34. Kutre story, una novela on-line. Capítulo cuarto: el enviado (IV)
-¿Verdad que sí? Son auténticas piezas de coleccionista. En España es imposible conseguirlas, porque no llegaron a ponerse a la venta. Tengo familia en Venezuela, una prima segunda que emigró con sus padres allá por los sesenta. Fue ella quien me las envió. Es una pena, pero las telenovelas están demodé, hay que reconocerlo, las que hay ya no son como las de antes. Todos los días veo un capítulo, por lo menos, para recordar viejos tiempos. Yo estaba enamorada de Alfredo Mata. Platónicamente, se entiende, porque una es, ante todo, mujer casada, piadosa y decente. Menudo galán era él. Caballeroso, gentil, galante... ¡y tan guapo!
-Tristón, colega, traigo malas noticias -dijo Belfo, el barman, que había entrado en la cocina pisándole los talones a su madre. Llevaba una máscara de gas puesta, de la que se desembozaría antes de ponerse a hablar conmigo-. Joder, no veas lo que me ha costado recuperar tus pertenencias. He tenido que emplearme a fondo, hasta que al final me he visto obligado a hacer uso del salfumán. No sé cómo decirte esto, ejem, ejem, mejor lo ves por ti mismo.
Casi me dio un soponcio al abrir la bolsa de plástico que me entregó, junto con un juego de llaves que reconocí como propio, para que revisara su contenido. De mis pantalones vaqueros sólo se habían salvado las perneras, y en una pelota de jirones reconocí lo que quedaba de mis gallumbos de seda. Esto fue lo que más me dolió, porque había pagado por ellos una pasta considerable. Eso sí, mis zapatillas deportivas estaban intactas. Llevé la copa de brandy al coleto y la vacié de un trago.
-No tiene importancia -mentí-, al fin y a la postre la culpa es mía.
-Eso sí que no, Tristón, las cosas como son: al pan pan y al vino vino, la culpa es de los jodidos chinos -dijo Belfo, el barman-. Sí vieja, no pongas esa cara. Hoy en día toda la ropa viene de la china mandarina, y la calidad de sus tejidos deja mucho que desear. Y si sólo fuera la ropa... Los muy limones están inundando los mercados mundiales con sus mercancías. De esta forma, mientras la atención de los yanquis se ve distraída por enemigos más ruidosos y sanguinarios, ellos se van adueñando del planeta a la china callando. Imagínate, mil doscientos millones de chinos -porque allí curran todos, no os vayáis a creer, hasta las abuelas, los políticos y los niños de teta- trabajando de sol a sol y sin cobrar un duro, hostia, porque como son rojos lo hacen todo por amor al partido, que no hay derecho hombre, que están poniendo en peligro nuestro nivel de vida, porque ya me diréis a mí cómo vamos a competir nosotros sin tener que renunciar a un salario digno.
-No sé, hijo, una siempre creyó que los chinos eran amarillos, pero si tú dices que son rojos, rojos han de ser.
-Mira vieja, calla y aprende un poco, que tú de estas cosas no entiendes. A los chinos les lavan el cerebro nada más nacer. Para ello las autoridades se sirven de una técnica de condicionamiento infantil que han desarrollado con éxito basándose en el revolucionario trabajo que en este campo realizara..., realizara..., cómo se llamaba hombre, si lo tengo en la punta de la lengua, ah sí, Adolf Husky, un visionario científico alemán de principios del siglo pasado que se fugó a la China al finalizar la Primera Guerra Mundial.
-Ignoro de dónde has sacado tu información, pero me temo que es errónea -dije-; si no me equivoco, apostaría a que te refieres a Aldous Huxley, uno de los escritores ingleses más relevantes del siglo veinte. En su novela Un mundo feliz Huxley describía técnicas de condicionamiento infantil cuyo objetivo era mantener el orden social controlando la mente del pueblo, pero la trama se desarrolla en un mundo ficticio y distópico ¿sabes?, en un futuro de su invención. Y nunca trabajó para los chinos, es más, creo que llegó a vivir buena parte de su vida en los Estados Unidos.
-Qué va, no puede ser, tronco, ese Aldus del que hablas debe de ser otro distinto del mío. Yo lo he leído en internet, y como bien sabes no hay fuentes más fiables, contrastadas y seguras que las de la red.
-Es que mi Belfo es un autodidacta, pero últimamente, entre lo que le cuenta el ordenador y lo que encuentra él en las páginas de economía del ABC, está de un erudito que no hay cristiano viejo que le entienda. Pero dejémonos de monsergas. Lo primero es lo primero y lo primero es proporcionarle al enviado unos pantalones y una muda limpia. Tú no te preocupes, criatura, que no permitiremos que salgas a la calle con esa facha. Te alegrará saber que vivimos aquí mismo, en el piso de arriba. Si te parece, subimos y rebuscamos entre el vestuario de mi hijo. Aunque te saca dos cuerpos, algo encontraremos que te quede bien.
-Pues si me disculpáis, yo me las piro -dijo Belfo-. Vosotros tenéis cosas de que hablar, y yo una clientela que atender. Hoy es viernes, así que dentro de nada empezaremos a tener jaleo. Y encima el viejo está que trina. Son más de las seis y su pareja del tute aún no ha llegado. Nos vemos luego, Tristón, ha sido un placer.
Poco después de que se fuera Belfo, la señora Maruja y yo abandonamos la cocina de El urogallo borracho, cruzamos un pasaje de paredes ennegrecidas por la humedad, dejamos atrás un vano cuya cortinilla reconocí como la que daba acceso al bar y fuimos a dar, a través de otra puerta, a un zaguán débilmente iluminado por el alumbrado público que a través de los tragaluces llegaba de la calle, donde ya estaba anocheciendo. Allí tomamos una escalera con pasamanos de hierro colado y pétreos peldaños que nos conducirían a la vivienda que en el piso inmediatamente superior daba cobijo a los Matamoros. Se trataba de una casa de aspecto lóbrego, adusto mobiliario, ceñuda techumbre y suelos de madera que gruñían amenazas bajo el peso de nuestros pies. La señora Maruja me llevó hasta la habitación de Belfo, donde me proporcionó unos calzoncillos blancos adornados de cerezas y con cinturilla elástica, calcetines, un par de pantalones negros de pinzas aquejados de elefantiasis y un cinto con que domeñarlos, y me dejó a solas para que me vistiera. Al ponerme los pantalones, noté un bulto considerable en uno de los bolsillos. Resultó ser un tarro de cristal en cuya etiqueta adhesiva podían leerse las palabras Psilocybe cubensis escritas a mano. Estaba lleno de unas setas pardas, de pequeñas cabezas con forma de pezón y alargados tallos filamentosos. Mi primer impulso fue el de dejarlo allí, sobre la mesita de noche o en alguna estantería, pero luego lo pensé mejor; sería más prudente entregárselo a Belfo en mano en cuanto tuviera ocasión, así que volví a guardarlo y salí al encuentro de mi anfitriona.
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(Continuará...)





Jose Alberto dijo
La vida está llena de analistas y eruditos.. - la competencia me acecha- .Hasta en tu novela me ha tenido que salir uno de ellos, el señor Barman, que tiene unas teorías un tanto inquietantes acerca de los chinos..
Yo pensaba que Tristán iba a aprovechar el momento de quedarse sólo con Maruja para pasar al ataque, pero parece que el chico nos ha salido tímido..
Como siempre, nos quedamos con ganas de más.. en este caso para saber qué son las "Psilocybe cubensis".. que me da a mí que son alucinógenas... o algo :-)
Cheers, escritor¡¡
20 Abril 2009 | 02:58 PM