5. Kutre story, una novela on-line. Capítulo primero: La noticia (V)
-Qué tal va esa novela -acertó a preguntar, con lengua de trapo, una vez hubo sacado los dedos de la garganta y la cabeza de la taza del inodoro. Tenía los ojos enrojecidos y la mirada algo velada y dubitativa, como si no supiera dónde tenía que ponerla para poder fijarse en mí.
Mi hermano era un tipo fornido, un auténtico chicarrón del norte. De estatura media, si acaso un par de centímetros más alto que yo, pero de constitución mucho más fuerte. En eso había salido a mi padre. Al verle allí, de rodillas sobre el embaldosado y aferrando con ambas manos la taza del váter, que parecía minúscula a su lado, se me antojó que sus ciento veinte kilos de ancha osamenta, poderoso músculo y abundante tejido adiposo hubieran podido arrancarla fácilmente de su sitio, si así lo hubiera querido. Pero no, por encima de todo, mi hermano era un hombre tranquilo, poco amigo de hacer demostraciones de fuerza y nada propenso a sufrir arrebatos de ira. El suyo era un no rotundo a la violencia. Cierto es que no siempre había sido así. Sin embargo esa es una historia que, estando directamente relacionada con las trágicas circunstancias que rodearon la muerte de nuestra madre, y si me lo permitís, dejaremos para otra ocasión.
-Bien -mentí, pues me daba reparo confesar que, en lugar de haber empleado la noche trabajando, como así había anunciado a bombo y platillo que haría, lo hubiera hecho soltando coces y pegando tiros virtuales en el geriátrico. Tanto mi hermano como Bigardito habían insistido, hasta el punto de ponerse muy pesados, en que les acompañara, y no era plan de decirle ahora que les había dejado tirados para nada-. Por hoy he terminado. ¿Y vosotros qué tal, lo pasasteis bien? -pregunté a mi vez, cambiando hábilmente de tema.
-Creo que sí, pero no me acuerdo -eructó él a la suya, y siguió vomitando. Traía una tira de serpentina enganchada de una oreja, que caía por detrás (no la oreja, sino la tira) formando tirabuzones sobre su espalda. Atrapados entre los rizos de su espesa mata de pelo podían verse algunos trocitos de confeti. Aún llevaba puesta la americana, de uno de cuyos bolsillos gris perla se descolgaba, como si de una culebra o una gran lombriz de tierra se tratara, la cabeza triangular y aplastada de una corbata rojiza de cuero, su favorita. Tampoco se había quitado todavía las botas camperas, por lo que supuse que acababa de regresar.
Hacía un frío de mil demonios. No teníamos calefacción central, con lo que en invierno nuestro hogar, dulce hogar, se convertía en una nevera. Descalzo como iba, y sin otra prenda de abrigo que me cubriera que unos gallumbos de seda, decidí que no iba a esperar a que mi hermano terminara de purgarse, así que alivié la vejiga en el lavabo, dije "hasta mañana" y volví corriendo a mi cuarto. Recogí el edredón del suelo, bajé la persiana y me metí en la cama envuelto en tinieblas. Todavía tiritaba cuando sentí unos golpecitos en la puerta, que se abrió con un leve chasquido.
-Adelante, pasa, está abierto -dije, por decir algo, porque ya la opaca silueta que era mi hermano aparecía recortada contra el pálido resplandor amarillento que inundaba el pasillo, sin decidirse aún a entrar ni arrancarse a hablar, péndulo oscilante sometido a los vaivenes de la embriaguez hasta que, habiendo hallado sostén en una de las jambas, recuperó al fin el equilibrio y la palabra.
-Te había traído unos churros, pero igual me los he comido, porque no los encuentro por ninguna parte.
-No importa, no tengo hambre, pero gracias, tío, te lo agradezco.
-¿Te llamó papá, anoche? Hablé con él, justo después de las campanadas, o fue antes, no sé, y me dijo que lo iba a hacer.
-Pues no, no llamó -dije-. Al menos, a casa no. Igual al móvil, pero como lo tenía desconectado...
-Ya va siendo hora de que arregléis lo vuestro, tío, él es tu hijo, no podéis seguir así.
-No, Panvi, él es mi padre -corregí-, y yo su hijo. Y es él quien está enfadado conmigo, no al revés. Si quiere arreglarlo ya sabe dónde encontrarme.
-Eso he dicho, liante, que eres un liante, ¿no es eso lo que he dicho? Y no me llames Panvi, no me gusta. Suena como Bambi, el cervatillo valiente, y yo no soy un cervatillo, ¿lo oyes? Soy un toro, un torito bravo. Un león, como el de la Metro. Y no me interrumpas, que me pierdo. ¿Ves? ¿Qué estaba diciendo?
-Que no te llame Panvi.
-¿Y por qué no, si puede saberse? Siempre me has llamado Panvi, desde que eras un canijo así. ¿Es que ya no te gusta? Si lo llego a saber, no te traigo churros.
-Joder, tío, déjame en paz, ¿no ves que quiero dormir? -protesté, aunque me estaban entrando unas ganas tremendas de echarme a reír-. Vete a dormir la mona, anda, te vendrá bien.
-Eh, un respeto, jovenzuelo. Soy tu hermano mayor, me lo debes. Además, mientras papá siga en huelga de brazos caídos, también soy tu jefe. ¿Ves? Ahí quería ir yo a parar. A eso venía precisamente, a decirte que no hace falta que abras la tienda el día dos. Por cierto, ¿qué día es hoy?
**********
(Continuará)







Jo dijo
Vaya diálogo de sordos han montado los dos hermanos, y en medio, la tragadia familiar y la soledad de las personas. Es que vivimos en un mundo de solos. Uffff...
26 Enero 2009 | 07:59 PM