Aunque los osos son animales tímidos y desconfiados, poco aficionados a hacer sentir su presencia, y mucho menos a dejarse ver, hete aquí que el último día de mi estancia en el parque natural de Somiedo vi colmadas mis ilusiones cuando este magnífico ejemplar accedió a posar para quien os escribe, a quien no le temblaría el pulso ante la oportunidad que se le presentaba de desenfundar la cámara, enfocar, trabajarse el encuadre y disparar aun a pesar del peligro que suponía la inquietante cercanía de la imprevisible bestia. Impresionante, ¿verdad?
Jueves 23/07/09 16:30 horas:Por la mañana ha estado lloviendo de forma intermitente, pero cuando salimos de casa sonríe el sol cual tímida colegiala. Atravesamos el parque de Los Pericones sin dirigir ni tan siquiera una mirada de refilón al chiringuito y enfilamos por el camín del Sucu, que baja desde el cementerio hasta las inmediaciones del río Piles. He sustituido la vara de avellano por mi navaja suiza, que sólo emplearé en caso de que los caracoles opongan resistencia. Decido merodear por la ribera sin alejarme mucho de la ciudad.
Jueves 23/07/09 17:00 horas:Parece ser que a diferencia de otros animales salvajes, como pudieran ser los elefantes, los leones y las gacelas Thomson, los caracoles no gustan de abrevar en el río. Dylan ha descubierto algunas floraciones de papel higiénico que, dígamoslo así, no están nada limpias. Nos vamos a toda mecha de aquellos predios alejándonos del tufo por la senda fluvial.
Jueves 23/07/09 17:30 horas:Divisamos una manada de caracoles blancos pastando junto al camino terrero. Nos aproximamos sigilosamente, procurando no hacer ruido para no asustarlos. Sólo son tres, y no los que estábamos buscando, pero su presencia es un fuerte indicio de que nos encontramos siguiendo la buena pista. Hace ya un buen rato que hemos dejado atrás la villa.
Jueves 23/07/09 18:00 horas:¡El primer caracol ha caído en la buchaca! Si damos por buenas las enseñanzas de la hermana Beata, cuya extrema sapiencia ha venido guiando en todo momento nuestros pasos, pronto hallaremos más ejemplares como éste en el vecindario.
Jueves 23/07/09 18:30 horas:Hemos tenido que interrumpir brevemente la cacería porque algunos prisioneros han protagonizado un conato de evasión. Les devuelvo al fondo de la bolsa, donde se revuelven, inquietos, el resto de sus compañeros. Estamos cobrando piezas a un ritmo más que razonable.
Jueves 23/07/09 19:00 horas:Cuarenta caracoles en el transcurso de una hora, y ni siquiera he tenido que hacer uso de la navaja. No está pero que nada mal. Podemos darnos por satisfechos. Volvemos a casa. Se me antoja que lo difícil va a comenzar ahora.
Jueves 23/07/09 20:00 horas:Puaj, ¡cómo ensucian estos cabrones! En apenas dos horas han dejado la bolsa que los contenía perdida de cacas y babas. He procedido a traspasarlos a la única caja disponible que he encontrado en casa, una de pizza. Al hacerlo, he visto cómo me miraban sus ojillos diminutos desde las puntas de los cuernos superiores. Agujereo la tapa de la caja repetidas veces para que permanezca bien ventilada, la sello y guardo hasta mañana, a la espera de las instrucciones de la hermana Beata.
Jueves 23/07/09 21:00 horas: Me siento culpable por la carnicería que estoy a un tris de cometer. ¿Quizá debería proporcionarles un poco de lechuga para compensarles por el mal trago que están pasando?
Furaco debía de estar prometiéndoselas muy felices aquel primaveral día de 2008 en que Paca y Tola le fueron presentadas, sus dos nuevas concubinas. A fin de cuentas, no todos los días resulta uno seleccionado para viajar a un país vecino, con todos los gastos pagados, a impregnar a dos retozonas vírgenes de veinte años. La operación copulativa, que contaba con los parabienes de los gobiernos autonómicos asturiano y cántabro, ha sido objeto desde sus inicios de un gran seguimiento mediático.
Revilla presentando a Furaco en sociedad:
Procedente del parque de Cabárceno, el fogoso semental no tardaría en descubrir que aquellas hembras astures eran lo bastante estrechas como para salir huyendo ante sus galantes aproximaciones, y que iba a costarle dios y ayuda convencerlas para que accedieran a participar en la jodienda a tres bandas, o menage a trois. Tanto es así que llegó el invierno y Furaco cayó en su anual letargo sin haber triunfado: un año más Paca y Tola, las dos osas pardas más famosas de Asturias, seguirían conservando su virgo intacto.
Criadas a biberón, Paca y Tola fueron rescatadas a la edad de cinco meses tras haber sido hechas huérfanas por el cazador furtivo que había dado muerte a su madre en la zona de Tineo, Asturias. Desde entonces las osas han crecido y vivido en cautividad. En 2008 la Fundación Oso de Asturias puso en marcha este proyecto para intentar su reproducción, para el que contaron con la ayuda inestimable del Parque de Cabárcena, en Cantabria, que encomendaría la hazaña a uno de sus mejores sementales.
Furaco huye con el rabo entre las patas:
No sería hasta la primavera del año siguiente -éste de 2009- cuando, tras haber salido del letargo invernal, Furaco sintió renacer sus fuerzas y su ardor guerrero, con lo que haciendo de la necesidad virtud volvió a la carga y, tras una serie de prometedores escarceos en los que las osas ya no escapaban, sino que repelían su acoso haciéndole huir a él, Furaco consiguió llevarse a la Tola al huerto, nada menos que diecinueve veces, algunas ya en pleno periodo de ovulación de la osa. No así a la Paca, que no sólo nunca ha querido saber nada de Furaco sino que además se ha distanciado de su hermana desde que ésta cayera bajo el influjo seductor del peludo donjuán.
Los responsables de la Fundación Oso de Asturias tienen esperanzas de que la Tola haya quedado preñada, aunque no podrá desvelarse la incógnita hasta la próxima primavera, cuando en caso de confirmarse la feliz noticia Tola saldrá de la osera invernal en compañía de sus oseznos. El romance entre Furaco y Tola parece haberse enfriado ahora que ha terminado la época de celo, por lo que se está estudiando la posibilidad de devolver en breve a Furaco a su hogar en Cantabria.
El domingo fuimos a hacer la Senda del Oso, que discurre por los concejos de Santo Adriano, Proaza, Quirós y Teverga, en una zona conocida como los Valles del oso porque aquí se encuentran algunos de los últimos osos pardos que sobreviven en libertad en la península ibérica, y tuvimos la oportunidad de ver juntos a los tres protagonistas de esta historia, quizá por última vez.
Si sientes la llamada de la naturaleza, quizá puedas encontrar paz en aquel apeadero donde sólo bajasteis tú y nadie; en los pulcros fardos de heno que alguien -un labriego- ha dejado reposando junto a los maizales, en el camino sembrado de agujas frescas donde aquella otra vez descansaste, o en la sonrisa amable de quien acude a salvar las dudas del caminante.
También, cómo no, en su escote, en la brisa marinera que remolonea en su melena y se desliza por sus pecas o en el dulce refresco que paladeas mientras eres todo atención para no perder el hilo de sus indicaciones ni de sus facciones el detalle.
-Sí, el sendero nace ahí mismo-dice la bella, señalando con el dedo el breve espacio que media entre las mesitas del merendero en el que nos encontramos y la playa de Xivares, a unos veinte pasos-, y trepa pegado a la costa hasta la urbanización, donde después de subir unos tramos de escalera ya encontrarás el cartel que indica el comienzo, propiamente dicho, de la Vía Verde.
Una Vía Verde es una senda que aprovecha el trazado de una vía de ferrocarril que ha caído en desuso para acoger en su seno, en sus túneles y en sus puentes, a ciclistas, andariegos y alguna que otra bestia parda. En las cercanías de Gijón hay dos -Vías, que no bestias-, que yo sepa:
-La vía de "El carreñu", tren que a principios del s. XX remontaba los acantilados costeros entre Gijón y Candás, en el concejo de Carreño, y hoy es una excusa perfecta para dar un corto paseo junto al mar. Nace en la playa de Xivares y retoza durante unos cuatro o cinco kilómetros antes de morir en la villa candasina previo paso por Perlora. Si llevas la pala, el cubo y el patito de goma, hay una serie de coquetonas calas que te proporcionarán disfrute y solaz.
Vía Verde "El Carreñu".
-La que deshace el trayecto que antaño hicieran las viejas cafeteras que traqueteaban por la campiña gijonesa trayendo el resudado carbón -cuántas vidas se habrá cobrado, el muy cabrón- desde la mina de La Camocha a Gijón.
Mina de La Camocha, Gijón.
Junto a las ruinas de la abandonada mina puede conectarse también con la senda fluvial del río Llantones, que a su vez nos llevará burbujeando hasta desembocar en la senda del río Piles, y de vuelta a Gijón: en total no creo que haya más de dieciséis kilómetros, o dieciocho si es que la haces a la inversa y por causa de las musarañas te pierdes, y a tu perro contigo, en un laberíntico y desierto polígono industrial de Tremañes en el que a nadie parece habérsele ocurrido construir otra salida que la inicial, y vaya usted a saber dónde quedará ya.
Estaba pensando en el desfiladero de las Xanas cuando me extravié, una excursión de la que no puedo hablaros porque no la haré hasta mañana. Bueno, hasta hoy, pues hace ya un buen rato que hemos cruzado la medianoche. Hora de entregarse a otras musarañas, las que habitan entre los pliegues de las sábanas alimentando los sueños que se deslizan tras tus pestañas.
Sentado frente al faro de San Antonio, que cuelga su luz sobre el promontorio que da cobijo a la marinera villa de Candás, creí saber qué era cuanto necesitaba para vivir en paz. Podría estar equivocado, pensé, pero estaba dispuesto a dar los pasos necesarios para averiguarlo, siendo éste el primero de ellos. Voy en pos de los demás.
Escultura en Candás, subiendo hacia el cabo de San Antonio.
Si el objetivo de esta excursión era cubrir en dos días los 77Km que separan Gijón de la basílica de Covadonga, en las estribaciones noroccidentales de los Picos de Europa, puedo deciros ya, de antemano, que el mismo no fue alcanzado.
Si en cambio el objetivo era que, sometidos voluntariamente al capricho de los elementos y al impredecible devenir del camino, tres amiguetes corrieran una pequeña aventura en un entorno que fluctuaba entre lo rural y lo agreste, éste fue cumplido satisfactoriamente, e incluso superado con creces.
Booguie, Ana y el menda en el Alto de La Cruz.
Ni en Asturias existen grandes llanuras ni la estabilidad meteorológica constituye uno de sus parámetros característicos. Todo lo contrario. Pistas, caminos, senderos y veredas someten la travesía a un carrusel interminable en el que la línea recta no es sino un breve respiro entre dos retorcidas cuestas. Tan pronto cae sobre ti un sol justiciero cuando te encuentras realizando la ascensión al puerto de La Cruz por un empinado y quebradizo camino de cabras, como vienen a aliviar el acaloramiento de la ascensión las gotas de lluvia fina que se escurren por entre la frondosa canopia bajo la que discurre el río Penes, cuyo curso seguimos, ya en el concejo de Villaviciosa y tras haber almorzado en San Juan de Amandi, en dirección ascendente y camino de Breceña, un pueblo de montaña en cuyo único bar haríamos un alto y donde veríamos los diez últimos minutos del partido de fútbol Sudáfrica-España, así como los tres goles que en ellos tuvieron cabida. Y menudo golazo, el segundo de Güiza; anda que el que le endosaron a Casillas... Afuera, en la plazoleta del pueblo, había aparcados dos coches y, algo insólito, diez majestuosos caballos.
Torre de Niévares, camino de Villaviciosa.
Inicio del ascenso a Breceña.
Río Penes.
Caserío y hórreo.
Camino de Anayo, siempre hacia arriba, ahora por una carretera que zigzaguea entre bosques apretados y húmedos pastizales poblados de cornudos ungulados de grandes ubres y luenga mirada bovina. Muuuuuuy buenas tardes tengan ustedes, tolón tolón, tolón tolón. Coronada la cima, a lo lejos divisamos la cordal del Sueve justo antes de que se la traguen las voraces nieblas, y a sus pies el último valle, por el que discurre el río Piloña, que da su nombre al concejo, y en donde habremos de quedarnos a pasar la noche en una casa rural en la que ya nos esperan Rubén -el hermano de Ana-, y Laura, su encinta esposa, así como la opípara cena que, a base de empanadas, emparedados de jamón y queso, embutidos y tortilla, han tenido la delicadeza de prepararnos. Pero aún faltan más de diez kilómetros para llegar a Sorribes; no sabemos exactamente cuántos, ya que los lugareños no parecen ponerse de acuerdo al respecto.
Todavía tendríamos ocasión de disfrutar aquel día, cuando ya había declinado la tarde y apenas quedaba una hora de luz tenebrosa, del tremendo aguacero que acompañado de relámpagos y truenos cayó sobre nosotros cuando más cansados, desorientados y frustrados nos encontrábamos. Podría contaros que aún quedaban kilómetro y medio para llegar a la meta cuando, a lomos de su cuatro-ruedas, Rubén surgió de una cortina de agua para acudir presto y caballeresco al rescate, pero no lo voy a hacer para no restarle heroicidad a esta épica jornada andariega donde las haya.
He de decir que la situación de mayor peligro me sobrevino cuando sufrí el ataque sorpresivo de un objeto inanimado. Los hechos ocurrieron así: rondaba la medianoche y quien os escribe se disponía a curar las esplendorosas ampollas que habían florecido en las plantas de sus maltrechos y doloridos pies untándolas de aloe vera; al dejarme caer en la cama plegable que me había tocado en suerte, ésta cerró sus fauces traicioneras sobre mis carnes para convertirme en un sándwich de jamón y huesos. ¡Mecagënmimanto! El susto, monumental, no impediría que diez minutos más tarde cayera en un sueño profundo y reparador del que no emergería hasta la mañana siguiente.
El convidado.
Lo primero que vi al abrir la hoja superior de la puerta de la estancia en la que dormía fue el perrillo al que habíamos convidado a cenar la noche anterior, el cual parecía haberse alegrado tanto de conocernos que había decidido pernoctar en la terracita de la casa rural para acompañarnos durante el desayuno y postergar así la despedida.
Vista desde la casa rural en Sorribes, al amanecer.
Fue después de saludarle que repararía yo en lo gratificante que era la vista que ante mí se ofrecía, el valle sosegado, la elongada y algodonosa nube que, perezosa, lo sobrevolaba a escasa altura, los caseríos desperdigados aquí y allá, sobre las cimas onduladas de las colinas que, semejantes en todo a la nuestra, nos circundaban.
Caseríos en Sorribes.
Big Foot.
Durante el desayuno decidimos que no estábamos en condiciones de llegar a Covadonga. Los 50Km cubiertos el día anterior habían pasado factura en todos nosotros, eufemismo con el que pretendo significar que teníamos las extremidades inferiores demasiado trituradas como para obligarlas a realizar la humilde proeza de recorrer otros 27Km más, con lo que el santuario de Covadonga tendría que resignarse a esperar una ocasión más propicia para recibir a tan insignes caminantes. A medio camino se encontraba Cangas de Onís. Allí nos habíamos de quedar.
Camino de Llames de Parres.
Río Piloña.
Vista panorámica del concejo de Piloña.
Reiniciar la marcha después de cada parada que realizábamos para descansar era tan dolorosamente patético que, por encima de los lamentos, la situación terminaba provocándonos la risa. Cualquiera que nos viera avanzar en aquellos momentos creería que queríamos homenajear al recientemente fallecido Michael Jackson emulando esa forma tan peculiar, torpe y grotesca de andar que caracteriza a los zombis del videoclip musical Thriller; o bien pensarían, como diría Booguie -que es el juvenil sujeto que en las fotos luce media melena y perilla- que nos habíamos propuesto imitar los incontinentes movimientos del ya senil Fraga Iribarne. Nada más lejos de la realidad, pues eran nuestras extremidades agonizantes las tiranas que imponían la cadencia bamboleante y dubitativa de nuestros movimientos. Luego los pies acallaban sus lamentos, no del todo, pero sí lo suficiente como para permitirnos avanzar, en piloto automático, un par de kilómetros más. En total, aquel segundo día en ruta recorrimos 15Km en siete horas.
No puedo, no puedoool!!
Llegamos a Cangas de Onís a las seis de la tarde. Ver surgir la primera capital del reino astur-leonés a la vuelta del último recodo de la última ascensión del camino y suspirar con contenida alegría fue todo uno.
Cangas de Onís y los Picos de Europa al fondo.
Río Sella y puente ¿romano? con la Cruz de la Victoria en Cangas de Onís.
A la vera del río Sella y al pie de ese hermoso y vetusto puente que todo el mundo se empeña en presentar como romano aun cuando sea de factura medieval, encontramos un lugar privilegiado en el que solazarnos a la fresca de un árbol mientras devorábamos unos huevos con patatas fritas y chorizo de aldea por el módico precio de cinco euros. Dos horas de glorioso reposo que quedarán para siempre en el recuerdo como el remate perfecto para nuestra modesta, memorable y bonita aventura.
Hace diez minutos que ya no son las cinco de la tarde. Me he despedido de la patrona del merendero, de sus lentejas y de sus bigotes y, haciendo buen uso de sus indicaciones, remonto una suave pendiente asfaltada que cimbrea entre huertas y pastizales hasta llegar al restaurante La Olla -sin P-, donde tomaré el camino de gravilla que se precipita a mano derecha al encuentro del camping municipal de Deva. La pendiente es tan pronunciada que resulta incómodo descender andando, así que troco pasos por trancos y bajo saltando cual feliz cabritilla hasta que al arribar al camping descubro que éste es el mismísimo camino que tendremos que coger la semana que viene para ir a Covadonga, sólo que en vez de volar hacia abajo, como acabo de hacer, tendremos que arrastrarnos pendiente arriba, ya que la ruta a Covadonga se inicia aquí, en este lugar cuyo aspecto idílico no va a poder evitar que, estrangulada por las imágenes de sufrimiento que la dichosa imaginación ha pintado como anticipo del porvenir, termine por fenecer en mis labios una sonrisa que había nacido henchida de satisfacción. Cojonudo: ¿Qué mejor que un rompepiernas para inaugurar los setenta y cinco kilómetros que tendremos que cubrir en dos jornadas que a buen seguro estarán marcadas por la incertidumbre, el desfallecimiento y las horribles convulsiones que experimentaremos al marchar en creciente agonía según nos vayamos aproximando a la basílica de nuestra señora del santo suplicio?
Bueno vale, venga, seguro que al final no será para tanto, así que dejaremos el lenguaje hiperbólico a un lado y seguiremos caminando. Cuentan los entendidos que en noches señaladas, como la de san Juan, se difuminan las fronteras que separan nuestro mundo del sobrenatural, y que existen lugares especiales cuyo carácter sagrado facilita esta suerte de tránsito interdimensional , como podrían ser las fuentes naturales donde brota el agua pura y cristalina y moran las xanas, o ninfas de los ríos, esbeltas diosas de extraordinaria belleza y larga cabellera dorada según unos, pequeñas, morenas y peludas según otros, y es que parece que en estos extremos los entendidos no terminan por ponerse de acuerdo. Prosiguen contando los expertos en mitología pagana que estas féminas divinas gustan de peinar sus luengos cabellos frente a las aguas espejadas, o bien se entretienen con cantos y danzas mientras esperan a que seque la colada. Una serie de preguntas vienen a inquietarme el pensamiento: ¿desde cuándo las diosas se dedican a lavar la ropa? ¿No cabría esperar que fuera ésta una tarea que encomendasen a sus criadas? ¿Y de quién son las ropas que lavan? ¿También tendrán que plancharlas? ¿Imperará el machismo en los divinos panteones, o por el contrario serán todos iguales con independencia de su sexo? ¿Y la xenofobia? Quiero decir que si una divinidad maya aparece buscando trabajo en las puertas de San Pedro, por ejemplo, ¿será acogido como un hermano más en el Reino de los Justos, o será observado por ojos suspicaces mientras realiza las tareas más bajas y execrables que se le puedan asignar y algún querubín irritado grita, al verle pasar, que se vuelva a su reino ese inmigrante de mierda que aquí no hace otra cosa sino holgazanear, traficar y robar? Creo que éstos serían misterios dignos de ser tratados a fondo por el incombustible Iker Jiménez, quien a pesar de gastar cara de pardillo estoy seguro de que no tiene un pelo de tonto.
Lavaderu y fuente de Deva
Encontraré a una hembra que responde a las características arriba mencionadas -fermosa y rubicunda, y muy bien dotada para la lactancia- en el recinto del lavadero de Deva, pero el hecho de que la femenina aparición se esté dando el lote con un afortunado maromo y los dos lleven atuendo y herramientas de ciclista me lleva a sospechar que no me hallo en presencia de una xana, sino de una linda y carnosa muchacha a quien le sientan muy bien esas mallas requeteajustadas y ese imperioso maillot amarillo que atrae luz y miradas.
senda del Peña Francia y carbayos al pasar junto a la quinta del conde de Revillagigedo
Me he quedado sin bebida isotónica. Relleno la botella en el caño de la fuente. Siguiendo la senda del río Peña Francia, que nace aquí, en el manantial del que toma sus aguas el antiguo lavadero, emprendo el camino de vuelta a casa. Se trata de unos seis kilómetros y medio de pista apta para caminantes y cicloturistas, y muy bien señalizada. Los kilómetros acumulados comienzan a pasar factura en rodillas, pies y tobillos, sobre todo en éstos. Dejamos atrás la iglesia parroquial de Deva y el palacio del conde de Revillagigedo; imponentes son los carbayos que flanquean la senda, que en este tramo corre pareja a la carretera, hasta que nos desviamos a la izquierda, hacia los parajes más rústicos de Santurio y Cefontes, donde la pista se aparta del río y balan las ovejas, mugen las vacas y pasan las lagartijas como kamikazes que se zambullen en la maleza, a tumba abierta.
Prima de Mayca en actitud oferente.
Otra prima de Mayca, ésta haciéndose la interesante.
Carbayera del Tragamón.
Atravesamos la centenaria carbayera -robledal, en bable o asturiano- del Tragamón y caminamos rodeando el campo de golf. El cascabeleo de las aguas anuncia que volvemos a retomar la ribera del Peña Francia. Tiempo ha que hemos sobrepasado los perímetros ajardinados que albergan los modernos edificios universitarios. Llegamos al hipódromo de las Mestas cuando divisamos, a lo lejos, la gran mole del campo de fútbol de El Molinón. Remolonean los patos entre los cañaverales. El sol calienta pero no ahoga; renuente, la gran bola de fuego parece estar pensándose si no será hora de apagar las luces e iniciar la retirada.
Más ancha que alta y algo seca tirando a arisca, la patrona del merendero me informa de que el camino más corto para llegar al camping de Deva lo proporciona la carretera nacional. "Poco más de un kilómetro", dice. "En cambio si tomas la comarcal que sube a Peón serán tres como mínimo". No me apetece nada coger la nacional. Acabo de dejarla atrás; dos kilómetros de curvas muy cerradas y exiguos arcenes infestados de ortigas han sido suficientes para convencerme de que vale más dar un rodeo que arriesgar el tipo.
-Prefiero la comarcal, gracias -respondo. Ella se encoge de hombros y regresa a su plato de lentejas, que devora con la misma ansiedad con que disfruta de la telenovela, placeres ambos que ha tenido que interrumpir para venir a servirme. Quizá de ahí la cara de mala leche. Hay dos parejas a mi izquierda compartiendo mesa. Las partes contratantes de la primera pareja discuten a voces, siendo observada su disputa por las partes contratantes de la segunda pareja que, entre respetuosos y aburridos, guardan silencio: Ella corre peligro de caerse, de un momento a otro, dentro de uno de sus dilatados bostezos para no volver a salir de allí jamás; él repesca los restos de la comida con el mondadientes. Termino de un trago lo que queda del refresco y me dispongo a cubrir los trece kilómetros que completarán la ruta de hoy. Son las cinco de la tarde.
Salí de casa a la una. Tras una semana de fríos y humedades las terrazas gijonesas rebosaban llenas de caracoles sibaritas que se desperezaban al sol dominical mientras le daban al vermú y a la lengua antes de proceder a hincarle el diente al almuerzo. La playa de San Lorenzo era un hervidero de voces y cuerpos, y en el paseo era difícil escurrirse por entre el gentío en busca de parajes desiertos. Poco o nada voy a contaros de esta primera parte del trayecto, ya que se trata del mismo recorrido cubierto en el post del otro día. Si acaso, que los cielos eran diáfanos y el horizonte se clavaba en los ojos de la madre del emigrante, haciendo más angustioso su eterno e indefinido adiós.
Estatua dedicada a la madre del emigrante. Gijón, Paseo del muro de San Lorenzo.
Una vez salvado el cabo de San Lorenzo, el perfil de la costa oriental nos enseña los dientes desde la colina del Cuervo. Éste es uno de los puntos de despegue favoritos para los aficionados al parapente. Cuando sopla el nordeste, las corrientes de aire frío que llegan desde mar adentro suben por las paredes rocosas y empujan hacia arriba la masa de aire caliente del interior, formando una columna térmica ascendente que permite a los parapentistas sobrevolar una y otra vez el contorno rocoso a su antojo.
En el kilómetro diez de la ruta la playa de La Ñora se impone, al igual que en la excursión anterior, como parada obligada donde repostar energía antes de cubrir los dos tercios que restan para completar la treintena. En esta ocasión opté por no bajar al arenal. Demasiada gente. En su lugar, me quedé colgado de la barandilla del mirador, donde la tranquilidad estaba asegurada y las vistas invitaban a la contemplación.
Saqué los frutos secos y las uvas pasas, y con una navaja suiza le arranqué el corazón a una manzana tras haberla partido en dos. También me he traído medio litro de bebida isotónica. La botella tiene forma de biberón. Suena bien, ¿verdad? Bebida isotónica. Con sales minerales. Sodio, potasio, magnesio, kriptonita, detritium, y otras. Adaptada a las exigencias que un intenso desgaste muscular conlleva. El 87% de los consumidores encuestados sienten que al tomarla se reponen más rápidamente. Eso sí, sabe a hostias en vinagre.
Mientras prosigo valle adentro a la sombra de robles, álamos y abedules me pregunto si llegaré a transformarme en un friqui del senderismo, o lo que es peor, en una suerte de Forrest Gump dispuesto a dar la vuelta al globo pertrechado con una brújula, un astrolabio, un casco refrigerado, una reluciente vacinilla a pedales y un bidón de bebida isotónica a la espalda con el logotipo del espónsor bien a la vista, así como una pajita incorporada para ir libando por el camino.