62. Kutre story, una novela on-line. Capítulo quinto: La llegada (XIV)
Seguía Oculta dándole a la húmeda, decía ahora que mi hermano había pasado lo que quedaba del día absorto en sus pensamientos, taciturno, despachaba con los clientes sin dar muestras de su jovialidad habitual, permitiéndose la primera broma a media tarde, cuando divisó la cabeza dura y fría de un martillo asomando de una repisa que había detrás del mostrador, justo debajo de la caja registradora, y le dijo a Oculta que si aquélla era el arma con la que pensaba defenderse si nos atracaban los cacos. Oculta se rió, respondió que no, que el martillo era de Tristán, o sea, de un servidor, que lo había adquirido días atrás en la ferretería del señor Héctor Nillos, pero que después me había enzarzado en una disputa tonta con el ferretero (¿tonta?, ¿cómo que tonta?), que el perro de éste había salido en defensa de su amo (sí, claro, como que el Nillos no me había echado el dóberman encima con premeditación y alevosía) y yo me había visto obligado a abandonar su establecimiento con cierta premura, y cómo, para evitar males mayores, ella me había prometido que pasaría por la ferretería a recoger el martillo por mí, ya que con el revuelo de la huida lo había dejado detrás y, lejos de olvidarme de aquel ridículo asunto (ahora resulta que ejercer los derechos inalienables del consumidor es un asunto ridículo), seguía emperrado en recuperarlo porque ya había abonado su importe. Joder, qué cotilla.
-Lástima que el chucho no le mordiera -sentenció mi hermano-, le hubiera estado bien empleado, por andar teniendo tratos con ese cabrón de Nillos.
-También yo los tengo, Panvi -dijo Oculta, ¿y desde cuándo le llamaba Panvi, si ese apelativo cariñoso era mío y sólo mío? Yo era el único que tenía derecho a llamarle Panvi, joder, yo y sólo yo, pensaba yo, pero ella seguía pegando la hebra como si tal cosa-, desayunamos juntos en la cafetería de la esquina siempre que tengo turno de mañana. Algún día tendrías que unirte a nosotros, Héctor tiene una conversación muy agradable. Sé que habéis tenido vuestras diferencias en el pasado, pero te aseguro que no es mala persona, si hicieras un esfuerzo por conocerle lo comprobarías por ti mismo.
Pánfilo Viriato había optado por encerrarse en un silencio hermético -que conste en acta que no me extraña, porque lo que acababa de decir Oculta del vomitivo de Nillos era como para amargarle el día a cualquiera-, del que no saldría hasta la hora del cierre, ya había apagado las luces, programado la alarma, echado la llave y bajado la persiana metálica cuando, en lugar de dar las buenas noches y ofrecer un escueto y cortés "hasta mañana", que era lo que hubiera hecho cualquier persona decente en su situación, se le ocurrió pedirle a Oculta si querría acompañarle hasta donde se suponía que el bólido azul había quedado abandonado. ¿Puede ofrecer alguien peor excusa para dar un paseo romántico por la playa? Pues eso fue lo que hicieron, Oculta caminaba del brazo de mi hermano, el frío había remitido, la lluvia cesado, y un gajo de luna desparramaba su luz por un cielo parcialmente cubierto de algodonosas gasas. Brillante y lustrosa, la mar palpitaba en calma. Qué romántico, sólo faltaba que él la hubiera tomado por los hombros y la hubiera besado apasionadamente, apretando sus morros contra los de ella, prohibida la lengua, como en una de esas escenas amorosas de las películas del año tacatún, pero no, no había ocurrido así, Oculta sentía frío y al introducir una mano en el bolso de la zamarra de Pánfilo Viriato, había tropezado con el mango de mi martillo, que descansaba dentro, así que le preguntó si había alguna razón para que lo hubiera traído consigo, y recibió por respuesta que iba a ser utilizado en hacer añicos una de las ventanillas del bólido azul. Pensaba descontar el importe de la reparación del exiguo sueldo que yo recibía por trabajar en el videoclub a tiempo parcial. Aquí ya empecé yo a ponerme realmente nervioso. Ten hermanos para esto.
-Si el coche está aparcado donde Tristán dice que está -dijo Oculta que mi hermano dijo-, no puede permanecer allí de forma indefinida. Está prohibido aparcar en esa zona de Gijón en horas laborables, así que, como muy tarde, el lunes por la mañana se lo llevaría la grúa municipal. Podría llamar a un cerrajero, pero prefiero hacerlo a mi manera. Forzaré la ventanilla, lo puentearé y conduciremos hasta el garaje. ¿Qué te parece, Oculta? También nosotros vamos a correr nuestra pequeña aventura.
(Continuará...)


Eva dijo
Qué alegría, qué alboroto, tenemos el dos 2 x 1 del Kutrrefour!!!! ¿cuantos red bull te has tomado hoy? a este paso te alcanzaré en navidades. Muackisss
10 Noviembre 2009 | 04:09 PM