Kutre story, una novela on-line. Capítulo primero: La noticia (IV)
Apuré el último cigarrillo del último paquete de Docudas rubio. Con el paquete vacío hice un gurruño, que deposité aplastando la montaña de colillas y ceniza que en el transcurso de la noche había ido sedimentándose en el pequeño cenicero esmaltado de rojo que conservaba siempre sobre la mesita de noche. Aquel gesto ponía el punto final a diez años de tabaquismo. Nunca más volvería a fumar. "Pero nunca es demasiado tiempo", gimió una vocecilla interna que me impresionó por lo sentido de su pesar. "Esto va a ser más duro de lo que yo pensaba", pensé, con el ánimo un tanto arrugado y sintiendo un ligero y repentino malestar general.
Era el día uno de enero, primer día del año y primero del resto de mi existencia. Se suponía que yo era un hombre nuevo, un ave fénix renacido a quien, según el plan de vida sana y equilibrada que yo mismo hubiera elaborado, hoy tocaba salir a correr.
Las gotas de lluvia repiqueteaban con fuerza, formaban arroyuelos zigzagueantes que disolvían parcialmente los churretes de roña acumulados por la desidia y el abandono en los cristales de mi ventana, ofreciendo un cuadro sucio y borroso, húmedo y frío del patio de luces, triste presagio de lo que me esperaba ahí fuera, donde el viento aullaba, haciendo crujir el viejo armazón de madera del ventanal, sacudiendo las hojas, colándose a través de los resquicios y congelando mis buenos propósitos, si es que alguno alentaba todavía, porque una cosa era comenzar el año con buen pie y otra muy distinta hacerlo agarrando una pulmonía, joder, si hubiera sido supersticioso hubiera creído que los dioses conspiraban en contra mía, pero como no lo era, empezaba a alimentar en cambio la idea de que, sencillamente, aquel no era mi día.
"Además, estás hecho polvo, colega, para qué vamos a engañarnos", pensé. Y cómo no iba a estarlo, si no había pegado ojo, y tenía la garganta y los pulmones hirviendo en un caldo de nicotina y alquitrán, cianuro de hidrógeno, benceno y formaldehídos varios. Lo cual significaba que tampoco me hallaba en condiciones de escribir (y no os riáis, queridos míos, porque era cierto).
Eché las cortinas, recogí un par de colillas de la moqueta, cogí el edredón -gordito y acolchado, qué delicia sentirlo, suave al tacto, sobre mi cuerpo-, y, bien arrebujado en él, encendí la estufa eléctrica, que hice rodar luego hasta el escritorio; acerqué una silla y me senté muy agradecido de poder recibir la generosa ofrenda de calor que me hacía tan prodigioso como benéfico ingenio.
Sobre el escritorio, y separadas por un cajita de madera de palo de rosa ricamente labrada que había sido de mi madre y era, que yo supiera, el único objeto personal suyo que casi veinte años después de su muerte aún quedaba en casa, reposaban dos cajas de cartón. Dentro de una estaba I-gor, mi flamante portátil nuevo; bueno, vale: nuevo, lo que se dice nuevo, no era. Ocho meses iba a cumplir en breve, si es que no los tenía ya; pero aún no lo había estrenado, así es que a efectos prácticos podía considerarse que era nuevo de paquete; eso sí, una vez al mes lo desempaquetaba, le quitaba los protectores de poliestireno de los costados y la bolsa de plástico fino que lo cubría, le pasaba el polvo con un plumero, limpiaba la pantalla con una toallita húmeda y, por último, tras enchufarlo a la red eléctrica, lo encendía para comprobar que seguía funcionando, que todo iba bien y se encontraba listo y en forma para cuando sus servicios fueran finalmente requeridos; entonces lo volvía a guardar.
La otra, mucho más grande y cuadrada, era la caja en la que había venido el televisor, y estaba llena hasta el borde de cuartillas, algunas grapadas de dos en dos, otras en tríadas, pero la mayoría sueltas, y escritas todas a mano, de mi puño y letra y por una o ambas caras. Eran los embriones fallidos de mi novela. Allí había escritos para todos los gustos. Historias cotidianas, cotilleos de barrio, anécdotas de sobremesa, escuetos apuntes tomados de diversos artículos de prensa, el esbozo de una gran tragicomedia, algún que otro poema; y cuentos, muchos cuentos, cuentos de terror, fantásticos, divertidos y tiernos, fatalmente marcados por la tragedia, absurdos, surrealistas, soporíferos por lo detallistas, pornográficos, bucólicos, costumbristas, impersonales, irreverentes, sarcásticos, intimistas, subjetivos, esotéricos, fabulosos, históricos, existenciales, todos juntos y revueltos, sin guardar orden alguno ni concierto.
Todos eran míos y todos me gustaban, algunos más que otros, pero ninguno lo suficiente. Ninguno de aquellos relatos me excitaba tanto como para sentirme llamado a proporcionarle ese rico y nutritivo alimento de la imaginación que le hiciera crecer, desarrollarse y alcanzar proporciones novelescas. A todos los efectos, todos ellos eran relatos contenidos en sí mismos, definitivamente acabados y, por lo tanto, muertos.
Llevaba demasiado tiempo esperando este momento -mi momento, el momento de la verdad- como para arriesgarlo todo en un arranque de impaciencia. Si quería producir un clásico de la literatura universal tendría que afrontarlo desde la cúspide de mis facultades, y no en las condiciones en que me encontraba, al borde del agotamiento físico y mental y sintiendo, por si fuera poco, cómo mis jóvenes y tiernas neuronas se revolvían inquietas, y un pelín angustiadas, al experimentar los primeros e inequívocos síntomas del mono. Mi reino por un cigarrillo. ¿Cuánto llevaba sin fumar? ¿Veinte minutos, quizás? Dicen que las primeras horas son las peores. Si me iba a la cama podría pasarlas de un tirón. De hecho, si me iba a la cama mataría todos los pájaros de un solo, responsable y certero tiro. El día era muy largo. Podía dormir ocho, nueve o diez horas -mejor diez- y levantarme al cabo, fresco como una lechuga, dispuesto a ponerme el mundo por montera, a calzármelo si hacía falta, a vibrar en armónica sintonía con las infinitas cuerdas que hacían danzar sobre su vientre al universo.
Ya empezaba a sentirme mucho mejor, y es que el estrés no me sentaba nada bien. Habiendo tomado la que consideré era la decisión más acertada, me deshice del edredón y dirigí mis pasos al retrete para hacer el riguroso pis matutino. Allí encontré a Pánfilo Viriato haciéndose un lavado de estómago. No le había oído llegar.
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(Continuará...)




Jose Alberto dijo
Je,je, me parece a mí que nuestro protagonista se está haciendo un poco el remolón..
Apuesto a que va a tardar en empezar la novela, a que no va a dejar de fumar, y a que no se va a hacer footing ni cuando haga buen tiempo :-)
Me gusta, me estoy enganchando..
Cheers¡¡
22 Enero 2009 | 07:36 PM