La jaula interior.
Los periquitos no dan picotazos, hincan su pico curvo, aprietan con fuerza y no sueltan mientras no haga lo propio su captor, pero yo tampoco pienso hacerlo, al menos no hasta que la haya llevado de vuelta a su jaula y cierre la puerta que alguien se ha dejado abierta accidentalmente y por la que Pituquina se escapó para adentrarse en otra aún mayor, el salón, una trampa mortal donde los gatos miagan y se revuelven inquietos, bestiales, ansiosos por posar sus garras sobre el pájaro, jugar con él, destrozar sus carnes mientras lo van matando lentamente, ésa es su ley de vida, matar o morir, su naturaleza depredadora también sería la mía si no tuviera el estómago lleno a diario y no encontrara otra cosa a la que hincarle el diente. Son otros los que matan por mí.
-Un café con leche, por favor.
La mujer, de edad avanzada, me mira con suspicacia, como siempre que entro allí a tomar un café. Me gusta el sitio, lo suficiente como para sentarme frente a sus amplios ventanales a escribir de vez en cuando, a pesar de quien lo regenta, que quizá desapruebe mi coleta, indigna de un hombre que se precie de serlo, o igual le recuerdo a alguien que alguna vez le causó miedo, dolor, decepción, qué sé yo. Pienso en aquélla, en la otra, acuclillada en una esquina de la habitación inmunda, desnuda, recogida sobre sí misma, vaciando una botella de vino tinto tras otra, no te acerques a mí, silba entre dientes, amenazadora, o riéndose a carcajadas, y pienso en sus dos luces cautivas, perdidas para siempre en la inmensidad de su oscura jaula interior. Pienso en sus padres, que no quisieron creerla, en el hermano que, veinticinco años atrás, la violara, no una ni dos ni tres, repetidas, incontables violaciones, jugando con ella, destrozándola mientras la iba matando lentamente. Gólgota tatuado en los ojos de Alicia en el país de los leprosos, escribí una vez. Alcoholizada, maniaco-depresiva, malévola, vengativa, monstruosa en su desesperación, una demente, en eso se había convertido cuando yo la conocí. ¿Qué habrá sido de ella, qué de sus despojos? Entonces fui incapaz de salvarla, hoy sólo espero que lo hayan conseguido otros.



Marián dijo
Esa imagen del verdugo jugando con su presa me ha encogido. Es así como se crean las jaulas de fuera y de dentro. La jaula interior. La más oscura y castigadora de todas, ¿verdad?
Hace unos años, en uno de esos momentos que, se supone, marca el principio y el final de un tramo del camino, aproveché dos jaulas de distintos tamaños para hacer una fijar un símbolo en mi casa a modo de recordatorio. Enjaulé la pequeña dentro de la grade y las puse en un sitio de paso inevitable. Cada vez que las veo recuerdo que lo único que merece ser enjaulado en mi opinión, es una jaula, ya sea de hiero, de oro, de mandamientos, de pecados, de leyes, de principios, de costumbres, de miedos o de voluntades enfermas. ¿A que la teoría, la bordo? ;-)
Creo que eso de encerrar al periquito para protegerlo me suena de algo… ¿No es así como vivimos la mayoría de los humanos civilizados?
Me ha gustado mucho este artículo. Obliga a reflexionar o a re-reflexionar.
Besos.
2 Septiembre 2009 | 04:22 PM