Kutre story, una novela on-line. Capítulo primero: La noticia (III)
No podía dormir. Un tropel de imágenes confusas y desordenadas desfilaba a empellones por mi cabeza impidiéndome conciliar el sueño; provistas de una energía y una violencia inusitadas, las ideas se atropellaban unas a otras, vociferaban, se devoraban sin piedad o huían despavoridas para volver luego por la puerta de atrás, más vengativas y poderosas que nunca. Algunas iban vestidas de palabras sueltas, otras de frases inconexas; aquí una sueca en pelotas, allí un razonamiento impecable era desintegrado por quién sabe qué misteriosas fuerzas, y en su lugar aparecía aquella bruja marchita que hilaba hechizos sobre su rueca. Hay que joderse, ahí estaba de nuevo, y el caso es que se parecía a mi madre, o al vago recuerdo que yo conservaba de ella, sólo que mucho más vieja y consumida por la vergüenza y la amargura. Mamá... qué hijadeputa fuiste, y qué indigno y absurdo tu final, y sin embargo me pregunto si en el fondo nos querías, al menos a mí, a mí seguro que sí. Claro, qué ingenuo, a ti sí, ¿no? Serás mamón... La tensión acumulada en los músculos faciales se hacía sentir de repente, devolviéndome al mundo de lo tangible, de lo físicamente real. Entonces abría un poco la boca para relajar la mandíbula que, de tanto apretar, amenazaba con hacerme trizas los dientes. Entreabría los ojos y desfruncía el ceño, miraba sin ver las secuencias de aquella vieja película que proyectaba el televisor, encendía un pitillo que apagaba luego, ya consumido aun cuando yo hubiera jurado que sólo había dado una calada o dos, quizá porque mientras tanto el carrusel de pensamientos había vuelto a ponerse en marcha, y yo a perderme otra vez en él.
En otra época habría combatido el insomnio zambulléndome en las páginas de uno de los muchos libros que convivían apretujados en los anaqueles de las estanterías que cubrían una de las paredes de mi habitación. Sumergido en ellas habría conseguido escapar al influjo caótico de mi universo interior, al desasosiego que me causaba, y no habría tardado en descubrir cuánto me pesaban los párpados, cuán borrosa se volvía la letra impresa y cómo me costaba seguir el hilo de la narración. Por desgracia, esa vía de escape ya no era una opción válida para mí: hacía ocho meses que me había prohibido la lectura, y desde entonces no había vuelto a abrir libro alguno. Os parecerá una tontería, pero no quería que el estilo de otros autores influyera en el mío, que lo contaminara fatalmente, destruyendo así las escasas posibilidades que tenía de hacer algo realmente original.
Como no hay mal que por bien no venga, en lugar de mis queridos libros, para suplir su añorada compañía cuando más falta me hacían, y de la mano de Bigardito, que había tenido el gran detalle de regalarme una de sus videoconsolas, yo no había tardado mucho en iniciarme en el fascinante mundo de los videojuegos, ante cuyos encantos no me duelen prendas en decir que había sucumbido desde el primer día. Y eso era precisamente lo que me disponía a hacer ahora. Iba a echar una partidita. Una sola; un ratito nada más, que al día siguiente había que madrugar. A ver si así conseguía relajarme lo suficiente como para caer rendido en los reparadores brazos de Morfeo.
Me incorporé de un salto, agarré el mando y me enchufé a la videoconsola. Para aquella ocasión tan especial escogí "Una noche en el geriátrico", uno de mis juegos favoritos, ¿no sé si lo conocéis? El protagonista, Ice Cube, es un joven de color (negro) que se encuentra cumpliendo condena por un crimen que no ha cometido. Una vieja amiga suya (Enfermera Cachonda, quien "casualmente" trabaja en el geriátrico en el que está internado el único familiar que a nuestro héroe le queda en el mundo, su querida abuelita Big Mama) le cuenta por carta que en el geriátrico que nos ocupa están ocurriendo cosas muy extrañas. Como por ejemplo que hay internos que desaparecen de la noche a la mañana sin dejar rastro, o que a veces, en mitad de la noche, se escuchan gritos, lamentos y arrastrar de cadenas que parecen provenir del subsuelo, cuando en teoría en el subsuelo del edificio no hay más que ratas, gatos muertos y cucarachas. Enfermera Cachonda tiene miedo. Le preocupa la suerte que pueda correr Big Mama, pero no sabe a quién acudir, ya que no confía en nadie. Excepto, claro está, en Ice Cube.
Esta breve introducción nos la cuenta el mismísimo Ice Cube desde los barrotes de su celda, justo antes de que arranque el juego propiamente dicho, el cual consta de cuatro partes (o niveles) bien diferenciados, a saber: a) la fuga de la cárcel; b) entrada subrepticia en el geriátrico y rescate de Big Mama; c) huida del geriátrico a sangre y fuego; y d) el desenlace, o combate a muerte con el malvado doctor Scalpel (líder de una organización secreta que utiliza la institución geriátrica, en la que ocupa el cargo de director general, como tapadera para encubrir los terribles experimentos genéticos en que los viejecitos residentes participan, los muy infelices, en calidad de cobayas involuntarias o forzosas, y a resultas de los cuales son transformados en muertos vivientes de los que el malvado doctor Scalpel pretende servirse para conquistar el mundo en un futuro inminente).
La fuga de la cárcel -o primer nivel del juego- es pan comido. La cosa empieza a complicarse en el segundo nivel, los viejecitos que te salen al paso están armados, transmutados y hambrientos y son peligrosos, aunque para entonces ya cuentas con la ayuda inestimable de Enfermera Cachonda, y con la de Big Mama en el tercero, sin embargo esta última no es muy de fiar, la pobre padece de demencia senil y tiende a darte consejos que te meten, a lo tonto y a lo bobo, en la boca del lobo. Es un juego buenísimo: con deciros que la revista "gamesRus" le da una puntuación de cinco estrellas -sobre cinco- os lo digo todo. Si todavía no habéis jugado os lo recomiendo.
Me aferré al mando, programé el juego en su grado de dificultad máxima y me dispuse a enfrentarme una vez más a las fuerzas del mal. Me conocía el primer nivel de memoria. Disfrazado de oficial de prisiones, no tardé en salir de la cárcel, ¡y por la puerta grande! Me gustaba Ice Cube, me caía bien el condenado, y hasta me sentía identificado con él. Nacido inocente, sin mancha, pecado o culpa alguna, me sabía condenado a sufrir y a morir sin embargo. Pensándolo bien, todos somos como Ice Cube, lo único que nos diferencia a unos de otros es la forma que tenemos de entender nuestra condena, así como la actitud que tomamos frente a la misma, pues ¿qué es la historia de la especie humana sino el continuo desplegarse de una rebeldía? Algo parecido postula Albert Camus en "el mito de Sísifo", aunque... -¡Hostias, qué susto!
Aquello sí que no me lo esperaba: Old Butcher (el siniestro ayudante del malvado doctor Scalpel) acababa de salir disparado de un armario empotrado. Haciendo gala de una habilidad, una agilidad y una elegancia exquisitas fui esquivando los mandobles que me lanzaba con su motosierra; por desgracia el combate a colmillo partido con la Cuadrilla de Viejas Harpías me había dejado muy debilitado: una de ellas me había arrancado una pierna de un mordisco. Estaba perdiendo mucha sangre por el muñón, y mis constantes vitales andaban por los suelos: no me encontraba en condiciones de enfrentarme al siniestro Old Butcher, así que puse el pie que me quedaba en polvorosa. Propulsado por su diabólico tacataca, Old Butcher avanzaba pisándome el talón. Horror: ¡no conseguía darle esquinazo! En el último suspiro acerté a alcanzar el hueco del montacargas, descender por el cable hasta el primer piso, entrar en la Enfermería y solicitar de Enfermera Cachonda que me diera cuatro puntos de sutura y un besito en la mejilla. ¡Ah, el amor! ¿Qué sería de nosotros sin el consuelo del amor? Me despedí de Enfermera Cachonda con la promesa de que volvería a por ella.
La partida se estaba poniendo la mar de interesante. Big Mama y yo nos encontrábamos en profundidades del subsuelo hasta entonces desconocidas para mí. Aquel era territorio comanche. Si quería sobrevivir tendría que emplear a fondo los cinco sentidos... Transcurrieron melifluas las horas, no sé cuántas porque absorto como estaba en los avatares de aquella aventura sin par perdí la noción del tiempo, pero muchas. Cansados pero felices, Big Mama y yo encontramos al fin la salida del geriátrico y recibimos alborozados la luz de un nuevo amanecer. Nos habíamos salvado. A nuestras espaldas, una espesa columna de humo se elevaba sobre las llamas que consumían el geriátrico mientras un nutrido grupo de octogenarios vengativos se disputaban los despojos mortales del doctor Scalpel, a quien un servidor había dado merecida muerte en el último y decisivo combate de la noche. Misión cumplida. Tomé a Big Mama de la mano y juntos nos alejamos pantalla adentro hasta que no fuimos más que dos siluetas diminutas recortándose contra la semiesfera anaranjada del sol naciente. La voz incorpórea de Enfermera Cachonda me preguntó si deseaba reiniciar la partida. Tentado estuve: me daba rabia no haberla podido rescatar a ella también. Pobre Enfermera Cachonda, había dado su vida por salvar las nuestras, y ni siquiera se había quejado cuando una Horda de Viejos Verdes se había abalanzado sobre ella para despedazarla viva. Otra vez será cariño, dije. Apagué la consola. Una claridad mortecina se filtraba a través de las cortinas de mi habitación. También en este mundo nuestro se estaba haciendo de día.
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(Continuará...)




Enfermera Cachonda dijo
Al final he podido desembarazarme de la Hora de Viejos Verdes, pero lo que me has hecho... eso sí que no te lo perdono. Dejarme allí tirada, después de todo lo que hice por tí.. pero una cosa te digo:
"hasta el rabo todo es toro"
Glups, me temo que esta última frase puede desenmascarar mi verdadera identidad, espero que no :-)
Cheers¡¡
Glups otra vez, me temo que este saludo puede ayudar a desemascarar mi identidad (por si no había quedado claro)
19 Enero 2009 | 08:23 PM