48. Kutre story, una novela on-line. Capítulo cuarto: el enviado (XVIII)
-Entonces dé un par de vueltas por ahí para amortizar la inversión y luego llévenos a la zona de Fomento, jefe. La serpiente y yo queremos bailar salsa.
El taxista se encogió de hombros, quitó el freno de mano, pisó el embrague, metió primera, soltó gas y rezongó "a sus órdenes, Napoleón". En lo que duraba y no el trayecto, la serpiente y yo nos dedicamos a repasar las instantáneas recién tomadas mientras comentábamos las incidencias de aquel ajetreado y venturoso día. De las conversaciones con la señora Maruja y Paco el tuerto, así como del sorpresivo y posterior encuentro que aquélla había tenido con el supuesto padre Apelvis, podían extraerse una serie de hipótesis de trabajo excluyentes y alternativas. Discutíamos animadamente los pros y los contras de cada una, descartábamos algunas, sopesábamos las más verosímiles. Sentía que los lazos de amistad que nos unían se habían ido estrechando. Daba gusto trabajar con ella, estábamos en sintonía.
-Se me ha ocurrido que podríamos buscar una imagen del padre Apelvis en internet, la retocaríamos con un programa editor de fotos, le pondríamos gafas ahumadas, gorra y postizos y la someteríamos después a un exhaustivo análisis comparativo con estas nuestras.
-Claro, joder, y cuando nos cansemos podemos pintarle unos mostachos a la reina de Inglaterra, o unas bragas al Papa en la cabeza, no te jode con el chiflao este -dijo el taxista, a quien ya no hacíamos ni puñetero caso; él se lo había buscado, por ser así de obtuso.
-Me paressse una idea egssselente, essstimado colega -dijo la serpiente-, masss permíteme una observasssión adisssional: ssseimpone abrir la carta de Maruja. No, no vuelvasss a desssirme que no, hay que hassserlo, por muy desssagradable que nosss paresssca; sssituassiones desssesssperadasss etsssétera etsssétera; no podemosss permitirnosss el lujo de ssser pusssilánimesss; basssta ya de remilgosss.
-No te falta razón, colega; además, he comprendido que cualquier brizna de información que recabe servirá para tejer los mimbres de mi novela, cuanto más una jugosa misiva como podría ser ésta. Es más, voy a rasgar ese sobre aquí mismo, sin falta. Ea, veamos qué contiene.
-¿Cri-crí? -dijo el taxista.
-Oh oh -dijo el ofidio-, sssi no fuera porgue esss imposible, diría gue tenemos un grillo gordo al volante del gossshe. Pero gomo esss imposssible, no lo voy a desssir.
-¡CRI-CRÍ, CRI-CRÍ, CRI-CRÍ! -chirrió el taxista con una estridencia tal que me sentí obligado a recriminarle. Pero al alzar la mirada y toparme con aquella cabeza gorda y reluciente como una bola de billar, aquellas elongadas antenas, aquel remedo de brazos que, enganchados al volante no eran sino dos tristes palitroques, y aquel par de élitros que el muy degenerado frotaba sin cesar en un frenesí de ruido, no pude por menos que gritar:
-¡Qué asqueroso, joder, si es usted un insecto repugnante!
Desconozco si fueron tales palabras las que le causaron ofensa, o si fue acaso la foto que le saqué a continuación, ya que tenía el teléfono a mano y aquél era un espécimen de grillo que no iba a dejar de retratar. Por un ejemplar así podían pagarme una buena pasta los del National Geographic. Quizá era de natural tímido y lo consideró una intrusión en su intimidad. En cualquier caso, sostengo que no había razón para reaccionar como lo hizo. Esta suerte de malentendidos siempre se han solucionado mejor recurriendo al diálogo y no al conflicto, digo.
Menos mal que llevaba puesto el cinturón de seguridad, porque el frenazo que pegamos fue demencial. El otrora ser humano y ahora infecto insecto, de profesión taxista él, estaba de muy malas pulgas. Su mandíbula chascaba produciendo un sonido tan siniestro como desagradable, y sus patas delanteras se estiraban con la malsana intención de apoderarse de mi cuello. Que no era plan de tratar de aplastarle con la suela de la zapatilla deportiva era evidente. Demasiado grande era el bicho como para hacerle frente.
Zafarme de su mortal abrazo, abrir la portezuela y saltar lejos de su alcance fue todo uno en un mágico instante. Una vaharada a goma quemada me golpeó el rostro. Mi retirada pareció tranquilizar al grillo, que arrancó para perderse en la noche a lomos de su maldito taxi. Su canto aún reverberaba cuando exclamé:
-No me lo puedo creer.
-Desssde luego, gué garácter gastan algunos. Gómo ssse ha puesssto por una fotico de nada.
-No, no es eso. ¿Es que no te has dado cuenta de dónde estamos?
En la estación central de autobuses, ahí era donde las ruedas del destino nos habían lanzado, frente a los hangares desde los que a diario partían y llegaban viajeros desde y hacia toda España y media Europa. Ante nosotros, un imponente autocar de bruñida carcasa destellaba en el andén número siete. Algunos pasajeros esperaban su turno para que el hombre que vestía de uniforme azul marino y corbata a rayas revisara sus billetes antes de desearles buen viaje y permitirles acceso al vehículo. Otros se despedían de familia y amistades, algunos más iban depositando sus equipajes en los grandes maleteros laterales; una chica y un chico se dejaban los corazones en los besos de tornillo que se daban empapados en los dulces ríos de sal que secretaban sus lagrimales.
-¿Y bien? ¿Gué tiene dessspesssial essste lugar? ¿Me essstásss proponiendo un asssertijo? -inquirió el ofidio.
-¿Adónde dirías tú que va este autocar?
La serpiente lo estudió detenidamente, reparó en la leyenda cuyas brillantes letras rojas podían leerse sobre el fondo negro de un letrero luminoso fijado a la luna del parabrisas, y emitió un prolongado silbido de excitación.
-!Sssabandijasss ahumadasss! Sssi esssto no esss una señal, que baje algún diosss y lo vea -dijo.
Me aproximé al hombre que estaba perforando los billetes.
-¿Cuánto queda para salir?
-Veinte minutos.
Oculta tenía razón. Si la aventura no venía al maromo, el maromo tenía que ir en busca de la aventura. No sé si las casualidades existen o si los dioses juegan con dados marcados. Sospecho y propongo como justo el término medio. Lo que sí sabía entonces era que los dados habían caído ante mí, y que era por tanto a mí, y sólo a mí, a quien tocaba recogerlos para lanzarlos de nuevo, pues en eso consistía el juego. Llevaba encima todo cuanto me resultaría imprescindible para aquel viaje: Dinero, carné de identidad, la carta, la dirección pertinente y una foto de mi amada Eva María. Incluso un puñado de setas mágicas llevaba, y la compañía inestimable de mi amiga la serpiente. ¿Qué más podía necesitar? ¿Para qué dilatar la espera?
-Lo mejor ssserá gue messsconda, alguien podría tomarme por lo que no sssoy. Y tú sssúbete la bragueta en cuanto yo desssaparesssca, lasssapariensssiasss ssson importantesss guando sssalimosss de viaje; pon cara de niño bueno y, veasss lo gue veasss, no hagasss tonteríasss, porgue sssi no paressse de essste mundo lo másss probable esss gue sssólo egsssisssta fuera de él.
Si hubiera sabido que aquella iba a ser la última vez que vería a la serpiente en mucho tiempo, me hubiera despedido de ella de una forma más efusiva. Ella había sido mi apoyo en los momentos de peligro. Mi compañera de juegos y fatigas. ¿Cómo no tomarle cariño? Sus sabias palabras me ayudarían a mantener el tipo cuando la cigala sonrosada que se estaba haciendo las pinzas detrás de la ventanilla de la estación me preguntó que adónde iba, y en algún que otro percance que me sobrevendría más adelante y que quizá os cuente o no si es que encuentro ocasión, talento y talante.
Veinte minutos; tiempo de sobra para sacar el billete y desandar lo andado desde el andén, fumar un pitillo o dos, bueno vale que sean tres, sentirme bien, mejor que nunca, invencible también. Los chorros de luz que emitían los focos del autocar situado en el andén contiguo al siete proyectaban mi sombra sobre el piso de cemento. Una sombra de gigante, pensé, el fugaz reflejo de un titán con alas de cera y pies de barro.
-Vas a necesitar un zurrón.
Sobresaltado, miré al anciano que así me interpelaba. De porte distinguido, luengas barbas y cabellos como sortijas de plata, el arco de su aguileña nariz se hundía en la espesura de sus pobladas cejas; pero eran sus ojos, glaucos como las aguas del mar mediterráneo que bañan los bajíos de arena cuando las atraviesan los rayos del sol frente a las costas nuestras, los que me hablaban, porque lo que es boca no tenía, o si la tenía yo no se la encontraba. Portaba un instrumento de cuerda, una suerte de arpa dorada que de tanto en tanto rasgaba, aunque no con demasiadas ganas. Llevaba sandalias, así como una espada corta y recia, de doble filo, al cinto con que se ceñía a la cintura la túnica de fino hilo.
-¿De dónde has salido? -pregunté-. Hace nada no estabas aquí.
-De la noche de los tiempos -respondieron sus ojos-. Y tú, ¿quo vadis, Odiseo?
-No me llamo Odiseo, abuelo, sino Tristán, y voy a Londres, a escribir una novela y desfacer un entuerto; voy a ser inmortal, voy a vivir para siempre.
-No te equivoques, Tristán, todos somos mortales y todos llevamos un Ulises dentro. Te deseo mucha suerte, y que los hados te acompañen. O mucho me equivoco, o vas a necesitarlos. Toma este zurrón. Es de cuero y sólo te costará siete euros, aunque valga siete veces siete.
Sentí el runrún de un motor. Mi autocar se disponía a salir. Ascendí los tres peldaños de la escalerilla de acceso y le di mi billete al conductor. Si no parece de este mundo, puede que no forme parte de él, recordé. Sin embargo el anciano seguía allí; desbocado, sí, pero de carne y hueso.
-¿Quién eres? -insistí.
-Un bardo como otro cualquiera -dijo él.
-Dime al menos si triunfaré.
-Haz buen uso de tu zurrón. Aprende a conocer bien lo que ya tienes dentro. Llénalo de rica experiencia y no tengas prisa en volver para contarlo.
-¿Qué diablos quiere decir eso?
Pero ya las puertas del autocar se habían cerrado, diviéndonos: del otro lado, los que se quedaban; de éste, los viajeros. Y yo acaricié el zurrón con las yemas de los dedos y me dispuse a buscar acomodo entre los cuerdos.

fin





Jo dijo
Me ha gustado mucho la entrega, con dos claras referencias literarias que dirigen el capítulo como la estrella del norte. Me refiero a La metamorfosis de Kafka, donde el protagonista se transforma en un 'odioso' escarabajo, y, por supuesto, a la Odisesa, de Homero. Otra cosa, en el diccionario pone que 'arpa' es femenino, así que te toca corregir: 'arpa doradA'.
Un abrazo,
Jo
22 Mayo 2009 | 08:46 AM