31. Kutre story, una novela on-line. Capítulo cuarto: El enviado (I)
Volaba: Merced a un encantamiento propiciado por el divino Argifontes, transfigurado en un portento de urogallo raudo y ligero sobre el anchuroso y bravío mar yo volaba. Empujado por vientos favorables había dejado atrás las cumbres nevadas de la Cordillera Cantábrica. Enfrente las costas de la pérfida Albión ya se perfilaban. Planeé grácilmente siguiendo el tortuoso contorno de los acantilados hasta divisar un conjunto de ruinas que surgían de la maleza como espectros resistiéndose a desaparecer en la sima del olvido. Vi pórticos destrozados, muros destruidos, techumbres desplomadas, oráculos semienterrados en las cenizas, altares hechos pedazos, calzadas rotas que la hierba devoraba. Destacaban, por su belleza melancólica, los restos de cinco pilares de mármol cuya geometría pentagonal sobrevolé en círculos concéntricos. Descendí hasta posarme en la estatua truncada que dominaba su centro. Era una figura antropomórfica de armoniosas proporciones que portaba un libro y una llave. Aun decapitada como estaba, conseguía transmitir ese orgullo antiguo, desesperado y heroico con que unas manos prescientes se habían propuesto obtener de la roca la inmortalidad en fuga. Y en aquel muladar de cascotes que la naturaleza no dejaría de triturar hasta que no quedase ni el asomo de una huella, sentí que los sueños de los hombres se reflejaban. "Pero no tiene por qué ser así", pensé, "porque el futuro aún no ha sido escrito". Cualquier cosa es posible, había dicho el filósofo: desde la extinción de la especie, hasta el progreso ilimitado, todo y nada cabe en un mañana que aún no existe, pues se va creando a sí mismo sobre la marcha. Poco a poco, había ido desembarazándome de mi plumaje de urogallo hasta quedarme desnudo. Recuperadas mis formas humanas, me había sentado en el filo del acantilado a rumiar tales pensamientos cuando mi atención se vio distraída por el singular acto que estaba siendo escenificado algo más abajo, en una pequeña concha arenosa, donde una muchacha de hermosura sin igual forcejeaba por liberarse de las ligaduras que la mantenían atada al mástil de un chupachús gigantesco empalado en la arena. Las olas salpicaban sus largas piernas de alabastro y empapaban la fina y blanca túnica que vestía, envolviendo su escultural cuerpo en una delgada película hecha de reveladoras transparencias. Regocijado, sentí cómo mi miembro eréctil se enardecía, y al palparlo noté que dos singulares ramificaciones habían crecido en los costados de su gruesa y recia base. Eran dos pequeñas alitas. Apenas las vi que cobraron movimiento impulsando al enhiesto falo hacia delante, que se desprendió de mí sin esfuerzo y echó a revolotear alegremente como lo haría una mariposa entre las florecillas silvestres.
-Eh, tú, vuelve, que me dejas sin descendencia -exclamé. Ignorando mi súplica, el falo alado bajó a posarse sobre los cabellos de la muchacha, cuyas facciones, que antes me habían pasado inadvertidas, alcancé a reconocer de inmediato. "Qué carajo, los muertos al hoyo y el vivo al bollo", pensé.
-Hola Jénifer -grazné-, ¿verdad que el mundo es un pañuelo?
-Deja de machacártela, imbécil -dijo la dulce agente de viajes-, y date prisa. ¿No ves que están subiendo las aguas y mi situación es desesperada?
-¡Ea!, ahora bajo y te suelto. Pero antes has de prometerme que libaremos juntos de la copa -dije. A lo que ella respondió:
-Alabado sea el Señor. Parece que ya vuelve en sí, la criatura, aunque está diciendo unas cosas muy raras, ¿no crees?
¡Un momento! Aquélla no era su voz, sino otra, desconocida y cascada. Un manto de tinieblas cayó sobre mí. Jénifer había desaparecido. No podía sentir su presencia. La llamé, a grandes voces, pero no obtuve respuesta. "!Jénifer! ¿Dónde estás, Jénifer?" El angustioso eco de mi lamento reverberaba para decirme que volvía a estar solo, como al principio de los tiempos, en aquel cuarto vacío donde no había ventanas ni una grieta o resquicio para la luz del sol. Entonces se alzó el telón y me encontré en un espacio amorfo y blanquecino lleno de manchurrones vacilantes en el que los contenidos parecían desbordar los límites desdibujados de los continentes; formas y volúmenes, ángulos y perfiles eran conceptos inexistentes. A intervalos regulares, el silbido que todo lo preñaba decrecía en intensidad, dejando paso a un trasfondo de risas y voces remotas. No sabía qué hacía ni cuánto llevaba allí postrado y, lo que era peor, me resultaba imposible determinar quiénes eran los dos borrones que, envueltos en un halo de cegadora albura, me contemplaban desde sus alturas de vértigo.
-¿Dónde estoy? -gemí, e hice ademán de incorporarme. Un ramalazo insoportable de dolor amenazó con partirme en dos la cabeza-. ¿Quiénes sois? ¿De dónde venís? ¿Por qué me habéis abducido?
-Pues yo creo que está sonado, vieja. Tristón, colega, ¿puedes oírme? -dijo Belfo, el barman, despejando una de las incógnitas que mayor angustia me estaban ocasionando. Dije que sí con un gesto, que acompañé de un leve quejido.
-Tómatelo con calma, hijo -dijo aquella voz de mujer que hubiera escuchado antes-; coge esto, es una bolsa de hielo. Sujétala así, contra la sien. Eso es, yo te ayudo. Te está saliendo un chichón muy feo. Ay por Dios por Dios, que no gana una para disgustos. Es mejor que no te levantes, descansa un poco.
Me sentía exangüe, por lo que hice lo que se me aconsejaba y permanecí en posición supina. Apliqué la bolsa de hielo contra el foco de palpitante dolor. Tras proferir una serie de quejidos lastimeros, conseguí articular la siguiente pregunta:
-¿Qué ha pasado?
-Jo tío, ¿es que no te acuerdas? -dijo Belfo, el barman-. No veas la hostia que te has dado. Fue la vieja quien te encontró. Tras tomarte el pulso y comprobar que aún respirabas, te trajimos a la cocina, lejos de miradas indiscretas. ¿Verdad, vieja?
-Verdad, hijo, verdad. Y no digas palabrotas, con las que dice tu padre nos basta y nos sobra. ¿Qué va a pensar el enviado? -la mujer tomó mi mano, la besó y sometió al tacto áspero de sus caricias-. Cuando Belfo vino a decirme quién eras y qué asunto te traía hasta mí, supe que el Altísimo, en su infinita misericordia, había escuchado mis plegarias y me enviaba a uno de sus siervos. Antes de salir a recibirte, me hinqué de rodillas y di fervientemente las gracias al Creador de todas las cosas. Estaba persignándome tras decir amén cuando escuché unos gritos de espanto, como si se hubiesen abierto de par en par las puertas del infierno y hasta aquí llegasen los lamentos de los condenados. Alarmada, salí al bar sartén en mano. El espectáculo que me encontré era dantesco. Tú, criatura, yacías inconsciente sobre el suelo. A tu lado gravitaba mi Belfo: sufría uno de esos ataques de hipnosis crónica a los que nos tiene acostumbrados. Un poco más lejos había dos hombrecillos que, enzarzados en cruenta batalla, identifiqué como los causantes de tanta blasfemia, grito y pandemónium como me habían alertado. Luego de sacarles a la calle a sartenazo limpio, chasqué los dedos tal que así -y chascólos bien chascados- pa´spabilar a Belfo y pedirle que me ayudara a socorrerte. De esto no hará más de veinte minutos. Estábamos discutiendo los pros y los contras de llamar a una ambulancia cuando recuperaste el sentido. Pero dime, ¿te encuentras mejor?
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(Continuará...)




lluna dijo
Hola Odys,
Alucinante. Ha habido un momento que yo creía volar junto a Tristan por los acantilados de la costa Británica contemplando a vista de pájaro todo ese cúmulo de ruinas.
Supongo que el porrazo se produce al lograr despegarte de la barra.
Aunque esperaba más información de Maruja, Eva María y el trabajito, ese viaje alucinante del principio me ha dejado...cómo decirlo...impresionada.
Besos!!!
13 Abril 2009 | 09:54 AM