57. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (IX)
Tuve que pasar por el salón a recoger mis cosas. Tracy estaba viendo la tele. "Siento haberla ensuciado", dije, señalando el artefacto, con el único propósito de congraciarme con ella, que no podía saber que yo ya sabía que ella sabía que no había sido yo sino ella, a ver si nos aclaramos, pero lo único que conseguí fue que me enseñara el dedo, no abrió la boca, ni llegó a mirarme, la muy miserable, a pesar de lo caldeada que estaba la estancia, se había envuelto en una manta y hecho un ovillo sobre el sofá que había sido mi cama por unas horas, seguro que aún conservaba el embriagador aroma que desprendía mi varonil persona. Más cerúleo que pálido, su semblante parecía una máscara mortuoria, o mejor aún, el careto de un zombi, con esos granos purulentos que le destrozaban la cara, lívidos los labios, sin color, y esos ojos hundidos, apagados, enterrados en sus oscuras aureolas, uno de esos muertos vivientes que tanto encandilaban a Pánfilo Viriato y Oculta, mi querida Oculta, qué estaría haciendo en aquellos momentos. Hubiera salido de allí sin más dilaciones, el problema era que detrás de donde se suponía que descansaba su trasero, entre éste y el respaldo, asomaba la correa de mi zurrón. Así se lo indiqué. Ni por ésas, Tracy se había empeñado en hacer un cero de mi existencia, y el caso es que no podía marcharme sin el zurrón, dentro guardaba todos mis objetos de valor. Tampoco podía solicitar el arbitraje de Murphy en aquel conflicto, no todavía, ya que el irlandés se había ido a la ducha, había saltado como un resorte después de que en la radio dieran las señales horarias de las doce. En una hora comenzaría el partido del Tottenham, había dicho, y si no se daba prisa llegaría tarde al estadio. Me invitó a ir con él, pero decliné la oferta porque tenía quehaceres pendientes, aunque, si no le importaba, saldríamos juntos de casa para que pudiera señalarme dónde estaba la estación de metro más cercana. Así que mientras esperaba a que Murphy estuviera listo me acomodé al lado de mi enemiga, aunque tuve especial cuidado en poner entre ambos una distancia razonable, no fuera a ser que en un descuido me fuera a morder.
-¿Te gustan las pelis de zombis? -dije, tanteando el terreno por si encontraba un tema de conversación que rompiera el incómodo silencio que como un muro había crecido entre nosotros.
-Déjame en paz, imbécil -respondió, se notaba que se encontraba con la moral muy baja, pero al menos había logrado que me hablara. Lo que ocurrió después fue que mi buen corazón me jugó una mala pasada, la veía ahí, demacrada, deprimida, desconyuntada, ora sonándose los mocos ora secándose las lagrimitas que le provocaban las idas y venidas de los protagonistas de aquella comedia romántica que estaban pasando por la tele, y parecía tan frágil, con aquel su pañuelito arrugado entre las manos, y yo sin saber qué hacer para consolarla, me sabía mal, aunque no fuera culpable de sus cuitas, pero es que no podía dejar de pensar en aquello que me había dicho Murphy que la hacía tan desgraciada, así que en un arrebato de generosidad fui y dije, con la voz más tierna que supe emplear:
-Si quieres vamos y te caliento las sábanas.
Joder cómo se puso, y cómo me puso a mí, que si era un pervertido, que si todos los moros éramos iguales -pero, ¿de qué diantres estaba hablando?-, que si pensábamos que todas las occidentales eran unas zorras, que fuera a follarme a la guarra de mi madre con burka y todo, y otras lindezas por el estilo. Qué bruta, y todo esto sin dejar de echar espumarajos verdes por la boca o de sacudirme con el zurrón, mi propio zurrón, qué miedo pasé, mira que yo sólo quería animarla un poco, y es que no hay quien entienda a las tías, ojito que son raras, y si encima pecan de ignorantes, peor que peor.
(Continuará...)



Mayca dijo
Guz mornin, ¿ande me quedé yo? voy pa´tras....
1 Noviembre 2009 | 09:58 AM