54. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (VI)
Sería interesante averiguar cómo se concretaba ese lo que fuera a efectos prácticos, ya que la acción humana tiene sus límites, siendo el último y definitivo el que viene impuesto por la muerte. Si es verdad que todo el mundo tiene un precio, ¿habría puesto Maruja el suyo a su silencio? ¿No me había dicho a mí que los mil quinientos euros que me asignara como dietas de viaje se los había dado, a su vez, un alma caritativa? Anda que no iba a resultar gracioso ni nada si al final resultaba que me encontraba viajando a expensas del padre Apelvis. ¿Cuánto más habría pagado el curita? ¿Cuánto más estaba en disposición de seguir pagando? ¿No es cierto que la avaricia rompe el saco? ¿Y si conseguir que la buena señora mantuviese la boca cerrada le estaba resultando demasiado oneroso, y había resuelto recurrir a métodos más expeditivos que se la sellasen para siempre? ¿Y si la razón de que hubiera acudido disfrazado a su cita con la señora Maruja no era proteger su intimidad del abuso de los paparachis y otras miradas indiscretas, sino encubrir la ejecución de un asesinato? Hostias, qué fuerte, cuanto más lo pensaba mayor credibilidad asignaba a dicha hipótesis, en ese caso el cadáver de la señora Maruja ya estaría siendo examinado por el médico forense, la habrían encontrado los del servicio de limpieza por la mañana, desnuda sobre la cama, o espatarrada dentro de la bañera, rota, estrangulada quizá, con un hilo de nylon, o mejor aún, con el rosario del padre Apelvis, seguro que tenía uno, es de suponer que el mediático curita habría conducido toda la noche y estaría de vuelta en Madrid, tendría una buena coartada, el muy hijodeputa, y lo peor de todo es que las fotos que yo le había sacado en el vestíbulo del hotel, macabra antesala de la muerte, no servirían como prueba inculpatoria, las imágenes habían sido tomadas desde lejos, estaban borrosas y eran de mala calidad, y él llevaba el rostro cubierto por una gorra de béisbol, gafas de sol y una barba postiza, ésa sería la descripción que daría el recepcionista, la misma que mostrarían las cámaras de seguridad del hotel, aunque no todo estaba perdido, era posible que la policía recogiera muestras de ADN que terminaran llevándoles hasta el asesino.
-Pobre señora Maruja -exclamé, poniéndome en pie-, ojalá al final se haga justicia para que puedas descansar en paz, pero permíteme que alce mi copa para brindar por tu recuerdo, es lo menos que en esta hora amarga puedo hacer por ti.
Acababa de dar un buen trago a mi cerveza cuando sonó una campana con estridente insistencia, sacándome del siniestro rumbo que habían tomado mis elucubraciones y provocando que el trasfondo de voces que ambientaba la taberna aumentara considerablemente de decibelios, y que, como movidos por un mismo resorte, un tropel de parroquianos se dirigiera hacia la barra, donde se apresurarían a pedir las últimas copas de la noche, pues el objeto de aquel arrebatado campaneo no era otro que advertir a la concurrencia de que faltaban cinco minutos para que se cerrara el servicio de consumiciones, costumbre que encontré harto escandalosa, pues ocurría todas las noches a las once, por imperativo legal, en todos los pubs y tabernas del país, según me explicó un beodo que en el ínterin se me había arrimado a estudiar los folletos publicitarios que yo había estado ojeando sin prestarles ninguna atención.
Rediós, ahora sí que estaba impresionado. Que un sacerdote se cargara a la madre de su hija para no tener que rendir cuentas del pasado entraba dentro de lo imaginable, e incluso de lo previsible, si me apuráis, pero que un país como Inglaterra, epítome de la civilización y el progreso occidentales, garante del juego democrático y cuna de las libertades, coartara de una forma tan aberrante las opciones de ocio de la población, nuestros derechos civiles, ¡cojones!, era algo inconcebible, ¿qué les ocurría a los ingleses que no se echaban a la calle a protestar por tamaño abuso? ¿Es que estaban dormidos o qué? Vacié mi jarra, tomé la del beodo y me lancé con ambas sobre el muro humano que se alzaba frente a la barra, donde luché y luché por hacerme un hueco entre la masa, donde zarandeé y empujé y pisoteé y escupí y aguanté como un jabato los zarandeos y empujones y pisotones y escupitajos de la gente, donde caí y me levanté y avancé y retrocedí y retomé posiciones, donde lancé gritos de guerra y ensayé horripilantes muecas, hasta que, ¡albricias!, conseguí ganarme la atención del barman y, con ella, dos pintas rebosantes de fresca y espumosa cerveza que pagué religiosamente antes de regresar victorioso a recibir los vítores y parabienes del beodo, con quien me senté a platicar un rato mientras saboreábamos el dorado líquido, burbujeante alimento rico en proteínas, levaduras y fermentos.
(Continuará...)



tenemosimagenes dijo
Arg, deja de escribir, que si no nunca conseguiré ponerme al día jeje.
¡Saludos!
24 Octubre 2009 | 06:23 PM