38. Kutre story, una novela on-line. Capítulo cuarto: el enviado (VIII)
La señora Maruja se despegó de su butaca y se puso en pie con cierta brusquedad bamboleante. Enfrascado en sus pasos de baile, Pepito Grillo tropezó en la clavícula de mi anfitriona, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, agarrándose en la última nota de su sorprendido grito del cuello de la bata de la señora Maruja, donde quedó columpiándose con su manita enguantada de blanco mientras su sombrero de copa y su bastón de caña se perdían en el vacío, hasta que no pudo aguantarse más y se escurrió hacia abajo, y cayó dando vueltas sobre sí mismo, y rebotó sobre el vientre de skay de la butaca, y se elevó siguiendo una trayectoria parabólica que le precipitó sobre mis rodillas, momento que aprovechó la cadena del váter de la señora Maruja para salir como una flecha del bolsón lateral de mi cazadora. Supe que era la cadena porque el extremo inferior de su cuerpo seguía estando formado por pequeños eslabones metálicos concatenados, pero la mitad superior se había metamorfoseado en un verdoso y escurridizo cuerpo cilíndrico cubierto de escamas, y el prisma de plástico translúcido que había sido el asa en una cabeza triangular, una suerte de ofidio que abrió sus fauces al tiempo que un relámpago de pupilas amarillas hacía ¡zas! y, visto y no visto, ni siquiera me dio tiempo a decirle adiós al grillo.
-Esss je tenía mucha hambre -dijo la quimérica serpiente mientras se relamía los morros con su lengua bífida-. ¿Tú no tienesssss hambre? ¿Jé tal sssssi nosssss sssampamosss essssass tentadorassss ssssetasssss?
-Ahora no puedo, ¿no ves que estoy hablando con la señora?
-Veenga golegui, no ssseasss aguafiessstasss. Te he librado de esssse essssstúpido inssssejto, me debesssss una, gabessssa de asssseituna.
-¿Con quién hablas, criatura? -dijo la señora Maruja.
-Vaaale, ya veo je esssstásssss ogupado. Pero ssssi gambiassss de opinión, ya sssabessss dónde engontrarme: esssstaré enrosssssgada alrededor de essssste gofre lleno de delissssssiossssassss ssssetassss.
-Nada, con nadie, es decir, conmigo mismo -respondí. La serpiente se había deslizado dentro del bolso de mi chupa de cuero sin que la señora Maruja hubiera llegado a percibir su presencia-. No se preocupe, manías tontas que tiene uno. Esta historia sobre su hija empieza a complicarse en demasía. ¿Le importaría si tomo unas notas?
Extraje mi bloc de reportero y el bolígrafo de rigor y apunté:
-Psilocybes cubensis. Efectos inmediatos. Viaje placentero. En una palabra: Cojonudas.
-La señora Maruja disfruta de una dentadura sana y perfecta. ¿Cómo es que le faltan los dos incisivos superiores? ¿Un accidente, quizá?
Mi anfitriona parecía no haberme oído. Se había aproximado hasta los ventanales del salón y había apartado con una mano el grueso cortinaje color burdeos que los cubría, permitiéndome vislumbrar el sucio resplandor anaranjado de la calle, en cuya visión permanecía absorta. Al cabo de unos instantes consultó su reloj de pulsera y dijo:
-Todos los viernes me reúno con las amigas para rezar el rosario. Todavía tenemos una hora antes de que tenga que irme a la parroquia. Tiempo de sobra, ya que prácticamente te lo he contado todo, o al menos todo cuanto debes saber, que no es poco. Mi marido y mi hijo opinan que estoy haciendo una montaña de un grano de arena. Dicen que Eva María ya es mayorcita, que ya llamará en cuanto se le haya pasado la perreta. Y mientras tanto dime, ¿qué se supone que he de hacer? ¿Quedarme con los brazos cruzados? Ya va para ocho meses de perreta, ¡Virgen santa! ¿Y si le ha pasado algo? ¿Y si me la han preñado, o se ha metido en drogas, o ha sido secuestrada por los chiítas, los talibanes o los hoplitas, ¿qué sé yo? El día de Nochebuena me crucé con Jénifer por la calle. La muchacha me invitó a tomar un carajillo en el Urogallo engrifado, un bar de copas que hay un poco más abajo. Empezamos a hablar, me preguntó por Eva María, una cosa llevó a la otra y terminé desahogándome con ella. La muy bendita se ofreció a ayudarme sin que yo se lo pidiera, y así fue que gracias a ella apareciste tú, y yo supe que el Señor se había apiadado de ésta su pecadora sierva y en respuesta a mis plegarias me enviaba un angelito del cielo.
Estaba realmente impresionado. La señora Maruja había conseguido tocarme la fibra sensible. Conmovido hasta los tuétanos por aquella demostración de amor maternal, me sentía inundado por una especie de amor cósmico que me hacía levitar sobre mi asiento. Si mi madre hubiera albergado en su seno la mitad del amor que aquella mujer demostraba sentir por su pequeña, nunca se hubiera fugado con Vicente Norio, el vecino del tercero, abandonándonos a nuestra suerte. Cuántas veces me habré preguntado si Isolda de Monforte habría llegado a arrepentirse del peor delito que puede cometer una madre de haber dispuesto de tiempo para empollar el huevo del remordimiento... Pero no lo tuvo, ¿verdad?, porque mamá ya estaba muerta cuando los bomberos consiguieron liberar su cuerpo mutilado del amasijo de hierros retorcidos a que había quedado reducido el deportivo de Vicente al empotrarse contra un camión cisterna a veinte kilómetros de Benavente, provincia de Zamora. Apenas tres horas había durado su aventura, así que nunca lo sabremos. La señora Maruja no nos habría traicionado, de haber sido ella mi madre. ¿Cómo podía Eva María tratarla con tanto desprecio? ¿Qué clase de hija era aquélla? ¿Había acaso una razón poderosa detrás de su prolongado silencio? Que no quisiera ver a su padre ni en pintura no me extrañaba, menuda mala bestia era el señor don tuerto. Pero la señora Maruja era una mole de inmensa dulzura. Sentí envidia de Eva María, una envidia sana que corría en forma de gruesos lagrimones por mis mejillas.
-¡Madre sólo hay una! -exclamé, incorporándome para acudir a la vera de aquella santa-. Y ésa es usted, señora Maruja, la Madre Tierra hecha mujer. Permítame que le bese los pies a quien sin dudarlo otorgaría el título de Mejor Madre del Mundo, déjeme que los unja con estas lágrimas de alborozado reconocimiento. Regocijémonos, porque hoy es un día grande para el universo. Ohhhhhhhmmmm... Una cosa le prometo, y es que en cuanto desembarque en Londres, este angelito removerá cielo y tierra y no descansará hasta dar con su Eva María. No dejaré piedra sin revolver ni títere con cabeza que se interponga en mi camino. Y es que cuando Tristán de Monforte se propone algo, lo consigue. Puede darlo por hecho, señora: ya verá cómo recibe noticias suyas en menos que canta un gallo.
-Kikirikiiiii, ki-kirikiiiiii, ki-kirikikikikiiiiiiiiii -cantó, de repente y por tres veces, el gallo.
-Mierda, es el nuevo tono de llamada que he instalado en el móvil. Qué oportuno, hombre -dije-, con lo bien que me estaba quedando la parrafada. Usted tenga en cuenta que sólo era una forma de hablar, señora, una frase hecha, no vayamos ahora a joder la marrana. Si me permite un segundito... ¿Sí? ¿Qué pasa tronco?
Era Bigardito al teléfono.
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(Continuará...)




Marián dijo
Jajaja! Bueno, pregunta contestada. Ahora falta saber si después del delirio psilocybético la Sra. Maruja quiere dejar su búsqueda en tan entusiastas manos.
Muy bien hilada la sierpe y muy bien calculados los tiempos de digestión, si señor, porque aunque tuviese el estómago vacío, necesita esos minutos que le has dado. Mmmhhhh... curioso este acertado cálculo... ¿casualidad? ¿documentación? ¿trabajo de campo? ;-)
Pues un dramón el accidente de la mamá. También es mala leche la del autor, coño, ni que fuese un guionista norteamericano puritano de los que siempre hacen pagar a sus personajes las alegrías que se dan. Pero lo siento por nuestro prota, eso sí. Asunto chungo y traumatizador a más no poder.
Pongámonos de nuevo alegres. :-) Hay grandes perspectivas: Visitaremos Londres con Tristán, estoy segura e impaciente. ¿Irá también el grillo? ¿Se apuntará Bigardito? Siempre más preguntas que respuestas. Es el sino de los lectores de Odys el Cruel.
Besos y pas, universales.
PD:
Qué cosas sabéis hacer tan chulas. Halaaa...
29 Abril 2009 | 03:55 PM