LAS AVENTURAS DEL EQUIPO COES. Quinta parte
En busca de Madame Mamadú (V): Déjà vu
-Los trolls del desierto no existen. Sólo son una leyenda.
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Escuchar las palabras de mi interlocutor y sentir que aquella situación comenzaba a escapárseme de las manos fue todo uno. Y sin embargo aquella sensación de impotencia me resultaba familiar; ya había estado allí otras veces: alienado, extraño y desamparado en un mundo que yo mismo había creado. Tendría que sobreponerme y adaptarme a las circunstancias. Así que me armé de paciencia y volví a la carga:
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-Bueno, vale; pero si existieran, ¿dónde crees tú que podría encontrar uno?
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-Es que la premisa inicial es falsa, cariño: los trolls del desierto no existen, no son más que cuentos de viejas con que las madres pretenden asustar a sus vástagos para mantenerles lejos de las dunas.
Entonces, surgido de quién sabe dónde y como para reforzar el carácter irreal de los acontecimientos, se desató un ventarrón seco e irresistible; apelmazado por el diario frenesí de sandalias, pezuñas, ruedas de carro, pies descalzos y babuchas, el suelo arcilloso sobre el que se levantaban los puestos de fruta y verduras y ropajes y calzados y turbantes y aperos de labranza y tantos otros cachivaches como atiborraban aquel laberíntico zoco se deshizo bajo el empuje de su lengua ardiente, formando furiosos remolinos de un finísimo polvo rojo que todo lo iba tragando a su paso, volúmentes y colores, los vívidos olores de las especias, las voces estentóreas de los comerciantes al ofertar sus mercancías, el tira y afloja de los regateos, el petardeo incesante de los ciclomotores, el murmullo de las conversaciones, las risas de los niños y el mar de chilabas, túnicas, chadores y capuchas por entre las que aquéllos correteaban. Engullido por el torbellino, todo aquello desapareció en cuestión de un breve y elástico instante, y para cuando el viento había cesado me había quedado a solas con mi interlocutor.
Contemplé sus hocicos, peludos e insolentes; el garfio del que pendía en un suave bamboleo y el travesaño que lo soportaba, suspendido éste en aquella calima rojiza, densa y tibia que todo lo invadía y un enjambre de moscas golosas poblaba ahora, atraídas quizá por los colgajos de carne reseca y los coágulos de sangre que pendían de su mutilado cuello.
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Lo que me desconcertaba no era que estuviera entablando un diálogo con la cabeza incorpórea de un camello; lo absurdo del asunto, lo que más me irritaba, era que se negara a proporcionarme la información que le estaba pidiendo; a fin de cuentas, ¿para qué otra cosa le había creado yo?
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-Sé lo que estás pensando -dijo él-, y no es cierto: tú no me has creado, querido, sólo me has dado voz.
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-Oh, vamos, déjate de tecnicismos, por favor -dije. Noté que al hablar su mandíbula describía un ligero movimiento circular, tal que si estuviera masticando las palabras y lanzando un beso al mismo tiempo, y sus largas y rizadas pestañas aleteaban como lo haría una mariposa alegre y coqueta.
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-¿Para qué quieres encontrar a un troll del desierto, cariño? -preguntó- ¿Es que no te basta con haberme encontrado a mí?
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¿Sería posible que aquella criatura estuviera flirteando conmigo? Hubiera querido salir corriendo, poner un pie tras otro y no parar hasta volver a casa y encerrarme en la cálida seguridad de mi armario ropero. Pero no podía. Hacía dos meses que me hallaba a miles de kilómetros del hogar, y ya empezaba a echarlo de menos.
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Timimoun, el oasis rojo, con sus frondosos palmerales y sus jardines, sus ingeniosos sistemas de riego, sus mezquitas y sus zeribats, era uno de los últimos baluartes con que la vida se resistía al lento y tenaz avance del mar de dunas conocido como el Gran Erg Occidental.
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En busca de Madame Mamadú (VI): La dama de las camellas
La vida en el Gran Erg Occidental es insostenible. No hay agua, ni mucho menos asentamientos humanos, ni carretera alguna que cruce su inmensa aridez arenosa.
Así se explicaba que tanto Milady como yo hubiéramos dado por supuesto que, cuando Madame Mamadú había dejado dicho que se disponía a pasar nueve meses en el Gran Erg Occidental, lo que en realidad había querido decir era que iba a quedarse en alguno de los fértiles oasis que, como Timimoun, crecen aferrándose a sus márgenes. Por eso habíamos planificado nuestra estrategia de búsqueda centrándonos en los mismos.
Sin embargo dos meses de búsqueda infructuosa y algún que otro tirón de pelos nos habían llevado a replantearnos la hipótesis inicial.

-Quizá nos hemos equivocado. Quizá hemos querido leer entre líneas cuando todo lo que la pitonisa quería decir era que se iba, literalmente, al desierto. ¿Entiendes?
-Más o menos. ¿Y crees que un troll del desierto podría ayudaros a encontrarla?
-Claro -respondí, para gran regocijo de mi interlocutor, la cabeza de camello incorpórea, que echó a reírse a mandíbula batiente. Sus carcajadas resonaban, francas y poderosas, haciendo vibrar el confinado espacio que nos envolvía en forma de neblina roja.
-Cariño, permíteme que te diga -dijo- que eres un ingenuo. Un ingenuo adorable, pero ingenuo al fin y al cabo. Verás, es cierto que, si hay una criatura que puede hallar a cualquier otro ser que se mueva, camine o repte y respire sobre la faz del desierto, ese es el troll.
El problema es que nadie puede encontrarles a ellos. Son demasiado escurridizos. Están hechos de arena, ¿comprendes? y cuando no quieren ser vistos, que suele ser cuando están haciendo la digestión, se hacen uno con el desierto y desaparecen.
Los trolls no viven en el desierto: ellos son parte del desierto. Si tienes suerte, ellos te encontrarán a ti. Y cuando digo suerte me refiero a la mala, porque no vivirás para contarlo. Eso es lo que cuenta la leyenda, y lo que me ocurrió a mí.
-!Ajá! -exclamé triunfante- O sea que yo tenía razón: No sólo hay alguno por aquí cerca, sino que tú podrías decirme exactamente dónde.
-No tan deprisa, cariño, ni tan cerca. ¿Es que los hombres nunca escucháis cuando se os habla? En primer lugar, has de saber que los trolls del desierto no se comen las cabezas de sus víctimas. No les gustan, o al menos ésa es mi experiencia personal. Pero como son tan glotones, primero lo engullen todo, y luego escupen la cabeza como si fuese un hueso de aceituna, poniendo tal fuerza en el empeño que una sale disparada por los aires y no aterriza sino varios cientos de kilómetros después. Sospecho que lo hacen para no dejar pistas sobre su paradero. Es una experiencia muy humillante; no te la recomiendo.
A mí me ocurrió hace ya dos días -prosiguió-, por eso huelo que apesto. Formaba parte de una caravana de tuaregs. Era de noche, y me había alejado del campamento más de lo aconsejable. Fue un error imperdonable, y los errores se pagan. Los trolls son criaturas noctívagas: aprovechan las tinieblas nocturnas para salir a cazar. Visto y no visto. Cuando me quise dar cuenta era ya demasiado tarde. Eso sí, todo sucedió de una forma rápida e indolora.
A la mañana siguiente un campesino me encontró entre las palmeras de su huerto. Como no estaba en muy mal estado, me vendió al carnicero por diez dinares. Y aquí me tienes, aguardando mi triste destino: si no termino burbujeando en el puchero de alguno, sospecho que esta misma noche seré el festín de ratas, gatos y perros.
Por eso tu aparición ha resultado providencial. Necesito que me saques de aquí, cariño. ¿Tienes setenta dinares? Es todo cuanto cuesto, y todo cuanto te pido a cambio de llevarte al lugar exacto en donde me atacó el troll.
-¿Llevarme? ¿Quién ha dicho que vayas a ir conmigo? Lo siento mucho, pero ya hay demasiados personajes en esta historia. ¿No hay otra cosa que pueda hacer por ti?
-Me temo que no. ¿Qué otra cosa podrías hacer por mí? Sólo soy una cabeza. La culpa es tuya: no haberme dado pensamientos. Ahora puedo prever el futuro, y sé que quiero sobrevivir. Tú eres mi única oportunidad, y ésta la única oferta que te presento: llévame contigo y seré tu guía. De lo contrario ya puedes despedirte de mí y del troll.
-Pues entonces adiós -dije-, no te necesito. Ya me las arreglaré sin ti.
La neblina comenzó a evaporarse, el tiempo recobró su continuo discurrir y el mercado sus ritmos y colores, todos sus olores y su frenesí. Sólo entonces percibí, por el rabillo del ojo, que el carnicero llevaba un buen rato observándome y que parecía no estar haciéndole mucha gracia cuanto estaba viendo.
Veinte minutos más tarde, tras haber deshecho mi camino a través del dédalo de callejuelas que conformaban la medina de Timimoun, tomé la estrecha cinta de asfalto que, saliendo de la ciudad, discurría a través de jardines, huertos y palmerales para devolverme al camping "Roses des sables", a la sombra del porche de una de cuyas casitas de adobe me esperaba, enfrascada en la lectura de un libro, Milady, comandante en jefe del Equipo COES y compañera de andanzas e infortunios. Anuncié mi presencia con todo el rigor y la profesionalidad que la situación y las ordenanzas requerían:
-!Yujuuu! Ya estoy en casaaaa...
-Rayos y truenos capitán, ¿dónde se había metido? Empezaba a preocuparme su tardanza. ¿Ha traído usted las semillas de cardamomo y la canelita en rama que... ¿Qué diablos es eso?
-¿Esto? -dije yo, alzando la cabeza de camello que traía en la mano. Noventa dinares me había costado. No estaba mal, teniendo en cuenta que en el precio iban incluidos el garfio del que colgaba y una hermosa cabeza de ajo de regalo.
-No me habías dicho que íbamos a ser un trío, cariño -dijo la cabeza, relegando mis explicaciones a un segundo y posterior plano-, aunque bien pensado, mejor así. Dos son compañía, tres son diversión.
-Capitán -atajó a su vez Milady, dirigiéndose de nuevo a mi egregia figura-: dígame usted que no es cierto que se ha traído usted consigo una cabeza de camello y que la susodicha está hablando.
-Todo tiene una explicación -dije.
-Creo que te has metido en un buen lío, cariño -dijo la cabeza.
-Dígame que no estoy soñando, capitán -dijo Milady.
-También he traído la ramita de canela y el cardamomo -apunté hábilmente, sacando del zurrón la bolsita con las especias y agitándola levemente con la vaga esperanza de rebajar así la espiral de tensión que se estaba creando y amenazaba con explosionar de un momento a otro.
-¿Querida, no tendrás una una aspirina, por un casual? -preguntó a su vez la cabeza-. Tanto ajetreo ha terminado por darme jaqueca. Por cierto, aún no me he presentado, !qué cabeza la mía! Me llamo Camelia, y no soy camello sino camella.




Mayca dijo
¡Virgen Santa!
Te ha poseído Blas????? Aquí en Alcalá está uno de los dos exorcistas reconocidos por el Vaticano, no te preocupes, yo le llamo.
24 Noviembre 2008 | 11:27 PM