59. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: la llegada (XI)
-Mira, colega, desde lo del 11-S hay bastante gente por aquí que no tiene ningún aprecio por la comunidad musulmana. Hay mucha desconfianza, sobre todo hacia los musulmanes que llegan del extranjero, aunque también hacia los autóctonos, y un cierto estado de psicosis colectiva flotando en el ambiente. Tracy es así, no les soporta, y eso que ni siquiera es de aquí, sino australiana. Para ella sólo existen dos clases de musulmanes: los cerdos asquerosos y los fanáticos religiosos. A ti te ha catalogado dentro de la primera categoría.
-Pero si yo no soy musulmán -protesté-.
-Un poco árabe sí que pareces, la piel aceitunada, el marcado acento foráneo, el pelo negro, esas barbas de varios días...
-Pues podía haber preguntado antes, menuda racista de mierda.
-Para serte sincero, sí que preguntó, me preguntó a mí.
-No te entiendo, ¿qué quieres decir?
Caminábamos a buen paso por una amplia avenida flanqueada por árboles de gran altura a los que el rigor invernal había despojado de toda alegría y verdor. Me gustaría poder deciros qué tipo de árboles eran aquéllos, pero la botánica nunca ha sido mi fuerte, sé distinguir una margarita de una lechuga o un pino, y para de contar. Murphy se rascó la cabeza, a la altura de la coleta, antes de proseguir. Llevaba puesto un grueso chaquetón marinero, y apoyada en un hombro el asta de una bandera con los colores y el escudo del Tottenham Hotspur.
-No sé cómo decirte esto... No te enfades, ¿vale? Resulta que esta mañana le gasté una pequeña broma. Me apetecía tomarle el pelo, así que le dije que teníamos al enemigo en casa, porque me había traído un invitado marroquí a dormir, o sea, tú. Lo siento, de verdad, no creí que fuera a tomárselo tan a pecho, ni que... -Murphy estaba haciendo un gran esfuerzo por permanecer serio, pero la guasa bailaba en sus ojos-, ni que tú fueras a insinuarle tan pronto que querías llevártela a la cama, tío, no sabía que estuvieras así de salido.
-Nónono, de salido nada, si sólo fue por hacerle un favor, como tú dijiste que... ¿Se puede saber de qué te ríes?
Entre nosotros, y sin que sirva de precedente: pues claro que estaba salido, como el pitorro de un botijo o más, tenía la libido por las nubes, y cómo no iba a tenerla, si llevaba meses sin mojar. A mi edad, y tomando en consideración lo revueltas que tenemos las hormonas los jóvenes, el sexo tendría que ser un derecho inalienable de esos que garantizan la Constitución y la Carta de Derechos Universales del Hombre de las Naciones Unidas. Si algún partido político lo recogiera en su programa, tened por seguro que tendría mi voto garantizado. Pero eso no implica que yo no quisiera hacer feliz a aquella chica desgraciada, aunque fuera por un día, y prueba de ello es que Tracy -flacucha, feúcha y paliducha- no era mi tipo. La culpa la tenía aquel condenado liante de Murphy, que nos la había jugado a ambos, a esa racista consumada y a mí, lo que no excusaba el desprecio con el que ella me había rechazado, por contra lo dejaba expuesto en toda su fealdad. Otra prueba de mi buena voluntad es que podría haber dejado este desagradable incidente en el tintero, saltármelo como si nunca hubiera ocurrido, explotando así una de las ventajas que conlleva ser el narrador de tu propia historia, ¿o no? Si me he decidido a sacarlo a la luz ha sido para que veáis que no tengo nada que ocultar, que sólo soy una buena persona a quien a veces, por pecar de ingenua, se la puede engañar fácilmente, y que la nobleza y el altruismo también hacen palpitar mi corazón. Pero ya va siendo hora de que pasemos página y nos centremos en lo que nos interesa, la búsqueda de Eva María Matamoros. Aunque su sentido del humor dejara mucho que desear, no podía enfadarme con Murphy, hacia quien sentía un profundo agradecimiento por haberme ofrecido su hospitalidad cuando sólo era un desconocido, así que dejé que se riera hasta que le dolieran las muelas. Habíamos llegado a la estación de Stockwell y tocaba despedirse, dado que antes de coger el metro quería entrar en un locutorio público y hacer un par de llamadas. El irlandés renovó la invitación a darme cobijo en su casa, dijo que primero hablaría con Tracy para sacarla de su error, y hasta ofreció la posibilidad de que saliéramos los tres de marcha para facilitar una reconciliación. Pero el daño ya estaba hecho, mi orgullo había sido herido y no tenía ganas de pasar otra noche bajo el mismo techo que aquella mala pécora. Quizá otro día, dije. Murphy asintió, y extrajo una tarjeta de visita del bolsillo, apuntó un número de teléfono en el reverso y me la entregó.
-Trabajo aquí de lunes a viernes por la noche. Pásate a verme una noche de éstas y nos tomamos algo.
(Continuará...)



jezabel-21 dijo
Me ha gustado, tengo que ponerme al día en realidad, pero me ha gustado lo que he leido.
un saludo
4 Noviembre 2009 | 04:48 PM