36. Kutre story, una novela on-line. Capítulo cuarto: el enviado (VI)
-Por supuesto que no, adelante, faltaría más. Ahí tienes un cenicero. Y bien, así que Tritón, déjame decirte que tienes nombre de mensajero, eso es buena señal; ejem, ejem, confío en que a pesar de esta serie de incidentes sin importancia, tu ofrecimiento siga en pie -dijo mi anfitriona. Se la veía nerviosa, ahora que, ¡albricias!, se disponía a entrar en materia.
Respondí, con suma cautela y tacto exquisito, que a lo único que me había comprometido era a mantener una charla con ella, entre otras razones porque Jénifer, la hermosa agente de viajes, no había considerado conveniente prodigarse en detalles, limitándose a poner en mi conocimiento que una persona, la señora Maruja para ser exactos, tenía una proposición pecuniaria que hacerme -un trabajito, por decirlo con sus propias palabras, para cuya ejecución me vería obligado a desplazarme a Londres, con los elevados gastos que ello conllevaba, pero que así y todo ella, la señora Maruja, no tenía por qué preocuparse, ya que mi disposición a rechazar o aceptar el encargo iba a depender en exclusiva de los términos en que se fundamentase su oferta y en ningún caso resultaría influida por unos hechos fortuitos de los que nadie, repetí, nadie, era culpable.
Deslicé un segundo cigarrillo fuera del paquete de Docudas rubio y me serví del rescoldo moribundo del primero para prenderlo. Tras una aspiración que prolongué deliberadamente en exceso, resoplé la humareda resultante con fuerza -yo diría incluso que hasta con saña, cuidándome de apuntar hacia el cansino pepito grillo que, vistiendo aquella chistera reluciente y un chaleco negro de punto, apoyaba su petulancia de petimetre en un bastón de caña de bambú mientras me interpelaba desde el borde del cenicero, exigiéndome que pusiera cabal término a mi insensata incursión en los dominios de la malvada reina doña Nicotiniana. Desapareció el insecto por mí fumigado entre reniegos y tosecillas, con lo que pude respirar tranquilo y centrarme en el diálogo que estaba manteniendo con mi anfitriona. Lo comedido y prudente de mi discurso parecía haberla tranquilizado, pues sonreía de forma franca y distendida. Caí en la cuenta de que le faltaban algunos piños, los dos incisivos superiores o paletos -que es el otro nombre con el que se los conoce en mi pueblo, para ser precisos. Esta nueva faceta suya, que le daba un aspecto entre grotesco y desamparado, me causó una honda impresión que quizá dejó traslucir la expresión de mi semblante, porque la sonrisa se esfumó de sus labios, y en su lugar dibujóse un rictus azarado que cubrió llevándose una mano al bozo, lo que no fue óbice para que cuando volvió a retomar la palabra su voz vibrara en una frecuencia que transmitía optimismo y esperanza:
-¡Pero si es muy sencillo! Todo lo que tienes que hacer es acudir a la dirección en Londres que una servidora te proporcionará y entregarle una carta, en persona, a mi hija Eva María, y a nadie más que a ella. A cambio, estoy dispuesta a darte mil quinientos euros. Con ese montante podrás afrontar todos tus gastos, billete de avión incluido, y aún te sobrará más de la mitad para gastártelo a tu libre albedrío.
Me quedé mirándola de hito en hito. ¿Una carta? ¿Eso era todo? ¿Iba a gastarse mil quinientos euros en enviar una carta al otro lado no más del canal de la Mancha?
-Y digo yo, ¿si no le saldría más barato echarla al buzón? -pregunté, algo perplejo, por no decir amoscado.
-Ojalá fuera tan fácil, pero no lo es.
-Además -la interrumpí-, si no lo entendí mal, Jénifer sugirió que el trabajo iba a durar una semana.
-Es posible que Eva María ya no viva en la dirección que te voy a dar. Si tal es el caso -y Dios no lo quiera, tendrías que hacer algunas averiguaciones, preguntar a los inquilinos actuales, ver si das con su nueva dirección, o si saben dónde trabaja, ir a buscarla allí..., ¿me sigues? Es un tema que he hablado con Jénifer largo y tendido; entre las dos hemos calculado que una semana es un plazo razonable para tratar de encontrar a una persona como mi hija, si es que no está tratando de esconderse, de lo que tampoco estoy segura. Igual ni siquiera hace falta que emplees tantos días, no lo sé, lo más probable es que encuentres a la nena enseguida, que cuando toques al timbre sea ella quien salga a recibirte, o su novio, o cualquier otro compañero de piso que confirmará que Eva María sigue residiendo allí. Si así fuera, una vez hayas entregado la carta a mi hija podrás disponer del resto de tu tiempo a tu antojo, hacer turismo, volver a Gijón, lo que quieras. Y si expirada la semana no hubieras tenido éxito podrás dar por finalizadas tus pesquisas y tomar el primer vuelo a casa.
Una sombra de preocupación había surgido para nublar su mirada. La señora Maruja permaneció unos instantes pensativa, como si estuviera debatiendo algo consigo misma, y luego añadió: -Rara vez me equivoco con la gente. Tú pareces buena persona, y si el Señor te ha puesto en nuestro camino, será por algo. Supongo que, si vas a ayudarnos, es de justicia que te ponga en antecedentes.
Antecedentes, queridos lectores, que son, tal y como ella me los refirió, los siguientes:
Corría el mes de marzo del año anterior al que cursábamos cuando, para gran disgusto de sus padres, la pequeña y díscola Eva María Matamoros había hecho la maleta partiendo con rumbo desconocido. Aquella mañana la señora Maruja había entrado en el cuarto de su hija para encontrarse una sucinta nota por toda despedida:
No lo aguanto más. Me voy a Londres con unas amigas. No te preocupes, en breve recibirás noticias mías. Tu hija, Eva María.
Y así fue como cinco días después la atribulada madre recibiría una llamada de su hija -cómo no, a cobro revertido: la muchacha se hallaba en Londres, había encontrado trabajo como camarera y, en cuanto ahorrara lo suficiente, iba a iniciar estudios de arte dramático. Aseguraba estar bien y muy ilusionada. Hollywood era su meta, y su límite las estrellas. Por si esto fuera poco, Eva María también anunció que se había echado un noviete, un poeta vanguardista de nombre Alberto Rijas a quien quería mogollón y con el que ya vivía arrejuntada. Aunque la señora Maruja era una católica practicante y muy decente señora a quien le horrorizaba horrores que su nena viviera en un estado permanente de mortal contubernio que un día habría de condenarla irremisiblemente a las llamas del Infierno, en donde su alma pecadora ardería y consumida en llamas agonizaría y olería a chamusquina por siempre jamás, también era consciente de que éstos que corrían eran tiempos muy distintos de aquellos en los que a ella le había tocado correr, pues hoy la juventud vivía desmadrada y al margen de las leyes divinas, la moral y las buenas costumbres, saltándose a la torera los preceptos de la santa madre Iglesia para mayor complacencia de una sociedad que estaba sacrificando la formación cristiana de sus hijos en aras de una modernidad y un progreso más que discutibles, una sociedad que confundía libertad con libertinaje, despreciaba la castidad y hacía de la lujuria el estandarte y el signo de nuestra época; no le había quedado, pues, a la buena señora más remedio que aceptar estoicamente la decisión, por lo demás ya consumada, de su negra ovejita pródiga, aunque no dejaba pasar un día sin que le rezara a la Virgen de Covadonga para que intercediera ante el Altísimo por la eterna salvación de su alma.
-Lo único que le imploré -prosiguió- fue que fuera prudente, practicara el sexo seguro, inculcara en su pareja la conveniencia de ejercitar ese método anticonceptivo que goza de la bendición papal y es conocido como coitus interruptus, utilizara profilácticos en todas las ocasiones -excepto, claro está, durante la práctica del cunnilingus, que es muy sana y estimulante y no requiere para su implementación de gomas, leches ni otras vainas, sólo tener don de lenguas-, y me mandara por correo certificado el cinturón de castidad, ya que le tengo mucho cariño por ser éste un artilugio que ha permanecido en el seno de nuestra familia durante generaciones, siendo pasado de madres a hijas en una ceremonia muy bonita que tiene lugar el día de la primera menstruación y de cuyos íntimos detalles no te haré partícipe por ahorrarte un mayor sofoco. ¿Te encuentras bien, criatura? Te noto un puntito acalorado.
-¿Usted cree? Pues no sé, será el brandy -dije, hundiendo todavía más si cabe la nariz en la copa-: encuentro que está algo fuertecillo. Pero siga, siga, que aunque las vea coloradas, o precisamente por ello, soy todo orejas.
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(Continuará...)




Mayca dijo
Hola Odys..................
Pues la verdad es que esta entrega me ha gustado muchísimo, al menos ya sabemos de qué va el trabajillo, y aunque nos quedamos pendientes de saber los síntomas de la dichosa seta está genial.
Un beso, una colleja y Hola Mayca (ya me lo digo yo todo)
24 Abril 2009 | 09:30 AM