50. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (II)
Horas antes, aún era temprano por la mañana, una inquietante sensación de abandono me había sacado de la feliz inconsciencia que me embargaba en mi tránsito por el reino de los sueños para depositarme, figura yaciente y perpleja, sobre los asientos traseros de un autocar que devoraba kilómetros de autopista por territorio francés, según averiguaría luego. Tras el desconcierto inicial que suele darse en estos casos, había ido recuperando de la trastienda el cúmulo de episodios que, acaecidos la jornada anterior, y puestos uno detrás de otro, explicaban mi situación en la presente, tales como mi entrevista con la señora Maruja, la violencia desatada que propició mi encuentro, ¿o debería decir desencuentro?, con Paco el tuerto, la huida de El urogallo borracho, el seguimiento al que, la serpiente y yo, habíamos sometido a nuestra amable anfitriona, persecución en taxi incluida, su cita clandestina en un hotel de la villa gijonesa con un misterioso personaje en el que, a pesar del aparatoso disfraz tras el que pretendía ocultar su identidad, habíamos creído reconocer al padre Apelvis, el mediático curita-estrella del canal privado de televisión Tele Q3 y antiguo conocido de la señora Maruja, según nos había contado, henchida de orgullo, ella misma; las fotos que les sacamos en el vestíbulo del hotel, seguidas del sorpresivo ataque que sufrimos a manos, es un decir, de aquel desaprensivo grillo gigante que había aparecido encaramado al volante del taxi en el que viajábamos, y cómo la serpiente y yo nos habíamos despedido en la estación de autobuses de Gijón, reconvirtiéndose ella en el objeto inanimado del que hubiera nacido previamente, esta cadena de váter de un metro o así de largo que llevaba enrollada al muslo, menos mal que estaba floja y no apretada, que es otra forma de decir lo mismo sin añadir nada, debajo de los pantalones de ballenato que ahora me estaba desabrochando y pertenecían a Belfo, el hijo de la señora Maruja, como a ésta pertenecía la mencionada cadena, que cuando todavía no era cadena sino mi amiga la serpiente se había ofrecido como torniquete para contener la hemorragia de sangre que brotaba de una herida abierta en mi pantorrilla. Alguien, y no me preguntéis quién porque no llegué a verlo, me había mordido a traición mientras trataba de escapar de un posible linchamiento a través de un ventanuco en el servicio de caballeros de El urogallo borracho; sin embargo, y he aquí un dato curioso, tras bajarme los pantalones pude examinar la dentellada, y descubrí que apenas había llegado a sangrar, es más, presentaba la apariencia de un rasguño coronado por un par de gotas secas, pequeño milagro que atribuí a las propiedades curativas de las setas mágicas que había estado tomando. Aún llevaba conmigo un buen puñado, guardadas en el zurrón que portaba en bandolera, el mismo que me había dado aquel bardo de la boca sellada y los ojos glaucos que encontré en el andén, o quizá me encontró él a mí, no sé, poco antes de que subirme a aquel autocar que me estaba llevando a Londres en busca de Eva María Matamoros y de un argumento para mi novela.
(Continuará...)


Mayca dijo
A las buenas noches:
Me parece genial que hayas realizado este resumen, si la novela hubiera seguido publicándose con la asiduidad con la que lo hacías no habría sido necesario pero dado que hacía tanto que no publicabas ha venido muy bien para refrescar la memoria, ahí has estado fino.
Otra cosa es que yo no la comente, aunque no pueda demostrar mis motivos porque no dijeras a quién le gustaba y a quién no directamente, claro, ahí también estuviste fino, pero total, como a mí SÍ me falla la memoria si comento sin darme cuenta tampoco hay que tenérmelo en cuenta ;-).
MUACKIS, Esther Williams.
16 Octubre 2009 | 09:29 PM