Kutre story, una novela on-line. Capítulo primero: La noticia (II)
Un escalofrío me sacudió el cuerpo de arriba a abajo. Estaba a punto de dar el paso más trascendente de mi vida. Se acercaba el momento de la verdad. Mi momento. No podía demorarlo más. Entré en casa, recogí un poco la cocina y la salita y pasé a mi habitación. Abrí a continuación un cajón de la cómoda y saqué el martillo que horas antes hubiera adquirido en la ferretería del barrio. Recuerdo que cuando el señor Héctor Nillos me preguntó qué tipo de martillo deseaba comprar respondí que el más pesado que tuviera. El señor Héctor Nillos me mostró uno de acero macizo que me pareció perfecto para la ocasión y añadió, a renglón seguido, “qué le parece si incluimos una docena de cajas de clavos en el pedido”, a lo que dije que muchas gracias pero que no, que el acto de violencia premeditada que quería cometer sólo requería para su implementación de un martillo, de aquel martillo, y él gruñó que era una lástima, pues en ese caso no podría aplicarme un descuento de medio punto porcentual sobre el precio de venta al público del martillo, de aquel martillo, el mismo martillo cuya bruñida superficie recorrían ahora, tentativas, las yemas de mis dedos. Ojalá llegue pronto el día en que me encuentre en la tesitura de poder utilizarlo, pensé. Porque eso significaría que habría terminado de escribir mi novela.
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Entendedme bien, amigos míos, porque es importante que entre nosotros no haya malentendidos: Yo no quería ser novelista. Ni siquiera quería ser escritor. Lo que yo quería era escribir una novela, y sólo una. La mejor novela que se hubiera escrito jamás. Y cuando lo hiciera, cuando la terminara, iba a celebrarlo cargándome el portátil a martillazos.
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No es que tuviera nada en contra de mi ordenador, al contrario, aún no lo había estrenado y ya me había encariñado con él, tanto como para darle un nombre propio y todo.
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Combinando los últimos adelantos tecnológicos con un diseño moderno, joven y atrevido, I-gor era lo que se dice el último grito en ordenadores portátiles. Y sin embargo no era su posición dominante en el ranking de la tecnología punta lo que lo convertía en el vehículo ideal para dar rienda suelta a mis sueños literarios.
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En efecto, que I-gor fuera ligero como una pluma o contuviera una memoria de elefante en su cerebro de mosquito no me impresionaba lo más mínimo, como tampoco lo hacía lo abultado de su caché, que dispusiera de conectividad inalámbrica o fuera biométricamente esto y ergonómicamente lo otro. No habían sido las megapulgadas de su pantalla, el número de sus gigapuertos o las probabilidades infinitesimales que su ultramicroprocesador supermultiturbo me ofrecía de viajar alguna vez por el hiperespacio lo que me había provocado sofocos, dado vértigo y quitado el hipo aquella mañana de un sábado cualquiera de marzo, o puede que fuera de abril, en que me lo encontré de oferta cuando deambulaba, pálido y ojeroso y sin rumbo fijo, por los pasillos del Carrefour. Lo que me había impulsado a romper la hucha para gastarme todos mis ahorros en hacerme con sus servicios había sido la luminosidad fosforescente de su carcasa verde-esperanza, y ese optimismo contagioso que irradiaba y me había llenado de arrebatado gozo al comprender, como si de una revelación se tratara, que la única novela que surgir pudiera de mi asociación con semejante lumbrera tenía que ser, cuando menos, la repera.
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No, amigos, no tenía nada en contra suya. Es sólo que yo consideraba que una vez cumplida la misión para la que había sido escogido, I-gor dejaría de tener razón de ser y, en consecuencia, debía ser inmolado. La idea se me había ocurrido aquella misma mañana, y me había faltado tiempo para bajar a comprar el martillo con que instrumentarla.
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Pero para poner el fin a mi novela, primero tenía que empezarla, y para empezarla, primero tenía que encontrar una historia que mereciera la pena ser contada, una historia que me enamorara. Según el riguroso plan de trabajo que me había impuesto tendría que haberme sentado a escribir una vez hubieran sonado las doce campanadas. La clave estaba en comenzar el año con buen pie. Sin embargo escribir exigía una mente limpia y despejada, y la mía, en aquellos momentos, dejaba mucho que desear. Demasiadas burbujas, pensé, demasiada maruja también. Mal empezábamos. Mañana. Empezaría mañana por la mañana. Guardé el martillo, apagué la luz y me metí en la cama. Bajé el sonido del televisor hasta dejarlo reducido a un murmullo apenas audible. Abrí el último paquete de Docudas Rubio, y mientras iba diciendo adiós al viejo yo que se resistía a quedarse dormido y ensayaba bienvenidas para el nuevo que renacería mañana conmigo, el tiempo iba resbalándose envuelto en humos.
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(Continuará...)






Marián dijo
Mmmmhhh... Habrá que esperar a que el novelista en ciernes despierte y comience a teclear, no queda otra. Yo creo que tiene razón, con ese esperanzador hipermegaultraportátil, no se puede escribir nada que no sea la repera. :-) Muy acertado el nombre de su aparato aunque, ya imaginas todas las coñas que vendrán ahora… Mi máquina se llama Asun y es más bien del estilo noestánadamalparalosdosdurosquehacostado, y, sobre todo, es negra, así que no espero grandes glorias de ella, pero eso sí, me lo está haciendo pasar muy bien. ;-)
La historia de la supernovela promete. Sé bueno y no tardes otro siglo en publicar la siguiente entrega, ¿vale?
Besosss.
15 Enero 2009 | 11:46 AM