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24 Noviembre 2008

LAS AVENTURAS DEL EQUIPO COES. Segunda parte

LAS AVENTURAS DEL EQUIPO COES. Segunda parte

En busca de Madame Mamadú (I)

En el valle de La Orotava, escondido entre los pliegues de las faldas de la gran montaña que en su lento laborar levantara y esculpiera con su fuego la Madre Tierra, palpita un pequeño y recoleto jardín poblado de jacarandas, adelfas y rododendros. Un sendero serpentea abriéndose camino entre rosales persas y espigadas hierbas, rodea el estanque ovalado que espejea en el centro del vergel y se detiene al pie de un ficus benjamina que se alza, solitario y formidable, al otro lado de las aguas quietas. Allí, en una oquedad que, oculta tras una cortina de robustas raíces aéreas y espesas lianas, se abre en el tronco liso y plateado del árbol, tiene su consulta Madame Mamadú.

El Profesor Yo-yo me había dado instrucciones precisas y dibujado un mapa, por lo que no me resultó difícil dar con el lugar. Me acerqué al gran gong de bronce que pendía de una de las ramas del árbol y agarré la pesada maza dispuesto a aporrearlo con ella para anunciar mi llegada.

-Yo que tú no be bolestaría en llabar -dijo una vocecilla a mis espaldas.

-¿Y eso por qué? -pregunté, mirando en derredor mío. Estaba más solo que la una.

-En priber lugar, porque ese chisbe hace un ruido espantoso y yo acabo de levantarbe de dorbir la siesta. Y en segundo y últibo, porque Badán Babadú no está -me informó la misma vocecilla incorpórea, que parecía provenir del estanque.

-Oh, ya veo -dije, aunque seguía sin ver nada, o más bien a nadie a quien interpelar-. Entonces, con tu permiso me echaré a esperarla aquí mismo, a la sombra de este majestuoso ficus, desde donde podré verla llegar.

-Eres buy libre de hacerlo, pero te advierto que tendrás que quedarte esperando hasta Navidad. Y ahora, si be haces el favor de extender la palba de tu bano...

Justo entonces le vi, agazapado sobre una hoja de nenúfar que flotaba indolente en el estanque, mirándome con sus ojillos saltones antes de valerse de sus ancas traseras para tomar impulso y aterrizar sobre la mano que recién acababa de extender yo para recogerle al vuelo.

-!Hostias -dije-, un sapo que habla! ¿O acaso eres rana?

-Digabos que soy un batracio, sin bás -dijo, llevándose uno de sus dedillos a la cabeza para rascarse una de sus verrugas verdoso-amarillentas -, aunque uno buy listo. No cobo tú, que pareces del género tonto. Pero dibe, extraño y feo desconocido, si es que puede saberse: ¿A quién tengo el dudoso placer de dirigirbe?

-Be llabo... quiero decir que me llamo Odys, Odys Guankenobis. ¿Y tú?

-Dylan Augusto, bucho gusto.

-El gusto es mío, Dylan Augusto. Y ahora que somos amigos, ¿podrías tener la amabilidad de decirme dónde puedo encontrar a Madame Mamadú?

-A lo bejor sí, a lo peor no.

-Por favor te lo pido, mira que se trata de un asunto de vida o muerte.

-Todos los asuntos de la vida están relacionados con la buerte. ¿Por qué el tuyo habría de ser diferente? ¿Te gustaría que te deleitara con una de bis canciones? La he compuesto yo bisbo.

-Entiéndeme, Dylan Augusto, seguro que cantas como los mismísimos ángeles, pero es urgente, muy urgente, que me ponga en contacto con...

-Lo entiendo, lo entiendo, un asunto buy urgente, un asunto de vida o buerte, blablabla... no sé no sé... Bira lo que te digo, hagabos una cosa: tú be concedes un deseo, y a cambio yo te digo dónde podrías localizar a la pitonisa.

-Ah amigo Sancho, este cuento ya me lo conozco -dije, y sin esperar más me incliné para darle un sonoro y pegajoso beso al sapo, rana o batracio.

-!Puajj, qué asco!!! -gritó él- ¿Pero qué haces, babón?

-Perdona tío, yo pensé que... yo creía que eras un príncipe encantado o algo así, y que necesitabas que te diera un ósculo para romper el encantamiento. Pero ya veo que no. Perdona, Dylan Augusto, si te he dado un susto.

-Qué susto ni qué ósculo ni qué niño buerto, yo lo que quiero es que be cuentes una historia, joder. Soy el único batracio parlanchín de todo el jodío estanque, así que cuando la pitonisa se va de viaje be aburro bucho, buchísibo, no te ibaginas cuánto.

-Está bien -accedí, para no indisponerle en contra mía más de lo que ya lo estaba- Trato hecho. Érase una vez...

-No, no, no. La historia la elijo yo. Lo que a bí be gustaría que be contaras es por qué necesitas recabar los servicios de Badán Babadú, qué intrincados y retorcidos cabinos te han traído hasta aquí. Capisce?

En busca de Madame Mamadú (II)

Habiéndome recostado sobre la hierba mullida y esponjosa del jardín y llevado las manos bajo la nuca, entretenía la mirada contemplando los algodonosos borreguillos blancos que, impulsados por el suave céfiro del atardecer, habían hecho de la bóveda celestial su particular campo de juegos. Por extraño que parezca, aquella distracción tan nimia me ayudaba a concentrarme. Buscando acomodo sobre un bíceps hercúleo y curtido en mil manolas que -lo confieso- era mío, Dylan Augusto, el batracio cantor, se aprestaba a escuchar el relato pormenorizado de nuestras desventuras.

Apenas había dado yo comienzo a éste cuando se produjo la primera interrupción:

-Un bobento, abigo bío, ¿dices que queríais comprar una parcelita en Barte?

-Sí, soñábamos con ensanchar horizontes, construir otra base, ya que la del Vulcano Azul se nos había quedado pequeña. Como no teníamos fondos suficientes se nos ocurrió vender a los krungenianos los secretos cinegéticos de los klungonitas. Pero para venderlos, primero teníamos que tenerlos, y para tenerlos, primero tendríamos que robarlos. ¿Me sigues?

-No bucho... Afirbas que hay barcianos viviendo en dos ciudades-estado del planeta rojo llabadas Klungon y Kringen... be cuesta creerlo... de todo el bundo es sabido que no hay vida en Barte. O al benos vida bacroscópica. Sospecho que be estás tobando el pelo, y bira que no tengo.

-Escucha, Dylan Augusto, tú me has pedido que te cuente mi historia, y mi historia te he de contar. Si me crees o no, eso es cosa tuya. Por otro lado, tampoco yo sabía que los batracios pudieran hablar.

-Y no pueden, por lo general. Pero yo sí, yo soy especial. Y adebás escribo búsica y canto y bailo. Si quieres luego te doy un recital.

-Ya veremos. Y ahora, si me dejas continuar, te diré que conseguimos infiltrar a uno de los nuestros en Klungon. Chispa Eléctrica, nuestro agente secreto, es una virtuosa del espionaje, y siempre se ha movido como pez en el agua por los bajos fondos de la Vía Láctea. Haciendo gala de esa bravura e ingenio a que nos tiene tan acostumbrados, nuestro jerbo favorito no tardó en obtener la preciada información.

-¿Jerbo? ¿Vuestro agente secreto es un vil roedor?

-Sip. Mira, aquí tengo una fotografía suya captada por el telescopio de nuestra nave, la Tortuga Sideral, durante el desempeño de sus funciones.

Deposité a Dylan Augusto en una de mis rodillas. Me senté y extraje una foto de la cartera, que le mostré.

-Tu jerbo se da un aire al Bick Jagger. Lo digo por los borritos. Aunque te ha salido un poco descentrada, ¿no?

-¿Descentrada? ¿A ver? Uy no, perdona tío, ésta fue tomada el otro día en un local que han abierto recientemente junto a la estación de servicio del asteroide Eros. Venden artilugios la mar de interesantes. No dejes de visitarla si alguna vez te pasas por allí. Mira, ésta es la que quería enseñarte. Chispa Eléctrica es la de la derecha. El otro es un soplón klungonita.

Dylan Augusto se quedó estudiando la foto detenidamente. Con una mano se acariciaba la barbilla, con la otra la barriguilla, hasta que al cabo de unos instantes exhaló un sentido y prolongado eructo y dijo:

-Ay, qué ebocionante... desde que era un renacuajo sueño con viajar por el bundo en busca de aventuras. Pero nunca be decido, y claro, el tiempo pasa... Esta vida de estanque y zapatillas es cóboda, el cliba benigno, las aguas fétidas, y abundan las boscas y los bosquitos y debás banjares exquisitos que llevarbe a la boca; vabos, que no be falta de nada, pero todo es tan... tan previsible, tan rutinario... Be aburro, Odys, be aburro buchíííísibo... Dibe, tú crees que si be hago agente secreto podríais enviarbe a realizar bisiones por la galaxia? ¿Dónde tengo que apuntarbe? Fíjate que podría utilizar bis dotes de cantautor cobo tapadera para colarbe en chigres y tugurios de bedio bundo. ¿Te he dicho que hablo idiobas?

En busca de Madame Mamadú (III)

Hay veces que un hombre desearía no hallarse en ciertas tesituras, por complicadas y peliagudas.

Hay veces que uno se siente tentado a complacer a sus seres queridos. Porque no quiere defraudarles, ni herir sus sentimientos.

Pero hay cosas que un hombre no puede hacer; como, por ejemplo, traicionar su propio criterio cuando, tras sopesarlo detenidamente, lo considera justo y correcto. De lo contrario algo se corrompería muy dentro: sus principios, y él dejaría de ser quien es.

En éstas y otras consideraciones similares me hallaba sumido mientras iba extrayendo un infiernillo de la mochila, una cazuela, aceite de oliva, ajo, una patata.

-¿Se puede saber qué estás haciendo? -inquirió, curioso, Dylan Augusto. Hacía mucho calor. El batracio había ido a refrescarse un momentito al estanque y al volver me había pillado en mitad de los preparativos.

-Tengo hambre -respondí.

-¿Es verdad que los hubanos cobéis ranas?

-Algunos sí -dije-, pero sólo las ancas.

-Qué salvajada. Benos bal que tú no eres de ésos. ¿Sabes? No sé por qué, te parecerá una tontería, pero contigo be he sentido seguro desde el priber instante.

Por toda respuesta no dije nada. Saqué la navaja del bolsillo. Recién afilada, cortaba como un bisturí. No habría carne, por dura que fuera, que se le resisitiera. Y aquélla era blanda, extremadamente blanda y delicada.

-A bí be gusta el jabón -dijo Dylan Augusto.

-Querrás decir jamón.

Como si estuviera dudando de mi capacidad de raciocinio, Dylan Augusto me lanzó una mirada valorativa antes de responder:

-Sí, jabón, eso he dicho. De Jabugo, a ser posible. Be he criado con Badán Babadú. Con ella he descubierto los placeres de la buena besa.

El batracio se había metido en la cazuela, y la inspeccionaba recorriendo su perímetro saltito a saltito.

-Uf, qué calorazo hace aquí dentro -dijo-, bejor salgo antes de que be dé un jabacuco.

-No, espera -respondí-, tengo una idea mejor: Si la rellenamos con un poco de agua y la cubrimos con la tapa, así, estarás más fresco y no te dará el sol. ¿Ves?

-Qué bueno eres conbigo -su voz sonaba cavernosa, y hasta creí escuchar un ligero eco-. Odys... no quisiera ser pesado, pero todavía no be has respondido... Dibe, ¿be llevarás contigo?

-Claro que te llevaré conmigo-dije, y no mentía-, pero no como tú piensas.

-No entiendo, ¿qué quieres decir? Oye, esto está buy oscuro. ¿Be das un poco de lumbre?

Saqué el mechero del bolsillo y dije:

-Cómo no, será un placer.

En busca de Madame Mamadú (IV)

No sé vosotros, pero lo que es yo, cuando pruebo algo por vez primera y descubro que, contrario a lo que sostiene la opinión generalizada, me hallo ante un plato exquisito, ardo en deseos de compartir con otros paladares el feliz descubrimiento.

Parecía increíble que unas formas tan repulsivas alojaran una carne tan tierna como jugosa.

Parecía mentira que una idea preconcebida, un prejuicio de tantos, hubiera estado privando a mis papilas degustativas de experimentar, hasta entonces, el placer de probar lo que sin lugar a dudas constituía un auténtico manjar de dioses.

Finalizado el condumio, la sombra benéfica que proyectaban las tupidas ramas del ficus benjamina invitaba a recogerse bajo su manto protector, cerrar los ojos y abandonarse en espíritu al arrullo cómplice que modulaban brisa y frondas mientras el cuerpo iniciaba los ruidosos procesos de la digestión.

-Delicioso -eructó mi invitado.

-El secreto está en el aliño -respondí-: aceite de oliva extra virgen, ajo, perejil y albahaca, una pizca de sal. No necesita más.

-Aunque déjabe decirte que, dada bi particular idiosincrasia, los caracoles los prefiero crudos. Pero lo dicho: así también están buy buenos. Gracias, Odys.

-Gracias a ti, Dylan Augusto. Sin tu ayuda me hubiera resultado imposible encontrar estos ejemplares tan gordos y suculentos.

-Conozco este estanque cobo las bembranas que unen los dedos de bis banos. Son buchos años viviendo aquí, abigo Odys. Debasiados. Toda una vida, para ser exactos. Ahora comprendo que hay otros bundos que no están en éste, y que be buero de ganas por conocerlos. ¿Cuándo nos vabos?

-Cuando me digas dónde está Madame Mamadú -dije.

-Antes tendrás que decirbe tú para qué quieres verla. Be lo probetiste, ¿recuerdas? Y un trato es un trato -dijo el batracio.

Cierto. Un trato era un trato, y yo siempre cumplía los míos.

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