26. Kutre story, una novela on-line. Capítulo segundo: El urogallo supersónico (II)
Desperté en mitad de un suave quejido. Limpié el reguero de saliva que fluía mentón abajo inundando de babas las barbas de mi perilla; llevaba unos días dejándola crecer y estaba muy orgulloso de ella. Sólo faltaba que también me creciera el pelo lo suficiente como para hacer una coleta y ya habría adquirido ese aspecto estético que iba a ser el escaparate público de mi flamante personalidad bohemia. Pero ahora no podía caer en la autocontemplación, tenía cuestiones más urgentes que resolver. Mi pie izquierdo se las había arreglado para anudarse firme y dolorosamente al volante. Tras unos minutos de enconado forcejeo conseguí liberarlo, apagar la radio y salir del bólido azul. Una lluvia fina seguía cayendo con mansedumbre o desgana, según cómo se mire. En la distancia se perdió el ronquido fugaz de una motocicleta. Un perro flaco se cruzó, cansino, en mi camino, alejándose luego de olisquear los bajos de mis vaqueros en pos del suyo. La persiana de rejilla metálica de El urogallo supersónico estaba levantada. Dentro había luz, y una muchacha que se pintaba los labios ayudándose de un espejito de mano. Era una muchacha bonita. Muy bonita. Volví al coche corriendo a todo correr, saqué la gomina de la guantera, el peine y el bote de colonia Eunuco, me acicalé, subí los cuellos de la chupa de cuero, puse un cigarrillo sin encender en la comisura de la boca, ajusté el semblante para que expresase todo cuanto en mí había de interesante y me lancé cual intrépido aguilucho al ataque.
Jénifer me recibió con gran profesionalidad no exenta de simpatía, y rogó que tomara asiento frente a ella. Estábamos iniciando las presentaciones cuando la muchacha tuvo que disculparse para atender la llamada telefónica de un cliente. Mientras dialogaba con éste y repasaba los detalles de su vuelo en la pantalla del ordenador, yo me dedicaba a comérmela con los ojos, y cuanto más comía más apetitosa me parecía. Los suyos eran almendrados, del color que emite la miel cuando la pones al trasluz. Tenía cara de madona, sonrisa de diablillo y un cuerpo modelado para pecar.
-Pues eso es todo. Le deseo un buen viaje y que disfrute usted de su estancia en la Patagonia Occidental. Gracias a usted. Buenas tardes -Jénifer colgó el aparato y dejó que transcurrieran unos instantes hasta que, cansada de jugar con su ratoncito, despegó la vista del monitor y giró ligeramente sobre la silla para entregárseme por completo. Al menos eso fue lo que dijo: -Bien, toda tuya, perdona la interrupción. Me dijiste que te llamabas Tristán, ¿verdad? Ya puedes cerrar la boca, si quieres.
Pero yo ya no la oía. Su mirada había cruzado el umbral de la mía y se colaba por los pasillos de mi alma como si tal cosa, tanteaba paredes, subía y bajaba escaleras, abría y cerraba puertas; en un sótano oscuro y frío halló aquel cuarto sin ventanas donde un niño vestido de esmoquin la esperaba desde siempre para bailar un vals. Consciente de la conmoción que estaba causando, Jénifer sonrió. Un reflejo de uñas carmesí cruzó el abismo que nos separaba y se apoderó del pitillo que todavía conservaba, milagrosamente, pegado por la saliva reseca al labio inferior de mi boca, aún abierta. La muchacha sacó un cenicero y un mechero dorado de un cajón lateral en su mesa de trabajo, se recostó en el trono desde el que reinaba, cruzó sus largas piernas de lycra y dio un par de intensas caladas. Iba a decirle que la amaba, pero ella se me adelantó con estas palabras:
-Me imagino que Oculta ya te habrá informado de que vas a viajar gratis.
-¿Y qué crees que he estado haciendo desde que entré aquí? -respondí.
Cual cristalino manantial, su risa brotó saltarina y fresca, y desde el mítico árbol del bien y del mal un pajarillo dejó de picotear la manzana sobre la que se balanceaba y pió pío pío.
-Qué gracioso eres -dijo mi dueña-. No, en serio. Como ya sabrás, existe una persona, una mujer, en concreto, dispuesta a sufragar tus gastos de transporte y alojamiento en Londres a cambio de un pequeño favor, llamémoslo un trabajito sin importancia. No tienes de qué preocuparte, te aseguro que no se trata de nada ilegal. Podrás comprobarlo tú mismo, ya que, como es natural, mi clienta ha expresado su deseo de hablar contigo antes de que pasemos a formalizar las condiciones del viaje, si es que tú y ella llegáis a poneros de acuerdo. Si me concedes diez minutos te explico un poco por encima de qué va todo esto.
¿Diez minutos? Le hubiera concedido diez siglos si los hubiera tenido. Sin embargo, exactamente diez minutos más tarde Jénifer me acompañaba hasta la salida de la modesta agencia de viajes, momento que escogí para pedirle una cita. Pero la muchacha ya tenía compañero de baile; se llamaba Ataúlfo Ratero y estudiaba en Boston, Massachussets, para banquero. Eran novios desde el instituto; tenían pensado casarse en cuanto él terminara su máster en ingeniería financiera y encontrara colocación. A mí, que solía encontrar la manera de colocarme un fin de semana sí y otro también, esa idea me resultó insoportable. Como comprederéis, no era plato de buen gusto encontrar y perder a la mujer de tu vida en un mismo día. Mis esperanzas maltrechas se resistían a decirle adiós.
-No lo hagas -supliqué-, no te cases con él, mira que los banqueros tienen la mente cuadrada y un balance de activos y pasivos por corazón. Jamás se preocupará por conocer los entresijos de tu alma. Jamás lo conseguiría aunque lo intentara. No descansará hasta hacer de ti un objeto decorativo, una máquina reproductora de vástagos, otro activo amortizable en su cartera de inversiones estratégicas. ¿Es que no lo ves?
Quizá estaba siendo injusto con él y, por qué no decirlo, con el banquero genérico también, si es que tal cosa existe. Pero ya sabéis que en el amor, como en la guerra, todo vale. Odiaba a Ataúlfo Ratero, aborrecía su buena estrella porque su luz eclipsaba la mía, y estaba dispuesto a crucificarle con cuantos clavos ardientes pusiera a mi disposición mi desesperado ingenio.
-Un día te despertarás entre las sábanas de seda de una cama vacía. Él habrá pasado otra noche fuera y tú te preguntarás cuándo fue que te acostumbraste a ser infeliz. Entonces te acordarás de mí y me buscarás sin éxito, porque ya no estaré cerca: me habré llevado mi dolor al desierto, donde nadie pueda encontrarme. Allí sobreviviré a base de alacranes y sangre de camello. De día contaré los granos de arena para engañar al tiempo, de noche erraré bajo los gélidos luceros del firmamento, eternamente atormentado por tu recuerdo.
-Ostras, tío, realmente estás como una cabra, ¿eh? -dijo la hermosa agente de viajes, y volvió a reírse de esa forma tan dulce con la que ya me hubiera asesinado antes-. Ataúlfo es un buen muchacho. Me quiere mucho, y se muere por mis huesos; además, es cierto que llegará a ser alguien. Talento no le falta, y el respaldo de una familia de pro tampoco. Los Ratero mantienen poderosos contactos en las altas esferas políticas, intereses económicos múltiples en España y el extranjero y alguna que otra cuenta en opacos paraísos fiscales. Mira, mira qué anillo de diamantes, zafiros, esmeraldas y rubíes me ha regalado por mi cumpleaños-concluyó, tirando al estercolero todos mis argumentos. El protobanquero me había derrotado, y no me quedaba otra opción sino desearles buena suerte e irme con viento fresco. Como premio de consolación, Jénifer me dio un beso fugaz en la mejilla, que envolví en el paño de mi tristeza, y dijo:
-Hasta luego, Tristán, si todo sale bien, volveremos a vernos muy pronto.
Animado por dicha perspectiva, cubrí en un pispás el breve trayecto que me separaba del garito que había en el otro extremo de la calle. Allí tenía que preguntar por la señora Maruja, la anfitriona, de quien podía decirse, estirando mucho el concepto, que era la generosa mecenas que iba a financiar mis vacaciones literarias. Si mi olfato de escritor no me engañaba, Oculta me había puesto sobre la buena pista. Allí podía haber una historia, quizá la historia que llevaba un año buscando, pero ¿cómo estar seguro, si todos parecían empeñados en darme la información con cuentagotas? Tendría que esperar y estar atento al lento desarrollo de los acontecimientos.
Y así fue como, sin ser consciente todavía del tremendo jaleo en que me estaba metiendo, entré por vez primera en El urogallo borracho, dando comienzo a la azarosa epopeya en la que me he visto envuelto y que constituye el núcleo verdadero de esta detallada crónica que confío todavía tengáis el buen gusto y la santa paciencia de conservar entre vuestras zarpas.
Fin del capítulo segundo ![]()



Piano sanchez dijo
coño... ya terminaste el segundo capitulo?
este tristan es un poco la indecision pura y dura parece gallego que no sabe si va o si viene... si le gusta una mujer u otra u todas... me gusta me gusta...ya es mi idolo... aunque prefiero que acabe con oculta, pero por lo de la trufas y eso... ejeje
un saludon.
1 Abril 2009 | 10:45 AM