15. Kutre story, una novela on-line. Capítulo primero: La noticia (XV)
He de suponer, y de hecho supongo, que mientras esperaba a que mitigase aquel tormento testicular, el sueño y la fatiga acumulados tras haber pasado más de veinticuatro horas sin dormir consiguieron que me quedara traspuesto sobre la moqueta de la salita, y supongo también que posteriormente me levanté, medio dormido todavía, con el objeto de meterme en la cama, porque a la mañana siguiente, cuando desperté con las claras, vi que lo hacía en mi cuarto y sin tener conciencia de cómo ni cuándo me había trasladado hasta allí.
Si una enseñanza he podido extraer de aquel lance, ésta es que, pese a la buena fama que la precede, meditar es una actividad peligrosa en grado sumo -yo no dudaría en situarla entre los llamados deportes de alto riesgo si tuviera potestad para hacerlo- que puede acarrear funestas consecuencias a quien la practique sin haber tomado las debidas precauciones. Yo aconsejaría a todos cuantos estéis pensando en iniciaros en sus secretos que lo hagáis en presencia de profesionales cualificados que cuenten en su haber con largos años de probada experiencia y puedan así guiar vuestros pasos a través de la delicada ejecución que sus complicados procesos conllevan. En lo que a mí respecta, con un intento había tenido suficiente. No volvería a practicarla más, era demasiado joven para quedarme sin descendencia.
Era el dos de enero, segundo día del año y primero del resto de mi existencia, por añadidura. Según el plan de vida sana y equilibrada que yo mismo me había trazado, hoy tocaba sauna y piscina. ¡Uf!, estaba molido, tenía agujetas hasta en las cejas y me encontraba al borde de la parálisis cerebral. La prudencia aconsejaba dejarlo para otro día.
Una buena noticia: Llevaba un día entero sin fumar. El orgullo de estar venciendo la adicción mantenía un pulso exasperante con la tristeza de saber que nunca más volvería a prender un cigarrillo, y "nunca" era demasiado tiempo. Ni siquiera había tenido que echar mano de las colillas que hubiera recolectado la jornada anterior en previsión de una emergencia, porque una cosa era abstenerse porque así lo quiere uno, y otra muy diferente tener que hacerlo porque no te queda otro remedio, y por ahí sí que no iba a pasar. Tendría que comprar una cajetilla de Docudas rubio para poder seguir resistiéndome a la tentación. Eso era fuerza de voluntad, y lo demás cuento.
Pánfilo Viriato hibernaba en su guarida, Bigardito en la salita, y la gaviota en el congelador. Nuestro hogar, dulce hogar, era un remanso de paz.
Archivé el relato de las azarosas vicisitudes por las que había pasado mi amigo en una carpeta que etiqueté con el título "Relatos periféricos y otros relatos". Quién sabe, quizá algún día podría utilizarlo para aderezar mi novela. Algo era algo, aunque fuera un algo tan insuficiente. Ahora ya podía decir que había empezado el año trabajando en ella, sobre todo a Oculta, a quien por nada del mundo hubiera querido yo mentir.
Empleé lo mejor de las siguientes dos horas en hacer garabatos sobre mi cuaderno de notas. No estaba inspirado. Nada se me ocurría. Sentía como si tuviera enjaulada en el pecho una bomba de relojería a punto de estallar. Tenía que desactivarla como fuera, encontrar una historia, meterme un cigarrillo por la vena o, en su defecto, algo de manduca en el estómago, entretenerme, maldita sea, hacer lo que fuera antes que permanecer allí frustrado, contemplando en silencio los frutos de mi impotencia.
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-¿Tiene usted recibo? -solicitó solícito el señor Héctor Nillos.
-¿Y cómo voy a tenerlo si no me lo diste? -protesté. Quería devolver el martillo. Estaba nuevo, no lo había usado y no tenía intención de hacerlo. La idea de utilizarlo para inmolar con él a Igor en cuanto hubiera puesto fin a mi novela ya no me parecía tan brillante como el día anterior. De hecho la encontraba innoble, trivial y un punto miope, pues ¿acaso no sería mucho mejor enmarcar el portátil y colgarlo de la pared de mi habitación? A fin de cuentas, cabía la posibilidad de que futuras generaciones de entusiastas lectores vinieran algún día a visitar mi casa, para entonces ya transformada en casa-museo; podía verles desfilando boquiabiertos por las diversas estancias, entrando con reverencia en mi cuarto, donde alguno señalaría el portátil con gesto interrogativo mientras el guía de turno explicaba que aquél había sido el mismísimo ordenador con el que...
-Mal hecho, joven. Si quería usted un justificante de compra tendría que haberlo solicitado. Mucho me temo que si no presenta el pertinente recibo yo no puedo anular una transacción que, en lo que a mí concierne, bien podría haber sido efectuada en cualquier otro establecimiento ferretero de la localidad.
-¿Cómo? Venga hombre, no me jodas, sabes perfectamente que lo compré aquí. Si sólo fue antesdeayer, no puedes haberte olvidado.
-Ajá, razón de más -dijo el señor Héctor Nillos-. Es norma inquebrantable de esta compañía ferretera que sólo se aceptarán devoluciones de mercancías siempre y cuando éstas se encuentren en el mismo estado de uso y ofrezcan el mismo aspecto estético que tenían en el instante de ser adquiridas y se presenten acompañadas de su correspondiente recibo en un plazo máximo de veinticuatro horas solares, repito, veinticuatro horas solares, transcurridas las cuales toda reclamación dejará de tener, automáticamente y si es que alguna vez lo tuvo, fundamento legal alguno.
-¿Y eso dónde está escrito?
-Pues mire usted, en este cartel que cuelga a mi espalda desde ayer y con carácter retroactivo -dijo, haciéndose ligeramente a un lado y acompañando sus palabras con un movimiento del pulgar que venía a señalar un letrero plastificado que aparecía fijado por una chincheta a media altura del aparatoso entramado de estanterías, cajones y cajitas que, repletos de tuercas, alcayatas, apliques y demás chucherías propias del gremio, mostrábanse polvorientos tras el señor ferretero-. ¿Lo ve? Bien grande que es, para que todo el mundo que sepa lo pueda leer.
El señor Héctor Nillos esgrimió un cuarto de sonrisa acerada y concluyó: -Año nuevo, política empresarial nueva. Y ahora, si me disculpa, tengo cosas que hacer. Que tenga usted unos buenos días, jovenzuelo.
Dicho lo cual, extrajo un cortaúñas del bolsillo pectoral izquierdo de aquella bata solferina que vestía por uniforme y con afectada parsimonia desplegó luego la hoja de una lima que aplicó sin más sobre sus pezuñas, como si aquel asunto fuera a zanjarse sólo porque a él le apeteciera hacerse la manicura. Monda y lironda, la piel blanquecina y aceitosa que recubría su cráneo brillaba como una bola de billar bajo los tubos fluorescentes que pendían cual sables de luz del techo. Me pregunté si sería capaz de abrírsela de un solo martillazo, y de qué color serían los sesos que me salpicarían al salir disparados a través de la fractura. Probablemente amarillos, como la bilis de que se nutrían. Sin contarnos a nosotros dos, la ferretería, así como el trozo de calle que se recortaba al otro lado del escaparate, estaban vacías.
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(Continuará...)





Mayca dijo
Espero, sólo espero, que arrear al ferretero con el martillo en la cabeza sólo sea fruto de la imaginación del protagonista y no esté incluído en ese continuará.....
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Besos y mollejas, dijo, collejas.
1 Marzo 2009 | 01:25 PM