base secreta del Vulcano Azul en el día y el momento que nos ocupa.
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Eggy era un huevo la mar de atlético. Un par de traspiés le habían bastado para conseguir acompasar sus saltos y piruetas al ritmo que imprimían sus amigos, Fuegofatuo en un extremo y Omar Emoto en el otro, al voltear del látigo, y ahora se lo estaba pasando pipa.
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De hecho, Fuegofatuo no recordaba haberle visto reír y gozar de una forma tan distendida desde que el capitán Odys hubiera tenido la funesta ocurrencia de ponerle entre rejas. Definitivamente, la lejanía del capitán -que había tenido que salir de viaje por unos días en compañía de Milady, la comandante en jefe del equipo- estaba sentándole al huevo de maravilla. Aquélla era una buena noticia; la primera que recibían los COES en mucho tiempo, y bien sabía Fuegofatuo lo necesitados que estaban de buenas noticias en el equipo. Ultimamente, éstas escaseaban más que los hombres guapos o la bendita lluvia.
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Y sin embargo, no iba a ser aquélla la última que recibieran antes de que finalizara el día.
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En efecto; apenas había terminado Eggy de clavar los pies en el suelo, tras haber realizado un doble salto mortal con cuádruple tirabuzón y medio, cuando I-gor irrumpió de forma precipitada en el gimnasio causando gran conmoción y destrozo a su paso pues, presa como iba de la agitación, se había olvidado de abrir antes la puerta, que incapaz de resistir la tremenda acometida del androide, había estallado en mil pedazos de madera, una nube de polvo y un sinfín de astillas y virutas.
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A sus treinta y un años, Fuegofatuo estaba viviendo lo que se dice, literalmente, una segunda juventud: un experimento fallido del profesor Yo-yo le había quitado veinte años de encima de golpe y porrazo, y la chica todavía no había conseguido acostumbrarse a su recientemente reestrenada preadolescencia. Como casi todo en esta vida, tenía sus ventajas y sus inconvenientes.
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Por ejemplo, una parte suya, la más infantil, hubiera querido celebrar la última salida del androide como estaban haciendo Eggy y Omar Emoto: rodando por el suelo muertos de risa. Pero en ausencia de la comandante en jefe y el capitán, ella era el miembro más sénior del equipo, y sobre quien recaía el mando. Y aunque no podía enfadarse con el androide, ya que no era culpa suya si el ataque de un virus malicioso le había vuelto idiota, tampoco podía dejar pasar por alto un acto de neglicencia tan supina.
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-!I-gor! ¿Cuántas veces tengo que decirte que antes de cruzarlas tienes que abrir las puertas? Ahora mismo vas a ir al hangar y...
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Pero I-gor no escuchaba. I-gor estaba demasiado excitado como para prestar atención.
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-!Nene tené correo de Dylan Agúto! !Tí! !Nene gúta Dylan Agúto!
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baby dijo
Habra que mirar en perspectiva (si algo bueno saqué de todo esto literalmante hablando es a escribir bien perspectiva). Creo entender algo pero cómo tu dices a veces , yo solo entiendo lo que se me dice de lo demás no sabo no contesto, lo siento el maestro eres tu o sino a buscar un lugar más seguro para los dos . NECESITO A MATI, MI MATI.
2 Diciembre 2008 | 06:20 PM