51. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (III)
En el autocar íbamos cuatro gatos, algunos se desperezaban, como yo, otros seguían sobando. Más allá de los campos de cultivo que atravesábamos y la escarcha había cubierto de blanco, un sol pálido y enfermizo se esforzaba por elevarse sobre una línea de cipreses en fuga, menos mal que llevábamos la calefacción puesta, aunque demasiado próxima a mis canillas, la rejilla del radiador expulsaba un aire tórrido que las estaba calentando en exceso, incluso podía oler a chamuscado, apostaría a que eran los pelos de mis piernas. Mi nardo en cambio se alzaba contento, y es que nunca llueve a gusto de todas las partes de tu cuerpo. Cambié mi asiento por el de al lado. Aproveché que tenía los pantalones por los tobillos para quitarme la cadena de encima y guardarla en el zurrón, donde ya transportaba algunos objetos personales como el móvil y la cartera, mi bloc de notas, la carta que había de entregar a Eva María, escrita por su madre, el sobre con el dinero para mis gastos, proporcionado también por la señora Maruja, las llaves de casa y, horror de horrores, las del bólido azul, el coche de Pánfilo Viriato. Menudo lío en el que me he metido, pensé. Empezaba a resultar evidente que, llevado por un entusiasmo irreflexivo, aunque bienintencionado, quizá me había precipitado un pelín al salir de viaje sin despedirme de nadie, ni siquiera de Pánfilo Viriato, al que maldita la gracia iba a hacer que me hubiera ausentado así del trabajo, por las buenas, y de forma indefinida, sin habérselo notificado previamente a quien además de ser mi hermano era mi jefe. Consideré oportuno enviarle al móvil un mensaje tranquilizador en el que venía a decir que, por razones de fuerza mayor, me había visto obligado a irme del país, que mi vida no corría peligro, todo lo contrario, me encontraba en perfecto estado de salud, al igual que el bólido azul, su querido vehículo automóvil, el cual podría recuperar, intacto, si acudía a buscarlo a cierta callejuela del centro urbano en la que, muy a pesar mío, me había visto forzado a dejarlo aparcado, jamás abandonado, que sentía mucho haberlo tomado prestado sin pedir permiso y que en cuanto me fuera humanamente posible llamaría por teléfono para explicarme mejor. Sospechaba que Pánfilo Viriato pensaría que esta vez su hermanito la había cagado, así que necesitaba poner en orden mis ideas antes de enfrentarme a él, si es que quería exponérselas con cierto rigor y capacidad de convicción. Desconecté el móvil. Por delante tenía un largo trayecto antes de llegar a Inglaterra. Saqué del zurrón la foto de Eva María Matamoros y la carta que le enviaba su madre, babeé un poco con la primera, mira que estaba buena la zagala, y rompí el sobre que contenía la segunda. Acababa de traicionar la confianza que la buena señora había depositado en mí. Extraer un argumento novelesco de aquel embrollo familiar en que andaban metidos los Matamoros era lo que me había motivado a aceptar el encargo, mi deber para con mi novela estaba por encima de cualquier otra consideración moral, me dije, cuanta más información recopilara, mejor. Total, no hacía daño a nadie, puesto que nadie más que yo iba a enterarse de que la había leído, mi conciencia ya no interponía sino débiles quejas inconexas y, además, qué coño, si algo me picaba en aquellos instantes no era ésta, sino la bendita curiosidad, que con jubilosos aleluyas celebró el gesto con que comencé a extraer el pliego del sobre, lentamente, deleitándome en el placer de saber que ya no iba a echarme para atrás.
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(Continuará...)



tenemosimagenes dijo
Tiene muy buena pinta, te agrego a mis favoritos para irte leyendo con calma.
Saludos desde Tenemos Imágenes.
19 Octubre 2009 | 11:46 AM