Senderismo. Gijón-Cangas de Onís. 65Km.
Carteles indicativos en San Juan de Amandi
Si el objetivo de esta excursión era cubrir en dos días los 77Km que separan Gijón de la basílica de Covadonga, en las estribaciones noroccidentales de los Picos de Europa, puedo deciros ya, de antemano, que el mismo no fue alcanzado.
Si en cambio el objetivo era que, sometidos voluntariamente al capricho de los elementos y al impredecible devenir del camino, tres amiguetes corrieran una pequeña aventura en un entorno que fluctuaba entre lo rural y lo agreste, éste fue cumplido satisfactoriamente, e incluso superado con creces.
Booguie, Ana y el menda en el Alto de La Cruz.
Ni en Asturias existen grandes llanuras ni la estabilidad meteorológica constituye uno de sus parámetros característicos. Todo lo contrario. Pistas, caminos, senderos y veredas someten la travesía a un carrusel interminable en el que la línea recta no es sino un breve respiro entre dos retorcidas cuestas. Tan pronto cae sobre ti un sol justiciero cuando te encuentras realizando la ascensión al puerto de La Cruz por un empinado y quebradizo camino de cabras, como vienen a aliviar el acaloramiento de la ascensión las gotas de lluvia fina que se escurren por entre la frondosa canopia bajo la que discurre el río Penes, cuyo curso seguimos, ya en el concejo de Villaviciosa y tras haber almorzado en San Juan de Amandi, en dirección ascendente y camino de Breceña, un pueblo de montaña en cuyo único bar haríamos un alto y donde veríamos los diez últimos minutos del partido de fútbol Sudáfrica-España, así como los tres goles que en ellos tuvieron cabida. Y menudo golazo, el segundo de Güiza; anda que el que le endosaron a Casillas... Afuera, en la plazoleta del pueblo, había aparcados dos coches y, algo insólito, diez majestuosos caballos.
Torre de Niévares, camino de Villaviciosa.
Inicio del ascenso a Breceña.
Río Penes.
Caserío y hórreo.
Camino de Anayo, siempre hacia arriba, ahora por una carretera que zigzaguea entre bosques apretados y húmedos pastizales poblados de cornudos ungulados de grandes ubres y luenga mirada bovina. Muuuuuuy buenas tardes tengan ustedes, tolón tolón, tolón tolón. Coronada la cima, a lo lejos divisamos la cordal del Sueve justo antes de que se la traguen las voraces nieblas, y a sus pies el último valle, por el que discurre el río Piloña, que da su nombre al concejo, y en donde habremos de quedarnos a pasar la noche en una casa rural en la que ya nos esperan Rubén -el hermano de Ana-, y Laura, su encinta esposa, así como la opípara cena que, a base de empanadas, emparedados de jamón y queso, embutidos y tortilla, han tenido la delicadeza de prepararnos. Pero aún faltan más de diez kilómetros para llegar a Sorribes; no sabemos exactamente cuántos, ya que los lugareños no parecen ponerse de acuerdo al respecto.
Todavía tendríamos ocasión de disfrutar aquel día, cuando ya había declinado la tarde y apenas quedaba una hora de luz tenebrosa, del tremendo aguacero que acompañado de relámpagos y truenos cayó sobre nosotros cuando más cansados, desorientados y frustrados nos encontrábamos. Podría contaros que aún quedaban kilómetro y medio para llegar a la meta cuando, a lomos de su cuatro-ruedas, Rubén surgió de una cortina de agua para acudir presto y caballeresco al rescate, pero no lo voy a hacer para no restarle heroicidad a esta épica jornada andariega donde las haya.
He de decir que la situación de mayor peligro me sobrevino cuando sufrí el ataque sorpresivo de un objeto inanimado. Los hechos ocurrieron así: rondaba la medianoche y quien os escribe se disponía a curar las esplendorosas ampollas que habían florecido en las plantas de sus maltrechos y doloridos pies untándolas de aloe vera; al dejarme caer en la cama plegable que me había tocado en suerte, ésta cerró sus fauces traicioneras sobre mis carnes para convertirme en un sándwich de jamón y huesos. ¡Mecagënmimanto! El susto, monumental, no impediría que diez minutos más tarde cayera en un sueño profundo y reparador del que no emergería hasta la mañana siguiente.
El convidado.
Lo primero que vi al abrir la hoja superior de la puerta de la estancia en la que dormía fue el perrillo al que habíamos convidado a cenar la noche anterior, el cual parecía haberse alegrado tanto de conocernos que había decidido pernoctar en la terracita de la casa rural para acompañarnos durante el desayuno y postergar así la despedida.
Vista desde la casa rural en Sorribes, al amanecer.
Fue después de saludarle que repararía yo en lo gratificante que era la vista que ante mí se ofrecía, el valle sosegado, la elongada y algodonosa nube que, perezosa, lo sobrevolaba a escasa altura, los caseríos desperdigados aquí y allá, sobre las cimas onduladas de las colinas que, semejantes en todo a la nuestra, nos circundaban.
Caseríos en Sorribes.
Big Foot.
Durante el desayuno decidimos que no estábamos en condiciones de llegar a Covadonga. Los 50Km cubiertos el día anterior habían pasado factura en todos nosotros, eufemismo con el que pretendo significar que teníamos las extremidades inferiores demasiado trituradas como para obligarlas a realizar la humilde proeza de recorrer otros 27Km más, con lo que el santuario de Covadonga tendría que resignarse a esperar una ocasión más propicia para recibir a tan insignes caminantes. A medio camino se encontraba Cangas de Onís. Allí nos habíamos de quedar.
Camino de Llames de Parres.
Río Piloña.
Vista panorámica del concejo de Piloña.
Reiniciar la marcha después de cada parada que realizábamos para descansar era tan dolorosamente patético que, por encima de los lamentos, la situación terminaba provocándonos la risa. Cualquiera que nos viera avanzar en aquellos momentos creería que queríamos homenajear al recientemente fallecido Michael Jackson emulando esa forma tan peculiar, torpe y grotesca de andar que caracteriza a los zombis del videoclip musical Thriller; o bien pensarían, como diría Booguie -que es el juvenil sujeto que en las fotos luce media melena y perilla- que nos habíamos propuesto imitar los incontinentes movimientos del ya senil Fraga Iribarne. Nada más lejos de la realidad, pues eran nuestras extremidades agonizantes las tiranas que imponían la cadencia bamboleante y dubitativa de nuestros movimientos. Luego los pies acallaban sus lamentos, no del todo, pero sí lo suficiente como para permitirnos avanzar, en piloto automático, un par de kilómetros más. En total, aquel segundo día en ruta recorrimos 15Km en siete horas.
No puedo, no puedoool!!
Llegamos a Cangas de Onís a las seis de la tarde. Ver surgir la primera capital del reino astur-leonés a la vuelta del último recodo de la última ascensión del camino y suspirar con contenida alegría fue todo uno.
Cangas de Onís y los Picos de Europa al fondo.
Río Sella y puente ¿romano? con la Cruz de la Victoria en Cangas de Onís.
A la vera del río Sella y al pie de ese hermoso y vetusto puente que todo el mundo se empeña en presentar como romano aun cuando sea de factura medieval, encontramos un lugar privilegiado en el que solazarnos a la fresca de un árbol mientras devorábamos unos huevos con patatas fritas y chorizo de aldea por el módico precio de cinco euros. Dos horas de glorioso reposo que quedarán para siempre en el recuerdo como el remate perfecto para nuestra modesta, memorable y bonita aventura.
Jaluspiando en el mesón a la vera del puente.




Jo dijo
Qué morro, ¡15 km en 7 horas!, hasta los caracoles de mi huerta hubieran ido más rápidos. Qué vergüenza de juventud, que ya ni andar sabe. Y eso de presentarse en casa del amigo a ¡vaciarle la despensa! Qué morro, bien merecido tienes que se te cerrara el camastro en el fragor de la noche.
Eso sí, las fotos son muuu chulas, dan ganas de pasarse por allí algún día de estos, supongo.
Felicidades, porque creo que lo pasasteis muy bien, un ratito a pie y otro ratito andando, como el coche de San Fernando.
1 Julio 2009 | 03:16 PM