LAS AVENTURAS DEL EQUIPO COES. Primera parte
LAS AVENTURAS DEL EQUIPO COES
PRIMERA PARTE
1. Una mañana muy productiva
Mitad jardinero, mitad gallina clueca, hoy me he levantado con la kafkiana sensación, incrustada entre ceja y ceja, de haberme transformado en un ser fabuloso, sensación que ha ido descendiendo poco a poco por mi anatomía hasta recalar en los intestinos, aunque no por mucho tiempo: En efecto, a eso de las diez de la mañana ya había puesto dos huevos y plantado tres pinos.
Cada vez que vuelvo a la Tierra me ocurre igual, pienso que deben de ser desarreglos hormonales transitorios debidos al proceso de aclimatación. Pero lo curioso del caso es que mientras que los pinos brotaron diminutos…
Los huevos en cambio lo hicieron con vocación de gigantes. No sé si a vosotros os ocurrirá lo mismo, pero a mí me pasa que los huevos, cuanto más grandes me salen, más parlanchines. Este en concreto, como podréis apreciar en la imagen, no sólo resultó enorme y por ende dicharachero, sino que, además, salió pertrechado con fular, gafas de sol y ganas de ver mundo.
Decidí que lo mejor sería traerle conmigo a visitar a un par de amigos y que le diera de paso un poco el sol.
A bordo de la Tortuga Sideral nos plantamos en un periquete en el recientemente inaugurado consulado de Klungon.
Mi amigo Roger?, el cónsul, no estaba. Dejé recado de aviso y me dediqué a deambular por el edificio. He de decir que es un lugar de lo más agradable. Los klungonitas emplean música y risas para hacer el amor y no la guerra, y eso se agradece de corazón. Más aún agradecí el toparme, sin haberla buscado, con la barra del bar. Me sirvieron un Scotch Mist que es una delicia y no tiene desperdicio. Ahora, eso sí, me quedé con las ganas de paladear un buen ron marciano, pero otra vez será. Al huevo le di una Pepa-cola, pues aunque me hubiera salido precoz no se me olvidaba que no era más que un bebé.
He de confesar que durante el viaje de regreso el huevo de los cojones tanto me estaba tocando los míos con su incesante parloteo que me harté, y nada más llegar a casa me deshice de él convirtiéndole en ingrediente indispensable para una buena tortilla de patatas.
Mea culpa, ahora me arrepiento, pero creedme lo que os digo, la tortilla estaba cojonuda.
Laughs and spin.
2. ¿Alguien puede ayudarme?
Sólo fue después de haberme zampado al primero que recordé, con alarma, que habían sido dos los huevos por mí puestos.
Este huevo, el segundo, había nacido cansado, por lo que nada más venir al mundo se había ido derechito a la cama. En aquellos momentos seguía roncando a cáscara suelta.
Crucé la habitación de puntillas y me metí en el armario ropero, lugar que os recomiendo visitar cuando necesitéis recogeros para pensar. A mí, personalmente, me ayuda a hacerlo.
¿Qué hacer con el huevo? No podía ocuparme de su crianza y manutención, no estaba preparado para eso.
Y tampoco podía cargármelo, bastante mala conciencia tenía yo tras haber hecho lo propio con su hermano, que por cierto me estaba proporcionando una horrible digestión.
¿Y si lo metía en una cestita de mimbre y dejaba que se lo llevara el río corriente abajo? Como hipótesis de trabajo no estaba mal. Lástima que en esta isla escasearan los cauces fluviales y los pocos que había estuvieran todos secos.
Además sospechaba que, dejara donde le dejase, tarde o temprano terminaría sus días en el estómago de alguna alimaña o en la sartén de algún desalmado como yo.
-No puedo hacerlo -exclamé-, no lo permitiré. ¡Bastante yema inocente ha corrido ya!
-Papá, ¿eres tú? -dijo una vocecita desde el otro lado del armario.
Maldición. El huevo se había despertado.
-No soy tu padre -dije, aunque técnicamente lo fuera-, así que no me llames... ¡Joder!
No había terminado yo de salir del armario cuando el huevo se incorporó y encendió la luz de la mesita. No podía creer lo que veían mis ojos.
-Mira papá, soy como tú.
Efectivamente, no me preguntéis cómo, pero al huevo le habían salido tronco y extremidades mientras dormía. Ya no era un huevo, era un engendro.
-Te he dicho que no me llames papá.
-¿Y cómo quieres que te llame? -preguntó con voz compungida.
-Odys, llámame Odys.
-Y yo, ¿cómo me llamo?
-¿Y yo qué sé cómo te llamas, huevón? -grité. Hacía un buen rato que la situación se me había escapado de las manos.
-¿Es que no me quieres? -dijo, y puso tal carita de huevo triste que el corazón se me estrujó como lo haría un soufflé recién hecho bajo el tremendo peso de la aflicción.
-Anda, levántate -dije, con un nudo en la garganta-, y pégate una buena ducha mientras te preparo algo para comer. Hueles a gallinero que apestas. Y ten cuidado con el agua caliente, no te vayas a cocer.
El huevo palmoteaba de alegría.
Confieso que estoy confuso y atribulado. Todo esto es nuevo para mí. Apenas acaba de entrar en mi vida y este huevo ya está dándome más quebraderos de cabeza que a Rajoy la derrota del PP.
Confío alguno de vosotros se preste a resolver alguna de mis dudas: ¿Qué diablos comen los huevos? ¿Y qué nombre ponerle al mío?
Sin más, se despide, un padre atribulado.
3. Cuando seas padre comerás huevos.
Es todo un alivio saber que no estoy solo en este duro trance. He ido tomando nota de todos vuestros consejos. Algunos los he desechado; otros, en cambio, me parecen de lo más acertado.
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Por ejemplo, Espe, me temo que la Huevina no es más que un preparado a base de huevos ultrapasteurizados: totalmente descartada su inclusión en la dieta del pequeño.
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Y creo que tampoco la utilizaré para su aseo, ya que a mi entender sería algo así como bañar a un pollino en leche de burra o, lo que es peor, a un niño en extracto de bilirrubina.
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Por otro lado, ya puedo desvelar, con conocimiento de causa, el sexo del pequeño: es huevo, y no hueva, y se encuentra en perfecto estado de salud. Yo diría que es un pelín exhibicionista, pero se gusta a sí mismo, lo cual es bueno.
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Así, no hizo falta que le pusiera delante de un espejo como me habían aconsejado. Esta mañana me levanté para descubrir que ya lo había hecho él mismo.
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-Mira papi, toi cachas, ¿eh?
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A continuación me ofreció tal exhibición gimnástica que, a su conclusión, no pude por menos que prorrumpir en aplausos, y como premio a su esforzado y buen hacer le preparé un más que merecido baño.
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Poco a poco vamos encontrando soluciones al delicado problema de la alimentación. Un día tengo que llevarle al campo a ver si le da por picotear gramíneas silvestres motu proprio. Mientras tanto hoy, para desayunar, le he dado un poco de maizena.
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-Papi -protestó-, ¡que ya soy mayor!
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-De mayor nada, huevada, que sólo tienes dos días. Cuando seas padre comerás huevos. Uy, perdona, no sé lo que me digo.
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-Pero papi, ¿por qué me pides perdón?
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-Hombre, hijo, es evidente.
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-¿Por qué es evidente?
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-Porque es de mal gusto decirle a un huevo que un día comerá huevos.
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-Ah.
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Aquella conversación empezaba a tomar derroteros escabrosos.
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-Oye, papi, y tú, ¿no eres un huevo?
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-No. Yo soy un hombre.
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-Pero si soy tu hijo, yo también seré un hombre, ¿no?
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-No exactamente. Digamos que tú eres mitad y mitad.
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-¿Eso quiere decir que mi madre era una gallina?
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-No, eso sería bestialismo, lo cual está muy mal. Tú naciste por generación espontánea. Aunque sea difícil de creer, no es tan raro como parece. De hecho hay toda una religión construida sobre el fenómeno de la inmaculada concepción.
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-¿La eyaculada qué?
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-Anda niño, cómete la maizena y déjate de hacer preguntas.
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El pobre es duro de oído. Es algo que me preocupa y tiene difícil solución, porque como no tiene orejas... Sin embargo confío en que los adelantos de la cirugía plástica permitan, un día no muy lejano, transplantarle las de un cerdo, o construirle unas de silicona, no sé.
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Mientras tanto creo que voy a seguir el consejo de un amigo y pedir cita con el endocrinolaringólogo, a ver si pueden decirme qué tiene el niño por azotea.
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Dejé al pequeño Eggy enchufado a la Nintendo mientras yo salía a hacer algunos recados. Había quedado con Omar Emoto, otro de mis Colaboradores Especiales, para dar los últimos ajustes a la Tortuga Sideral. La nave había llegado algo maltrecha del último viaje a Marte y todavía tenía que pasar la ITV.
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Me preguntaba cómo se tomarían mis colaboradores la irrupción de un nuevo miembro en el equipo... así como que el mismo fuera un poco rarito.
4. Equipo de Colaboradores Espaciales
Antes de proseguir viaje me gustaría presentaros a mi equipo de Colaboradores Espaciales (COES).
Cada uno de sus semblantes es todo un poema que refleja bien a las claras cuanto experimentaron los COES en su fuero interno al ser informados de la inminente incorporación al Equipo de un nuevo miembro -es decir, Eggy, el híbrido de huevo y humano a quien un servidor diera a luz hace ya unos días por generación espontánea-, así como del origen y naturaleza del mismo.
Omar Emoto: Ingeniero Aeroespacial y Piloto de pruebas.
Fuego Fatuo: Exploradora, Artillera y Experta en explosivos.
Milady: Comandante en jefe y Alma Máter del equipo (o eso cree ella).

A pesar del susto inicial, los tres han terminado acogiendo a Eggy como si de un integrante más de la familia se tratara. Claro que todavía nos falta por descubrir qué sabe hacer nuestro huevo favorito, cuáles son sus habilidades y qué función podría llegar a desempeñar dentro del Equipo para ayudarnos a culminar con éxito nuestras peligrosas y siempre delicadas Misiones Espaciales.
Todavía tengo que presentaros a otro miembro más, pero antes de hacerlo quisiera hacer un inciso. I-gor es un androide muy tímido al que no le gusta nada, lo que se dice nada, que le hagan fotografías. Es por eso que me he visto obligado a hacer un dibujo suyo para que al menos tengáis una idea aproximada de él. No soy buen dibujante, pero creo que tras horas de meticuloso trabajo y enconado esfuerzo he conseguido que me salga una reproducción bastante fidedigna de nuestro querido robot:
I-gor: Androide de última generación. Made in China. Cerebro de nuestra nave -la Tortuga Sideral-, y Piloto Automático.
Os rogaría que no os dejarais engañar por su aspecto. Aunque a primera vista nadie lo diría, I-gor es un androide inteligentísimo para quien el Test de Turing no pasa de ser un simple juego de niños.
Se trata de un robot simpático, de carácter dócil y bonachón. Mas habéis de saber que desde que volvimos del último viaje a Marte, I-gor se encuentra en un plan muy tonto. No hace otra cosa que ver videos de la Kylie Minogue sin hacer caso de nada ni nadie. Y es precisamente esto último lo que me preocupa.
Nuestro androide ha sido programado para cumplir fielmente y sin rechistar las tres leyes de la Robótica de Isaac Asimov. Sin embargo esta forma de actuar suya, que se traduce en una suerte de rebeldía pasiva, contraviene nada menos que la segunda Ley, la cual establece que un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley -es decir, excepto cuando estas órdenes tengan por objetivo dañar o permitir que sea dañado un ser humano-.
El caso es que, en pleno vuelo, I-gor tuvo que salir al espacio exterior a parchear la chapa de la Tortuga Sideral -chafada en varios puntos por una inoportuna lluvia de micrometeoritos-. Sospecho que sus circuitos integrales han sido ligeramente dañados por la exposición a los vientos solares y demás rayos cósmicos que pululan por el espacio. No obstante, esperaré a que Omar Emoto me dé un diagnóstico definitivo acerca del estado del androide antes de decidir qué acción tomar con respecto a él.
Eso es todo por ahora amigos. Mañana, o pasado, más.
5. Un chequeo rutinario
A primera hora de la mañana llevé a Eggy al hospital. Teníamos cita con el endorfinolaringólogo. De camino noté que Eggy estaba algo agitado. Es un chequeo rutinario, hijo, le dije, tú relájate y obedece a todo lo que dicte el buen doctor, estás en buenas manos.

-Este huevo no es de este mundo -dijo el endorfinolaringólogo señalando a Eggy con su estetoscopio.
-Eggy, doctor, se llama Eggy. Cómo no va serlo si es mío -dije.
-¿Podría repetirme otra vez dónde lo encontró?
-En ninguna parte, doctor, lo puse yo.
-Su relato me resulta de lo más inverosímil. Por un lado, si lo que dice es cierto, creo que sería conveniente que se realizara usted una colonoscopia. Por otro lado, ¿sería tan amable de mostrarme los papeles del huevo?
¿Una colonoscopia? ¿Quién se había creído aquel tipejo que era? Iba listo si pensaba que yo iba a permitir que alguien me hurgara en el recto así como así.
-Eggy, le repito que se llama Eggy. Y no tiene papeles. ¿Cómo va a tenerlos si sólo hace tres días que nació?
-Ajá, o sea que es un indocumentado. Lo que yo me temía. Voy a tener que informar de este turbio asunto a las autoridades competentes. Ya comprenderá que, con tanto cayuco como llega a las islas hoy en día, todo esfuerzo por detener su avance es poco.
-¿Pero qué dice usted, hombre? ¿No ve que es blanco y no pinto? !Si hasta se da un aire a mí!
-No sea usted racista, joven -me espetó, muy ofendido, el señor galeno-. Lo siento, pero aquí huele a chamusquina.
-Es que se le está quemando a usted el batín, doctor -apuntó, solícita, la enfermera.
Aproveché el revuelo que el endorfinolaringólogo estaba armando por un quítame allá esas llamas para volver a guardar el mechero que instantes antes hubiera extraído hábil y sigilosamente del bolsillo del pantalón y, mientras la enfermera vaciaba a conciencia el contenido de un extintor sobre su superior, agarrar a Eggy de un brazo y, con la misma, poner pies en polvorosa. Había quedado con Milady y se me estaba haciendo tarde.
-¿Qué ha querido decir el doctor con que no soy de este mundo, papi? -preguntó Eggy una vez llegamos a casa.
-Si te soy sincero, no lo sé. Con toda seguridad desvariaba. Pero tú no te preocupes, que estás en buenas manos.


Jose Alberto dijo
Genial¡¡
El equipo COES ataca de nuevo. Y desde el principio, para no perdernos nada y poder seguir la historia :-)
24 Noviembre 2008 | 07:31