Kutre story, una novela on-line. Capítulo primero: La noticia (I)
Me hubiera gustado que Pánfilo Viriato fuera el primero en conocer la noticia, pero mi hermano llevaba veinticuatro horas sin dar señales de vida. “Al tercer día resucitaré”, había anunciado, con esa pachorra suya tan característica, el día anterior, Año Nuevo, al poco de entrar en casa arrastrando consigo una merluza de campeonato. Y luego de colgar el cartel de No molestes o disparo en el pomo de la puerta de su cuarto se había encerrado en éste a cal y canto. Desde entonces más allá de aquella puerta reinaba un silencio que, de no ser por los formidables ronquidos que de tanto en tanto lo trituraban y hacían retumbar, sacudiéndolos, los sólidos cimientos de nuestro hogar, dulce hogar, yo me hubiera atrevido a calificar de sepulcral, cuando no absoluto. Entregado al abrazo del ensueño etílico, mi hermano, que ya de por sí tenía el dormir profundo de quienes gozan de una salud de hierro y una conciencia limpia de polvo y paja, entraba en una suerte de trance comatoso del que resultaba poco menos que imposible sacarle. Ni siquiera me planteé intentarlo.
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Traté en su lugar de ponerme en contacto con papá. Por razones que ya explicaré cuando venga -si es que alguna vez viene- a cuento, papá llevaba una temporada afincado en Palma de Mallorca. Busqué su número de teléfono en la carpeta de contactos del móvil y pulsé el botón de llamada. Aquellas eran las primeras navidades que pasábamos sin él, pensé mientras esperaba a que mi padre se dignara o no a ponerse al aparato. La verdad es que se le echaba de menos, al viejo gruñón.
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Había sido para llenar el vacío que dejaba su ausencia que aquella Nochevieja habíamos invitado a Luis Bigardo (Bigardito pa’ los amigos) a cenar en casa con nosotros. Por aquel entonces Bigardito todavía era mi mejor amigo. No sólo compartíamos gustos y aficiones tales como el fútbol, las titis o el levantamiento de vidrio en barra fija. Si tuviera que explicar en pocas palabras en qué se fundamentaba nuestra amistad, diría que era algo más profundo lo que nos unía, ese entendimiento y esa confianza instintivos e instantáneos que se dan a veces entre aliados naturales y que el tiempo y las circunstancias no vienen sino a confirmar. O eso creía yo.
El caso es que aquella noche de fin de año Bigardito se había presentado en casa temprano. Consigo traía una sonrisa colgada de las orejas y una botella de cava bajo cada brazo. Sacamos unas pizzas del congelador, corrieron las burbujas, partimos el turrón, nos fumamos unos petas y reímos como tontos viendo el programa de fin de año que echaban en Tele Q3. A eso de las once y media, ataviados con sus mejores galas, Pánfilo Viriato y Bigardito habían partido hacia la Plaza Mayor para celebrar allí la entrada del nuevo año.
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Hacía frío cuando salí al balcón a despedirles. Al verles alejándose calle abajo sentí una punzada de nostalgia anticipada por cuanto estaba a punto de perderme, pues los dos iban armados de matasuegras y gorritos rojos y puntiagudos rematados por pompones blancos, y ninguno recordaba lo que era una línea recta. Si yo no hubiera tenido otros planes a buen seguro que les habría acompañado. Sin embargo me esperaba una cita con el destino a la que no podía faltar. Encendí un cigarrillo, y luego otro y otro más. La calle estaba ahora desierta, el cielo cuajado de gruesos nubarrones que corrían desbocados huyendo del negro viento. No tardó en desatarse una conmoción de tracas y voladores en la distancia. Suspiré. Otro año había caído cual lápida sobre nosotros, y yo sentí que la noche era inmensa y fugaz como la sombra de un gigante sin alma. Un gigante con alas de cera y pies de barro.
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-¡Quiero vivir para siempre -grité-, quiero derrotar a la muerte!




Mayca dijo
¿una cita??????? joé, cómo odio los continuará en estos momentos.
Besos.
12 Enero 2009 | 02:16 PM