27. Kutre story, una novela on-line. Capítulo tercero: el urogallo borracho (I)
El barman era un tío joven, alto y fondón. Arremangadas, las mangas de la camisa dejaban al descubierto la robustez de sus antebrazos, que llevaba provisionalmente en jarras y permanentemente cubiertos con profusión de tatuajes, rematados por dos puños como dos jamones que descansaban, cerrados, sobre las caderas. Tenía cuello de toro, sendas aretas de plata adornando sus peludas orejas de soplillo y un extraordinario labio inferior que colgaba víctima de su propio peso.
-Buenas tardes -dije, apoyándome con soltura en la barra y golpeando, de paso y con un codo, un vaso de cuello alto que, hubiera jurado, un momento antes no estaba allí, el cual cayó sobre la barra causando gran estrépito por ser aquélla de aluminio, aunque sin llegar a romperse aun siendo éste de vidrio. Musité un "joder, qué susto" y, ofreciendo una disculpa, volví a ponerlo de pie. Pero el mal ya estaba hecho: una salsa espesa y negruzca en la que descollaban un puñado de grumos grisáceos se extendía, lenta pero segura, sobre la barra, dejándola hecha un asquito.
-Una balleta, tronco, ipso facto -solicité. Agarré un puñado de servilletas de papel para paliar, cuando menos y por la vía rápida, tamaño desaguisado. El barman, que se encontraba demasiado cerca como para no haberse dado cuenta de cuanto ocurría, siguió enfrascado en la lectura de su periódico, como si nada de lo que aconteciera fuera de aquel fuera con él. No tardé en abandonar la limpieza; si a él, que estaba a cargo, no le importaba, a mí tampoco.
-Buenas -reiteré-, ¿estará la señora Maruja, por un casual?
Silencio. Estiré el cuello hasta casi rozar una de sus patillas de bandolero para repetir el toque de atención, obteniendo por toda respuesta el mismo mutismo obstinado y antipático. Aproveché aquella falta momentánea de entendimiento entre caballeros para lanzar una mirada valorativa alrededor. Un hombrecillo de raído traje gris y descuidadas barbas daba de comer a una máquina tragaperras, que premiaba su generosidad vistiéndose de vistosas luces de colores e interpretando su repertorio de musiquillas psicodélicas. En el extremo más alejado de la barra, un par de cabezas rapadas habían dejado de deglutir los contenidos de lo que colige eran jarras de calimocho y me miraban ceñudos. Cuchicheaban entre ellos. Iban ataviados con bufandas y camisetas que delataban su condición de incondicionales seguidores del club de fútbol más famoso de la ciudad, el equipo de gran solera y brillante historial, vencedor por los campos de España, de cuya cantera habían surgido grandes valores que nadie ni nunca podrían jamás olvidar: con éstas o similares palabras, y pensando que al fin aquella temporada parecía que nuestro equipo volvería a revivir sus viejos laureles, si en un tiempo verdes y gloriosos, hoy amarillentos y apolillados, entoné con cierta nostalgia y sin poder reprimir unas lagrimillas de emoción el himno de mi entrañable, mi querido Sporting de Gijón. Y así fue que aquellas gentes sencillas y primarias no tardaron en unirse a mi cántico, y así fue que en mi cántico les recibí. Quién fuera como ellos, pensé con una pizca de sana envidia mientras botábamos entrelazados por los hombros; quién pudiera sentir la llamada de los colores y dejarlo todo, renunciar a todo progreso material y espiritual para entregarse en cuerpo, cabeza calva y alma a la magna empresa de servir a una causa superior. Cuando, ya algo afónicos, nos hartamos de dar la nota, nos regalamos una estruendosa ovación, y tras lanzar repetidas veces el grito de ¡puxa Sporting! nos separamos con apretones de manos, palmaditas en la espalda, intercambio de banderines, llaveros, camisetas resudadas y demás parafernalia conmemorativa, junto con las respectivas direcciones de correo electrónico. Ellos salieron a la calle, y yo volví a pasear la mirada ociosa por el local.
El recinto formaba una gran ele mayúscula invertida, con una antesala estrecha y alargada que desembocaba en una sala interior que se internaba hacia la derecha, por detrás de la barra. Mal iluminado, de aspecto sórdido y decoración minimalista, por no decir rácana, entre la que convendría citar un par de banderillas cruzadas en aspa sobre un cartel taurino, una bandera rojigualda que incorporaba en el centro el escudo con el águila de San Juan Evangelista, el yugo y las flechas, así como una partida de papanoeles que parecían empeñados en colgar sus diminutas escalas de cuerda de los ventiladores de elongadas aspas del techo o entre los desconchones estratégicamente situados para acentuar el aire de infeliz abandono que ofrecían unas paredes pintadas de dudoso blanco. Tras el recodo que había al final de la barra asomaba la esquina, tapizada de verde, de una mesa de billar. Al fondo, una mampara plegable de plástico aparecía entreabierta para dar acceso a una estancia -un comedor, como averiguaría más adelante- que se encontraba a oscuras.
Una serie de mesas de madera con sus respectivos juegos de sillas salpicaban toda la superficie del local, acentuando sin embargo la sensación de vacío que transmitía. "El negocio no parece muy boyante", pensé. Sin contarnos a mí y al ludópata del traje gris, que permanecía enchufado a su máquina, allí no había nadie. Bueno, si exceptuábamos al barman, claro está. Dejé escapar un ruidoso bostezo, por ver si aquel gesto le hacía reaccionar, cosa que no sucedió, por lo que me sacudí de encima las telarañas que en el ínterin habían ido prosperando sobre mi joven persona y me acerqué de nuevo a él, que seguía en el mismo sitio y adoptando la misma estampa de botijo que tenía cuando le encontré.
-Ejem, ejem -dije-, perdona que te moleste, colega, pero... ¿Hola? ¿Hay alguien en casa? Repanochas, tío, vaya orejas más grandes tienes. Desde luego no son para oírme mejor.
Había algo en su actitud que no era normal. Sus pequeños y achinados ojos castaños tenían la mirada ida, y las pupilas, muy dilatadas, se clavaban en un punto fijo e indeterminado del espacio que se abría inmediatamente por encima del periódico que había desplegado sobre la barra. Pasé una mano, repetidas veces, por delante de su cara, sin que por ello se le alterase el semblante; ni siquiera se permitió un leve parpadeo. En un arranque de temeridad le cogí tentativamente por el labio inferior, que no sólo era de dimensiones extraordinarias, como ya he comentado con anterioridad, sino también muy elástico, bastante más que los lóbulos de sus orejas, lo que tuve ocasión de comprobar acto seguido. "Aquí hay gato encerrado", pensé. Saqué de la cartera un billete de diez euros, el único que llevaba encima, y lo acerqué a sus fosas nasales. Aquel truco casi nunca fallaba: los efluvios de la abundancia no tardaron en surtir el efecto deseado.
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(Continuará...)




Mayca dijo
O sea, que en el siguiente capítulo es cuando nos explicas por qué el protagonista está hablando con un muñeco de esos en forma de mayordomo que hay en un montón de sitios ¿no? jejeje
Vale que tú no seas el de la novela pero.......... ¿fanático del Sporting? es innegable que tiene muchas cosas en común contigo.
Besos y torrijas.......¡¡y collejas!!
3 Abril 2009 | 01:41 PM