46. Kutre story, una novela on-line. Capítulo cuarto: el enviado (XVI)
El tarro se había resquebrajado, aunque sin llegar a romperse. Saqué las setas y las puse en un lugar seguro -todas menos una, que me zampé para que sus propiedades benéficas ejercieran sobre mí su curativa magia. La serpiente tenía razón. Había que largarse de allí. No sólo la policía, también Paco el Tuerto, Melitón Tolaba o incluso el dueño del coche podían presentarse en el callejón clamando venganza.
-Por el dueño no te preocupesss, éssse noaparessserá, te loassseguro, pero losss demásss pudierassser que sssí.
Nos pusimos en camino, pues, entre los pitidos y abucheos del respetable que se agolpaba en las ventanas de sus viviendas por mor del espectáculo; a los gritos de "¡fuera, fuera!" se sucedió una generalizada pañolada blanca. Hubiese querido alejarme corriendo, pero el dolor me provocaba una pronunciada cojera que dificultaba la marcha. Al llegar a la esquina del callejón la rabia contenida me obligó a detenerme. Quería despedirme de todos ellos con un sonoro corte de mangas y, por qué no, echar un vistazo al coche que me había salvado el pellejo. Con tanto follón ni siquiera había llegado a verlo.
-No lo hagasss -me advirtió la serpiente-, no miresss hassiatrásss o te convertirássss en essstatua desssal. Y dessspuésss yo te arrancaré losss huevosss a dentelladasss, por atontao. ¡Larguémonosss!
Obedecí sin rechistar. La serpiente había demostrado en repetidas ocasiones que era mi amiga, que podía fiarme de ella porque ella sabía qué era lo que más me convenía. Estábamos bien compenetrados, formábamos un gran equipo. Desde su posición privilegiada en la atalaya de mi bragueta, la serpiente había asumido el mando de aquella delicada operación de búsqueda y rastreo e impartía instrucciones que yo seguía a rajatabla.
-Gira hasssia la deresssha, de frente ahora, másss deprisssa, un dosss un dosss un dosss tresss cuatro, un dosss másss deprisssa tresss cuatro, métete por ahí, essstamosss muyssserca, puedo olerla.
Habíamos desembocado en una calle peatonal, de nombre Corrida, emblemática donde las haya y una de las más comerciales de la villa. A pesar de que debía de ser bastante tarde, los comercios permanecían abiertos; una gran cantidad de gente entraba y salía ultimando las compras de Reyes y animando la vía pública. Explotaban las zambombas en la megafonía, pifiaban las flautas traveseras, se desgañitaban las voces seráficas desgranando villacinco tras villacinco, chirriaban con estridencia las ocarinas, tronaban las castañuelas y las panderetas, danzaban los abueletes al grito de !fiesta, fiesta, fiesta! A medida que avanzábamos el dolor se había ido disipando. Podía apoyar el pie con mayor firmeza. Pronto nos encontramos corriendo gráciles como el viento. La serpiente estaba excitada. Parloteaba sin cesar. Me explicó que tenía dos saquitos huecos en el paladar que potenciaban su sentido del olfato. Más que captar el olor de sus presas, podía decirse que lo masticaba.
-Maruja sssabe a passshuli, feromonasss disssparadasss, fluidosss vaginalesss y sssebolla frita. Podría dissstinguir sssu rassstro entre un millón. ¡Mira, ssse detuvo en esssta farmasssia y sssiguió luego por ahí! ¿Qué te apuessstasss a que ssse ha comprado un paquete de condonessss? Corre, flota, vuela, essstamosss muy ssserca, ya gasssi la tenemosss.
Alcanzamos a la señora Maruja junto a la parada de taxis de la Plaza del Carmen. Había rebasado la hilera de taxis y se dirigía hacia un todoterreno que esperaba en doble fila, con los intermitentes puestos. La portezuela contigua a la del conductor se abrió, y Maruja se introdujo en el vehículo, que arrancó y rodó unos metros, deteniéndose ante el semáforo en rojo. Mierda. Corrí hacia el primer taxi de la fila, salté en el asiento trasero, puse un billete de cincuenta en los morros del taxista y grité:
-¡Siga a ese coche!
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(Continuará...)




odys dijo
Paressse que el cuento de la buena pipa va a tener aun otra entrega másss antesss de finalisssar :-)
19 Mayo 2009 | 02:56 PM