La malvada bruja Nivebrunja y sus temibles licántropos. Un relato breve.
Por fin había conseguido dar esquinazo a su carcelera, estaba solo, o eso parecía, pero no podía fiarse, se sentía incómodo, cosificado, como si una miríada de ojos críticos le estuvieran observando desde las sombras, espiando sus movimientos, al acecho, quizá dispuestos a atacarle. Confiaba en que, si no conseguía zafarse de su cruel destino y aquella noche terminaba siendo ofrecido a los licántropos en sacrificio, al menos surtiera efecto el ungüento mágico con el que se había untado todo el cuerpo. La bola de cristal de la bruja Nivebrunja le había revelado que su fórmula contenía moléculas de plata en número suficiente como para mantener a raya a las monstruosas criaturas durante veinticuatro horas. La había consultado un día que Nivebrunja había salido al bosque en busca de muérdago, rabos de lagartija y esa asquerosa grasa de verraco con que le había estado cebando durante todo este tiempo con vistas a que, llegado el día en que habría de cumplirse la profecía, los licántropos le encontraran suculento, tierno y gordito y, hastiados, no exigieran otras víctimas propiciatorias con que aplacar su ancestral ira. Hoy era ese día. No estaba preparado para acudir a la cita, nunca lo estaría. Sin embargo, tenía un plan. Para ponerlo en práctica, había tenido que ganarse la confianza de la bruja Nivebrunja, adularla, seguirle el juego, mantenerla entretenida para que se olvidara de acudir a la guarida de los licántropos, por eso había fingido que compartía su entusiasmo por los lúdicos rituales a los que era aficionada, había colaborado en todos los preparativos que la bruja había propuesto, e incluso había tomado la iniciativa en un par de ocasiones, demorándose en los pequeños detalles, ejecutándolos una y otra vez con exasperante lentitud, como a ella le gustaba, antes de penetrar juntos en el más íntimo y profundo de los rincones de la gruta, donde habían permanecido unidos hasta que la ceremonial actividad había culminado en un prolongado y frenético paroxismo final que había dejado a la bruja exhausta, aun cuando plenamente satisfecha, mas luego, al enterarse él de que la malévola Nivebrunja se mantenía firme en su propósito de inmolarle en el altar de los licántropos, y aprovechando que se hallaba distraída, bañándose en leche de burra y extracto de nenúfar, había conseguido sustraer del arca sagrada el vellocino bermellón, esa prenda talar que la bruja vestía durante las celebraciones más importantes, así como el mágico ungüento que, elaborado a base de plata y líquido sinovial, había de protegerle en el último instante, cuando todo lo demás hubiera fallado y se encontrara solo ante el peligro. Creía que, en no encontrando el vellocino, la bruja sentiría mermados sus poderes, perdería la confianza en sí misma y se abstendría de abandonar su morada, aquella gruta en el corazón del bosque encantado en la que llevaba cinco años prisionero y sin posibilidad alguna de escape. Tenía que ocultar el vellocino en un lugar seguro, donde ella no pudiera dar con él a tiempo. Según avanzaba, tanteando las paredes húmedas y musgosas de la cueva, había topado con un angosto pasaje que sólo le permitía proseguir a rastras, dificultando su marcha hasta que no pudo seguir más, tampoco retroceder, la bruja le había cebado a conciencia durante todos aquellos años, estaba demasiado gordo, como un tonel inmundo, que diría él. Y en estas estaba, maldiciendo su suerte entre fuertes jadeos, cuando una luz surgió a sus espaldas, arrojando sobre el estrecho conducto una tenue y delatora penumbra. Maldición, ahí se acercaba la bruja, si no hacía algo por remediarlo iba a descubrirle de un momento a otro, así que cerró los ojos, contuvo la respiración y se encomendó a la diosa Fortuna, que debía estar demasiado ocupada para atender sus plegarias, porque no tardó en sentir unos golpecitos en las plantas de los pies, y en sus tímpanos la voz de la malvada Nivebrunja, cuyas palabras le hicieron comprender que todas sus esperanzas se desvanecían de un plumazo, quizá porque, desde un principio, habían sido infundadas:
-Cariño, ¿se puede saber qué haces debajo de la cama?, tendrías que estar vistiéndote, ya nos hemos retrasado demasiado, con lo que aborrecen mis padres que les hagamos esperar, uf, qué polvo, hijo mío, cuando quieres puedes ser un animal en la cama, tenemos que repetirlo más a menudo, una vez al mes no es suficiente para mí, oye una cosa, ¿no habrás visto mi vestidito rojo por un casual?, es que le había prometido a papi que lo luciría esta noche, qué mejor ocasión que en sus bodas de plata, como es su favorito, pero resulta que no lo encuentro por ninguna parte, jolines, mira, ¿sabes lo que te digo?, que da igual, creo que voy a ponerme el verde, sí hombre, el de las puntillas, todavía ayer me estaban diciendo el butanero y el cartero que me sentaba a las mil maravillas, anda, sal de ahí, y mejor te das una ducha rápida antes que nada, ¿o es que ya no te acuerdas de que es esa colonia que te has puesto lo que provoca las horribles jaquecas que aquejan a mamá cada vez que vamos a visitarles?
Mierda, ahora sí que estaba jodido.
-Claro, cariño, ahora mismo voy, lo que tú digas.



Mayca dijo
La madre que te parió... yo es que me parto...
Hoy tocan MUACKIS!!!! Que es fiesta aquí, SAN CERVANTES!!!!!
9 Octubre 2009 | 09:55 AM