Café con soda y unas gotas de hidromiel, un pequeño relato.
El hombre que dudaba buscaba amor entre las grietas. A veces, Sole le miraba, a veces, cuando no le veía, él la miraba a ella.
La mujer que dudaba le buscaba porque amaba su risa, su canto y su tristeza. A veces ella creía saber quién dejaba versos doblados sobre el platillo de hojalata, junto al caballete; a veces Sole soñaba que él la llamaba bella, y que inscribía sus nombres en la arena mientras recogía las piedras que luego ella iría irisando con su pincel.
Sole se había ido acostumbrando a esas rosas mustias que a veces encontraba junto al platillo de porcelana, sobre alguno de los tapetes que cubrían las mesas del café. "¿Quién sos que así me hablas?", se preguntaba, inquieta, la porteña, y buscaba su rostro entre la gente, un timbre más apasionado que otros, un gesto al fin traicionado, una leve seña, un brillo trascendente. A veces el bastardo la miraba como miraría a una piedra, alzaba una mano indiferente y decía "Sole, ponme otra pócima".
Camino del roquedal, el bastardo ha hecho alto en la plaza pública, donde el café de Sole tiene su terraza y los predicadores afilan sus dogmas y animan a empuñar banderolas blancas contra banderolas negras. Cuatro casacas grises escuchan al blanco jinete, que, entre cabriola y cabriola, enardecido gesticula sobre su blanca montura: "Soy un héroe, éste es mi destino, he aquí mi momento. No busquéis más la verdad, la verdad no está ahí fuera, yo detento la palabra, sólo la mía es verdadera, sólo mi voz es buena, la de incorruptible pureza. Si mañana el mundo se acaba, habréis de saber que la culpa será de los otros, nunca nuestra".
-Sí, pero, ¿quiénes son ésos? ¿Cómo saberlo? -inquiere uno.
-Cualquiera menos nosotros, ¡acabemos con ellos!
-Ya, pero, ¿cómo sabremos contra quién hay que cargar? -porfía otro-, ¿no somos todos grises por fuera?
-Confiad en mí, pues mi boca no miente, yo soy quien ha decir quién es blanco y quién negro, quién de ellos y quién nuestro, quién está conmigo y quién contra mí, quién merece irse con una rosa blanca entre los dientes.
"Qué verborrea ardiente la del luminoso profeta", piensa el bastardo, "y cómo redoblan sus tambores, hambrientos de sangre y guerra".
Se ha sentado en la concurrida terraza, donde el sol calienta la mañana y orea la brisa fresca. Sole casi se ríe cuando le ha pedido café cargado con soda, y unas gotas de hidromiel, ¿cómo podría nadie tragarse un brebaje como aquél?
Las cuatro casacas grises asienten ahora al unísono, aquel caballero vestido de negro les hace sentirse seguros, su sermón no presenta resquicios, no hay incertidumbre en su verbo, lo que es negro es negro y lo que blanco es, blanco ha de morir, nunca más tendrán que elegir, lo hará él por ellos, él, que sólo desea guiarles porque bien les quiere su espíritu dadivoso, pues, aunque grises parecen, han de ser negros si es que él lo dice, y como tales, se sienten también importantes, diferentes, predilectos. En ocasiones, empero, algún que otro despistado, quizá por recién llegado, expresa en viva voz sus interrogantes: -¿Cómo distinguiremos a los malos de los buenos, si tanto todos nos parecemos, Buen Señor?
-Os lo diré yo, el elegido para guiaros, yo puedo olfatear la blancuzca ponzoña que destilan sus corazones -aúlla el jinete negro a lomos de su negra bestia-, yo los señalaré con el dedo, será mi voz portentosa quien denunciará su corrupta presencia, yo, que nací para la gloria y uncido he sido con la cruz de la victoria". El negro jinete se crece sobre su enjaezado y negro jumento:
-¡Yo os los mostraré, y entre todos pondremos una rosa negra entre sus dientes!
"Qué diarrea mental la del sombrío profeta", piensa la porteña, "y cómo muestra sus colmillos, impacientes por hincarse en la carne que caerá en su guerra".
"La misma cantinela de a diario, los buenos siempre somos nosotros", ironiza él en silencio frente a su sopa boba, mientras ella lamenta que de paños blancos y paños negros estén llenos los cementerios. Sed de venganza ciega al profeta blanco, fe en su justicia deslumbra al predicador negro, ansias del poder que para ellos quisieran y todavía no paladean, pero ya llegará su día, se acerca, lo presienten.
El bastardo ya está en el pedrero donde al atardecer extenderá sus trabajos la hermosa porteña, sus óleos, sus paisajes y sus retratos, sus acuarelas. Ella sonríe cuando le ve, dando saltitos a lo lejos, ahí está aquel loco otra vez, buscando esferas blancas y esferas negras entre las rocas, cantos rodados que a veces le trae para que trace sobre ellos amplios arcos irisados que luego sumergirá bajo las olas. Sole tuerce el gesto, una duda asalta su hermoso perfil de porteña. "Mira que si fuera él...". Entonces saca un cuadro inacabado y lo retoma donde lo dejara ayer.
Y colorín colorado, este cuento sí que está acabado.



Mayca dijo
A lo buenos días, tengo diez minutitos, voy a ver si me da tiempo a ponerme al día y si no ya sigo en otro momento, coñe, que anda que no has publicado últimamente ¿tu segundo nombre es Blas?
Bueno, a lo que iba, que se me pasan los minutillos, que mola el cuento, porque este de minicuento nada, es larguillo, y eso, que dos bandos diferentes cada uno convencido de que tienen la razón, como la vida misma, claro, que esto es lo que yo he interpretado con mis trastornos, lo mismo querías decir otra cosa.
Besos y collejas hasta ponerme al día.
8 Octubre 2009 | 11:48 AM