El hijo infame de Mary Shelley
Amo el carnaval porque son las únicas fechas en que puedo salir del castillo y bajar a la ciudad: por alguna razón que desconozco, los fanáticos habituales desaparecen, llevándose consigo sus guadañas, sus teas y sus hachas, sus miedos y su ignorancia, y esos mezquinos cánones de belleza con que pretenden justificar su fealdad manifiesta. Entonces las calles se pueblan de seres dispares que lucen con alegría sus diferencias y organizan fiestas en las que a los más atrevidos nos toca desfilar, para mayor deleite de esa variopinta multitud tan amiga de alegres sorpresas. Soy feliz: mi tamaño y mi aspecto reciben parabienes, nunca rechazo. A estas buenas gentes les encanta que haga demostración de mi voz portentosa, y no son pocos quienes, tras escuchar un variado repertorio de mis rugidos favoritos, me ruegan encarecidamente que les brinde otro. Incluso alguna vez he ganado un concurso de belleza -no muchos, pues habéis de saber que el nivel de los participantes suele ser muy alto. Pero lo que más me gusta es que los niños se sienten en mis rodillas a tirar de los tornillos mientras recorren los costurones con las caricias de sus manitas. Sus padres se ríen y aplauden, y yo con ellos.
El resto del año vivo oculto y temeroso en la ruinosa soledad de mi castillo, donde todos los días se impone un miércoles de perpetua ceniza.
fin




Jo dijo
Pobre Franck, que haya terminado en espectáculo de carnaval, y que además se dé por satisfecho, es algo que no tiene nombre. ¡Si Mary levantara la cabeza!
9 Julio 2009 | 07:02 AM