Categoría: Humor
9 Noviembre 2009
-Es cierto -dije, interrumpiendo el soliloquio informativo de Oculta-, me temo que Bigardito haya perdido la chaveta, me lo encontré en la playa el día uno, estaba chorreando, decía que le habían atacado unas gaviotas después de haberse caído al agua, que las olas le habían hablado antes de golpearle intencionadamente, y otras incongruencias por el estilo.
-¿No crees que no estás en situación de poner en tela de juicio la capacidad mental de los demás? Dime una cosa, ¿es verdad que te has ido a Londres?
Me revolví, incómodo, sobre el duro taburete. Me hallaba en una de las estrechas cabinas telefónicas que se alineaban a lo largo de una pared en aquel cibercafé que había encontrado, próximo a la estación de Stockwell. Al otro lado del cristal de la puerta de mi cabina se veía un extremo del mostrador desde el que un hombre joven de largas barbas y chilaba blanca con rayas verdes atendía las demandas de sus clientes. Era un hombre afable, de ojos risueños y suaves modales.
-Sí, señorita -respondí.
-Me lo temía. Me decepcionas, Tristán, quiero que lo sepas. Y no me llames señorita, hace muchos años que, a Dios gracias, abandoné la docencia. Tienes que dejar de comportarte como un crío, ¿no ves que ya eres un hombre hecho y derecho?
Era extraño. A pesar del indudable tono de dureza que imprimía a sus admoniciones, había un trasfondo de serena felicidad, una suerte de radiación jubilosa que transmitía y parecía provenir del centro de su ser y salía a relucir cuando, al sumirse en la exposición prolongada de los hechos según les había tocado vivirlos a ellos, Oculta bajaba la guardia, y que yo interpreté como que, en el fondo, mi querida Oculta estaba orgullosa de mí, de mi ímpetu fogoso y el juvenil arrojo con el que me estaba enfrentando a los imponderables de la vida. Qué ingenuo fui. No tardaría ella en sacarme de mi error. Y de qué forma tan dolorosa.
-Lo siento, señorita, es que cuando me has reñido me he retrotraído a los dorados años en que éramos profesora y alumno. Qué tiempos aquéllos. ¿Te he dicho alguna vez que has sido la mejor profesora que he tenido nunca?
-Sí, y te lo agradezco de veras, pero no me hagas la pelota, ahora no, no es el momento. ¿Me vas a permitir que continúe?
La señorita Oculta Trufas se sentía responsable, en parte, de mis últimos actos, ya que consideraba que habían sido las palabras de cálido aliento con las que me había animado a salir en busca de aventuras las que habían precipitado los acontecimientos. Tal cual me lo dijo, apresurándose luego a silenciar mis encendidas protestas para proseguir con su relato: Sucedió que cuando Bigardito se disponía a salir del videoclub por segunda vez consecutiva, los hados quisieron que se pusiera a llover a chuzos. Ni corto ni perezoso, mi amigo, que debió de pensar que no era plan de emprender su peregrinación a tierras altas calado hasta los huesos, sacó el móvil y marcó el número de la centralita de taxis.
-¿Os dais cuenta -suspiró, después que hubo colgado y mientras sacaba su videoconsola portátil para ponerse a jugar entre que llegaba y no llegaba el taxi-, que ni los más viejos del lugar recuerdan haber visto llover como lo hace hoy en día? ¿Podría haber mejor prueba de que estamos presenciando el preludio al gran megadiluvio universal?
Cuando por fin se fue, Pánfilo Viriato ya había resuelto que Bigardito no estaba tan trastornado como quería hacernos creer, y que no iba a ser él quien ejerciera de niñera de nadie, así que si quería irse de camping, que se fuera, que él no pensaba molestarse en llamar a sus padres.
-Ya es mayorcito, joder, y Tristán también. Que cada hombre aguante su verga.
Ay, amigos, ¿por qué será que siempre terminamos pagando justos por pecadores?
(Continuará...)
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6 Noviembre 2009
No fueron dos sino tres las llamadas por mí efectuadas aquel día. La primera resultó infructuosa porque, según supe luego, en el momento de producirse Pánfilo Viriato no se hallaba presente en nuestro hogar, dulce hogar, sino en el taller de un chapista amigo suyo. La segunda fue realizada al videoclub Polvos y estrellas, el pequeño y decadente negocio familiar cuyos mandos empuñaba mi hermano (sin mucho éxito, todo hay que decirlo) desde que a mi padre le diera la ventolera de dejarlo todo para irse a vivir la buena vida a Palma de Mallorca (por cierto que ésa es una historia de la que aún no os he hablado y que quizá convendría tocar, si bien no he encontrado en mi apretada agenda un hueco pertinente donde hacerlo todavía); casi lloro de la emoción que me causó reconocer al otro lado de la línea la voz de mi querida Oculta Trufas. Fue por boca suya que fui puesto al corriente de las malas nuevas, por no tildarlas de pésimas, y es que los ángeles no siempre son portadores de mensajes de paz, amor y armonía. Malas nuevas que fueron éstas:
Después de recibir el mensaje de texto en el que le informaba de mi situación personal por un lado, y de la ubicación geográfica de su coche por otro, Pánfilo Viriato había empleado una buena parte de la mañana del día de ayer buscando por toda la casa la copia del juego de llaves del vehículo, dado que el original obraba en mi poder y yo me encontraba ilocalizable, quién sabía dónde. Como quiera que tenía que ir a trabajar y las llaves no aparecían, Pánfilo Viriato había resuelto abandonar la búsqueda temporalmente para permanecer expectante ante el natural desarrollo de los acontecimientos, quizá porque todavía estaba convencido de que yo estaba de coña, y no, como se desprendía de mi mensaje telefónico, en el extranjero. Al rato de llegar mi hermano al videoclub, y mientras estaba poniendo a Oculta en antecedentes, Bigardito había hecho acto de presencia. Iba vestido con ropas de camuflaje, polainas y botas de montaña y una boina roja sobre la enmarañada pelambrera, y llevaba a la espalda una mochila voluminosa de la que colgaban, amarradas, una cantimplora, una fiambrera y algunas cazuelas de aluminio que al andar colisionaban entre sí de forma un tanto ruidosa, junto con un saco de dormir y una tienda de campaña. Bigardito les había referido la extraña revelación que había tenido en la playa el día de Año Nuevo, según la cual Gijón iba a sufrir una inundación de proporciones cataclísmicas en un futuro inmediato, y que si querían salvarse harían bien en asumir su liderazgo y seguirle en pos de tierras altas y seguras, donde no llegaran las aguas. Tras haber cruzado miradas con Oculta, Pánfilo Viriato había respondido que el negocio era el negocio, y que no podía permitirse el lujo de cerrar el videoclub así como así, pero que si le daba una dirección donde poder encontrarle, irían a visitarle el domingo por la tarde. Bigardito dijo que le tomaba la palabra, y que encontrarían plantada su tienda en la finca que sus padres tenían en Deva. Luego solicitó de mi hermano que le hiciera el favor de no tirar la gaviota que yo había guardado en el congelador de la cocina, ya que quería llevarla al taxidermista más adelante, cuando las aguas hubieran retrocedido y él pudiera regresar a la villa gijonesa a fundar el grupo ecologista Los surferos del Apocalipsis, en cuyo centro social pensaba colocar aquel ave, una vez disecada, con las alas desplegadas, como símbolo de libertad y esperanza frente a los terribles tiempos que se avecinaban. Era tal la determinación que dejaba transpirar su discurso, que ni Pánfilo Viriato ni Oculta se habían atrevido a contradecirle, decidiendo ambos, de común acuerdo en el breve intercambio de palabras que tuvieron en un aparte, que en cuanto Bigardito saliera por aquella puerta sería aconsejable que pusieran sobre aviso a sus padres. Los padres de Bigardito, que eran dueños de una de las mayores agencias inmobiliarias de Asturias, residían en Oviedo, mientras que su hijo lo hacía en Gijón, en el pisito de estudiante que su padre le había cedido en usufructo hasta que terminara sus estudios de Empresariales y pudiera incorporarse a alguna de las oficinas que el boyante negocio familiar tenía repartidas por toda la región, por lo que era más que razonable suponer que aquéllos no estuvieran al corriente del errático comportamiento que estaba teniendo su vástago primogénito.
Ya se estaba despidiendo mi amigo cuando a Oculta se le había ocurrido preguntarle si últimamente había tenido noticias mías.
-Sí, claro -respondió Bigardito-, ayer por la noche le llamé para que se uniera a mi lucha. Me dijo que no podía, que iba a estar muy ocupado porque se iba a Londres, con carácter urgente y en misión secreta. ¿Por qué lo preguntas? ¿Es que ya se ha ido?
(Continuará...)
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4 Noviembre 2009
-Mira, colega, desde lo del 11-S hay bastante gente por aquí que no tiene ningún aprecio por la comunidad musulmana. Hay mucha desconfianza, sobre todo hacia los musulmanes que llegan del extranjero, aunque también hacia los autóctonos, y un cierto estado de psicosis colectiva flotando en el ambiente. Tracy es así, no les soporta, y eso que ni siquiera es de aquí, sino australiana. Para ella sólo existen dos clases de musulmanes: los cerdos asquerosos y los fanáticos religiosos. A ti te ha catalogado dentro de la primera categoría.
-Pero si yo no soy musulmán -protesté-.
-Un poco árabe sí que pareces, la piel aceitunada, el marcado acento foráneo, el pelo negro, esas barbas de varios días...
-Pues podía haber preguntado antes, menuda racista de mierda.
-Para serte sincero, sí que preguntó, me preguntó a mí.
-No te entiendo, ¿qué quieres decir?
Caminábamos a buen paso por una amplia avenida flanqueada por árboles de gran altura a los que el rigor invernal había despojado de toda alegría y verdor. Me gustaría poder deciros qué tipo de árboles eran aquéllos, pero la botánica nunca ha sido mi fuerte, sé distinguir una margarita de una lechuga o un pino, y para de contar. Murphy se rascó la cabeza, a la altura de la coleta, antes de proseguir. Llevaba puesto un grueso chaquetón marinero, y apoyada en un hombro el asta de una bandera con los colores y el escudo del Tottenham Hotspur.
-No sé cómo decirte esto... No te enfades, ¿vale? Resulta que esta mañana le gasté una pequeña broma. Me apetecía tomarle el pelo, así que le dije que teníamos al enemigo en casa, porque me había traído un invitado marroquí a dormir, o sea, tú. Lo siento, de verdad, no creí que fuera a tomárselo tan a pecho, ni que... -Murphy estaba haciendo un gran esfuerzo por permanecer serio, pero la guasa bailaba en sus ojos-, ni que tú fueras a insinuarle tan pronto que querías llevártela a la cama, tío, no sabía que estuvieras así de salido.
-Nónono, de salido nada, si sólo fue por hacerle un favor, como tú dijiste que... ¿Se puede saber de qué te ríes?
Entre nosotros, y sin que sirva de precedente: pues claro que estaba salido, como el pitorro de un botijo o más, tenía la libido por las nubes, y cómo no iba a tenerla, si llevaba meses sin mojar. A mi edad, y tomando en consideración lo revueltas que tenemos las hormonas los jóvenes, el sexo tendría que ser un derecho inalienable de esos que garantizan la Constitución y la Carta de Derechos Universales del Hombre de las Naciones Unidas. Si algún partido político lo recogiera en su programa, tened por seguro que tendría mi voto garantizado. Pero eso no implica que yo no quisiera hacer feliz a aquella chica desgraciada, aunque fuera por un día, y prueba de ello es que Tracy -flacucha, feúcha y paliducha- no era mi tipo. La culpa la tenía aquel condenado liante de Murphy, que nos la había jugado a ambos, a esa racista consumada y a mí, lo que no excusaba el desprecio con el que ella me había rechazado, por contra lo dejaba expuesto en toda su fealdad. Otra prueba de mi buena voluntad es que podría haber dejado este desagradable incidente en el tintero, saltármelo como si nunca hubiera ocurrido, explotando así una de las ventajas que conlleva ser el narrador de tu propia historia, ¿o no? Si me he decidido a sacarlo a la luz ha sido para que veáis que no tengo nada que ocultar, que sólo soy una buena persona a quien a veces, por pecar de ingenua, se la puede engañar fácilmente, y que la nobleza y el altruismo también hacen palpitar mi corazón. Pero ya va siendo hora de que pasemos página y nos centremos en lo que nos interesa, la búsqueda de Eva María Matamoros. Aunque su sentido del humor dejara mucho que desear, no podía enfadarme con Murphy, hacia quien sentía un profundo agradecimiento por haberme ofrecido su hospitalidad cuando sólo era un desconocido, así que dejé que se riera hasta que le dolieran las muelas. Habíamos llegado a la estación de Stockwell y tocaba despedirse, dado que antes de coger el metro quería entrar en un locutorio público y hacer un par de llamadas. El irlandés renovó la invitación a darme cobijo en su casa, dijo que primero hablaría con Tracy para sacarla de su error, y hasta ofreció la posibilidad de que saliéramos los tres de marcha para facilitar una reconciliación. Pero el daño ya estaba hecho, mi orgullo había sido herido y no tenía ganas de pasar otra noche bajo el mismo techo que aquella mala pécora. Quizá otro día, dije. Murphy asintió, y extrajo una tarjeta de visita del bolsillo, apuntó un número de teléfono en el reverso y me la entregó.
-Trabajo aquí de lunes a viernes por la noche. Pásate a verme una noche de éstas y nos tomamos algo.
(Continuará...)
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3 Noviembre 2009
Huelga decir que vosotras también pensáis otro tanto de nosotros, o sea, que somos más raros que un perro verde y todo eso, supongo que estamos condenados a convivir sin entendernos, tampoco hay que darle mayor importancia de la que tiene. Eso me digo a menudo, por si acaso a base de repetirlo consigo interiorizarlo, que hay que relativizar las diferencias, pero después me cuesta horrores recordarlo en esos críticos instantes en que hay que hacerlo, como cuando se te ha echado una fiera al cuello y te está dando una buena tunda, porque no puedes coger y decir "Tracy, cariño, sentémonos a la mesa a compartir un té y unas pastas y, como seres civilizados que somos, resolvamos nuestras diferencias a través de la meditación contemplativa y el diálogo, verás cómo terminamos coincidiendo en lo absurdo que es pelearse por un malentendido", eso sería lo ideal, pero es que no te sale de dentro decirlo, y aunque te saliera, qué coño, no tendrías oportunidad de expresarte con propiedad, porque bastante tendrías con estar esquivando, blocando y parando los golpes que te lanza tu atacante como para ponerte a disertar en voz alta sobre las ventajas espirituales que se derivan de abrazar doctrinas filosóficas tales como el pacifismo o el budismo Zen, quizá porque, como dicen las tías, nosotros no somos capaces de hacer dos cosas a la vez, y puede que tengan razón, no digo yo que no, qué le vamos a hacer, igual Tracy estaba pensando en la teoría del caos, la dinámica de fluidos o el modelito que se iba a poner por la tarde mientras me estaba poniendo tibio a guantazos, yo ahí ya no me meto, a saber lo que estaba pasando por su cabeza, donde sí me meteré, no porque me resulte agradable sino para proseguir con nuestro relato, es en el momento álgido de aquel fregado, cuando peor pintaba el asunto para mí y llegó Murphy a imponer paz en la discordia, no montaba un caballo blanco ni tenía por estandarte una cruz pero da igual, cual san Jorge hizo frente al dragón, extrayéndome de entre las hirientes garras de quien con una llave de judo me había inmovilizado contra el suelo y se disponía a arrancarme las dos orejas y el rabo como trofeos, consiguió contener sus acometidas el tiempo suficiente como para que yo saliera gateando del salón, donde Tracy permanecería encerrada hasta que diera muestras de apaciguamiento, o eso le advirtió Murphy mientras sujetaba la manija de la puerta para evitar que Tracy viniera a rematarme, aunque no nos quedamos a esperar a que se calmara, porque a una señal del irlandés salimos ambos corriendo en pos de la calle, sus alaridos nos perseguían, menos mal que en el último suspiro había conseguido recuperar mi preciado zurrón con todas mis pertenencias. Camino de la estación del metro, Murphy se reía como un loco con el relato de lo que había pasado, vamos, que se doblaba por el espinazo de la risa que le estaba provocando, qué tío, sobre todo cuando rematé la narración confesando mi estupor porque Tracy me hubiera tomado por un moro, por emplear la misma expresión que había utilizado ella, siendo esta etiqueta identificativa que de forma gratuita me había sido asignada lo que más parecía haberla sacado de sus casillas.
(Continuará...)
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29 Octubre 2009
Tuve que pasar por el salón a recoger mis cosas. Tracy estaba viendo la tele. "Siento haberla ensuciado", dije, señalando el artefacto, con el único propósito de congraciarme con ella, que no podía saber que yo ya sabía que ella sabía que no había sido yo sino ella, a ver si nos aclaramos, pero lo único que conseguí fue que me enseñara el dedo, no abrió la boca, ni llegó a mirarme, la muy miserable, a pesar de lo caldeada que estaba la estancia, se había envuelto en una manta y hecho un ovillo sobre el sofá que había sido mi cama por unas horas, seguro que aún conservaba el embriagador aroma que desprendía mi varonil persona. Más cerúleo que pálido, su semblante parecía una máscara mortuoria, o mejor aún, el careto de un zombi, con esos granos purulentos que le destrozaban la cara, lívidos los labios, sin color, y esos ojos hundidos, apagados, enterrados en sus oscuras aureolas, uno de esos muertos vivientes que tanto encandilaban a Pánfilo Viriato y Oculta, mi querida Oculta, qué estaría haciendo en aquellos momentos. Hubiera salido de allí sin más dilaciones, el problema era que detrás de donde se suponía que descansaba su trasero, entre éste y el respaldo, asomaba la correa de mi zurrón. Así se lo indiqué. Ni por ésas, Tracy se había empeñado en hacer un cero de mi existencia, y el caso es que no podía marcharme sin el zurrón, dentro guardaba todos mis objetos de valor. Tampoco podía solicitar el arbitraje de Murphy en aquel conflicto, no todavía, ya que el irlandés se había ido a la ducha, había saltado como un resorte después de que en la radio dieran las señales horarias de las doce. En una hora comenzaría el partido del Tottenham, había dicho, y si no se daba prisa llegaría tarde al estadio. Me invitó a ir con él, pero decliné la oferta porque tenía quehaceres pendientes, aunque, si no le importaba, saldríamos juntos de casa para que pudiera señalarme dónde estaba la estación de metro más cercana. Así que mientras esperaba a que Murphy estuviera listo me acomodé al lado de mi enemiga, aunque tuve especial cuidado en poner entre ambos una distancia razonable, no fuera a ser que en un descuido me fuera a morder.
-¿Te gustan las pelis de zombis? -dije, tanteando el terreno por si encontraba un tema de conversación que rompiera el incómodo silencio que como un muro había crecido entre nosotros.
-Déjame en paz, imbécil -respondió, se notaba que se encontraba con la moral muy baja, pero al menos había logrado que me hablara. Lo que ocurrió después fue que mi buen corazón me jugó una mala pasada, la veía ahí, demacrada, deprimida, desconyuntada, ora sonándose los mocos ora secándose las lagrimitas que le provocaban las idas y venidas de los protagonistas de aquella comedia romántica que estaban pasando por la tele, y parecía tan frágil, con aquel su pañuelito arrugado entre las manos, y yo sin saber qué hacer para consolarla, me sabía mal, aunque no fuera culpable de sus cuitas, pero es que no podía dejar de pensar en aquello que me había dicho Murphy que la hacía tan desgraciada, así que en un arrebato de generosidad fui y dije, con la voz más tierna que supe emplear:
-Si quieres vamos y te caliento las sábanas.
Joder cómo se puso, y cómo me puso a mí, que si era un pervertido, que si todos los moros éramos iguales -pero, ¿de qué diantres estaba hablando?-, que si pensábamos que todas las occidentales eran unas zorras, que fuera a follarme a la guarra de mi madre con burka y todo, y otras lindezas por el estilo. Qué bruta, y todo esto sin dejar de echar espumarajos verdes por la boca o de sacudirme con el zurrón, mi propio zurrón, qué miedo pasé, mira que yo sólo quería animarla un poco, y es que no hay quien entienda a las tías, ojito que son raras, y si encima pecan de ignorantes, peor que peor.
(Continuará...)
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28 Octubre 2009
Encontré a Murphy antes que el baño, ocupado con unas fritangas en la cocina, adonde arribé siguiendo el hilo del estribillo de un conocido tema que estaba fundiendo la radio, el Smoke on the water de Deep Purple. Debían de tener la calefacción a todo trapo en aquella casa, porque me había levantado sudando, y aunque iba en mangas de camisa seguía teniendo un calor de mil demonios. Las ventanas de la cocina, empañadas por el vaho, mostraban unos exteriores lechosos e informes pero radiantes, lo que indicaba que había amanecido bonito y lucía el sol. El irlandés llevaba el torso desnudo, y unos calzoncillos largos de lana, de esos que llegan hasta los tobillos. Con un pie descalzo golpeaba el suelo al compás de la música mientras aporreaba el canto del sartén con una cuchara de madera. Ya había comenzado a beber.
-¡Españolo, bésame el culo! -dijo entre risotadas, se notaba que se alegraba de verme, y yo me alegré también. Me indicó con un ademán el camino del servicio cuando pregunté por él, así que crucé la cocina y salí a una especie de lavadero, donde había dos puertas, una acristalada que daba a un patio trasero en el que podía verse el chasis de un coche, cascarón vacío y herrumbroso medio engullido por la maleza, y otra a un estrecho retrete en el que hacía tanto frío que nada me hubiera extrañado si hubiera terminado meando cubitos de hielo, pero no lo hice, lo que es de agradecer, aun así la evacuación se me hizo eterna, regresé tiritando y Murphy me lanzó una lata de cerveza negra que recogí al vuelo, dijo que era lo mejor para la resaca, sabía asquerosa, no me gusta la cerveza negra, pero es verdad que después de beberla me sentí algo mejor, aunque tampoco estaba como para ponerme a tirar tracas. Desayunamos a la inglesa, un par de huevos y otro de tostadas con mantequilla, puré de patata, champiñones y beicon y salchichas, y alubias en salsa de tomate, muchas, redondas y diminutas, qué tío el Murphy, las comía con un palillo, de una en una y muy deprisa, tiquitiqui tiquitiqui, decía que estaba preparándose para entrar un día en el libro Guinnes de los récords, para lo que tendría que zamparse de tal guisa no sé cuántos trillones de alubias en cinco minutos, me daban arcadas sólo de pensarlo, entonces recordé lo que me había dicho antes la chica cadavérica del pijama y las pantuflas, así que le pregunté a Murphy si era la suya, su chica, y le presenté mis disculpas por haber vomitado sobre la tele, pero él se rió y dijo que no pasaba nada porque de vez en cuando fuera la tele la que recibiera basura de los televidentes y no al revés, para variar. Añadió algo que me dejó alucinando, que el vómito ya estaba allí cuando llegamos y que se había encargado él de limpiarlo, que había sido obra de Tracy, la chica del pijama y su compañera de piso, y que no me dejara engañar por sus maneras dominicales de mosquita muerta, porque todos los sábados pillaba unas curdas monumentales, y si no había encontrado a un tío al que traerse a casa, al día siguiente, es decir hoy, estaría insoportable, como era el caso.
-El resto de la semana es una tía cojonuda, pero los domingos, si no ha trincado, se convierte en una mala perra que odia a todo bicho viviente -concluyó-, así que lo mejor es no hacerle caso.
(Continuará...)
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27 Octubre 2009
Se llamaba Murphy, era irlandés, de un lugar llamado Cork, y un buen tipo, es más, era un tipo cojonudo, aquel Murphy, me dijo que me olvidara de buscar alojamiento por aquella noche, porque la iba a pasar en su casa, y que no había más que hablar. Era alto, y delgado en extremo, pelo lacio y grasiento, rostro enjuto y barba rubia, poco o nada cuidada. Tenía la voz ronca, y cuando decías algo gracioso le gustaba celebrarlo dislocándote el hombro con sus fuertes palmadas, como cuando le conté que en España yo era un escritor consagrado y que había viajado a Londres de incógnito para preparar mi próxima novela, eso le pareció desternillante, y después sacó un librito muy estropeado de un bolsillo de la americana y me pidió que se lo dedicara, era un libro de poemas de Charles Bukowski, Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas, si mal no recuerdo, así que lo abrí por la primera hoja y escribí "Para Murphy, porque me abriste las puertas de tu casa pero no tus piernas, de tu amigo Tristán", con lo que me gané otra tanda de palmetazos en la espalda.
Luego estábamos bebiendo cerveza en un parque, no sé de dónde las habíamos sacado, pero teníamos una bolsa llena de latas de medio litro, seguía lloviendo y nos habíamos atechado bajo el alero de una pagoda japonesa que encontramos tras saltar la verja que rodeaba el perímetro del parque, ya que las puertas de acceso estaban cerradas. A escasos metros podíamos ver las aguas del Támesis, bajaban negras, veloces y crecidas, como un ejército de demonios lanzado al ataque. Murphy decía que estaba ahorrando para comprarse una casita en España, pero no una de esas mansiones con piscina y campo de golf, sino una casita en el campo, con su huerta y su burro y todo. Brindamos por eso, y por cada uno de los cuatro budas dorados que ornaban los cuatro costados de la pagoda, y por Irlanda y España y muchas otras cosas más, y después le enseñé a chapurrear las primeras palabras del Asturias patria querida, y seguimos brindando y cantando hasta no sé cuándo.
Antes o después nos sacamos unas fotos con el móvil, y Murphy se bajó los pantalones y yo le saqué una mientras él enseñaba el culo a la estatua ecuestre de un general broncíneo, y luego me tocó hacerlo a mí, o igual ocurrió al revés, qué más da, lo importante es que fue muy divertido.
Luego era por la mañana y yo trataba de ponerme en pie, pero resulta complicado cuando estás alojado en un hueco mínimo que hay entre la pared y el sofá y el cuello te duele una barbaridad y se te ha dormido una pierna y tienes una resaca horrible y aquella chica del pijama y las pantuflas no deja de mirarte, fijamente, desde la otra esquina de la sala, imperturbable, mientras se come sus copos de avena con estudiada lentitud. Le di los buenos días, y tras un estirado silencio ella me preguntó que si había venido con Murphy y era yo el que había vomitado sobre el televisor. Dije que sí a lo uno y que lo sentía mucho pero que no lo sabía a lo otro, y ella respondió que no tenía maldita la gracia y yo le di la razón, pero ya era tarde porque me había reído y el reconcentrado y reposado odio con el que me seguía fulminando iba teñido también de asco, así que con la excusa de ir al baño salí de allí, aunque lo hubiera hecho de todos modos porque llevaba un buen rato meándome y casi que ya no podía contenerme.
(Continuará...)
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23 Octubre 2009
Sería interesante averiguar cómo se concretaba ese lo que fuera a efectos prácticos, ya que la acción humana tiene sus límites, siendo el último y definitivo el que viene impuesto por la muerte. Si es verdad que todo el mundo tiene un precio, ¿habría puesto Maruja el suyo a su silencio? ¿No me había dicho a mí que los mil quinientos euros que me asignara como dietas de viaje se los había dado, a su vez, un alma caritativa? Anda que no iba a resultar gracioso ni nada si al final resultaba que me encontraba viajando a expensas del padre Apelvis. ¿Cuánto más habría pagado el curita? ¿Cuánto más estaba en disposición de seguir pagando? ¿No es cierto que la avaricia rompe el saco? ¿Y si conseguir que la buena señora mantuviese la boca cerrada le estaba resultando demasiado oneroso, y había resuelto recurrir a métodos más expeditivos que se la sellasen para siempre? ¿Y si la razón de que hubiera acudido disfrazado a su cita con la señora Maruja no era proteger su intimidad del abuso de los paparachis y otras miradas indiscretas, sino encubrir la ejecución de un asesinato? Hostias, qué fuerte, cuanto más lo pensaba mayor credibilidad asignaba a dicha hipótesis, en ese caso el cadáver de la señora Maruja ya estaría siendo examinado por el médico forense, la habrían encontrado los del servicio de limpieza por la mañana, desnuda sobre la cama, o espatarrada dentro de la bañera, rota, estrangulada quizá, con un hilo de nylon, o mejor aún, con el rosario del padre Apelvis, seguro que tenía uno, es de suponer que el mediático curita habría conducido toda la noche y estaría de vuelta en Madrid, tendría una buena coartada, el muy hijodeputa, y lo peor de todo es que las fotos que yo le había sacado en el vestíbulo del hotel, macabra antesala de la muerte, no servirían como prueba inculpatoria, las imágenes habían sido tomadas desde lejos, estaban borrosas y eran de mala calidad, y él llevaba el rostro cubierto por una gorra de béisbol, gafas de sol y una barba postiza, ésa sería la descripción que daría el recepcionista, la misma que mostrarían las cámaras de seguridad del hotel, aunque no todo estaba perdido, era posible que la policía recogiera muestras de ADN que terminaran llevándoles hasta el asesino.
-Pobre señora Maruja -exclamé, poniéndome en pie-, ojalá al final se haga justicia para que puedas descansar en paz, pero permíteme que alce mi copa para brindar por tu recuerdo, es lo menos que en esta hora amarga puedo hacer por ti.
Acababa de dar un buen trago a mi cerveza cuando sonó una campana con estridente insistencia, sacándome del siniestro rumbo que habían tomado mis elucubraciones y provocando que el trasfondo de voces que ambientaba la taberna aumentara considerablemente de decibelios, y que, como movidos por un mismo resorte, un tropel de parroquianos se dirigiera hacia la barra, donde se apresurarían a pedir las últimas copas de la noche, pues el objeto de aquel arrebatado campaneo no era otro que advertir a la concurrencia de que faltaban cinco minutos para que se cerrara el servicio de consumiciones, costumbre que encontré harto escandalosa, pues ocurría todas las noches a las once, por imperativo legal, en todos los pubs y tabernas del país, según me explicó un beodo que en el ínterin se me había arrimado a estudiar los folletos publicitarios que yo había estado ojeando sin prestarles ninguna atención.
Rediós, ahora sí que estaba impresionado. Que un sacerdote se cargara a la madre de su hija para no tener que rendir cuentas del pasado entraba dentro de lo imaginable, e incluso de lo previsible, si me apuráis, pero que un país como Inglaterra, epítome de la civilización y el progreso occidentales, garante del juego democrático y cuna de las libertades, coartara de una forma tan aberrante las opciones de ocio de la población, nuestros derechos civiles, ¡cojones!, era algo inconcebible, ¿qué les ocurría a los ingleses que no se echaban a la calle a protestar por tamaño abuso? ¿Es que estaban dormidos o qué? Vacié mi jarra, tomé la del beodo y me lancé con ambas sobre el muro humano que se alzaba frente a la barra, donde luché y luché por hacerme un hueco entre la masa, donde zarandeé y empujé y pisoteé y escupí y aguanté como un jabato los zarandeos y empujones y pisotones y escupitajos de la gente, donde caí y me levanté y avancé y retrocedí y retomé posiciones, donde lancé gritos de guerra y ensayé horripilantes muecas, hasta que, ¡albricias!, conseguí ganarme la atención del barman y, con ella, dos pintas rebosantes de fresca y espumosa cerveza que pagué religiosamente antes de regresar victorioso a recibir los vítores y parabienes del beodo, con quien me senté a platicar un rato mientras saboreábamos el dorado líquido, burbujeante alimento rico en proteínas, levaduras y fermentos.
(Continuará...)
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