28. Kutre story, una novela on-line. Capítulo tercero: el urogallo borracho (II)
-¿Eh? ¿Qué? ¿Quién? ¡Quietos todos! ¡Feliz Navidad! -exclamó el barman, a todas luces desconcertado. Al verme allí, parapetado al otro lado de la barra y, por qué no decirlo, algo encogido por causa del susto que me había ocasionado su extemporánea salida, sus espesas cejas dibujaron sendos signos interrogativos, anudándose luego en un fruncimiento que denotaba que su dueño acababa de tener un pensamiento revelador-. Joder, no me digas que me ha vuelto a pasar: me he quedado traspuesto, ¿verdad?
-Eso parece, tronco -dije.
El barman se llevó las yemas de sus morcillas digitales a las sienes. Al masajearlas, parecía como si estuviera accionando un mecanismo interno que le hacía guiñar los ojos, arrugar y desarrugar las napias y meter y sacar la lengua en armoniosa sincronía. Luego se cubrió la cara con ambas manos y se la frotó a conciencia.
-Joder, qué cruz la mía colega, pero qué cruz -dijo, tras descubrirse el semblante-. Te parecerá vergonzoso que descuide así mis deberes para con la clientela. No, no hace falta que lo niegues, estoy acostumbrado a sufrir todo tipo de juicios apresurados. He de admitir que, a primera vista, mi conducta no tiene excusa que valga. Pero si me permites que te ponga al corriente de mis tribulaciones, enseguida comprenderás que soy más digno de compasión que de censura.
Estaréis conmigo en que, con lo que me había costado que estableciéramos contacto, no iba a arriesgarme ahora a echarlo todo a perder haciéndole un feo, por lo que me armé de paciencia e hice un vago gesto de resignado consentimiento, que él interpretó como la señal que estaba esperando para proseguir como sigue:
-Has de saber que yo antes no era así, al contrario, los que me conocen podrán decirte que siempre me he distinguido por ser un muchacho energético y vivaz, un torrente de vida, como quien dice. Esta apatía mayúscula, este inmenso sopor del que acabas de ser testigo, esta idiocia existencial mía, no es sino el reflejo sintomático de la penosa condición a la que me he visto condenado por causa de un poderoso influjo hipnótico.
-Qué me dices, tronco.
-Lo que oyes, tío. Resulta que, hará cosa de un año, acudí a los estudios de la televisión local a disfrutar de un espectáculo de magia en vivo y en directo. En un momento dado de la actuación el prestidigitador, que afirmaba poseer poderes hipnóticos, se dirigió al público asistente y pidió un voluntario para someterle a un sencillo experimento de mesmerismo. Sin pensármelo dos veces salté al ruedo. El prestidigitador me pidió que me relajara y observara el movimiento oscilante de un péndulo que a tal efecto había sacado de la chistera. Así lo hice. Sentí que me invadía una sensación de ingrávida dicha, y que los párpados me pesaban como si estuvieran hechos de plomo. De repente abrí los ojos y ¡zapatetas!, ¿pues no estaba todo el mundo en porretas? Te lo juro tío, todos, incluidas las azafatas, sobre todo las azafatas, y no veas lo buenorras que estaban. Mientras me estaba dando tan opípara merienda visual el mago pasó a ejecutar el siguiente número en su repertorio. Ay, en mala hora lo hizo. No se sabe a ciencia cierta qué es lo que salió mal, si es que recitó el conjuro equivocado, o acaso dio un mal pase con su varita mágica, tal extremo no ha llegado a aclararse, porque instantes después se produjo un fogonazo del que surgió una nube de humo rosa que, al despejarse, nos mostró al mago convertido no ya en el conejo gigante de la suerte que nos había prometido, sino en una pulga circense, cuyos tamaño e innata aptitud para el salto aprovechó el muy tunante para perderse en el boscoso triángulo púbico de una hembra de ampulosas y algo celulíticas caderas y exuberante melonar que a la sazón se encontraba dando grititos de júbilo entre la audiencia. Las malas lenguas dicen que el mago estaba cargado de deudas y lo había planeado todo para fugarse del país, aunque éste es un extremo que aún no ha podido ser aclarado, ya que al día de hoy todavía no ha vuelto a saberse de él. Fue su ayudante el encargado de sacarme de la hipnosis, pero aquél resultó ser un joven aprendiz que trabajaba para el mago sujeto a los imponderables de un contrato basura, no había cobrado las tres últimas mensualidades y carecía de la motivación, los conocimientos y la experiencia requeridos para realizar aquella delicada operación reversiva, por lo que si bien es cierto que, tras realizar varios pases fallidos, consiguió deshacer el encantamiento, no lo es menos que desde entonces he quedado sometido al capricho de esta nefasta secuela que, si es que los cielos o la ciencia no lo remedian antes, mucho me temo terminará por arruinarme la vida. Así, sin previo aviso, caigo en un trance profundo como el que acabas de ser testigo, cuyas naturaleza y orígenes tienen alucinados a cuantos especialistas he tenido ocasión de visitar; y créeme, son muchos.
-No somos nada, tronco.
-Es una putada, colega, una auténtica putada. Y ni siquiera me queda el consuelo de poder desnudar a las nenas con la mirada. Pero me está bien empleado: si una lección he aprendido es que los programas de televisión son para verlos desde el confort y la seguridad que proporcionan el sofá de tu casa y la pantalla del televisor. Eso sí, tengo a los de la tele metidos en un pleito criminal que, como lo gane, me retiro. Como lo oyes. Pero ya está bien de cháchara, tampoco quiero agobiarte con mis asuntos, bastante tendrás tú con los tuyos. Soy un barman, y estoy aquí para servirte, así que dime, ¿qué se te ofrece, amigo, en qué puedo ayudarte?
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(Continuará...)




Mayca dijo
jejeje, vale, la verdad es que el argumento del trance es muy bueno y no le falta nada de imaginación, pero ¿por qué tenía los labios tan elásticos? eso no me ha quedado claro.
Besos y collejas
6 Abril 2009 | 11:38 AM