58. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (X)
Huelga decir que vosotras también pensáis otro tanto de nosotros, o sea, que somos más raros que un perro verde y todo eso, supongo que estamos condenados a convivir sin entendernos, tampoco hay que darle mayor importancia de la que tiene. Eso me digo a menudo, por si acaso a base de repetirlo consigo interiorizarlo, que hay que relativizar las diferencias, pero después me cuesta horrores recordarlo en esos críticos instantes en que hay que hacerlo, como cuando se te ha echado una fiera al cuello y te está dando una buena tunda, porque no puedes coger y decir "Tracy, cariño, sentémonos a la mesa a compartir un té y unas pastas y, como seres civilizados que somos, resolvamos nuestras diferencias a través de la meditación contemplativa y el diálogo, verás cómo terminamos coincidiendo en lo absurdo que es pelearse por un malentendido", eso sería lo ideal, pero es que no te sale de dentro decirlo, y aunque te saliera, qué coño, no tendrías oportunidad de expresarte con propiedad, porque bastante tendrías con estar esquivando, blocando y parando los golpes que te lanza tu atacante como para ponerte a disertar en voz alta sobre las ventajas espirituales que se derivan de abrazar doctrinas filosóficas tales como el pacifismo o el budismo Zen, quizá porque, como dicen las tías, nosotros no somos capaces de hacer dos cosas a la vez, y puede que tengan razón, no digo yo que no, qué le vamos a hacer, igual Tracy estaba pensando en la teoría del caos, la dinámica de fluidos o el modelito que se iba a poner por la tarde mientras me estaba poniendo tibio a guantazos, yo ahí ya no me meto, a saber lo que estaba pasando por su cabeza, donde sí me meteré, no porque me resulte agradable sino para proseguir con nuestro relato, es en el momento álgido de aquel fregado, cuando peor pintaba el asunto para mí y llegó Murphy a imponer paz en la discordia, no montaba un caballo blanco ni tenía por estandarte una cruz pero da igual, cual san Jorge hizo frente al dragón, extrayéndome de entre las hirientes garras de quien con una llave de judo me había inmovilizado contra el suelo y se disponía a arrancarme las dos orejas y el rabo como trofeos, consiguió contener sus acometidas el tiempo suficiente como para que yo saliera gateando del salón, donde Tracy permanecería encerrada hasta que diera muestras de apaciguamiento, o eso le advirtió Murphy mientras sujetaba la manija de la puerta para evitar que Tracy viniera a rematarme, aunque no nos quedamos a esperar a que se calmara, porque a una señal del irlandés salimos ambos corriendo en pos de la calle, sus alaridos nos perseguían, menos mal que en el último suspiro había conseguido recuperar mi preciado zurrón con todas mis pertenencias. Camino de la estación del metro, Murphy se reía como un loco con el relato de lo que había pasado, vamos, que se doblaba por el espinazo de la risa que le estaba provocando, qué tío, sobre todo cuando rematé la narración confesando mi estupor porque Tracy me hubiera tomado por un moro, por emplear la misma expresión que había utilizado ella, siendo esta etiqueta identificativa que de forma gratuita me había sido asignada lo que más parecía haberla sacado de sus casillas.
(Continuará...)



...ro... ro... dijo
es muy divertida la forma en que cuentas la historia!!!
saludos
3 Noviembre 2009 | 07:16 PM