41. Kutre story, una novela on-line. Capítulo cuarto: el enviado (XI)
Ríos de tinta habían sido vertidos en su día acerca de la supuesta actividad milagrera del padre Apelvis. El polémico sacerdote se había estrenado en televisión con un programa en el que realizaba milagros vía telefónica. Su emisión a altas horas de la madrugada había supuesto que el programa pasase prácticamente desapercibido en sus comienzos. Sin embargo no tardaría en hacerse de notar, y de qué manera. La introducción al mismo la hacía cada noche una voz de fondo que he rescatado del olvido para reproducirla en estas líneas y en los siguientes términos (léase en voz alta, dándole una inflexión gutural, cavernosa y puntín trascendental):
"Ha multiplicado panes, peces y vinos; ha caminado sobre las aguas; ha sanado leprosos y resucitado a los muertos. Cientos de miles de fervientes seguidores dan fe desde todos los rincones del planeta: los poderes de este hombre tienen un origen divino. Ahora ha vuelto a España para regalarnos los transfiguradores frutos que resultan del ejercicio responsable de su talento. Con todos ustedes... ¡¡¡El milagrista!!!"
Ese era el momento que aprovechaba el padre Ángel de Jesús para comparecer en el plató entre vítores y aplausos, llevando del brazo a dos azafatas, una rubia y una morena, ambas vistiendo diminúsculas túnicas que ofrecían ante las cámaras sus magníficos muslos o la oronda, ingrávida alegría de unos pechos de ensueño que se adivinaban marcando pezón suelto. Una de las chicas procedía a lavar los pies desnudos del milagrista con el agua que vertía de una jofaina, para secarlos luego con sus sedosos y largos cabellos y untarlos de aceites perfumados. La otra animaba a los telespectadores a realizar sus llamadas:
-¿Padeces una enfermedad terminal? ¿Te falta una pierna, no se te levanta el pito, tu marido te engaña, necesitas un par de milloncetes o te has caído muerto recientemente? ¡No hay problema! Sea cual sea tu aflicción, el milagrista te la resuelve. Nuestras líneas calientes están abiertas. Esta es la oportunidad que estabas esperando. Llama al 908... sin demora y nuestro experto en milagros realizará sobre ti un portento. Nuestras teleoperadoras están trabajando a destajo para atender tu llamada; no te dejes vencer por el desaliento. Repetimos el número, llama al 908... y ármate de paciencia. Recuerda que no estás haciendo una llamada cualquiera: el milagro que podría cambiar tu miserable existencia de gusano puede tocar esta noche a tu puerta.
Comenzado de tal guisa el baile de llamadas, la azafata saludaba a quien estuviera al otro lado de la línea y le invitaba a exponer su caso; el milagrista escuchaba, hacía un par de certeras preguntas y actuaba en consecuencia. Los milagros se sucedían en vivo y en directo. Un ciego que recuperaba la vista y además adquiría visión nocturna como dádiva añadida, una mujer aquejada de frigidez experimentaba diez minutos de orgasmos múltiples, un disminuido psíquico iba y resolvía en un santiamén alguna de las ecuaciones fundamentales de Einstein. Recuerdo un caso muy sonado en el que una llorosa mujer explicaba entre hipidos y sollozos que no podía tener hijos porque estaba poseída por un demonio que se comía todos los espermatozoides que le enchufaba su marido según le iban llegando. Aún no había terminado de hablar cuando el milagrista la había interrumpido para decirle: -No te preocupes más, mujer, y alégrate conmigo, pues ya estás esperando-. Lo más maravilloso de aquel milagro había sido la celeridad con que se había desarrollado el embarazo. Nueve minutos después de haberse quedado encinta la agraciada mujer daba a luz tres lindos bebés y un chimpancé despistado de regalo.
El milagrista no iba de místico. No lucía luengas barbas de hombre sabio. No era su gesto comedido ni su hablar reposado. Lo suyo no era el elaborado artificio de la puesta en escena o el uso y abuso de un rebuscado lenguaje esotérico. Todo lo contrario. Su atuendo era, invariablemente, la sotana de un azul eléctrico y el alzacuellos color mostaza. Si había que dar un gritito se daba; si había que soltar un taco, una ventosidad o una ruidosa carcajada, qué carajo, se soltaban. Y si tocaba propinarle un cachete o un pellizco a la azafata más cercana, con sumo placer se propinaba. Quizá el secreto de su éxito residía, precisamente, en la sencillez y la naturalidad con que se desenvolvía, esa inagotable capacidad suya para entretener al espectador al sacarse un ingenioso chiste de la manga, parodiar a un político o a cualquier otro personaje de la escena pública, ponerse un tupé postizo e interpretar el "All shook up" de Elvis Presley con esos golpes pélvicos tan graciosos por los que un día habría de ser rebautizado para toda España, mientras los minutos discurrían melifluos entre milagro y milagro y las chicas se reían con sus ocurrencias y dejaban que de cuando en cuando se les escapase inocentemente una teta sin cesar en ningún momento de animar al público a llamar y llamar y llamar y seguir llamando.
Unos índices de audiencia inusitados para la franja horaria en que se emitía avalaban la fórmula del programa. Los responsables de Tele-Q3 supieron aprovechar la oportunidad para sacar tajada del espectáculo. El milagrista pasó a emitirse, de forma sucesiva, a la una de la mañana, a las doce, a las once de la noche. El padre Apelvis despertaba pasiones encontradas; unos amaban el programa, otros lo detestaban. Unos querían subirle en vida a los altares, que se presentara a Papa o fundara un partido político con el que concurrir a las próximas elecciones generales. Otros soñaban con destruirle, sin más. Invitado a escribir artículos de prensa, rodar spots publicitarios, participar en debates radiofónicos, conciertos contra la pobreza y galas contra el hambre, su popularidad iba en aumento. Pero el ínclito sacerdote también estaba en el punto de mira del periodismo de investigación más exigente.
Así fue como saltó el escándalo. Un documental emitido en una cadena de la competencia desvelaría lo que muchos ya sabían y a muy pocos realmente importaba. Algunos de los milagros más famosos del padre Apelvis fueron presentados, desmontados, desmentidos y denunciados como los burdos montajes televisivos que eran; todo había sido un engaño destinado a esquilmar al crédulo televidente de sus dineros. Tele-Q3 contraatacó invitando al milagrista a dar su versión de los hechos en una entrevista en exclusiva con Rosita Cutarras. Aún perdura indeleble en mi memoria la vívida imagen que me muestra a la genial presentadora espatarrada por los suelos tras haberse caído de la silla, muerta de risa ante las hilarantes ocurrencias de su entrevistado, mientras las faldas se le subían hasta el ombligo y un chorrito de pipí brotaba de su afeitada vagina para demostrar ante media España que, además de ser muy campechana y tener un gran sentido del humor, a Rosita Cutarras se le había olvidado, aquella tarde, ponerse las bragas. Ambos personajes saldrían fortalecidos de aquella mística y reveladora experiencia.
Si bien su reputación como milagrero había quedado irreparablemente dañada, el padre Apelvis demostró que era una rutilante estrella por derecho propio, un auténtico maestro del espectáculo. En la actualidad, y mientras las altas instancias de Tele-Q3 estudiaban la forma y el momento idóneos para ofrecerle la dirección de un nuevo programa, el padre Apelvis colaboraba a diario en Mega-Rosa, donde además de ser contertulio habitual gozaba de media hora en exclusividad para ofrecernos el análisis de la actualidad desde su peculiar, estrambótico y siempre tronchante punto de vista.
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(Continuará...)





Jose Alberto dijo
Divertidísima entrega la de hoy. Para mí, el punto culminante es cuando la señora da a luz a tres hermosos bebés y un chimpancé :-)
Y una lástima que todo fuera un fraude, especialmente para el señor que le faltaba una pierna, y los posibles fallecidos que esperaban el milagro.. ¿se sabe si alguno de éstos llegó a llamar al telefóno?, jeje..
Vengaaa, toma un regalito:
http://www.youtube.com/watch?v=J7EqlPae3HA&feature=popular
Cheers¡
7 Mayo 2009 | 05:39 PM